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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número treinta y seis edición verano 2007] s e p t i e m b r e
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[A N T O L O G Í A P O É T I C A D E A R I A D N A]
J u a n M a n u e l C a b a l l e r o B o n a l d H I L O D E A R I A D N A
Del Poemario “Descrédito del héroe” 1977
© Juan Manuel Caballero Bonald nació en Jerez de la Frontera, el 11 de noviembre de 1926. Hijo de Plácido Caballero, cubano de madre criolla y padre santanderino, y de Julia Bonald, descendiente de una de las ramas familiares del vizconde de Bonald, el lfilósofo tradicionalista francés, transplantada a Andalucía hacia mediados del siglo XIX. Un origen tan peculiar y poco común, atravesado por la mezcla de tradiciones, el cruce lingüistico y un evidente mestizaje cultural no será ajeno a su manera de entender el trabajo literario, pero tampoco al aura de leyenda difusa que envuelve su recorrido estrictamente biográfico. Excelente memorialista, novelista de éxito, erudito flamencólogo, ensayista, traductor, es, sobre todo y ante todo, un poeta fundamental para entender los avatares que enmarcan el desarrollo de la poesía contemporánea en español. Desde Las adivinaciones, con el que obtendría un accésit del premio Adonais en 1951, hasta su más reciente colección, Manual de infractores, Premio Nacional de Poesía 2006, pasando por títulos como Pliegos de cordel, Descrédito del héroe, Laberinto de Fortuna o Diario de Argónida, la obra de Caballero Bonald ha ido creciendo y afianzándose de manera incontestable. Entre las numerosas distinciones que han jalonado su carrera, José Manuel Caballero Bonald ha recibido el Premio de la Crítica, por su novela Ágata ojo de gato en 1974 y por su poemario Descrédito del héroe que recogemos en esta Antología, y el Premio Nacional de Poesía 2006 por Manual de infractores. En 2004 recibió, por el conjunto de su obra, el XIII Premio Reina Sofía de Poesía. |
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Bajo esta llovizna / Mis hijos me envían cartas como si el hijo fuera yo BAJO ESTA LLOVIZNA
México, DF, agosto de 1997
México, DF, Julio de 1996
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© Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor a favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.*Unión de Escritores y Artistas de Cuba. (Colaboración. La Nueva Cuba) |
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Confieso que intenté
Confieso que intenté Por confesar, confieso Confieso que a la vida Confieso miedo.
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© Rafael Pérez Castells. Nace en Madrid en 1955, es Doctor en Ciencias Químicas y ha dedicado su vida profesional a la investigación y la empresa privada. Ha publicado “La Torre Dinamitada” (1997), “Diccionario de días” (1999), y desde entonces han aparecido algunos poemas suyos en revistas como Cuadernos del Matemático, Luces y Sombras, Poeta de Cabra, etc. Desde 1997 es coordinador del ciclo “La Universidad y la poesía” del Colegio Universitario San Pablo CEU y es miembro de la revista cultural Ariadna. |
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Incertidumbre
Frente a mí está la noche, están Frente a mí está el alba, están Frente a mí está el espejo
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© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. |
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Te pareces
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Niños de la historia blanca … y allí estábamos, como rosas tardías o pájaros varados en un cielo escondido; ... si alguien vio vadear las cegueras del alba, si alguien vio cómo fueron las navajas ... fue en el pueblo y en la ciudad de piedra, ... los niños de la historia blanca, ah, bien lo recuerdo,
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El perro que fuma Salimos a pasear
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Lejos de la patria has conocido a una mujer
Lejos de la patria has conocido a una mujer Ella bajaba cuatro pisos para verte
México, DF, agosto de 1995 del poemario “La patria es una naranja” |
© Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara, Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor a favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. Su más reciente novela, Un ciervo herido –que aborda el tema de las Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60, y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.*Unión de Escritores y Artistas de Cuba. (Colaboración. La Nueva Cuba) |
