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Escenas dormidas
I El suicidio es consecuencia del mal de altura, porque en los estados exultantes falla el proceso de asimilar con sentido común. Se acentúan entonces los síntomas delirantes de nuestra conciencia. En el punto en que el viento renuncia a soplar a favor sospechamos que nos han robado algo muy propio y nos embarga la sensación de desamparo, de engaño, deslizándonos por un pronunciado tobogán hasta hurgar el fondo de los abismos. Y ahí resolvemos matarnos por el deseo de un mejor vivir. Pero el suicidio, no lo olvido, se gestó en el vértigo de arriba, en la rabieta de quien espera más de lo precario, de quien no encontró sentido al papel de segundón en el que se sirve y no se es servido. Solemos ser rentables en lo que menos se sospecha.
II Soy ese animal taciturno de uñas y pelo largo, discreto animal doméstico con la risa gravemente tristona. Me visto con aires de profeta rumiando historia. Soy – ¡dios nos libre! –un melancólico. Lugareño en dos idiomas, comparto lo anecdótico con cantones empinados, con piedras incoloras de agua, con tabiques de madera de haya. Fui engendrado por un sueño de fulares cárdenos, zapatillas y vaqueros. Escalo peldaños de dos en dos por troncos mancillados, por tiendas de libro viejo, por torres sin iglesia y nidos sin cigüeña. ¿Se puede ser otra cosa que melancólico en este silencio invernal? Hora de queda cinco de la tarde. Sin toros ni poetas muertos.
III El fregadero brilla con la aceitunada caricia del lavavajillas exterminador, vanguardista espectro. Una cuna se traga del niño sus berridos y la madre neurótica perdida se desespera contra un muro de impotencia. No comprende a quien no habla. Enciende la tele por tapar el ruido con ruido. Llaman a la puerta. Se presenta un gestor nacional cuando algo se pudre, y el fétido olor atasca las cañerías. El niño con las quijadas rotas, enmudece. La madre quiere huir del naufragio a bordo de una balsa de valium. El gestor es una voz que ruge, lo que corresponde a la tragedia del instante. La gotera insiste torpedeando el fregadero como los granos rasposos de un reloj de arena. Es el ordinario infortunio en verde.
IV Aquella tarde le había hecho o deshecho el amor poniendo mi alma en ello. El cuerpo con su apoyo logístico cubrió los flancos estéticos. Quiero demostrarme que el espíritu no se asusta del sudor y del deseo; mas bien los emplea como ganchos persuasivos. Ella, sin el aliciente de lo novedoso, comprobando cómo me detenía en los puntos habituales, agradeció mi entusiasmo y dedicación. En mí ya es mucho, acostumbrado como estoy a disponer del sexo en su vertiente arrojadiza, o como moneda de cambio para el cobro o pago de favores demorados. Andaba en estas disquisiciones intercostales con los brazos en jarra sobre la barra de un bar gay, tomándome un combinado de colores, y de vez en cuando echando un vistazo para sondear el nivel de interés que provocaba entre los parroquianos, cuando me sorprendió con un húmedo ¡Qué tal! Esa mujer surgió de la nada que se crea en el barullo de música máquina y de rostros anónimos que desfilan sin descanso. Mujer de cabello trenzado, dedos largos, boca alargada, mirada turbadora en las distancias cortas. Me mordisqueó el lóbulo de la oreja. Antes estuvimos hablando pero no me acuerdo cuánto ni de qué. Algunas confidencias para mí intrascendentes la empadronaron en Málaga, hacia donde se dirigía sin prisas. ¿Ya he mencionado que me mordisqueó el lóbulo de la oreja? —Sakira O’donai– susurró al tomarme la mano y arrastrarme a la calle. —Te llamas Sajira Onai. Pues qué bien –dije a punto de ponderar la firmeza de sus nalgas. Con tez morena y costra apostillada, su