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Adela y yo El maestro Esteban Padrós de Palacios decía que existen dos tipos de escritores: los visibles y los invisibles. Él, pese a ser uno de los grandes autores de cuento de la segunda mitad del siglo XX, se consideraba de los segundos. En efecto, en literatura no es oro todo lo que reluce ni todo lo que publican los grandes sellos, cada vez más condicionados por un mercado que demanda literatura banal, de usar y tirar, y que a la larga está creando un tipo de lector poco exigente y mucho más manipulable. Lo mismo que en la música o en el cine, en ocasiones en la literatura sólo pequeñas editoriales independientes tienen agallas para apostar por la calidad sin reparar exclusivamente en los beneficios. Quizá por ello Francisco Marcos (Salamanca, 1940), afincado desde hace décadas en Barcelona, ha decidido publicar su nueva novela en una editorial de provincias como la también salmantina Amarú. Marcos lleva muchos años escribiendo, aunque ha publicado poco (este es, creo, su cuarto libro editado) y ha sido finalista en un puñado de prestigiosos premios de narrativa, como el Ciudad de Barbastro o el Planeta. “Adela y yo”, la nueva obra de Francisco Marcos, es la radiografía de una obsesión amorosa protagonizada por un joven llamado Julián y por el origen de su obsesión, la Adela del título. Cierto que el tema no es nuevo y nos remite a obras de obsesión enfermiza tan tremendas como “El Túnel” de Sabato, o más cercana a nuestros días como “La dama del viento sur” de Javier García Sánchez. Sin embargo, Marcos ha sabido dotar su historia de un estilo muy personal, limpio y ágil, donde no falta la acertada introspección que va originando la demencia progresiva de Julián ni los retazos de humor de sus disquisiciones. Cual Quijote, el protagonista es uno más de esos eternos solitarios que ha pasado años viviendo en un mundo de fantasías y cuyo contacto con la realidad (su relación con la persona idealizada) pone de manifiesto su incapacidad para aceptarla. Pero la realidad es esquiva, en ocasiones engañosa y aparente. En efecto, Julián es un ser introvertido, a través de cuyo flujo de conciencia se nos va narrando la historia, rematada con un final de cuento sorpresivo e inesperado. Con ello, Marcos nos desgrana lentamente el incubamiento de un mal que acaba trascendiendo el mero episodio individual para transformarse en una enfermedad social: la siempre compleja relación entre los seres humanos. A la luz de lo leído sólo resta afirmar que algo grave sucede en el mundo editorial cuando autores de la calidad de Marcos no obtienen la atención que merecen. |
© Diego Prado |