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Segunda vida Verán: aunque ustedes no se lo crean, estoy viviendo mi segunda vida y la reencarnación ha sido para mejor. El final de mi anterior existencia fue muy triste y anodino. Agazapado en el último rincón del cubículo en el que fui condenado a vivir –ay, mísero de mí, ay, infelice- , observaba cómo otros hermanos parias eran arrastrados al exterior, ignorando dónde eran conducidos, hasta que un día lo descubrí de primera y única mano (aunque sería más exacto decir de primer y único dedo): me dejaron pegado a una superficie plana, colgado junto a otros hermanos, que ya reposaban secos, unos en horizontal como gusanos, otros en vertical como murciélagos. La impresión que dábamos a quienes se agachaban para vernos debía de ser la misma de quien contemplara desde lejos el cementerio de Arlington, pero sin los mojones blancos, pues nosotros éramos sólo verdes. Cierto día entré en un profundo sueño y al despertar me encontraba en otra dimensión, en otra cavidad, con otra apariencia, pero rebosante de felicidad. ¿Y saben ustedes por qué? Muy sencillo: dejé de ser un triste moco. Y la ventaja de reencarnarse en esputo es que se pueden practicar por igual vuelo sin motor, parapente o puenting. Todo depende de la pericia, vocación o gusto del lanzador…
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© Pedro Tejada Tello nació en Madrid en 1961, pero desde los cuatro años reside en Castellón, donde trabaja como profesor de instituto. Es doctor en Filología Hispánica por la universidad de Valencia. Su obra publicada es fundamentalmente de investigación y crítica literaria (Variedades del castellano en Castellón -1992-; La revista Cántico -1995-; La escritura poética de Mario López -2003- entre otras). Becario de la Fundación Max Aub de Segorbe en 2004, ha estudiado los aubianos Crímenes ejemplares, y eso le ha llevado a un interés por el microrrelato, no sólo a nivel crítico, sino también creativo, pues “Segunda vida” es uno de los microrrelatos inéditos de este profesor. Interesado igualmente por las nuevas tecnologías (ha estudiado el uso de los nicks en los chats) y por la creación poética, es colaborador habitual del proyecto literario “Caminos de la palabra” de la comarca del Alto Palancia en Castellón. |
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Los vientos alicios “«Si hubiera crecido», se dijo a sí misma, «hubiera sido un niño terriblemente feo, pero como cerdito me parece precioso». Y empezó a pensar en otros niños que ella conocía y a los que les sentaría muy bien convertirse en cerditos.” 1. Alicia era ella pero también, a veces, era yo. Nuevo fracaso... Alicia olvido unas cuantas cosas atrás del espejo Como el cuerpo de ese gato En alguna forma… ya me acostumbre Alicia olvido unas cuantas cosas atrás del espejo 2. Aventuras y desventuras de la ingeniosa hidalga Alicia Quizás con un poco de suerte Cuando comes un chocolate (La pobre Alicia decapitada Los muros no están vacíos, como yo bien quisiera, sino llenos de ladrillos de recuerdos, pegados con el mortero del olvido. Y donde me invita tentándome, con sus ojos de piedra (tan congelados/ Inmóviles/ Detenidos) como dos universos… tendemos a la catástrofe… 3. Caminado con Alicia por un parque, es otoño. “—¿Por favor, podría usted decirme —preguntó Alicia con timidez, pues no estaba demasiado segura de que fuera correcto por su parte empezar ella la conversación— por qué sonríe su gato de esa manera?” Mis paisajes interiores me muestran un paseante solitario, pena andante como cabalgando entre un mundo y otro sin distinguir entre un mundo y otro, aunque mi bella compañera, mujer caucásica joven, ojos y cabellos claros, edad mediana, armoniosas proporciones, peso en correcta relación a su estatura, de astrológico signo ignorado Si me encadeno a algo moriré libre, pienso, y sigo caminando sin pensar en lo que dijeron los ojos que me hablaban, por que mi preocupación es no morir, es la ansiedad es atarme a las cosas que amo hasta que me engangrene o me dejen cicatrices.... “—Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca —protestó Alicia. Nunca llegar en el momento preciso, un momento impreciso perpetuo, el momento donde la vida me invita a sentarme a su mesa en la gran cena, que si bien no ha comenzado, ya termino... 4. Consecuencias de Alicia “—¡Vaya! —se dijo Alicia—. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!” La carencia creciente va permitiendo
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© Juan Carlos Moraga Fadel. Nace en Santiago (Chile) en 1983, en 1999 se radica en Buenos Aires, donde cursa estudios de Sociología y Filosofía. Ha publicado variados artículos para revistas (en papel y virtuales) y presentado ponencias en congresos y simposios sobre los temas más variados. El tema central de sus investigaciones son la fotografía y los problemas de las nuevas corrientes estéticas. Actualmente trabaja como docente en la Universidad Católica de La Plata. |
