Los chicos de Vico Capriata
por Paolo Basrsanti

Traducción del italiano por Antonio Polo

 

Me llamo Felice Calleri, nací en Génova en Vico Capriata el día once de Septiembre de 1729. Soy muy anciano, quizás por este motivo, mi Obispo me ha ordenado escribir cuanto recuerde de la Revuelta del 46 y de los años que la precedieron.

Vivía en una callejuela empinada que descendía hacia el mar en medio del griterío de la chiquillería. Anticipándose a muchas otras ciudades, quizás obligada por su posición geográfica, la Superba, ya entonces había desarrollado la técnica de construir sus palacios en altura. De esta manera los carruggi, en lengua genovesa, -estrechos callejones sin salida que cortaban la ciudad siguiendo improbables itinerarios- eran como profundos surcos, a veces oscuros y tristes durante las lluviosas jornadas invernales, a veces sofocantes como estómagos mal olientes en los tórridos veranos.

Vico Capriata, a pesar del discreto nivel social de sus habitantes, no era un mal lugar para crecer. Para nosotros aquel callejón era la casa, la escuela y toda nuestra vida.

Yo estaba particularmente ligado a un grupo de niños. Entre ellos Giovanni Battista, llamado “Balilla”, un tipo delgado y nervioso con pocas ganas de aprender, prepotente, impulsivo pero increíblemente valeroso.

Luca, taciturno y esquivo y, sin embargo, un verdadero compañero, silencioso y fiel.

Giovanni un muchacho grande y orondo, siempre hambriento y predispuesto a cualquier broma y travesura.

Giacomo, el más pequeño del grupo, era extrovertido, alegre, sensible a las injusticias pero a la vez prudente y reflexivo. Era el único que hacía razonar a “Balilla” que quería ser nuestro jefe. Por eso a Giacomo lo considerábamos “el pensador”.

Después había una niña, de nombre María, a menudo sucia y malparada como el más puerco de los chicos y que tenía un carácter fuerte y prepotente.

Siempre estuve enamorado de María y buscaba a menudo el modo de protegerla de todo y de todos, pero en realidad era ella la que venía en mi defensa. Mi carácter timorato y no violento contrastaba, sin embargo, con una lengua demasiado larga y afilada.

Ninguno de nosotros iba a la escuela aunque de nuestra educación se preocupaba el párroco Francesco Maria Accinelli. Don Franco, así lo llamábamos en el callejón, había dedicado toda la vida a los niños y al estudio de la historia de Génova. Gracias a él todos sabíamos leer, escribir y contar. Giovanni era su preferido. El padre había descubierto que tenía un don para la música. El sacerdote se había empeñado, poniendo dinero de su propio bolsillo, para que nuestro compañero pudiera ir a estudiar música.

La peste de 1745 fue peor que la guerra. Casi todos en Génova cayeron enfermos y una decena de miles llegaron a morir. Nosotros éramos supervivientes que habíamos llevado sobre los hombros los ataúdes de demasiados amigos.

En medio de todos aquellos cadáveres habíamos perdido para siempre la inocencia y la ilusión de ser inmortales.

María, el machote descarado y despechado, se volvía una bellísima muchacha y sus ojos azules resaltaban los largos cabellos negros perfumados de lavanda. Era ella el espíritu del grupo, siempre dispuesta a ayudar a otros e intolerante a los abusos.

Nos besamos la primera vez en una fresca mañana de primavera. El cielo estaba sereno y las golondrinas volaban veloces. Una suave tramontana arrastraba nuestros corazones y henchidos por el primer amor, percibíamos todos los aromas de Génova. Bajo mis labios, los suyos se abrían dulcemente y nosotros ingenuos e inexpertos, quedábamos largo tiempo con las lenguas inmóviles. Manteníamos nuestras bocas unidas mientras el perfume a azahar de un pitósporo entraba por mi nariz y nos atravesaba el aliento, entonces la primavera se encendía cuando pasaba por delante de sus bellísimos ojos.

Ella ha sido la única mujer que he amado.

El invierno de 1746 fue terrible.

Nevó seis veces sobre el mar dentro del puerto. El frío barrió buena parte de los ancianos y de los débiles que habían sobrevivido a la peste.

Yo trabajaba en la tintorería de mi padre junto con Balilla, Luca y Giacomo. Los sábados por la noche nos juntábamos en la sacristia de Don Franco y hablábamos de política, de guerra y de cuánto acaecía en el mundo ajeno a la República. La primavera, envuelta entre las primeras tibiezas, impuso al invasor. El ejército austriaco pesaba cada día más y con la llegada del verano, en los callejones, se oía hablar más el alemán que la lengua genovesa. Recuerdo de aquellos meses las flores de pitósporo que tantas veces regalaba a María y que ella colocaba en su pelo recompensándome con un dulcísimo beso. Vivía para nuestro amor y para los sábados por la noche, cuando en la sacristía soñábamos con nuestra salvación. Estábamos excitados y encendidos ante la búsqueda de la libertad. Balilla estaba seguro que solo una revuelta armada podría liberar a Génova. Luca esperaba la ayuda de una nación amiga. Giacomo auspiciba una comunión de ideas entre el pueblo y la burguesía que seguramente habría llevado a una nueva fuerza política.

