Te pareces
por Rosy Paláu



En qué olvido tan pequeño te resguardas.
Amenazas con hundirte.
¿Cómo?
Te pareces al amor
cuando se arroja a la lumbre
de unos ojos
para morirse todo
y despierta de pura luz.
Pero muérete si quieres.
Que el silencio
lleno de póstuma dulzura
se arrodille junto al sueño
que le miente.
Sé el fantasma
de los patios apagados,
un viento en medio de lo triste,
que si ver, pueda ya verte,
donde la luna desentierra penitente
las cosas de los vivos.

Rumor que en la penumbra
se demora,
rama rota por el pie
de lo inventado.
Es barro la palabra todavía,
más se apresura
a edificar tu imagen.

Eres como el río que desnudo
pretenden los reflejos,
como el árbol al mediodía,
asomándose por el brillo
astillado de las hojas,
pájaro en el cielo absoluto
del instante.
De ti me viene la lluvia,
ese olor con aspecto de infinito,
me viene la sombra que asiste
a su verdad de nube ya pasada.
¿Si voy por la materia
de todo lo invisible,
por qué nunca me has visto?

La noche se entretiene
en tu evidencia
como los niños con el vuelo
espiritual de un ángel.
Te sitia ese paisaje
acordonado por la flor
que nunca tocará una mano.

Intento la memoria
que con sed
moja los labios.
Sed de la verdad de una presencia,
espejismo,
agua que convence,
destilada en lejanía.

Es polvo lo que ha sido,
polvo tibio de la hora que lo envuelve,
sombra vaga que no alcanza
para la luz
que lo solo necesita.

Te ampara lo que invoco,
partes de la voluntad
de las palabras
que temblando se desvisten
más allá de todo,
en su silencio de monte
o lejanura de estrella.

No hay más
que un espejo roto por el peso
de la noche,
claridad apuntalada
en la certeza que a ratos
lo desdice.
Breve es el espacio
donde el tiempo se congrega
tan natural en su vacío.

Sólo la luna despierta
devociones por un beso,
embellece al insomne
con el terror de lo perdido.
Resplandor que la quietud agrava,
viento serenado de grillos
por el que huye espectral un gato
ambicioso de blancura.

Ojalá fuera lo mismo ser que luz,
agua y pozo,
nada y vastedad,
ojalá que el aire amaneciera
fruto en el rincón de un árbol.
Pero muérete si quieres,
a todas horas,
entre los días para siempre.
Arde en paz.

 

 

 

 

 

 

 

 


© Rosy Paláu. Escritora mexicana que ha colaborado en varios número de la Revista Cultural Ariadna.

 

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