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El sueño de Lavalle Cuanto antecede a este recuerdo no me pertenece ya, no habita en mí. Lo único que conservo en la memoria es lo que a continuación diré. Nada más pretendo pasar por el corazón; sólo me resta la consecución vacua de las noches y la implacable angustia de los días. Una pradera inextinguible llenaba el día diáfano. Los recorríamos juntos. Vestía mi compañera completamente en negro, por lo cual resaltaba su rostro por sobre mis apercibimientos. Olía a césped recién cortado y la temperatura era muy agradable. A media distancia se veía una pileta que representaba a un hombre en medio de una multitud de animales y gentes andrajosas. El personaje central parecía ser un santo que intercedía de manera incierta, mientras de su cayado manaba un débil chorro de agua. Lo propio ocurría con las fauces de los animales: leones, tortugas, fantásticos dragones, ninfas con cuerpo de mujer y alas de mariposa. De sus bocas brotaban sendos hilos de agua y tantos eran y tan variados, que en conjunción los volúmenes líquidos formaban un pequeño torrente. El verdor del suelo se circunscribía a un espacio concreto, ajeno al infinito que cabe en la memoria. Altas paredes se alzaban en los confines de la pradera, antojándoseme esta cada vez más pequeña. Oía cantar aves. Me percaté de un murmullo sordo, apenas audible pero incierto, que parecía brotar por todas partes. Fue subiendo de tono hasta lograr un imposible agudo, irresistible al oído, devastador. La silueta negra de Marianela se difuminaba, se alejó y se había multiplicó, transformándose en dispersas sombras proyectadas contra el blanquísimo muro que limitaba mi razón. Aturdido, desorientado por la agudeza de los rumores, sentí por instantes la parsimonia del movimiento terráqueo: confusas imágenes se desencajaban y rotaban, giraba el mundo y los recuerdos, oscilaba todo al mismo tiempo, salvo yo, que me quedaba quieto. Sufrí un mareo y perdí el equilibrio. Caí de rodillas al suelo asiéndome la cabeza fuertemente mientras una náusea me arrancaba un regusto ácido de las entrañas. Cerré los ojos y aspiré hondamente: el olor del césped inundó mis sentidos, el sol me calentaba la espalda. Los rumores en mi cabeza fueron sometidos a un cedazo que los aclaró notablemente, aunque la mayoría de ellos me resultaban ininteligibles y absurdos. Pasos de más de un par de pies se acercaron en breve carrera. Marianela, negra silueta al fondo del jardín, se fundió en el muro ante mis ojos. Se detuvieron muy cerca de mí a juzgar por la intensidad del sonido que emitían suelas y tacones. Me sujetaron los hombros para obligarme a permanecer de rodillas mientras una mujer de níveas vestimentas levantaba mi frente con una mano y chasqueaba los dedos de la otra al tiempo que me arengaba: «¡Lavalle! ¡Lavalle!» «Soy yo, Matías Lavalle» le dije. La palanca sobre mis hombros desapareció. Aún pude entender las instrucciones que la mujer daba a quien se encontraba a mis espaldas: urgía a preparar la sala de consulta y poner al tanto al doctor. El desconcierto me sumió en silencio. Mis alucinaciones –si así podía llamar a cuanto estaba aconteciendo– asumían deliciosa independencia: continuaban al tiempo que era capaz de pensar, razonar y divagar. Me llevaron a un edificio interior en el cual había un largo pasadizo con puertas estrechas a ambos lados, todas pulcramente cerradas, carentes de indicativos y picaportes, rota su uniformidad solamente por dos estrechos recuadros, uno en la parte superior y otro, ligeramente más amplio, en la zona inferior. Cruzamos el pasadizo hasta el final. Torcimos a la izquierda una vez, luego, por dos ocasiones giramos a la derecha. Cruzamos un umbral y sentí el pesado rechinar metálico de una puerta que era cerrada con estrépito tras mi paso. Me instalaron en una sala límpida. Un escritorio y tres sillas. Se me cedió una. La nívea mujer ocupó un sitio del otro lado del escritorio. El silencio fue roto cuando entró en la sala un hombre de largas y encanecidas barbas. –¡Matías, que gusto querido! ¿Así que vuelves con los prejuiciosos? Le reconocí. Era el viejo Badderman, mentor de mi padre. Se me sometió a una larga entrevista. Luego a una inspección clínica concienzuda. Metódicamente recorrieron mi psique y mis órganos. Al parecer había vuelto de una estadía temporal en el país de las paranoias. Ahora se valoraba extenderme un alta solemne de carácter transitorio. Se me dijo que poco a poco comenzaría a tomar conciencia de los hechos, que paulatinamente reingresaría en la sociedad, que había sufrido una conmoción emocional; se me dijeron tantas cosas y yo no reparaba en ellas. Aún buscaba la sombra de Marianela con la esperanza puesta en un grandioso vuelo sobre el océano. Comprendí que las puertas que antes viera alinearse en el pasadizo eran vías de acceso a lejanas galaxias particulares: la mía estaba semidesnuda, dividida