EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a
[número treinta y cuatro edición invierno 2007]

I  P r e m i o  L i t e r a r i o
P a t r i c i a   S á n c h e z   C u e v a s

Primer premio: "Como quieres que te quiera" por Luis Alberto Rodríguez
Segundo premio: "Los niños del viento " por Pedro Gallego Cortijo
Tercer premio:""Costante" no quiere siesta"por Juan Carlos Rodríguez Suárez

Accésit: "Siempre" por Ernesto Navarrete
Accésit:"El pecho" por Ramón Gutiérrez Moreno
Accésit:"La cuenta atrás" por Rosendo Sánchez Gómez


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Cómo quieres que te quiera…
por Luis Alberto Rodríguez

Primer Premio del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 

Las bases de un concurso. Times New Roman cuerpo 10. Escribir un relato, me dijiste; 8 ó 10 folios y, en realidad, con tres palabras te contaría lo que me bulle dentro. Escribe un relato tú que tienes corazón…, y con él lo escribiré porque no tengo otra cosa, corazón con una pedrada en el medio, corrido de grietas desde el centro hasta las esquinas, como un espejo roto. Y en él me miro y me veo en mil pedazos y, al tiempo, mi yo roto multiplicado por mil quizá por la maldición de que si no quieres lentejas… ¡toma tres platos!

Sí, de una mujer se trata, aunque te extrañe, por esa creencia tuya de que jamás sentaría la cabeza, por el tamaño decías, y que cuando lo hiciese jamás podría levantarla, por el tamaño también. Pero, ya ves, amigo, la vida es un jodido puzzle al que siempre le falta alguna pieza; o, peor, te dan un golpe en el tablero y te echan todo a volar.

La conociste hace seis años. Estábamos tomando unos cafés en General Moscardó, esperando a que diesen las cinco para subir a ver a aquellos clientes de Eurobuilding, problemillas con un enfoscado decíamos. Cortados con leche fría. Era Enero. Supongo que también afuera haría un frío de la leche. La vi pasar.” Como en las películas”, pensé. Salí a la puerta y la llamé. Ya apenas recuerdo algo más, sólo que la decías que me iba lejos, muy lejos y muy pronto. Por eso intercambiamos los números de teléfono, podríamos tomar un café antes de que me vaya… De acuerdo, dijo con prisas, me voy a buscar a mi hija que está a punto de salir del colegio. Besos.

Como en las películas. Debí habértelo contado todo entonces, tomando unas copas, más allá del problemilla que, igualmente, nos acabaría costando dinero. Nada de eso. Subimos a la oficina de los clientes y de allí nos fuimos a no sé dónde. No sé. Siempre me ha quedado el regusto de haber perdido la oportunidad de hacer dos algo, dos pájaros que vuelan de un mal tiro.

Ese encuentro fue el entreacto de la historia. El primer acto comienza unos años antes, en un lúgubre garito de Vallecas, donde hemos ido a tomar una Coca-Cola. Trabajábamos en la misma Empresa y, por entonces, estábamos cambiando de oficina. Esa tarde, al llegar de una obra, me encontré la oficina de la planta invadida de cajas. Hola, dije, y apareció su cara de entre una montaña que amenazaba con caerse.

—¿Me pones un café?, pregunté por decir algo.
—¿Nos echas una mano?
—No, tengo mucho que hacer…, y me fui a mi despacho, a no hacer nada, siguiendo sumido en esa espiral descendente en que había entrado unos meses antes. La Empresa, ya te conté, daba para ello y quizá yo fuera de los que menos daño hacía por, sencillamente, no hacer nada. Vivía con serenidad, con la misma que asaltó a Jack Nicholson al final de Alguien voló sobre el nido del cuco, un estado de catatonia laboral donde todo te resbala, nada va contigo y a un día le sigue otro hasta que llegue cualquier final. Por eso no me agradó que me invadieran el cortijo, que me pidieran ayuda para algo que no era mi cometido- ¿cuál era?- y menos alguien de la Oficina Central que, como sabes, pertenecen a otro mundo, aunque no me atrevo a asegurar quiénes son los extraterrestres.

Me encerré en mi despacho. Debí de poner música y encenderme un cigarrillo, pequeños placeres que me relajaban y me permitían soñar, imaginar que volvía a tomar el pulso a mi vida, que recuperaba el ánimo perdido y hacía algo, lo que fuera. O, simplemente, ayudas para dejar pasar las horas sin más. Es duro vegetar y lamentable que tu conducta no contraste con el entorno. Qué tiempos. De abandono, de desaliño, tiempos oscuros donde aparece de súbito una luz, un fogonazo que hendirá la oscuridad y lo revolucionará todo: abrió la puerta sin llamar, los brazos en jarra, voluptuosa, llena de curvas, ¡qué vértigo, chico, ahora que lo rememoro! Fulminándome con la mirada, me dijo que ya habían acabado y que si, al menos, les invitaría a tomar una Coca-Cola. Luego han venido más, pensé. Seguro que suspiré —tic de la época que perdí semanas después— Asentiría resignado y movería la mole que era entonces. Puede ser así. Lo cierto es que salí detrás de ella y me hipnotizó su “trasera” que diría un mejicano. Hasta tal punto que, cuando me pidió que le diese un manguerazo a su coche —un M3 blanco lleno de polvo de cemento—, comencé a buscar una manguera como un perfecto estúpido. Reaccioné: llamé al palista y le ordené que lo hiciera, ¡qué cosas tienen los jefes!

Lúgubre garito de Vallecas. Coca- Cola para todos, ni siquiera yo tomé White Label. Hablaban sin parar, reían. Yo sonreía por educación y sin ella la observaba, atónito, jersey rosa y pantalón vaquero, qué brillo en los ojos, qué labios, el pelo suelto, qué cuerpo, las manos tan blancas y en una de ellas las llaves del coche y una de ellas la aprieta contra mi barriga y me susurra te voy a desinflar y el resultado fue justo el contrario: cuando nos vamos salgo henchido, con un hormigueo de deseo y de algo más que entonces no identifico, algo, algo, algo. Se subió en su BMW blanco y partió quemando rueda, ¡loca! Una anécdota: no siguió mis indicaciones y se perdió por la M-40; qué diferencia, porque yo no seguí las suyas y ando perdido por la vida.

A toda velocidad. Y, desde entonces, estoy detrás de ella, haciendo la goma como los ciclistas, a punto de acariciarla y viéndola marchar unos instantes después. Aunque hubo un tiempo en que no fue así. De alguna manera, estuvimos juntos todo un año, tarde tras tarde. No fue por casualidad. Ella dirigía el departamento de proveedores y, de pronto, me entró un interés desmedido por las facturas, los albaranes, consultas telefónicas asépticas y alguna broma, ya sabes, me conoces, pero me temblaban las piernas como al adolescente encontradizo que distraídamente pasa siempre por la calle de su chica justo a la hora en que ella sale para, posiblemente, ir a una academia y la sigue, y la sigue. Y la consigues, tú. Llegó la primera cita: fue un jueves, sin duda, porque , antes de nada, fuimos a Caja Madrid para que hiciera unas gestiones, una manera un tanto sui generis de comenzar un romance, pensé, aunque meses después entendí que habíamos quedado para tomar algo que no es lo mismo que una cita. ¿Y? Qué más daba, si la vida es muchas más cosas que la propia vida y ella me había atravesado el espíritu como las estrellas fugaces el firmamento, sin dejar aparentemente más que una estela detrás; aparentemente, porque también quedan los ojos del niño sorprendido que, azarado, no sabe por cuál deseo decidirse.

En aquella época leí a Manuel Vicent que, para adelgazar, nada como el Amor o los Celos. Empecé por el primero y con ayuda de poca comida y menos dormir, fui perdiendo el barrigón que me amenazó con la llave de su coche y, coño, entre lo uno y lo otro, comencé a estar más seguro de mí mismo, a pensar que si no es por un sueño a qué lanzarse detrás de una estrella. Y, de pronto, fue ella quien volvió a proponer que saliéramos otra tarde y otra una semana después. Si el roce hace el cariño, también te permite darte cuenta de que lo que puedes significar para la otra persona y, en este caso, ocurrieron las dos cosas. Algo de cariño le iba naciendo por mí pero era poco más que una compañía agradable. Y tampoco era el único, porque una cohorte de moscones revoloteaban a su alrededor. Y casada. Un cuadro, macho, pero quita de tu cabeza eso que estás pensando porque te equivocas, como todos lo hicimos en aquellos días. Puede que el único que descubriese el secreto fuese yo: es un espíritu libre, infinitamente libre, y juguetón, una provocadora de emociones, pero con las cosas muy claras…, al menos hasta que alguien juegue como ella. Sin ni siquiera barruntar que lo hubiera, el acertijo quiso que lo solucionase mientras yo estaba a otra cosa, como Fleming y sus cultivos. Pensando que había demasiada gente, decidí abandonar: como Romanones, decía JAMÁS y cuando decía JAMÁS decía hasta esta tarde y volvía a llamarla, siempre nos hemos eternizado en el teléfono… huir pero con la inteligencia de la mosca que a cada movimiento se ata más y más. Y ya no pude más: no soy jugador, aunque imagino que es un cóctel de desesperación, rabia, ganas de revancha, cansancio y otros sentimientos destructivos, los que mueven a jugarse el resto; acabar de una vez por todas, la ruina más absoluta, abandonar el Casino con la cabeza gacha y poder respirar aire fresco, sentir cómo se te aplaca el alma y como ya nada importa o te suicidas o sigues adelante. Y punto y aparte.