María estaba furiosa por las arbitrariedades y los abusos que los invasores perpetraban cada día y con el melífluo gobierno de la ciudad, estaba impaciente por actuar.

Una noche Giovani nos sorprendió a todos ante una inesperada noticia. Su padre, hombre humilde pero sensible y de grandes virtudes, aceptó la propuesta de Don Franco de mandar a estudiar a su hijo al Real Conservatorio de Turín. Renunciar a una paga, y a la ayuda como tipógrafo, para una familia numerosa como la de Giovani podía ser trágico. Nuestro compañero estuvo atormentándose por mil dudas y temores.

Nosotros, con dolor de corazón, lo incitábamos a entrar en aquel camino declarándonos envidiosos de semejante posibilidad. En realidad, todas las veces que escuchábamos sonar el órgano de la iglesia, quedábamos encantados y sorprendidos por la bellísima música que salía de sus grandes manos siempre sucias de tinta.

Animábamos al amigo con la posibilidad de dar a conocer a los piamonteses nuestro deseo de rebelión y buscar en ellos aliados fieles.

Aquel invierno se presentaba bastante distinto al anterior. Era cinco de diciembre y todavía hacía calor. La única señal de aquella estación era la insistente lluvia que, acompañando al viento de siroco, parecía querer lavar el vaho que subía hasta Génova.

Trabajábamos todos y junto a cinco operarios de Vico dei Tintori, frecuentemente al mediodía nos juntábamos para almorzar. Así fue también aquella maldita mañana. Estábamos al resguardo en un cobertizo cuando, improvisadamente, oímos los gritos y los disparos provenientes de la vecina “Caruggio do Diao” (Via del Diablo). A la mitad de aquella callejuela estaban parados una decena de soldados que trataban de arrastrar un pesado mortero. Estaban empantanados en mitad de la calle y el mulo al cual estaba atado aquel obús no lograba moverse. Los austriacos habían decidido reclutar por la fuerza a algunos vecinos. A causa de la lluvia los cascos del mulo resbalaron y aquel cañón de artillería se hundió todavía más. El comandante de los militares no encontró mejor solución que inculpar a dos muchachos muy conocidos en el barrio. El militar desahogó su rabia golpeando en la nuca a uno de ellos con la culata del fusil. Fueron golpes tan tremendos los que recibió el pobre muchacho, que todo se salpicó de sangre y de una materia gris.

Llegamos a la carrera y a la vista de cuanto estaba sucediendo. Impulsados por la inocencia de nuestros diecisiete años y con el corazón que nos estallaba en el pecho, fuimos hacia los militares gritando: ¡Cobardes! Malhechores... ¡Asesinos!”

Alguno, después, contó haber oído gritar: “¡Che linse!”, que en lengua genovesa significa “¿Quién empieza?”

María fue la primera que se agachó a recoger las piedras del fango. No recuerdo quién de nosotros lanzó la primera de ella pero creo que fue Balilla, el cual tenía la mejor puntería de todos, el que consiguió colocar la suya en el grupo de soldados. A la vez, y no comprendo si ello fue provocado por nuestro gesto o fue producto de la casualidad, desde las ventanas del callejón cayeron sobre los soldados docenas de objetos. Parecía una verdadera lluvia de cosas, a cuál más extraña, las que caían sobre ellos solo con la particularidad de ser pesada. Floreros, morteros para “il pesto”, tejas de pizarra, sillas, ollas y de añadidura zuecos de madera.

Bastó que un soldado, bajo aquel lanzamiento, cayese a tierra, para que de inmediato fueran una decena, veinte manos rápidas las ue tomaron sus armas para descargarla contra los invasores. Solo un austriaco logró disparar. Un disparo, un golpe, un rumor profundo, largo... larguísimo.

María cayó a tierra como cae una gota de una nube por el viento de siroco. Me deslicé sobre ella lentamente y uní mi boca a la suya decididamente abierta como sus ojos, todavía bellisimos pero llenos de muerte. Quedó así durante algunos minutos, mientras todos esperaban que recusitara su hálito escaso. Cuando me incorporé, los soldados parecía todos muertos. La multitud estaba inmóvil y reinaba un absoluto silencio como si los presentes se percatasen de la gravedad del gesto inicial.