en dos dependencias por un biombo. Tenía el suelo y las paredes recubiertos por un blando tapiz. Tres cuartas partes de la estancia formaban una especie de habitación. El cuadrante restante, limitado por el biombo, lo ocupaban unas instalaciones sanitarias básicas: un lavamanos y un servicio higiénico. Comprendí también la función de los recuadros que viera en las puertas del pasadizo, cuando se abrió la trampilla superior y un par de ojos acecharon: por la rendija inferior introdujeron una bandeja llena con alimentos sencillos: fruta, hogazas de pan, un vaso metálico rebosante de leche fresca. Comí con avidez. En cuanto terminé se repitió el proceso. Se abrió la rendija superior, una mirada inspeccionó fugazmente mis dependencias. Inmediatamente tintineó un mecanismo de cerradura invisible y aparecieron Badderman y su nívea acompañante con lo que parecía un sondeo sobre mis emociones. Al terminar las preguntas –que contesté con fría elocuencia– evidenciaron cierta satisfacción profesional. Me interrogaron sobre mis apetitos y mis necesidades. Lo primero era una exposición sobre las posibles combinaciones en cuanto a alimentación corporal, a lo cual contesté humildemente que no le haría ascos a nada. Después se refirieron al alimento espiritual, a lo cual me aventuré a exponer la satisfacción que la literatura me había procurado desde pequeño. Enseguida se marcharon entraron dos mozos por la puerta, después de mirar brevemente por la trampilla superior. A la mesa, la lámpara y la silla que trajeron les antecedieron los tintineos mecánicos de mi puerta cada vez que la cruzaban, para entrar y después de salir. Se me procuró algún material para escribir y lectura. En principio esta era de carácter muy simple así que rogué me proveyeran, si su intención era que realice un ejercicio intelectual, de material más acorde a mis capacidades. Me parecía que hacia mucho tiempo que no leía. Salió uno de los mozos para volver enseguida con un bonito ejemplar de un tratado de Metafísica anónimo. «Un regalo de Badderman» me dijo. Desvariaba sobre mis últimos recuerdos: habitaban en un rincón impreciso de mi mente, en una grieta que se había abierto entre la memoria y la fantasía. Me sentí cómodamente observado aunque desconocía de qué manera se me podía estar vigilando, pues mi cámara era hermética. Solicité la prensa local pero me fue negada amablemente bajo la excusa de no ser conveniente para mi terapia, así que me entregué por completo a las consideraciones del tratado. Las siguientes comidas presentaron un aspecto harto distinto. La humilde bandeja ahora ofrecía una disposición ornamentada. Los alimentos eran bastante elaborados. Me trajeron cubiertos. Badderman, su acompañante de bata blanca y los mozos que me procuraban alimento y lectura, perdieron el nerviosismo y la prudencia que tuvieron en un principio. Asimismo, se alargaban cada vez más en el diálogo, el cual se volvió más abierto, más cotidiano. Cesaron los repiqueteos del oculto mecanismo de mi puerta, las trampillas ya no eran utilizadas y, tanto las visitas como los aprovisionamientos, se realizaban después de llamar a la puerta delicadamente y preguntar si podían pasar. El abandono de los primeros procedimientos respecto a la puerta lo interpreté como una concesión de una libertad que jamás sentí se me hubiera privado. Me ofrecieron cuchillas de afeitar. Sólo entonces experimente cierta levedad. Durante una fase que interpreté como si fuera la noche de un largo día, sentí caer sobre mi habitación una mirada escrutadora que no se alejó sino hasta después de varios minutos. Un temor absurdo se apoderó de mí así que me fingí dormido. ¿Acaso de este sueño no habría de despertar? No tenía la necesidad de salir. Recordaba lo visto fuera en el jardín: el prado infinito reducido inexplicablemente, las murallas que brotaban espontáneas, el ruido estridente, la sombra de Marianela desaparecer. Prefería sin duda alguna el abrigo de la habitación en la que me encontraba ahora: allí no pensaba, al menos no tanto. Pero concebir la idea de conducir el camino onírico por la escabrosa senda de la pesadilla me crispaba, me asqueaba. Por la mañana de un día incierto llamaron a la puerta. Entró silenciosamente Badderman. Me miró. Se acercó y me abrazó. –Enhorabuena, querido. Completamente reintegrado. Fui conducido otra vez por el largo pasadizo. Arrastraba la mano derecha por la pared y las puertas: conté trece a cada lado. La blancura de la luz del día me cegó momentáneamente y me ví obligado a defenderme de la claridad. Allí estaba la extensión de verdor por la cual me había guiado Marianela, empobrecida, empequeñecida: los muros seguían allí pero no eran los confines lejanos de la pradera sino los límites un patio. Pasamos junto a la pileta y súbitamente reconocí la figura representada en ella. Una angustia