Este cuento habría tenido más brillo si me hubiera cargado a los moscardones y al marido, el Asesino de la Rosa Roja - la Flor del Amor, el Color de la Pasión- me podrían haber apodado. No valgo, amigo, para ese tipo de hazañas, soy más de Cyrano que de D’Artagnan, de modo que la escribí, sentimientos negro sobre blanco. “Noche Pelo Caoba”, una barroca declaración, un juego de fantasías y realidades, donde el protagonista acababa charlando y tomando mate con su amigo de toda la vida,¡Borges! Se lo entregué antes de Navidades y le dije que hiciera el favor de no leer entrelíneas. Confíe que le pareciera tan ridículo, tan trasnochado, que, a la vuelta de las vacaciones, se riera en mi cara, que me ofendiera de tal manera que fuera pan comido hacerse un nudo en el corazón, pobre de mí/pobre de mí, abandonar el Casino con la cabeza gacha y poder respirar aire fresco, sentir cómo se te aplaca el alma y, como ya nada importa, o te suicidas o sigues adelante. Y no, no fue así: leyó entrelíneas, me llamó loco… pero ¡peligro! que es de amor, repuse…, es muy hermoso lo que me dices o esto no lo dijo y hoy me lo invento.

Fueron desapareciendo las espinas y descubrimos juntos que no eran erizos sino corazones. Amigo, no te contaré detalles porque me resulta imposible traducirlos a palabras, serían lugares comunes a otras tantas historias aunque, quizás, tuvo ingredientes que no haya habido en muchas de ellas. Otros sí, como la dulzura y los desplantes, cartas pasionales, celos, muchos celos porque ella seguía casada y a mí, El Hombre Tranquilo, se me llevaban los demonios: ella tenía las cosas muy claras, aunque flaqueó, sí amigo, flaqueó y me confesó que le gustaría tener dos vidas para una pasarla conmigo. No la entendí. Es falso que el tiempo todo lo cura: cuántas veces he sentido no haber apreciado esas palabras justo en aquellos momentos. Conociéndola, era toda una declaración que se me pasó por alto, ofuscado como estaba con el mundo real.

Perón afirmaba que la Única Verdad es la Realidad, aunque luego se inventase una Santa y un País de las Maravillas. Sea así o no, la Realidad, tozuda la jodida, se suele imponer a los sueños y, no conforme, los maltrata, los tortura sin quitarles la vida para que sigan asaltándote, jodiéndote, ¿qué hiciste mal para no cumplirme, pelotudo? La Verdad, la Realidad, fue que se quedó embarazada de su marido, yo jamás llegué ni siquiera a besarla, y comprendí que todo se había acabado. Aquella tarde, cuando me lo dijo, me puse a llorar y ella conmigo. Llorábamos de felicidad y de tristeza, abrazados, la única vez que la abracé, como dos adolescentes al final de un verano inolvidable.

Y ahora, amigo, se me aguan los ojos y fuerzo una mueca que quiere ser una sonrisa porque luego vinieron momentos hermosísimos, puede que los más bellos.

Pasamos juntos su embarazo. Ella había llegado a un acuerdo con la Empresa y la había dejado un par de meses antes. Comenzó a cuidarse y a cuidarme como si ya le hubiera nacido el instinto maternal. Yo, cada día, tenía más tiempo libre y se lo dedicaba íntegro. Asistí atónito a la transformación de su carácter, cada vez más dulce, y de su cuerpo, cada vez más hermoso. Fui viendo cómo la vida crecía en su cuerpo, cómo la vida nos hacía un guiño, cómplice nuestro. Dábamos largos paseos agarrados de la mano, como amantes, charlando, nos reíamos, siempre me ha hecho reír. Cuando se cansaba, nos sentábamos en un banco y la observaba, me la comía con los ojos, fijaba en mi memoria cada uno de sus gestos. Cuando el embarazo ya había avanzado, en esos momentos de reposo, le gustaba desabrocharse el abrigo, tomarme la mano y pasarla por su vientre hinchado, ¿la sientes? Y me sobresaltaban aquellas patadas del bebé, la proximidad de sus senos, los latidos de su corazón… Me dolía cuando la acompañaba hasta su casa y nos despedíamos y se rompía el encanto y todo volvía a ser cruelmente real, el príncipe se convertía en rana.

¿Y qué pasaba alrededor mientras tanto? Sinceramente, no lo sé. Fueron meses en blanco, en blanco de inocencia y de amnesia de cualquier otra cosa que no fuera ella. Así es. De alguna manera, estaba burlándome de la Realidad: ignorarla me permitía ser feliz aunque, con el paso de los meses, comenzó a asaltarme la ansiedad que te invade cuando sabes que el tiempo se te escapa de manera irremediable, que el futuro será un postizo y no la continuidad del presente que disfrutas. Pensé en pedirla que nos casáramos, ya casi los tres, pero no lo hice porque ella a quien realmente amaba era su marido. Yo era… ¡qué sé yo!

Tuvo complicaciones en el octavo mes y debió de guardar reposo. Dejamos de vernos. Hablábamos por teléfono y sólo de vez en cuando porque siempre había alguien cuidándola. Lo cierto es que, en cuanto podía, me ponía un mensaje en el buscapersonas -¿quién recuerda los buscas?-, y yo me lanzaba a cualquier cabina para no perder ni un segundo de la posibilidad de escuchar su voz, mezcla ya de alegría, preocupación, temores.

—Preferiría que me acompañases tú en el paritorio…, me das más confianza, me haces sentirme más segura.- me dijo un par de días antes de que la ingresasen.

Efectivamente, no fue así. Creo que fue un miércoles cuando dio a luz, de madrugada, y yo no estaba allí. Me despertó el pitido del busca. Un mensaje: “Tengo a mi hija en brazos y me ha preguntado por ti”. Y yo no estaba allí, ya ves. Le envié unas flores sin tarjeta como habíamos pactado.

Todo había ido perfectamente y a los pocos días estaba en casa. Me avisó en el momento en que pudo y, de inmediato, la llamé: la escuché radiante, tengo ganas de verte y de que veas a mi hija, sí, cuando quieras, y pensé que dentro de poco me tendría que ir si quería vivir, porque allí no pintaba gran cosa, ella tenía una vida que seguir y yo ya jamás la tendría a ella. No es que me rindiera, amigo, es que la conocía bien, la conocía con el alma y comprendí que cualquier opción de vida en común había caducado. Así fue. Tres o cuatro meses después, me dijo que mi actitud la cansaba, ese querer verla continuamente y el enfadarme por no conseguirlo no le hacía bien, que necesitaba aire, que bastante tenía con su estado y su hija para también pelear conmigo. No me llames, por favor, yo te llamaré.

Siempre me han dado pena los perros callejeros. Cuando niño, teníamos uno que era la mascota del barrio. Le cuidábamos, le alimentábamos, le queríamos. Un buen día un coche le dio un golpe y quedó rengo; al poco, algún desalmado le abrió la cabeza y casi perdió la visión; finalmente, un día apareció colgado de un árbol y pensé que se habría suicidado. Por eso prefiero a los gatos, listos, vivos, saltando por los tejados en la madrugada.

A los pocos meses vendieron la Empresa y los nuevos dueños nos despidieron a casi todos. En fin, que al que es martillo, del Cielo le caen los clavos como cantaba alguien por aquella época o un poco antes o un poco después. Alguien debió de decírselo porque una mañana me llamó a casa. Me hizo mucha ilusión. También a ella. Ya estoy bien y quiero que conozcas a mi niña; sí, por supuesto, si es casi como si fuera mía, aunque no creo que me atreviese a decirla esto.

Nos vimos ese mismo día, de nuevo las prisas de ganarle al Destino, si es que existe. La encontré hermosa, cambiada, distinta a como la recordaba. Era ella, era yo, pero no estábamos nosotros. Me presentó a su hija, orgullosa. Me detalló los parecidos, sus meses de vida. Cógela. Lo hice con todo el temor del mundo –las manos las tengo para apoyarme- y le susurré algo al oído. Sonrió la chiquitaja: puede que sea cierto que, desde antes de nacer, reconozcan el corazón de la madre y la voz que más han oído en ese tiempo, pensé con cierta rabia: la dejé en su cochecito, me volví a la madre y la dije por primera vez, así, a bocajarro, “Te quiero”.

Te quiero, pero te llevaste la flor y me dejaste el florero.
Pero igual te quiero.
(Calamaro)

Me acarició la mejilla izquierda y sonrió dulcemente, con la misma dulzura con que me dijo que lo sabía y que a veces pensaba que la quería mejor que nadie, de la mejor manera posible. Lo sé, pero por eso debes seguir tu vida.

Comenzó a caer la tarde, maldito atardecer, y se marchó. Silencio. Después el silencio. El Titanic chocó contra un iceberg y se hundió: vale, tiene su lógica. ¿Y yo? Me hundía ¿y? Ni siquiera en la lucidez del alcohol de las borracheras de aquellos días entendía dónde me había equivocado al seguir el Mapa del Tesoro para terminar llegando a la mierda. Y bueno, explícale a los náufragos que si el barco se pega contra una montaña de hielo es lógico que se hunda y tú con él. Explícaselo, de acuerdo, lo entiendo, totalmente lógico pero sácame del agua, échame un flotador por lo menos.

En ésas me andaba el año del Doblete, el año que te conocí, amigo; el año que, casi literalmente, me recogiste de la calle —qué poco dura el dinero cuando lo quemas— y me diste trabajo. Gracias al amigo Gafitas. Os lo pensasteis, ya sabes, pero valió la pena por los años que vinieron después, años “de toneladas de cemento y mortero” como alguien ha escrito en las bases del concurso. Y de risas y de penas ¡Cuánto nos hemos reído, amigo! “Pero no creas que porque canto tengo el corazón alegre/ que soy como el pajarillo que si no canta, se muere”. Qué bonita canción. Y la frase lapidaria: la Procesión va por dentro. Un recuerdo: paseaba con mi padre una tarde por los jardines de Aranjuez y me contó la historia del príncipe que fue secuestrado por un feriante que, para evitar que pudieran reconocer al niño y además convertirle en una atracción sorprendente, le deformó la cara dejándole una sonrisa permanente. El Hombre que ríe, para siempre, incluso cuando lloraba.