Balilla vio en el suelo a María y liberó la rabia que tenía dentro. Levantó al cielo el mosquete arrebató a un soldado e incitó a la multitud gritando: “¡Adelante! ¡Adelante lo hecho, hecho está! ¡Viva la libertad y viva María!” Todos lo siguieron exultantes y se encaminaron hacia el centro de la ciudad. Yo quedé inmóvil, y aunque en mi juventud había visto muchos cadáveres, ésto era diferente de los muertos de la peste. Las pobres vícitmas de la enfermedad parecían dormir en su fría rigidez. Aquel callejón por el contario estaba lleno de sangre y los muertos tenían pintado en sus rostros el estupor y el miedo.

Después de algunos minutos oí un gemido y descubrí que entre ellos había un superviviente. Era un joven austríaco, quizá solo con algunos años más que yo. Mi primera reacción fue estrangularlo con mis manos para vengar a María. Después recuerdo un soplo de viento nuevo que llegó de improviso y sobrevoló veloz el callejón. Me distrajo un olor o un sonido, y no recuerdo ahora si el soldado gemía entonces. De nuevo cayó a tierra junto a mis lágrimas. Cogí la cabeza del muchacho herido entre las manos, buscando de alguna manera, limpiarle la comisura de los labios, los ojos y abrazarle. No odiaba a quel desgraciado.

Giacomo se había quedado también y sus ojos se cruzaron con los míos. Mi compañero comprendió y aceptó la piedad por el enemigo, levantó una mano en señal de saludo y desapareció al doblar la esquina.

Durante los días de la revuelta vi también un par de veces a los muchachos de Vico Capriata. La primera delante de la iglesia de San Girolano del Rogo, donde solía pasar una turbamulta que se dirigía al Cuartel general del Pueblo. La segunda y última, entre los presos de la Iglesia de la Inmaculada que había sido transformada en prisión y hospital para casi cuatro mil soldados austriacos tomados prisioneros.

Balilla lucía sobre los hombos una guerrera arrebatada a un oficial enemigo y se había dejado unos cabellos largos y rizados que recogía con una pañoleta roja. Era el héroe del momento. Cuando pasaba delante de la gente, se oían gritos de exaltación y regocijo. Las muchachas le llevaban panes, botas de vino y pañuelos perfumados con promesas de amor. Yo como muchos otros, lucía una especie de sayo marrón con una gran cruz roja cosida en el pecho. Aquel hábito me había sido impuesto por los frailes, no para mi protección sino como punto de referencia para todos aquellos que buscaban ayuda.

Pasados unos días de la revuelta, entré en un convento y después de algunos años fuí ordenado sacerdote. Destinado para servir en Savona primero y después en otros diversos lugares, volví nuevamente a Génova en el 79, desde entonces vivo en la Iglesia de la Magdalena. Mis compañeros de antaño están todos muertos. Recuerdo a Don Franco en el humo de la batalla bajo la Logia del Comendador de Prè, en diciembre de 1746 con el crucifijo en la mano izquierda y el mosquete en la derecha.

Recuerdo a Balilla que ha vivido atormentado por su espíritu rebelde y revolucionario. Intolerante a las leyes y a las reglas de la vida común. Ha continuado interpretando su personaje de héroe, viviendo más de añoranzas que de realidad.

Luca Bixio ha alternado su trabajo de hábil tintorero, por el de policía. Fue elegido muchas veces como Consejero del Gobierno de la ciudad, pero también él, plegándose a la hipocresía de varios gobiernos, fue utilizado durante la revuelta del 46 y finalmente quedó siempre a disposición de ellos para servir a Génova.

Giacomo Drago, el pequeño Giacomo, durante la revolución no pasó desapercibido al Duque de Boufflers por sus dotes de organizador y libre pensador. El noble lo ayudó a estudiar. Famoso abogado ha seguido siendo el artífice de la libertad en la burgesía genovesa y me cuentan que hoy, su hija María, representa el espíritu liberal de la Superba.

Giovanni Paganini es un famoso músico. Apenas terminados sus estudios, volvió a Génova, donde se dedicó a la política con el mismo antojo y entusiasmo que siempre había adoptado en su arte. Mantengo una buena amistad con Giovanni y he tenido el privilegio de bautizar a su nieto, el pequeño Nicolás.

 

 

 

 

 

 

© Paolo Barsanti. Nacido en Génova (Italia) en Septiembre de 1949, es de sangre toscana. Empeñado profesionalmente en el campo de la Química, escribe por el solo placer del deleite. Ha publicado en 1992 el libro titulado “Racconti tra il cielo e la terra “ (Cuentos entre el cielo y la tierra) [editado por la 4Elle di Genova]. Después ha dado a la imprenta otros cuentos siempre bajo el sello de la misma editorial. Paolo Barsanti ha obtenido más de cuarenta premios literarios, así como reconocimientos nacionales e internacionales. Acaba de recopilar algunos de sus relatos en un reciente CD titulado “Paure, Speranze ed Eroi” [Miedos, esperanzas y héroes], editado por la Edit. M.P. de Génova para distribuirlo entre las personas que más quiere.

© De la traducción Antonio Polo González. Madrid 2006.

 

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