terrible me invadió. La sangre se me agolpó en el pecho, en el estómago. Los oídos me palpitaban a la vez que percibían los rumores claramente identificados como desvaríos. Un sudor frío en la espalda acompañaba el temblor de mis rodillas. La tráquea se me llenó de una solución salina, pensé en lágrimas que corrían por dentro, que se acumulaban, que pronto explotarían. Quise gritar, quise correr. Miré a mí alrededor y sentí como mis párpados se abrían desmesuradamente al leer los signos exteriores: había más personas, errantes, con gestos anonadados, atónitos de cara a quién sabe qué espectros... Llegamos a una puerta amplia. Badderman volvió a abrazarme. Me extendió un sobre que guardé mecánicamente en el bolsillo interior de la chaqueta. Suspiró hondamente. Me miró una vez más y dijo: –Lavalle, sea dueño de sí mismo. Viaje. Conózcase. La locura es un estado sublime de la inteligencia. Permítasela. Me abrazó enérgicamente y entró. Cerró la puerta con fuerza y doble vuelta de llave. Con dolor comprendí: la figura que se representaba en la pileta del jardín era la de San Maturín, patrono de los idiotas. Aturdido vagué calle abajo hasta desembocar en una plaza. Todo cuanto veía se me antojaba fantasmagórico, letárgico. Hubiera suplicado por algún ruido aunque escaso. Algo estaba diezmado: la quietud permitía escuchar los pasitos de las aves que se negaban a cantar. De alguna manera los signos exteriores me manifestaban que no pertenecía a aquel lugar. Resonaban en mi cabeza las palabras de Badderman. «Viaje» había dicho como si me instara a abandonar todo cuanto conocía. Ignoraba cuánto tiempo había transcurrido. La memoria me engañaba: una gran catástrofe había arrasado todo cuanto conocía, me había privado de la razón, me había arrebatado la lucidez, me había desterrado del orden. Sin más me había rehabilitado, sin conciencia siquiera de la necesidad de hacerlo, viviéndolo todo como un sueño, como una pausa en medio de la pesadilla, pausa que no me reconfortaba pero que al menos no era del todo desagradable. Sí, la memoria es un líquido tan espeso, imbebible. Cada vez que intentaba recordar volvían a rondar las palabras de Badderman. «Conózcase» y no sé qué más sobre la locura.
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© Juan Endara. nació en la ciudad de Quito (Ecuador) en 1980, bajo un signo de acuario elegido a voluntad. No tiene publicaciones y la mayor parte de su literatura permanece en garabato original. |
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Ícaro
Y si alguno de ellos llegaba a caer, allí quedaba como preso y encerrado en una cárcel, sin necesidad de cadenas de hierro. No sé si lo que voy a narrar a continuación sucedió efectivamente en la realidad o en el enérgico imaginario del sueño. Recuerdo sí, los pormenores de un accidente automovilístico allá por 1992. Yo contaba con algo más de 14 años y una ingenuidad anacrónica. Era alumno del colegio Inmaculada. Para entonces, creo, experimentaba una precoz depresión (lo que contribuye a la dudosa veracidad del relato). El paseo había sido anunciado varias semanas atrás, por tanto, no había ningún alumno que no contara con el respectivo permiso. La idea del contacto con la naturaleza y el reposo de la ciudad era suficiente para que la incipiente fascinación del efebo operara en nuestros corazones. A unas horas de Lima quedaban las Lomas de Lachay, pero antes debíamos pasar por el legendario Serpentín de Pasamayo. Muchas historias se cuentan sobre dicho pasaje, sin embargo, todas o, al menos, casi todas están adulteradas por el instinto de hacer literatura. El ómnibus partió como a las 10 de la mañana y como a las 11 estábamos en Pasamayo. Embrujado por la arrogancia del acantilado quizás, Soto, cuya fama era el de impenitente elucubrador, dio rienda suelta a su elocuencia. No faltó el émulo que quisiera superar a su predecesor. Los improvisados rumores no requerían argumentos verídicos, era suficiente, entonces, nuestra voluntad de creerlos. Alguien empezó a llorar, lo recuerdo bien. Entonces un viraje abrupto del vehículo bastó para callar a muchos. Acaso el sobresalto (quiero recordarlo así) impulsó al conductor a soltar una expresión poco adecuada para alumnos de un colegio jesuita. La madre de Chumpitaz lo reprendió. Después sólo recuerdo el interminable claxon de un camión en el carril contrario y que todo se desvanecía producto de una contusión o el susto o la previsión. Cuando desperté la luz del sol cenital laceraba mis ojos. Una pequeña multitud, que en principio no reconocí, me miraba con asombro. Quise levantarme, atribuí al cansancio mi fallido intento. De entre la perpleja niebla emergió mi madre. Tenía esa expresión circunspecta que tienen las personas cuando saben que tienen que cuidar lo que dicen. Puso una mano sobre mi frente. Pude ver que estaba en el cuarto