Pero no, no temas amigo, que ya no era tan fiero el león como lo pinto. No era tan trágica mi vida en ese entonces. No me sentía tanto el Hombre que ríe como un simple tentetieso balanceándose de un lado para otro sin moverse del sitio. No puedo rescatar ni un sueño, ni un proyecto, ni un sentimiento ni un sufrimiento. Ni siquiera su recuerdo me llevaba a poco más que a un leve estado de melancolía, nada de nostalgia con su carga de amargura. Tan sólo dos veces me jaleó la curiosidad y me acerqué a su calle. La segunda mañana la vi limpiando una ventana. Me extrañó que no estuviera trabajando, porque las labores del hogar no iban con su carácter y formación. Llamé. Se sorprendió, sé que se alegró al oírme. Me contó que estaba de baja maternal, la segunda niña, y me gustó que su nombre fuera el título de un libro de Isabel Allende que la regalé años antes. Casualidades.

Y unos meses después apareció, llamémosle, El Tito. Debí de leerlo de niño en uno de aquellos platos de cerámica de Talavera que colgaban en las tabernas del viejo Madrid, donde un bocadillo de calamares y una Fanta eran un manjar de dioses, y se me quedó grabado, como un oráculo que te persigue: “Si a los 40 no te has casado ni eres rico, busca en otro planeta,¡borrico!” Fue fácil decirle que sí a la propuesta: Director general de una Hormigonera sí, cómo no; en Argentina, no hay problema. Buscar en otro planeta, claro, ¿por qué no? Mi querido Tito, ¿quién duda de que existen los ángeles? Yo conozco algunos.

Los días previos a mi marcha fueron de despedidas. Incluida ella. Porque efectivamente quedamos para tomar aquel café comprometido. Fue rápido, un cuarto de hora, veinte minutos. Me fui triste, mucho, pero no sé si por mí o por ella.

Acabado el entreacto, sube el telón.

El segundo acto comienza entrando por 9 de Julio, a la altura de Corrientes. Borges y Bioy. Calamaro y Fito Paez. Gardel , Piázzola y el “polaco” Goyeneche Martín Fierro y Maradona. Voy camino del Hotel donde pasé tantos meses. Absorbo la inmensidad que se abre ante mis ojos maravillados por tanta belleza que se marchita, monumentalidad con la cara sucia, porteños en ebullición y taxis, miles de taxis amarillos y negros. ¡A soñar, amigo! Después de tantos años, me plantaba delante del futuro, comenzaría a imaginarlo y a dedicar cada esfuerzo a moldearle. Aquella mañana veraniega de Febrero, en el centro mismo de Plaza de Mayo, mientras observaba Casa Rosada, secándome el sudor y una lágrima, comprendí que la vida no entiende de apuestas perdidas, la vida está ahí sin más. Y fuimos a por ella, con ella del brazo. En un principio, fuimos mi querido Comandante y yo. Luego se fue sumando gente, unos que creyeron desde el inicio y otros que vieron la luz más tarde. Y casi lo logramos. Nos dejaron unos fierros y nos hicimos los primeros. Pero fue muy duro. La Historia decidió escribir Hojas y Hojas del Libro que leerán las futuras generaciones argentinas: a Menen, la época de la Pizza y el Champán, le acababa de sustituir Fernando de la Rúa; durante la campaña electoral había prometido acabar con la Fiesta y a fe que lo cumplió. Tiempos de Empacho y Resaca.

Pero eso fue después. Antes, a golpe de cerveza y martini seco en La Piola —el Rearme Moral—, el Comandante, como no era ni Ingeniero, Licenciado, Doctor… o alguno de los tratamientos habituales entre profesionales, le nombré Comandante puesto que yo era Gerente Gerenal-, pues así el Comandante y yo fuimos armando una Empresa de hormigón cálida, humana, atrevida, pionera en su entorno, preparándola con mimo para afrontar un futuro que otros se empeñaban en ir maleando. Hay una frase que me decía el bueno del Gordo Chichizzola: Si sabemos hacerlo difícil, ¿a qué intentar hacerlo fácil? Lo que ocurrió en aquel país, lo que fue de todos nosotros, puede que fueran Les Luthiers los que mejor lo definieran. Decían, más o menos, así: Nos enseñaron, y en esa creencia crecimos, que éramos el ombligo del Mundo; miren ustedes que estamos descubriendo que estamos justo al lado contrario del tronco y más abajo…Los espectadores reían, aplaudían. Luego sacarían las cacerolas.

Pero eso también fue después, casi rozando con El fin del Mundo. Antes, en La Piola, el Pirata Patricio, el mago de las pizzas y los martinis, nos presentó a Claudia y dos amigas más. Al Pirata le gustaba presentarme gente, un CEO debe tener buenas relaciones, y por una vez acertó. Algo debió de notar el Comandante, porque desde aquella tarde comenzó con el soniquete de “Ya vamos a casar al ingeniero, ya, ya lo van a ver” moviendo las manos como lo hacen las barras bravas en los estadios.

Casi acertó. Lo cierto es que vimos a las tres alguna tarde más y una de ellas invité a cenar a Claudia. Mañana no, que es jueves, y los jueves son míos. El viernes quedamos y el sábado y el domingo fuimos a Montevideo- lo que hace el dinero cuando no se quema- …El jueves era su día, pero el primero me llevó a La Boca, a un conventillo, a oír tango. Aquí no vienen los gallegos, me dijo. Ni los moros ni los cristianos, pensé al entrar. Siempre he sido un enamorado del tango, de las historias portuarias, el lunfardo y el bandoneón, pero aquello era real, no un vinilo y daba miedo. Me presentó a algunos amigos, compadre, y cuando unas horas después la besé les recordé a todos y me dije hazlo bien que te la juegas. Y, sin embargo, el de mejor aspecto, ese rubio alto con ojos claros —apenas si había luz— fue el que peor espina me dio. Después de aquel día, cuando he soñado que alguien me atravesaba el corazón con una faca, indefectiblemente tenía su cara y su deje chulesco.

Eche, amigo, no más, écheme y llene hasta el borde la copa de champain. Bebimos, quiso que bailásemos, no sé, y apretó su cuerpo contra el mío, su pelo negro, sus ojos negros. ¿Capisci la felicitá?, me susurró. Su padre era italiano, ella lo hablaba perfectamente, y aquellas palabras me recorrieron de arriba abajo. Busqué sus labios. La besé. E un bello piacere, me dijo lentamente, arrastrando cada letra como suaves movimientos de cadera. Dios, qué momento. Y seguimos bebiendo champán. Y besándonos y fui recuperando el alma que creí haber perdido para siempre. Miré hacia arriba, no había cielo sino las chapas del tejado. Pero igual di las gracias.

Al par de meses alquilé un apartamento en Barrio Norte. Un día decidió venirse a vivir conmigo. Yo siempre había procurado mantener, no la distancia, sino el dejarla a su aire, libre como era, libre como la conocí. Rara vez la insistí en hacer algo y cuando lo hice, el resultado fue justo el contrario al deseado. Por eso fue ella la que decidió que podíamos compartir algunas horas más. Y yo encantado. Por cierto, también era jueves, su día, aunque entonces no caí en la cuenta.

Fue hermoso, imagínate. Aunque yo tenía más jaleos que otra cosa, procuraba cortar y llegar a una hora que nos permitiese salir, o no salir y estar juntos, una experiencia realmente bella en todo aquel despropósito que se estaba montando alrededor nuestro. Lo que no sé es cómo conseguí aislarme para amarla, para pensar en ella con toda la dulzura de la que soy capaz, ajeno a cuanto acontecía. Y, sin embargo, seguía codo a codo con la Realidad. La única Verdad es la Realidad, Ingeniero, me decía mi querido Licenciado. De eso yo ya sabía algo y me juré que la cambiaría si hacía falta.

Claudia trabajaba en un tema de software: el mundo se iba al carajo y el público compraba computadoras y jueguitos. Un trabajo mal pagado y cada día con más carga porque iban despidiendo gente cada dos por tres. No era feliz allí, pero tampoco lo habría dejado hasta encontrar otra cosa, misión imposible 4.Y decidí comenzar a jugar. Le mandaba correos, bombones, rosas rojas, peluches para que la ayudasen. Siempre con una nota con mi firma. Al volver a casa, no me decía nada ni yo a ella, por supuesto. Lo que la Realidad negaba, lo hacía la Fantasía. Le cumplía los deseos desde lejos, para no comprometerla la reacción. En ocasiones me respondía con un correo… Ha sido una bonita manera de empezar la semana. Grazie… y a mí me alegraba el día, ya ves, me hacía feliz porque pensaba que, al menos durante un momento, ella lo había sido.

Se marchó Cavallo y nos dejó su Corralito. Cayó De la Rúa. Pusieron a Rodríguez Saá, lo voltearon y apareció Duhalde. Un par de semanas, dos decenas de muertos, caceroladas, la Deuda no se paga y aplausos, Pesificación,la Devaluación controlada, la Inflación descontrolada, el ambiente cada día más pesado, más pesado. Capital cortada por los piqueteros y por la clase media. Un día se encontrarán y habrá un baño de sangre. ¡Qué Quilombo! Y llegó un jueves y Claudia salió. Era su día, pero yo ya no lo recordaba. En los últimos meses había dejado su día a un lado y, de sorpresa, lo retomaba. La verdad, no entendí porqué. Lo tomé con espíritu olímpico; esto es, salí por los boliches de Recoleta y tomé trago tras trago hasta que comencé a ver al Rubio del conventillo de La Boca y me llevaron los demonios. Qué pesadillas que el alcohol agigantaba y deformaba, deformaba y agigantaba hasta llevarme a gritar enloquecido. En un boliche que me conocían me pidieron un taxi que me llevó hasta casa. Cuando entré en el dormitorio, Claudia dormía plácidamente.