voz como el viento de un día lluvioso, estuvo en un tris de consumar el engaño. De pronto, al pasar por delante de la estación del tren, se deshizo de mí, corrió hacia las vías, corrí tras ella, y al cruzar la puerta del vestíbulo se había esfumado en un fatal destino de andenes. Fantasma con apariencia humana. Me sentí sobrecogido con mi necedad. Arrastrado por una belleza esquiva con fecha caduca. Había sido infiel de pensamiento y palabra. y si no fue de hecho, a la rareza femenina se lo debo. Decaído y cabizbajo me encaminaba a casa donde sin merecerlo alguien me aguardaba. Tropecé. Casi me caigo. Casi la tiro: Un bulto negro de luto anacrónico con copete blanco en lo alto se interpuso —¡Disculpe, iba distraído! Me excusé ante la anciana que aún aturdida se inspeccionaba el vestido de mortaja con sus acuosos y esquilmados ojos. —Los jóvenes no sabéis dónde tenéis la cabeza—. No repliqué a su comentario aunque mis cuarenta y cinco años no me permitían considerarme joven y el plural era una guerra declarada contra el mundo. La anciana perdía la vertical con una pronunciada inclinación hacia delante, apoyándose en el bastón que colocaba a medio metro de sus diminutos pies. Seguí camino pensando que hay espíritus que no se retiran a tiempo en vistas de una próxima reencarnación. Pero me temo que la labor de éste en particular era el ponerme en antecedentes: —El espejo de tu casa cualquier mañana, antes de lo que imaginas, reflejará una imagen decrépita.—Al fin con oscuridad de Luna, cansado ya de un destino de barraca que da más vueltas que un ventilador sureño, entré en el hogar que merece ese título gracias a la mujer que lo habita y me ama. La llamo por el nombre, que no transcribo aquí por respeto a su persona, librándola así de aparecer en mis escritos. Entre mimos solicito encarecidamente un favor póstumo: —Si en verdad, como dicen, morir es borrarse de la memoria de quienes te conocieron, te pido que una vez hayan puesto tierra de por medio entre el cielo y yo, me olvides pronto.
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© Luis Amézaga. Nacido en el año 1965 en la ciudad de Vitoria. Aquí vivo actualmente. Fui visitador habitual en distintas facultades universitarias con el premio de un título de Magisterio. He trabajado en diversas faenas de pico, pala, y pluma. Me considero un escritor con vocación y lector profesional. Cuento con varias participaciones en antologías poéticas de editoriales españolas y latinoamericanas. He participado en la antología de relatos “Narrativa contemporánea española”. Y en “60 Autores, 60 relatos” de la editorial Beta. También colaboro con revistas literarias en papel como “Nitecuento” (Barcelona), “Resonancias” (Suiza) “La Nuez (México)”, “Los Papeles de la Manscupia (México) “La Bolsa de Pipas” (Palma de Mallorca), “Cuadernos de Poesía TELIRA”, ZURE ARTE de Bilbao. Colaboré en el último número de la publicación “Luces y Sombras” de la Fundación María del Villar Berruezo. Así mismo impulso con diferentes colaboraciones el proyecto de la nueva revista “EL GENERADOR”. Colaboro en el ambicioso proyecto de poesía y arte de “Amilamia” (Vitoria). Desde hace años cuelgo trabajos en distintas revistas y periódicos virtuales como LUKE, y dirijo la revista “El Verso que Viene. SigloXXI”. Así como la publicación del blog literario EL POETA MIRÓN: http://poetamiron.bitacoras.com He recibido un accésit en el premio de poesía Mizares. He publicado diversos artículos en periódicos locales y mi último poemario publicado en solitario fue “EL CAOS DE LA IMPRESIÓN” en la editorial madrileña SINMAR del grupo Vitruvio. Y estoy en vías de publicar con la editorial BAILE DEL SOL, la obra “A PESAR DE TODO”. |