de una clínica. Tan cansado estaba que ni mis labios ni mi cuerpo respondían. Temí que mis días velados se hubieran multiplicado. Mi hermana llamó al médico. La pletórica fisonomía del doctor apenas cabía por la puerta. De Azambuja, muy profesional, saludó con negligencia, casi con menosprecio. Con su estetoscopio dio inicio a su ritual; los movimientos de su cabeza anticipaban un diagnóstico negativo. Al terminar, sin algún rictus que delatara sus reservas, llamó a mis padres a un lado. La menor de mis hermanas dijo algo imberbe para distraerme. Varios días pasaron antes de que me enterara que no volvería a caminar. Los días, postrado en una silla de ruedas, eran interminables. Meses atrás mi abuelo había fallecido víctima de una neumonía fulminante. Su vasta biblioteca, enterrada por el desuso y la ignorancia, le daría un nuevo sentido a mi existencia. Para contrarrestar los días me determiné a entender los libros de ciertos autores que mi familia calificaba complejos. Autores cuya elucidación le habían significado a mi abuelo el calificativo de loco o genio. Poco a poco el mundo de esos virtuosos me fue alejando del mío. De vez en cuando el hábito piadoso de algunos vecinos los aventuraba a visitar al pobre discapacitado. Pronto mi actitud los disuadía. Muchas veces mi madre insistió que frecuentara a mis amigos, yo me negué todas. Otras, podía escucharla llorando en su habitación. Otras, desquitaba con mi padre su frustración. Mis intereses poco tenían que ver con los de mis coetáneos. Entendí que la hospitalidad del mundo había llegado a un término. Una noche decidí ponerle fin a mi infortunio. Recordé que en el viejo armario del sótano mi abuelo guardaba un revolver en una caja. No podía bajar por mis propios medios hasta ahí, por tanto desperté a Maria Rosa, cuya lealtad era indiscutible, y le pedí que me alcanzara dicha caja sin hacer preguntas. Cuando la tuve en mis manos me dirigí al escritorio de mi padre a fin de redactar una carta justificatoria. Debo recordar que para entonces yo tenía quince años y el lirismo vergonzosamente era un medio lícito de expresión. Se avecinaba el crepúsculo, pensé que un suicidio precisa de la complicidad de lo oscuro; de lo contrario, no pasaría de la prosaica necesidad de atención. Me dirigí a mi cuarto. Ahí algo extraño sucedió. Camino a mi habitación las ruedas de la silla parecían adheridas al piso, la maleza, que crecía del piso de madera, y una improvisada lluvia difuminaban mi objetivo. Al fin, cuando pude entrar a mi cuarto me percaté que alguien ocupaba mi cama. Al llegar a la cabecera hice un descubrimiento que me llenó de espanto: el usurpador era yo. Recuerdo poco de lo que sucedió a continuación, quizás me desmayé de nuevo, no lo sé. Aún hoy trato de ordenar los hechos para convencerme de que no fueron un simple despropósito. Lo que sigue es aún más confuso, trataré de relatarlo de la mejor manera. Al abrir los ojos no pude ver nada. Tampoco podía moverme. Complacería a Freud que, sino todos, muchos hombres piensan en su madre ante lo incierto. Exasperado, yo la llamé a gritos. Una luz fuerte se encendió, mis ojos apenas toleraban la iluminación. Alguien me pidió que bajara la voz. A medida que mi vista se aclimataba, una silueta regordeta iba remontándose al pie de la cama. Me extrañó la presencia de aquella mujer en mi habitación. Explicó que era enfermera; luego, que no estábamos en mi habitación sino en una clínica. Explicó que el accidente me sumió en un coma persistente y que mi ausencia se había prolongado por tres años. Grande fue mi sorpresa al corroborar que lo que decía era la verdad. Me consoló la idea de que no estaba paralizado, que, previa terapia, recuperaría completamente el movimiento. Mi familia llegó una hora después. De preservar la compostura se encargaron los varones. No faltó la chacota de Jorge al respecto de mi tenaz flacura. Conversamos hasta bien entrada la noche. Más tarde volvió la enfermera, anunció que la hora de visitas había terminado. Nadie pudo persuadir a mi madre para que volviera a la casa; como toda madre, privada de la compañía de un hijo por un periodo más o menos largo, rehusó apartarse de mi lado. Yo estuve de acuerdo. Acomodó el sofá de la habitación y, luego de contarme del trajín de los últimos años, se durmió profundamente. Nunca antes había escuchado con tal deleite banalidad alguna. En cambio, yo sabía que no dormiría; por lo menos no esa noche. Pensé, no sin cierto temor, en todo lo que había vivido y que ahora estaba perdido. Que yo había sido alguien inexistente, un actor en un drama privado. Insensatamente, sentí nostalgia de mi patético alter ego. Recordé luego la biblioteca; recordé que había soñado que en uno de sus libros alguien decía que los sueños no son menos reales que la vigilia, porque todo cambio sucede en la realidad. Las palabras