Todo a mi alrededor empezó a parecerme un gore, La Caída del Imperio Marciano. Mi amor por el país, mi amor por mis compañeros y amigos, por cuanto había ayudado a construir me golpeaban con crudeza e insistencia, me quebraba los nervios, aunque me lo guardase. Nada, nada de todo eso va contigo, coño, sepárate, toma distancia. Nada, salvo Claudia, te ata aquí. Nada. Y una noche la dije si se quería casar conmigo… y me dijo que no, que era tan feliz que a qué cambiar, pero que igual prepararía la Fiesta… así de sorprendente es Claudia. Fue dos semanas después en la estancia de su padre, a orillas de Tigre, al norte de Capital. Decenas de invitados. Nos recibió una banda del Centro Gallego con un ¡Que viva España! —la de Escobar— que me emocionó, un gaucho preparando un asado al ruedo, buen vino de Mendoza y un partido de fútbol para acabar. Entre medias, nos bailamos un vals sobre el césped.

No salimos de luna de miel. Me tomé tres días libres y los pasamos, los paseamos por Capital. Dábamos largos paseos agarrados de la mano, como amantes, charlando, nos reíamos, siempre me ha hecho reír .Buenos Aires tiene un cariño que era mío. Nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos. Recordamos momentos que parecían lejanos y de los que sólo nos separaban apenas algunos meses. Todo iba tan deprisa. Una noche cenamos en La Piola. La propuse ir al conventillo donde nos besamos por primera vez. No, me respondió, y ahí quedó la historia. No sin más y yo no insistí. Había aprendido a no hacerlo.

El cuarto día era Jueves. Volé temprano a Montevideo por trabajo. Pero volveré a las ocho, la prometí. Hice maravillas, acortando reuniones, regresé acojonado en uno de esos aviones que parecen de juguete, me colé en la fila de remises… y no estaba. Había habido problemas en Capital, duros, duros, y me temí lo peor. Algo le había pasado…Comencé a ofuscarme, a imaginar no sé qué. Entonces vi su ropa de la mañana; de la ducha todavía salía vaho. No, ningún problema, sólo que era Jueves. Ya hubo otros entre el primero y éste y sabía cómo actuar. Nada que ver con borracheras, nada. Lo único perenne era El Rubio. Y bueno, uno sólo puede controlar las reacciones de uno mismo. Me duché, me cambié de ropa y me fui a cenar afuera. Estaba llegando a Santa Fe cuando vi a un grupo de turistas españoles. Inconfundibles. ¿Que por qué? ¡Hablaban a voces! Se iban parando en los escaparates, de modo que muy pronto estuve casi a su altura. Y, entonces, la vi. ¡Que nadie me diga que algo era imposible en aquel Buenos Aires! Era ella, no había duda, una turista más entre tantos. Apreté el paso, me puse a su espalda y apenas si pude susurrar su nombre de la emoción. Incluso se volvió, se llamaba igual pero no era ella. Nooo. Ella, posiblemente, estuviera durmiendo en Madrid o desvelada por una de esas malas noches que en ocasiones dan los niños. Pedí disculpas. Creo que me sonrió. Puede. Estaba seguro que era ELLA y lo sigo estando porque, en ese momento, no hubo ningún Sancho que me dijera que eran molinos. Era ella, con seguridad y con esa seguridad volví a casa, me acosté y la soñé. Claudia, cuando llegó, me preguntó si dormía, me besó y yo seguí soñando.

Cuatro días después cometí un error que me pudo costar muy caro. En la Provincia de Buenos Aires, como el dicho de la Guardia Civil: cabeza alta, mirada al frente y mala leche. Desde el primer día me advirtieron que en Provincia, por la noche, no se respetan las luces rojas; se hace un ceda el paso y siempre, incluso de día, se tiene que ir con la ventanilla cerrada. ¿Por qué paré? ¿En qué estaba pensando? ¿Estaba disfrutando de la brisa de la noche? Tres mierdas le importaron al chorro que me encañonó en la sien. Afortunadamente venía huyendo y no se entretuvo mucho conmigo. Me hizo bajar, sonaron dos tiros, me golpeó en la sien y caí al suelo. Oí arrancar mi coche, otros disparos y el zarandeo de los policías, quizás buscando la cartera. No es nada, no es nada; o no tiene nada, no tiene nada.

A la mañana siguiente, mi aventura argentina se había acabado. No fue miedo, sino la conciencia de que, igual que ése, podía cometer otros innumerables errores, en cualquier orden de la vida. Pasé una semana mustia, musitándome palabras de ánimo y de desánimo. No sirvió de nada. Y si hacía ya muchos años escribí una carta de amor entrelíneas para arruinarme por completo, aquella mañana le dije a Claudia que me volvía a España. También esta vez esperaba una risa desbordada, un cobarde que te vas, que te vaya bien. Y no. Tomó la ficha que yo había echado sobre el tapete verde, mi última ficha. La guardó en su bolso: Eres un ventajista, me dijo, porque sabes que te quiero; nos iremos juntos. Mi lado destructivo se quedó paralizado a mitad de camino de la salida del Casino. Mi yo que la amaba, tembloroso de miedo y emoción, le tendió una mano y salimos amarrados a tomar aire fresco, con el alma aplacada. Intenté recordar qué le ocurría al final al jugador de ruleta rusa de El Cazador. No lo conseguí.

Tres meses después me marché solo. Así lo habíamos planeado. No veía claro mi regreso laboral y quería, antes de que Claudia viniese, saber más de él. No fue a despedirme. Salí de casa como cada día, como si fuera a trabajar unas calles más abajo. Sí fueron a Ezeiza mi querido Comandante y tres más de los nuestros. Cuatro cincuentones bragados que habían conseguido sacar a flote una empresa, sus familias, nuestras vidas. Anunciaron mi vuelo. Hicimos una piña y nos pusimos a llorar desconsolados y, a la vez, tratando de darnos ánimos, intentábamos decir boludeces. Segundo aviso. Tomé mi maletín y me dirigí hacia la puerta de embarque con paso firme, seguro de mí mismo. Me volví, los cuatro ahí enfrente, de pie derecho. Adiviné que, de alguna manera, me quedaba en Argentina para siempre.

Sabes que no me encajó la propuesta que me hizo la Empresa. A la semana encontré trabajo en Madrid, con mi Tito II. Unos meses después, cuando creí estabilizada la situación —alguna vez acertaré—, le pedí a Claudia que viniese. Llegó de mañana, un día gris de otoño, con su carilla cansada, bella como una diosa. Supuse que alrededor habría hombres que me envidiasen y mujeres que hubieran deseado recibir ese abrazo tierno y contundente, esos besos arrebatados a la desesperación. Estaba ahí, entre mis brazos, a un paso de su querida Venecia, iremos, mi vida, iremos.

El primer año se alimentó de la fuerza de la novedad, todo era nuevo, tranquilo, seguro. Comenzó a impartir clases en el Liceo Italiano. Organizó su vida y yo comencé a enredarme con la mía: el trabajo, los horarios, la mala leche, el puto hormigón. Estaba dejando de ser el brillante CEO para ser un directivo intermedio, moría el gallego que llamaba la atención para convertirme en Juan Gris. Y, sin embargo, todo cambiaba al llegar a casa. Había hábitos, caricias que aún nos llevaban a desnudarnos el alma y el cuerpo.

El segundo comenzó cojitranco. La botella se había quedado abierta y la fuerza de las burbujas se escapaba. Claudia no se adaptaba a nuestra vida. Decía de mis amigos, de mis amigos de siempre, que eran una familia y ella se sentía una extraña. Tampoco nuestras escapadas eran gloriosas. No, al menos, si se comparaba con nuestra vida en Buenos Aires. Si yo añoraba mi vida allí, culito de mal asiento, qué no le pasaría a ella.

Incluso había perdido la costumbre de los jueves. La animé a recuperarla - ¿qué importaban otro Rubio y otro conventillo si estaba tan segura de ella? – y lo intentó dos o tres semanas. Abandonó. Se me estaba marchitando mi querida Claudia.

En Enero, por su cumpleaños, la llamé. No sé porqué lo hice. Estaba de vacaciones con su marido. Fue una conversación fría, breve. No tuve ocasión de contarle que la había visto una noche en la Avenida Santa Fe; ni que siempre veía flotando sus ojos en los atardeceres en Montevideo. Te llamaré por tu cumpleaños. Colgamos. No lo hizo.

Aquel verano preparamos un viaje por Italia. Claudia volvió a florecer y yo con ella. Unas semanas antes, el Tito II tuvo el infarto. No podía moverme de la Empresa hasta que se recuperara. Pero, vete tú, Claudia, mi amor, si yo estaré por allí, escondido en cada esquina, iré algún fin de semana. Seguro. Se marchó. Disfrutó. Volvió revitalizada, flotando en una nube. Me contó y contó y, sorprendente, no afeó que yo no hubiera cumplido mi palabra. En fin, era tan feliz que poco importaban los detalles. Dicen que con la edad la gente se reforma; más bien debe de ser que perdemos las fuerzas.