que me animaron al principio luego me llevaron a conclusiones sombrías. Yo fui aquel hombre, el otro. Cuánto tiempo tardaría ese otro en hallarme. Sentí náuseas. La rehabilitación se prolongó por cinco meses. Reincorporarse a la escuela fue una de las cosas más difíciles, no encontrar a los viejos amigos sino, en su lugar, párvulos inexpertos. Sentí la incomoda sensación de estar desubicado. No sé qué era peor, la condescendencia de los maestros o las burlas de mis antiguos condiscípulos. Orlando Plaza, afamado por su próspera estatura y su mezquina inteligencia, era el más incisivo. Nunca me he destacado por mis buenas pulgas. Una tarde, le abrí la jeta de un puñete. Giraldo nos separó. Otra victoria como ésta y estamos perdidos, susurré sin razón aparente. Ninguno me volvió a hablar. Pero, en días subsiguientes, otra fue mi inquietud: la sentencia que articulé. Un profesor me dijo que las ilustres palabras pertenecían a Pirro. Cuando volví a casa, arrebatado por la curiosidad, consulté la biblioteca, en el Ad urbe condita de Tito Livio encontré dicha frase cuyo autor, efectivamente, era Pirro. Poco pensé en el asunto, por esos días otra disciplina fue la que me distrajo: la vanidad. Descubrí que la desventaja cronológica de mis compañeros me daba cierta preponderancia ante las mujeres. Eso, el alcohol y las fiestas me devolvieron a la saludable trivialidad. Poco o nada hacía para conquistar el corazón de las mujeres de mi entorno. Entre todas, Romina era especial. Había como un sortilegio en su manera de mirar, como si voces ignotas convergieran en el preciso momento en que sus ojos se posaban en los míos. Fumaba más que un corredor de bolsa. Recuerdo un paseo a Naplo. Estaba feliz porque su amiga había venido a verla de Ámsterdam, yo, que nunca sentí celos, esa tarde aprendí a sentirlos. Y peor, de otra mujer. Caminamos hacia un arrecife. Un pelicano graznó despavorido. Ellas se detuvieron a mirarlo. Quise decir algo inteligente para recuperar la atención de Romina, sugerí que quizás la bestia soñaba la proximidad de tres personas. Las cosas no salen como las calculamos. Con aire de vestal (quiero recordarla así), Romina repuso que, entonces, el pelicano no había dejado de soñar. Mariana denunció mortificada cierto déjà vu. Yo le dije que ese fenómeno tenía una explicación científica. Lo cierto era que ni yo mismo me creía dicha explicación. Muchas cosas pasaron el mismo día, cosas que ya no recuerdo, o, tal vez no quiero recordar. No volví a ver a Romina. Pero el hecho me llevó, esa noche, a retomar mi cita con el viejo librero. No dormí. Busqué incansablemente aquellos aforismos desprendidos del sueño. Tenía el presentimiento que pronto los encontraría. Me equivoqué. Las siguientes semanas me enfrasqué en una intensa revisión de la Ética de Spinoza y la Lógica de Hegel; en muchos pasajes adiviné insinuaciones, en otras vagas alusiones bíblicas, en ninguno el objeto de mi intriga. La noche de la fiesta de Atkins, cuya gravosa invitación invalidó cualquier excusa, me senté al borde de la piscina, solo. La hora concedía cierta licencia a los comensales para manifestar un ridículo muy auténtico so pretexto del alcohol. Ximena, que no era excepción, a duras penas se sentó a mi lado. Preguntó por Romina. Yo no le contesté. Era como si nadie estuviera ahí. Todo me inspiraba un desprecio absoluto. Ensayé algunas razones para quedarme, no me convenció ninguna. Decepcionado, salí de la casa de Atkins y tomé cualquier rumbo, la desolación de las calles de alguna forma me reconfortó. No sé cuanto tiempo estuve caminando; pero el trino monótono de algún pájaro ya repicaba entre los redundantes álamos y en los quioscos los repartidores de periódicos ya se disponían a trabajar. Me di cuenta que no había regresado a casa, tampoco quería regresar. Caminé por un rato más, extraviado en esa consabida calle. Luego regresé. Mi madre esperaba en la sala. No tardó en reprocharme la irreverencia. Le asombró que no dijera nada, más que le diera la razón. Subí a mi cuarto para dormir. Eran las 7 de la noche cuando me levanté. La vaga sospecha de haber hecho algo mal me llenó de un infundado remordimiento. Me lavé la cara. Mediante una intrincada operación mental para justificar el mero deseo, consideré la posibilidad de visitar a Ximena. Miré mi cara en el espejo de baño. Me encontré más atractivo que otras noches. No con humildad, hice un examen de mi peculiar belleza. La belleza es una propiedad del sueño, reflexioné. Con suspicacia, me infligí una cachetada para entrar en razón. Me reí de mi insensatez. La razón es una ficción con premisas posteriores. No salí a ningún lugar esa noche, ni muchas otras. Años han pasado y yo todavía trato de esclarecer, desde mi casa en Valle Hermoso, en donde escribo estas últimas palabras, si alguna vez me levanté de ese cuarto de clínica.