En realidad, Claudia nunca regresó de Italia. Se quedó allí. Yo tampoco estaba ya por aquí. En aquellos días de su viaje, me sonó el móvil a eso de las siete y media. No reconocí el número. No suelo coger el teléfono en esas circunstancias. Lo hice, sin más. Era ella, su voz más dulce, traída de hacía muchísimos años. Le pregunté si era mi cumpleaños; me pregunté si sería otra alucinación. Hizo planes, teníamos que vernos, pensé que me echaba de menos, que era una pieza en su tablero. Habían sido tantos años de silencio, de amarla en silencio, que la oportunidad de poder decírselo me nubló o me iluminó, o ambas cosas. Quedamos a comer tres días después. Llegué tarde. Me esperaba con una sonrisa enorme, brillante. Durante la conversación los años parecieron aniquilados. Qué sensación. Hablamos y hablamos. Le conté cuantas veces le había perseguido en sueños, cuantas otras le había repudiado. Ella escuchaba y sonreía. Sabía que siempre nunca le había dejado de querer. Entonces me preguntó si me había casado. Me puse a la defensiva. Sentí que el pasado era justo eso para ella. No la respondí sino que la disparé que sí, con una mujer de treinta años, bellísima, tan dulce.

Me acarició la mejilla izquierda y sonrió dulcemente, con la misma dulzura con que me dijo que sabía que nunca había dejado de quererla y que a veces pensaba que la quería mejor que nadie, de la mejor manera posible. Lo sé, pero por eso debes seguir tu vida.

Pedí la cuenta. Mientras firmaba el ticket le pregunté cuál era su ciudad favorita. Venecia, me respondió.

Para cuando me hablaste del concurso, amigo, Claudia llevaba semanas en Italia. Pensé en ir a buscarla, dejarlo todo e ir a su encuentro. ¿La hallaría? Mi corazón me decía que sí; mi cerebro le apoyaba pero añadía que sería un jueves, su día. Hice la mitad. Pedí la cuenta al Tito II y me vine a Lloreda, a un pueblecito de Santander, desde donde te escribo. No tengo móvil, ni ordenador. No existo para la era moderna.

Con otros, puedo confesar que he vivido; que los sueños, sueños son; que las vidas son ríos. Presiento la Paz cuando paseo temprano por los prados del valle. Me siento en paz cuando canto tangos con el Ingeniero – dicen de él que se inventa las letras y se sorprenden cuando yo me las sé-. Silencio en la noche, ya todo está en calma/ El músculo duerme, la ambición descansa. Tengo enfrente de mí una frasca de orujo blanco del Pas. Si bebes los chupitos a sorbos cortos es mejor que lo tires al fuego. Si lo haces seco y volteado, notas cómo te quema por donde pasa, cómo se te enciende tu yo más profundo, irresistiblemente. A la mañana siguiente, la resaca no es dura. Te nubla levemente los sentidos, no piensas con claridad y todo te parece un sueño. Más agradable es el regusto en la boca, has bebido y lo notas. Sabes que hablo del Amor.

No sé cómo acaba el relato. Supongo que cualquier día de éstos me tendrás que volver a dar trabajo. Verás qué idea me ha cruzado ahora por la mente: como me contaba Borges en “Noche Pelo Caoba”, siempre se ama al mismo Espíritu con distintos cuerpos, en distintas circunstancias. Cambia la intensidad, las maneras, pero no el sentimiento. Noto una mano suave, fría, blanca en mi mejilla. Y oigo una voz que me dice suavemente…

¿Cómo acababa el jugador de El Cazador? ¿Lo recuerdas? No temas, amigo, es una broma. Es que estoy borracho y brindo por las mujeres. Ciao.


© ilustración P.Díaz Del Castillo

 

 

 

 

 

 

© Luis Alberto Rodríguez


Los niños del viento
por Pedro Gallego Cortijo

Segundo Premio del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 

El viento se calma cuando llega el atardecer. Todo el día sopla sobre los mares y las islas; corre en los bosques y discurre por el desierto, empujando a lo tímidos venados hacia los charcos. Durante todo el día refresca la montaña, sostiene las alas de los pájaros y esparce por toda la Tierra los avisos de las distintas estaciones.

Ésos son los deberes del viento.

Pero en la tarde, cuando está cansado de viajar, pliega sus alas y se hunde al mismo tiempo, que se pone el Sol. Flota bajo las nubes un momento, mientras elige una duna de arena o el claro de un bosque, y se aquieta.

La gran llanura conoce los secretos del Viento; sabe que cada noche el Viento toma la forma de un pájaro o de una bestia salvaje, para descansar sin ser molestado. Se ve muy bello cuando duerme.

—Shshsh, el Viento está durmiendo —susurra la llanura a sus hijos.

El Viento es el loro en la rama.

El viento es el lagarto plateado bajo la luz de la Luna en la ladera del monte.

El Viento es el vuelo de los flamencos que alumbran el agua en el horizonte pálido del lago Debo.

Algunas veces sucede que se va a dormir cerca de un poblado; se tiende, alto y hermoso, sobre el césped y dormita con la cabeza oculta bajo un brazo.

Así sucedió una vez cuando Aminata, una joven doncella de Maca, que había ido a buscar agua, encontró al viento durmiendo bajo un árbol y se detuvo a contemplarlo. Ella creía que era un viajero, un forastero de otras tierras; y sucedió que era el héroe con quien ella siempre había soñado, el hombre que ella esperaba desde que el amor despertó en su pecho.

Su cabeza y sus párpados estaban llenos de polvo y sudor, y en su cuerpo había numerosas heridas y cicatrices. Respiraba suavemente mientras dormía. La niña, cuidadosa y suavemente, limpió una de sus heridas y le lavó los ojos y la frente.

Era una hermosa noche para el encuentro de Aminata con el forastero de color cobre; brillaba la Luna llena, y ella estaba tan embelesada y llena de amor que no oyó al viejo espectador Abege que volvía de Gorom, ni a su barca que se tambaleaba tratando de navegar contra corriente torcida por el peso de las redes y la pesca.

El viejo tenía la costumbre de escuchar el Viento y sostenía largas y amenas conversaciones con él. “¡Fum, fum!”, lo llamaba. Pero aquella noche el pescador no tuvo respuesta.

Cuando caía la tarde, en el momento en que el Águila Blanca se dirige a las marismas y en el agua cambian las corrientes, Abege había llamado al Viento como solía hacerlo cada tarde en su camino de vuelta a casa.

Había izado la vela de su barca y había gritado fuerte hacia el sur:

—¡Fum fum! Ven aquí mi pequeña brisa.

Intentó llamarlo de nuevo, esta vez con una flauta de bambú, cuyas notas subían y bajaban igual que cuentas de abalorio. Pero el río subió y la vela de la embarcación de Abege colgaba inerte del mástil. Mascando su tabaco, trató de empujar su barca con el palo contra toda la fuerza de la corriente, para dirigirse a Maca.

—El viento debe estar quedándose sordo —masculló el viejo pescador.

En ese momento el Viento estaba tendido durmiendo bajo el árbol de Maca, en ese lugar donde el río Senegal se mete en los bancos de arena y descansa antes de correr hacia el mar. Aminata está sentada a su lado, y lo miraba cariñosamente.

Allí habría de volver muchos días; y ésos fueron días que durante mucho, mucho tiempo recordaron los pescadores de Lebu en sus cabañas redondas y los pastores de Pulo en sus tiendas de piel de buey.

Con las primeras luces del amanecer, un tucán voló de un carbol, pestañearon los ojos de un loro y una gallina de Guinea estiró el cuello y se fue a buscar semillas. Los árboles susurraron mientras los animales despertaban. Con un suspiro de sorpresa la ancha extensión del campo abierto despertó la mañana. El primer arrullo de las tórtolas expresó la emoción del nuevo día.

El Viento abrió los ojos y vio la cara de la niña que lo miraba tiernamente.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Aminata —dijo la niña.
—¿Y dónde vives?
—En Maca, junto al río.
—¿Y cómo se llama el primer joven que te dijo que eres bella?

La niña se quedó en silencio.


© ilustración P.Díaz Del Castillo

—No contestas Aminata
—Me gusta oírte decir mi nombre —suspiró ella.
—Es fresco como el agua de tu cántaro.

Ella bajó los ojos y sostuvo el cántaro para que él pudiera beber. Tomó un largo trago.
Como él o la estaba mirando a la cara, ella se atrevió a hablarle:

—Durante mucho tiempo he estado esperando un forastero durmiendo bajo este árbol —murmuró—, a un forastero igual que tú.

Él se quedó un momento pensativo. Después dijo suavemente:

—Aminata, en mi vagar continuo, yo también he soñado. Soñaba con una bella hija de la Gente que fuera como tú. Pero yo soy un vagabundo; nunca me detengo. Soy de aquí y de allá y de todas partes, y deseo estar donde no estoy. Sin embargo, ahora deseo estar contigo. A menudo me canso de correr por el mundo.
—¿Pero quién te obliga a ello? —preguntó Aminata.
—Tengo que cumplir con mi deber. Tú no lo entiendes.

El ritmo de la mañana continuaba mientras las mujeres molían el mijo ante sus cabañas. Entretanto, Abege recogía sus redes y se dirigía hacia el río otra vez. Cuando pasó al lado de la pareja todavía estaba alegando, como la noche anterior:

—El Viento se está poniendo viejo y sordo.

Cuando estaba desplegando su vela blanca y remendada lo escucharon cómo llamaba al Viento. Entonces el forastero se levantó, liviano como la flor diente de león, miró larga y hondamente los profundos ojos color violeta de la niña, como si le estuviera haciendo una promesa, y dijo:

—Fum, así es como me llaman.

Estalló en una risa limpia y sus blancos dientes relampaguearon:

—Bueno, tengo que acompañar a este pescador que se dirige a Gorom. Me llama por mi nombre, y tengo que ayudarle a ir corriente arriba. Piensa que estoy viejo y sordo. Pero no, Aminata, el Viento no es sordo, el viento tiene el oído muy fino.

Ella no se atrevió a preguntarle cuándo volvería. Pero él adivinó la pregunta en sus ojos:

—Volveré Aminata —le dijo.
—Entonces, te esperaré —dijo ella.
—Esta tarde, bajo el mismo árbol.
—¿Podrás encontrar el camino? —murmuró Aminata, poniéndose nerviosa.
—Sí, conozco todos los caminos del mundo —dijo el forastero riendo de buena gana—, y te encontraría aunque tuviera que viajar al fin del mundo.

Después de pronunciar estas palabras, el viento se desvaneció en la distancia.

Durante todo el día, los pensamientos de ella estuvieron fijados en este encuentro de sueño, y le parecía difícil que todo fuera verdad, sin embargo, la promesa de él cantaba dentro de su corazón. Cuando llegó la tarde, lo fue a esperar bajo el árbol.

En el primer roce tembloroso de la noche, cuando el último aliento del Viento rozó los arbustos, llegó él, haciendo que la hierba se inclinara y levantando un remolino de polvo que hizo cosquillas en el hocico de los perros que estaban a la puerta de las cabañas mordisqueando sus huesos.

Aminata lo condujo a su casa, junto a su familia, y ahí vio a los niños riéndose y metiéndose entre las piernas de todos; luego, el padre llegó de la caza, se sentaron a comer, y el Viento comía con los dedos como un hombre, y bebía cerveza mientras les contaba sus viajes y aventuras. Poco a poco comenzaron a llegar viejos del poblado a escuchar sus palabras.

Esa noche hubo una larga discusión en la cabaña de Aminata. Porque el Viento la había elegido para ser su Esposa, pero ni siquiera había hablado de paga un precio, como era costumbre. Aunque, después de todo, era un noble y gran señor.

Esa noche, cuando todos en la cabaña dormían, el Viento se levantó y se fue. Los árboles se entrechocaron cuando él levantó el vuelo. Partió a tierras muy lejanas, cada una de ellas con diferentes flores y frutas y animales, y luego, al amanecer, volvió a Maca cargado de regalos, como un rey.

La celebración de la boda comenzó ese mismo día, y fue un tiempo de gran alegría. Los pájaros de todas las islas cantaron a coro. El río llevó hasta los bancos de arena sus peces y sus gallinas de guinea; el bosque les dio liebres y avutardas.

En lo alto del cielo, el Sol extendió sus rayos para iluminar a los pájaros que volaban sobre el feliz poblado, dibujando siluetas en el cielo. Había tanta comida y bebida que todavía se recuerda en las cabañas de los bancos del río Senegal.

El forastero recién casado se quedó con su novia hasta la siguiente Luna nueva. Luego comenzó a inquietarse, aguzando el oído para captar algún mensaje en el pesado aire del mediodía o en la tarde, cuando suenan las pequeñas campanillas del silencio.

—Tendré que irme —le dijo un día a Aminata—. Me están esperando.
—¿Quién te espera? —preguntó ella, sorprendida.
—Las lluvias.
—Me ocultas algo, ¿no es cierto? —Preguntó ella.
—Es que tengo que ocultarlo.
—¿Ni siquiera a tu esposa puedes decírselo?
—A nadie puedo decírselo.
—¿Por qué entonces me mientes diciendo que te esperan las lluvias?
—Porque eso es verdad, Aminata. Las pistas de las gaviotas en el aire me lo dicen. Tengo que abrir camino a la nueva estación y advertírselo a los más ancianos que ya lo sienten en sus huesos; debo hacer de heraldo en las tierras fértiles. Y ya estoy atrasado. Adiós, Aminata. Volveré pronto. Cuando haya terminado mi jornada de trabajo, vendré y te sorprenderé. Llegaré al lugar junto al agua donde te encontré por primera vez.
—¿Me mandarás noticias tuyas?
—Sí. Te las traerá el pescador Abege, que conoce mi nombre. Y en las tardes te hablaré a través de los árboles, y te acariciaré en la brisa suave. Me oirás cantar entre los arbustos: ¡Fum, fum!
—¡Fum! —murmuró la niña dulcemente.

Así es como el Viento se casó y con el correr del tiempo tuvo tres hermosos hijos. El primero fue un niño llamado Mamadu Marta, el segundo una niña, llamada Binetu; el tercero fue otro niño, Alama.

Ningún niño en el mundo ha sido tan ligero y liviano como eran éstos. Las lavanderas tendían sus sábanas en el césped y ellos corrían a su alrededor hasta quedar sin aliento, ya cada vez que pasaban, la ropa se ventilaba y secaba más rápido. Vagaban por el bosque y soplaban con todas sus fuerzas hasta que echaban a volar las perdices y empujaban a los venados con las ráfagas de viento que producían. El mayor, que tenía los pulmones como los fuelles de un herrero, acompañaba al viejo Abege a pescar.

—¿Fum, fum! —lo llamaba el viejo.

Y Madamu Marta acudía corriendo, saltaba a la barca y soplaba la vela hasta q se hinchaba.

Binetu aprendió el canto de los pájaros y las cigarras, y pasaba las horas cantando mientras recogía flores por el campo y esparcía los pétalos al viento. Su aliento olía a tomillo, menta y girasol. En el jardín de Aminata crecían hermosas flores que su hija traía de cerca y de lejos, ayudaba a hacer crecer con sus canciones.

Su padre llamaba a las canciones Viento de Flores, cuando llegaba al poblado y se quedaba un tiempo con ellos. Entonces Aminata era feliz. Se quedaba con ella toda la noche y le contaba sus pequeñas historias de las tierras del Sol Naranja. Durante esa larga noche, los barcos no se mecían en el mar quieto, las hojas muertas no se caían de los árboles y sobre el mundo reinaba un profundo silencio que era difícil de soportar para la tierra, el agua y la hierba; excepto en Maca, donde sólo parecía una pausa antes de que el Viento comenzara a contar otra historia a sus niños y soplara suavemente los rescoldos.

Durante algunos años el Viento había vuelto a casa con cada cambio de estación. Pero luego, cuando Aminata estaba esperando su tercer hijo, en la estación árida entre las lluvias, el Viento no llegó. El Sol quemaba en la llanura, y en Maca no había señas del forastero. Era la época en que un país lejano al otro lado del mar, donde la bestia real es el dragón, había mucha miseria e innumerables náufragos, y cayó un gran torrente que arrastró a la tierra hasta el borde de su lecho de rocas. En ese país estaba el Viento, enfadado porque tenía que quedarse mientras lo esperaban en Maca.

Aminata esperó hasta el final que llegara el que había conquistado su amor, pero murió después de dar a luz su tercer hijo, el más hermoso de todos. Tenía los ojos oscuros, la piel casi color violeta, y su risa era dulce y sabia como la madre.

Aminata lo sostuvo junto a su pecho hasta su último suspiro, hablándole como si le pudiera entender, rezando la oración que facilite la muerte y esperando un milagros que llevara a su lado a su marido, a quien amaba tan tiernamente.

Toda esa larga noche Abege se quedó junto al río llamando: “¡Fum, fum, ven, ven!” como si conociera el secreto del Viento y Aminata.

Aminata miraba a su niño y decía:

—Él vendrá. Hijo mío pequeño, ¿sientes dolor de mi corazón? Late con todo el dolor del mundo, y su eco sueno en mi cuerpo. Escucha, el Viento que se lamenta tristemente ahí fuera nos trae el llanto de todos los que sufren en la Tierra. Recuerda, mi pequeño, cuando seas un hombre, que tu madre sintió el dolor de todos los que sufren y no tienen consuelo. Oh, hijo mío, cuánto tarda el Viento en llegar.

El viejo Abege contó después que cuando amanecía vio una gran gaviota blanca rozando las aguas y fritando con lamento que rompía el corazón; se dirigía al poblado. Cuando el viejo llegó a la casa de Aminata y empujó la puerta, jura que vio a la gaviota parada en una sola pata mirando al niño. Esto es lo que escuchó:

—Has vuelto, bello forastero de mis sueños. Ya no sufro porque estás aquí.
—Sí, estoy aquí, Aminata.
—Termina mi dolor —suspiró ella—. El mundo calla. He sufrido profundamente esta noche. Adiós, Viento, te amo con todo mi corazón.

Esas fueron sus últimas palabras.

Abege nunca dudó en ningún momento de que la gaviota blanca era el Viento, quién no había tenido tiempo de cambiar su forma para llegar volando junto a Aminata para darle su último adiós. El viejo, después de esto, salió al poblado a gritar:

—Mujeres, murió Aminata: ¿No escuchan en la llanura el sonido de los tambores y las flautas de madera? La desgracia ha llegado. Que vayan las mujeres a la casa de Aminata, que allí hay un niño llorando.

La costumbre en esos pueblos es que, si una madre muere, la vecina más cercana debe hacerse cargo del niño y criarlo como si fuera propio. En este caso, era la mujer del tejedor.

—Le llamaremos Alama —dijo, y en seguida lo envolvió en un paño.

Entretanto, la gaviota blanca voló un rato en círculos sobre el poblado, luego giró y se fue directo al mar.

El tercer hijo del Viento creció y se transformó en un muchacho fuerte y vigoroso. Su infancia fue igual a la de cualquier niño del poblado, excepto que él no jugaba con los demás niños de su edad. Le gustaba vagar solo por la jungla, ayudando a los pajaritos pequeños que caían de sus nidos.

Era un niño solitario, pero amable y bondadoso; porque si encontraba alguna persona enferma, siempre sabía decir una palabra que hacía brillar los ojos de alegría al desdichado. Las palabras de Alama calman el dolor como un bálsamo, y además conocía las flores del jardín de Binetu cuyas raíces tenían el poder de sanar, hacer dormir el dolor y calmar las almas.

El Viento del Río, el Viento de las Flores y el Viento de la Misericordia. Ésos eran los nombres de los tres hijos del Viento. Pero llegó un día en que los tres decidieron marcharse del poblado.