Lima, 15 de Agosto 2006 |
© ANTONIO TABOADA. Lima, Perú. 1978. Sin mencionar su infundada aversión por el terreno académico (verbigracia, su fuga de la Facultad de Humanidades - hacia Medina, Café-bar: cerveza 2$- de la Universidad Nacional Federico Villarreal), el lector encontrará una prosa deficiente y soporífera, calculamos debido a cierta inclinación no favorecida a la seudociencia; encontrará una reivindicación de lo irracional como criterio sofisticado y de lo absurdo como fundamento de lógica. Por tanto, y por una cuestión de profilaxis mental, advertimos que abrir ésta página ya es una pérdida de tiempo, pero, al fin y al cabo, ¿qué cosa no lo es? |
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La oveja negra y los paparazzi* * N.A. Relato basado en el texto íntegro de “La oveja negra”· escrito por Ítalo Calvino el 30 de julio de 1944. Érase un país donde todos eran paparazzi. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una cámara y varios rollos de película infrarroja, para ir a saquear la intimidad de un vecino. Al regresar, al alba, encontraba que sus secretos se vendían en el quiosco de la esquina. Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno conocía perfectamente al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que sabía minuciosamente los pormenores del primero. En aquel país el secreto se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. Los medios de comunicación pertenecían a una asociación creada para vulnerar la intimidad de su audiencia, y por su lado la audiencia sólo pensaba en vender ilegalmente sus secretos a los medios de comunicación. La vida transcurría sin tropiezos, y todos podían vender una exclusiva o conocer la intimidad de su vecino, que a la sazón era tan escabrosa como la suya propia. Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre que no veía la televisión, ni compraba revistas de la prensa rosa o amarilla. Por la noche, en lugar de salir con la cámara y los rollos de película, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas. Llegaban los paparazzi, veían al hombre haciendo todos los días lo mismo en aquella actitud tan poco llamativa y se marchaban sin hacerle una miserable fotografía. Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente. Frente a estas razones el hombre que no veía la televisión no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a fotografiar los secretos de nadie. Él no leía revistas del corazón, por tanto no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Al principio, furtivamente, le retrataron en aquella actitud y una mañana apareció en la prensa vespertina. A los lectores no les pasó inadvertida la noticia y comoquiera que siguió siendo fotografiado por tantos otros paparazzi, pronto se convirtió en un fenómeno social. Aquel era el único hombre que no poseía ningún secreto y ello tenía el suficiente morbo como para romper los índices de audiencia y las tiradas de las revistas. En menos de una semana el hombre que no veía la televisión se encontró perseguido a todas horas, espiados todos sus movimientos, sin poder ir diariamente a su trabajo. El hecho es que al cabo de un tiempo algunos de los paparazzi que lo fotografiaron al principio llegaron a ser más ricos que los otros y ya no quisieron seguir fotografiando a nadie más. Entre tanto aquellos que se había vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Y comenzaron también a ser fotografiados por otros paparazzi. Pero como los primeros conocían bien la mecánica de las ventas en exclusiva empezaron a cobrar por posar todas las noches en el puente, entonces se volvieron mucho más ricos. Llegó un momento que las leyes del mercado hicieron su aparición y ya no interesaban nada los escasos secretos de unos hombres que miraban pasar el agua, y todos quedaron finalmente sin trabajo. Fue entonces cuando la opinión pública comenzó a pasar hambre. Había tanta necesidad que disparaban las cámaras unos contra otros, se fotografiaba cualquier acto por estúpido que fuese y algunos manipulaban los semáforos para conseguir la instantánea de algún ciego que cruzara la calle en ese momento. Dado que la penuria seguía instalada en aquel país, muchos decidieron que lo que vendía era precisamente la increíble hazaña de un hombre que no tenía secretos. Entonces se dieron en cuerpo y alma a crearle una nueva vida. A aquel hombre, que había sido abandonado en un orfanato, le surgió una madre; la novia que nunca tuvo ofrecía ruedas de prensa a todas horas, le salieron hermanos, primos, y una asistenta que jamás lo asistió, contaba todas las semanas los pormenores de la escabrosa vida de su señor. Todo volvía a ser como antes; la gente volvió a comprar tabloides, y una poderosa asociación de editores logró que se cerrase aquel miserable puente tan concurrido por las noches. De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre que no veía la televisión ni compraba revistas del corazón, ya no se hablaba de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo paparazzi. Honrado, y ajeno a aquel morboso mundo sólo había habido aquel fulano, y no tardo en morirse de hambre; y lo que es peor le obligaron a llevarse a la tumba algún ignominioso secreto. |
© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” y “Los chicos de Vico Capriata” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia. |
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