Al primero, el Viento de los Ríos, su padre entregó el reinado de los ríos, los arroyos, los canales y los pantanos. Los hijos del viejo Abege siempre le silban cuando se dirigen a pescar.

La niña Binetu, el Viento de las Flores, reina en los campos y los bosques, y donde quiera que vaya lleva los tibios días en primavera, los frutos en otoño, y en los días calurosos, cuando el aire reverbera al sol, es ella quien esparce esos pequeños granitos brillantes que no son ni flores ni insectos.

Alama, el menor de los tres hijos del Viento, posee el reino más bello de todos. Él es quien se encarga de consolar dulcemente toda la tristeza del mundo, canta para los que sufren y lleva un aliento de alegría a todos los que tienen algún dolor. Él es el que da la señal de la oración a toda la gente de la Tierra.

No te niegues a cantar para él cuando, con un suave susurro, te pida ayuda para socorrer a los enfermos y a los pobres.

 

 

 

 

 

 

 

© Pedro Gallego Cortijo


“Costante” no quiere siesta
por Juan Carlos Rodríguez Suárez

Tercer Premio del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 


© ilustración P.Díaz Del Castillo

I

“Costante” nunca supo si su nombre debía incluir una ene. La única vez que lo vio escrito fue cuando le dieron el carné de identidad, pero leer y escribir..., bueno no sabía muy bien. Era en lo único que se parecía a los universitarios de principios del siglo veintiuno.

“Costante” le llamaban y por “Costante” respondía. Nunca se planteó más al respecto.

Vivía con su mujer y sus tres hijos en una aldea de los montes asturianos entre la Sierra del Valledor y Las fuentes del Narcea en los años cuarenta del siglo veinte.

Las gentes de estos parajes llevaban la misma vida que en el siglo doce. Sólo vieron pasar de largo la civilización cuando, veinte centurias atrás, los romanos habían andado por allí horadando los montes en busca de oro y dejando veredas y galerías que todavía hoy perduran.

Estos paisanos no tenían cultura académica pero de la otra…, vaya si tenían. No necesitaban ingenieros porque ellos construían sus veredas y casas centenarias con piedra que sacaban de los montes, no necesitaban calefacción porque la proporcionaban los establos debajo de las habitaciones, no necesitaban sastres porque hacían sus ropas con lanas y cueros de sus ganados, no necesitaban mercados porque obtenían carne, leche, huevos, castañas, miel, nueces y berzas con su trabajo, no necesitaban zapateros porque fabricaban sus madreñas para el frío, el calor y la humedad, no necesitan médicos porque como solían decir “de algo hay que morirse”, no necesitaban ropones porque la palabra dada se cumplía por las buenas o por las malas ya que los diez mandamientos se condensaban en uno denominado “ojo por ojo” y cómo ya habrán adivinado, lo que menos necesitaban eran hacer deporte.

El trabajo era de sol a sol, tenían lámparas de petróleo para alumbrarse, arreaban ganados hasta las sierras, cuidaban sus abejas, lavaban las tripas de las matanzas en las aguas heladas de los regueros en diciembre, sembraban y recogían centeno, trigo, nabos y trasegaban con maderas de abedul y fresno, con castañas y con abonos en pesados carros, que tirados por dos o tres parejas de bueyes, trepaban hasta tierras y prados por senderos empinados como escaleras. Ovidio de “Casa Chouzas”, Chamuzas de “Casa Diego”, Melquíades de “Casa Xuanín”, Xuacón de “Casa Vicente” y Elvira de “Casa Moirazo” eran los personajes principales que daban vida al pueblo.

Estas gentes vivían como bestias y sus bestias trabajaban como bestias, no necesitaban nada del mundo exterior - y por lo visto el mundo tampoco les echaba de menos a ellos- pero tenían principios e instintos. O instintos y principios, ya veremos.

 

 

II

“Costante” había nacido con el siglo y, aunque no había ido a la escuela, había mamado ya desde muy pequeño la “cultura popular”, esa que dice que hay respetar y escuchar a los viejos y que ningún animal de los que se conocen maltrata a sus hembras. Sabía que podía conseguir todo lo que necesitaba directamente de su entorno y que nada se conseguía sin esfuerzo. En su mundo no existían las prisas ni el reloj sino la satisfacción por las cosas bien hechas. Y por supuesto, su vida no dependía de otros. Se movía por el monte como una garduña y en él podía sobrevivir sólo con apenas una navaja de las que decían de Taramundi, un cayado, cerillas y algo de cuerda.

Era un hombre normal en su entorno. De mediana estatura, delgado pero fuerte, con frente amplia, pelo castaño, rostro algo retraído, brazos y nuca marcados por el sol, un diente de oro que le asomaba generalmente junto con una mueca de desagrado cuando las cosas se torcían y con unos riñones como gatos hidráulicos de soportar pesadas cargas o largas jornadas de siega. Este canon bien los describía un cantar de la comarca:

“ Paso largo
con andar de perro,
cuerpo duro,
riñón de becerro,
mucho brazo
y mano de hierro.”

Esas manos eran lo que más llamaban la atención del forastero, con articulaciones duras y prominentes como los nudos de la madera de sardón, con unas venas y tendones que parecían de un mulo y con unos dedos como tenazas que, ni negros ni blancos, habían ido cogiendo el color de la tierra que trabajaban estando primorosamente rematados por unas imponentes uñas añil y azabache en cuyos bordes debía haber restos de todas las tierras y ganados con los que se ganaban el sustento y no muy bien recortadas porque “con la navaja se hace lo que se puede”.

Y en ese entorno, desde “Pico Piornal” a la “Reguera de Pixán y desde el “Chano la Fonte” a la “Pasada de los burros” que compartía con vacas, ovejas, raposas, jabalíes, corzos y lobos se manejaba como ellos: por lo que olía, veía y oía. Cuando algún forastero le preguntaba si no le daban miedo los lobos al andar de noche por el monte siempre respondía:”a mi lo que me da miedo son las malas lenguas”.

 

 

III

“Costante”, además tenía otras “culturas”. Había más de un “Costante” en aquel pellejo pues de joven había sido picador en la mina y también había hecho la mili con las Brigadas Nómadas del Sáhara incluida una etapa en Fernando Poo, “domando negros” como solía decir. Claro que era una expresión acuñada para adaptarse al ambiente ya que, a “Costante”, sus instintos no le permitían pegar por pegar si no era para defenderse. Aunque eso sí, una vez que se le “iba la mano” lo que ya no entendía era lo de la “respuesta proporcional”. “O se sacude o no, pero no se sacude un poquitín”. Lo de la respuesta equilibrada “Costante” lo entendería más propio de hombres capados y bien domados que de hombres enteros. “Costante” diría: no me des espuela que luego las riendas las llevo yo”.

Tanto en el Sáhara como en Fernando Poo lo pasó mal pero a veces se descojonaba cuando, por ejemplo, le enseñaban a desollar al “enemigo”, a él que llevaba toda la vida desollando cerdos y chotos. Algún “descojone” le costó caro. Fue un sargento el que le enseñó lo que las “pichas de toro” pueden hacer en el pellejo de uno, cuando en cierta ocasión mantuvieron este breve diálogo antes de que la mencionada “picha” hiciera su trabajo en el costillar de “Costante”:

—“Constante”, ¡hay que echarle más cojones! —Como queriendo imponerse.
—“Pa” esto no hacen falta cojones mi sargento. —Respondió “Constante despreciativo. —Cojones es lo que hay que echar para sujetar por la anilla un toro mientras lo capan.

Allí conoció el mar, hombres de otras razas y tierras, negros, putas, perillanes, marinos…, aprendió que de nada sirve hablar cuando el olor del aire te anuncia que las hostias se aproximan y grabó en su cabeza las palabras de un amigo veterano: “para hacer determinadas cosas hay que estar sólo, tener la mente en blanco, apretar los dientes y no hablar”.

 

 

IV

Y fue en su juventud cuando se fraguó la historia que les voy a contar. La que marcaría su vida, la de su familia y la del pueblo entero.

En uno de sus trabajos “al jornal” cuando aún no había cumplido los veinte, “Costante” fue a segar hierba al Valle de Laciana en León y vivió “de patrona” en Casa “Dulia”. “Dulia” por razones ya apuntadas quizá tampoco nunca supo que su nombre correcto empezaba por “o”. El trabajo estaba bien pagado y le venía como anillo al dedo a “Costante” que a esa edad ya era un experto en el manejo de la guadaña.

La patrona, “Dulia”, era hembra de calibre, mayor que “Costante”, y a la que la vida no había tratado demasiado bien. Bueno, para la época y el entorno social, más bien la había tratado muy mal, porque le había ocurrido casi lo peor que le podía pasar allí a una mujer y es que había tenido un hijo de soltera. “Dulia” se vio repudiada por sus padres y tuvo que hacer frente a la vida como pudo, por lo que aparte de los pocos trabajos remunerados que podía hacer, se sacaba unas perras “atendiendo” a algunos vecinos de la comarca y sobre todo a mineros, guardias o jornaleros de paso. Esto le daba, además de las críticas y recelos normales, otros añadidos por la insuperable envidia pues su nivel económico era superior al del resto.

Con esas sensaciones vivió sus primeros años Antonio, el hijo de “Dulia”, hasta que a los doce o catorce, su madre pensó que no era el mejor ambiente para el “guaje” cuando fuera más consciente y, por alguna “amistad” de las que ella tenía, lo mandó interno al colegio de Huérfanos de la Guardia Civil donde se hizo un hombre y donde poco a poco, más por activa que por pasiva, fue olvidando su infancia. Aquella infancia que nada le gustaba y de la que tenía desagradables recuerdos, ya que aunque su madre pensaba que era un niño y no se enteraba, él sabía que no eran bien vistos en el pueblo y ya cuando se fue interno intuía el motivo. Los niños de los pueblos, saben mucho antes que los de las ciudades lo que son los instintos y lo mal que se controlan los animales cuando están en celo, por lo que además de lo cabrones que eran los otros niños del pueblo, él ya sacaba sus conclusiones.

Y entre los muchos recuerdos que Antonio quería olvidar era la ausencia mental que su madre tenía cuando estaba cerca el jornalero “Costante”. “Dulia” y “Costante” habían empezado su relación cuando “Costante” apareció por allí, y aunque él ya sabía cosas, fue “Dulia” la que le hizo un hombre. Aquello duró poco pero lo suficiente para que Antonio se viera traumatizado para el resto de su vida al ver a su madre como una perra en celo en busca de macho.

Todo eso había ocurrido cuando “Costante” era mozo soltero y atrás había quedado. Después de veintitantos años no pertenecía más que al capítulo de recuerdos de juventud. Bueno, eso al menos creía “Costante”.

 

 

V

Ya en su madurez la vida de “Constante” nada tenía que ver con la de su juventud aunque donde hubo fuego siempre quedan brasas. “Costante” compartía su vida con “Telvina”, su mujer, que por la misma razón que “Constante”, tampoco nunca supo que quizá su nombre debía empezar por “e”. Se casaron siendo ella una niña en el Monasterio de Corias, pero “Costante” ya hombre, había vivido la vida. Tenían dos hijos varones y la pequeña, una preciosa niña a la que llamaban Dorinda de la que “Costante” decía: “me molesta hasta el aire cuando la roza”. Además en la casa vivían sus padres, todavía en un razonable buen estado y alguno de sus hermanos solteros.

Telvina” y “Costante” se querían, se respetaban y se apetecían. “Costante” le daba protección, trabajaba los campos y cuidaba el ganado. Recordaba la frase de su padre cuando le decía que “la mujer de buen marido siempre parece soltera”. Ella cuidaba de la familia, le hacía la comida, no era de las que decían “muy dispuesta” pero “le calentaba muy bien la cama”. A “Telvina” le gustaba tanto ver la mirada de su hombre deseándola como palpar encima su cuerpo duro, sano y vigoroso y su olor a macho mientras éste le abría las carnes. Sentir lo que se dice sentir…, bueno, eso prefería hacerlo sola o con un cuñado que cada pocos años venía de vacaciones desde Buenos Aires, pero esa historia es para otra ocasión.

Y a “Costante” nada le reconfortaba más después del trabajo diario que montar la grupa de su hembra y follarla. Siempre lento, largo, profundo. Y la mayoría de las veces de aquella forma prohibida que la sabiduría popular les había enseñado como anticonceptivo para que no estuviera más veces “p´alante”. La Iglesia decía que esas cosas no estaban bien, pero “Costante” y los suyos sabían en qué cosas había que hacer a los curas el caso “justo y necesario”. Y para joder con la hembra cada uno se las arreglaba como le parecía que “en el catre de dos no hay opinión para tres”.

 

 

VI

Como ya les conté, a la aldea de “Constante” el mundo le aportaba poco y ellos sabían por charlas en las ferias de ganado, que había una guerra en el resto de España, pero poco más. Veían algún aeroplano más que en otras ocasiones, y se recibían algunas órdenes de reclutamiento para que los jóvenes fueran al frente, cosa que la mayoría solucionaban echándose al monte y que vinieran a buscarlos.

Fue después de la guerra, cuando en la comarca se instaló un destacamento de la Guardia Civil para ajustar las cuentas con los que no habían querido ir al frente, pero esa es una de las ya cansinas historias de la guerra y no es la que nos ocupa.

En ese destacamento formado por quince o veinte hombres, según las épocas, había un suboficial al que conocían todos por Silva, su apellido. Mandaba en el destacamento el oficial Martínez y entre otros números los más “señalaos” eran Robustiano, un burlanga pelirrojo y cabrón, Benigno, un candinga algo pazguato y Lucas Manjón.

Lucas Manjón era un hondureño del que nadie sabía muy bien como había llegado a recalar en el Cuerpo pero al que definía muy bien su compinche Robustiano cuando decía que “era el hijo de la más grande perra que había conocido”. Lucas era algo lindo para la benemérita de la época, pero a la hora de desjarretar hostias no había más hombre que él. De hecho los compañeros cuando terminaban de hacer algún interrogatorio y no acababan de conseguir lo que querían le solían comentar a la pobre víctima: “bueno, pues te dejamos con Lucas que como es más fino te desahogarás mejor”. Y el que no se desahogaba con Lucas ya no se desahogaba. A Lucas le gustaba mofarse: “yo no es que sea más fuerte que los demás. Lo que pasa es que las manos no me duelen.”

Martínez era un tipo honesto y cumplidor, padre de dos hijos que vivían con su mujer en Oviedo, tolerante pero recto y con dotes de mando aunque algo ampuloso y engolado.

Silva era el suboficial, con carrera inmaculada y con ganas de brillar en el cuerpo además de “buen mozo”, alto y moreno guapo con algo de bigote y ojos azules. Su vida era la Guardia Civil. No tenía familia ni nada más que la Guardia Civil. Y nada menos, porque habiendo entrado por abajo, estaba a punto de que, si la misión iba bien, lo ascendieran y le dieran un destino nuevo con el que podría empezar una nueva vida. Todo el mundo lo conocía por Silva pero él era más, él se sentía Don Antonio Silva Carreirizo, Suboficial del Destacamento de La Guardia Civil en el Río de Rengos de Cangas del Narcea, aunque nadie sabía que Silva y Carreirizo eran los apellidos de su madre, porque a su padre nunca lo conoció. Eso sólo lo sabía él, y también sólo él sabía que su madre era una tal “Dulia” que había vivido muy lejos de allí. Bueno, eso había otra persona que también lo conocía pero aún no era consciente de ello.

Era una relación interesada la de guardias y paisanos. Éstos les daban comida a cambio de que los dejaran en paz y aquellos para no sentirse muy marginados hacían la vista gorda. A pesar de eso, cuando algún vecino se iba de la lengua y acusaba a otro de alguna cosa de politiqueo, lo más seguro es que fuera por un mal querer de aguas o lindes, pero los guardias siempre acababan dando unos palos para las costillas a la infortuna victima. Ya se sabe, a justificar el sueldo y de paso a distraerse. Lo que viene conociéndose como hacer oficio.

Las gentes de la aldea conocían a los guardias cuando llevaban un tiempo en la aldea, pero a los nuevos hasta que no iban alguna vez a la cantina no, y ese era el caso de Silva, que aún llevaba poco tiempo allí.

Fue entonces cuando se iba a escribir la segunda parte de la vida de “Costante”.

 

 

VII

Había pocos sitios donde divertirse en aquellos tiempos. Los sábados se podía bajar a Cangas a la feria del ganado, algunos ratos se reunían los jóvenes en “Casa Fonsín” a tomar sidras o cervezas y también había algunas romerías salteadas en el calendario en las que los mozos acabada la fiesta, volvían a sus casas andando por los montes.

Fue en una de esas romerías cuando la mirada de “Constante” y la de Silva se cruzaron por primera vez como hombres.

Silva había estado cortejando con una chavalita preciosa, una cría demasiado joven para él pero como todas algo deslumbrada por un guardia y por poder hablar de más cosas de las que aquellos parajes daban de sí. A Constante, que aún no sabía quien era aquel guardia el asunto no le pintaba nada bien. La cría era su hija, Dorinda, su única hija hembra y la niña de sus ojos - “me molesta hasta el aire cuando la roza”- y ya había hablado con la chica al respecto pero cuando “Costante” supiera quien era aquel individuo la cosa se complicaría con seguridad.

El gaitero tocaba mientras “Costante” se retiraba del tablón que hacía las veces de barra con unos vasos de sidra en la mano, Silva se dio la vuelta también y chocaron. Silva miró a “Constante” con el desprecio de quien quiere ver a un aldeano pero se topó con los ojos del “jornalero de Laciana” y “Costante” que iba a disculparse por el encontronazo vió la mirada de odio de un niño traumatizado con cara de hombre y tuvo una de las pocas sensaciones que podían hacerle perder su sosiego, que era la de sentirse acorralado entre dos o tres guardias que ante la cara de repudio de Silva parecía que iban ha hacer piña con su jefe si la cosa se torcía. Constante se había encontrado con Antonio Silva, o mejor como a éste le gustaba, con Don Antonio Silva Carreirizo, Suboficial del destacamento de la Guardia Civil en el río de Rengos de Cangas del Narcea.

Aquel día no pasó nada más, ni nada menos, pero había pasado todo para cualquier ojo avisado. Silva había descubierto que en aquel lugar recóndito había alguien que podía poner en peligro su reputación, su prestigio, su carrera y por tanto el sentido de su vida y “Costante” vio que alguien con un poder casi absoluto en aquellos tiempos en una aldea miserable, podía hacer daño no a él que sería lo de menos sino a los suyos como consecuencia de odios y traumas pasados.

A “Costante” nunca se le hubiera pasado por la mente comentar con los del pueblo que Antonio Silva era hijo de madre soltera, que era de verdad un hijo de puta, que él se había acostado con su madre y todo el asunto, pero eso Silva, hombre de otro jaez, ni se lo imaginaba, sino todo lo contrario. Además, aunque se lo imaginara, nunca estaría seguro.

 

 

VIII

Silva sabía que “Costante” era frío y duro y que no descompondría la figura cuando leyera lo que en el papel de una cajetilla de “Bisonte” una mano cómplice le había colocado en el morral:

—“Si te vas de la lengua te mato”.

Pero lo que Silva no se esperaba, mejor dicho, lo que Don Antonio Silva Carreirizo, suboficial del puesto de la Guardia Civil de Cangas del Narcea y Rengos no se esperaba, era encontrarse con otra que, aunque muy mal escrita, rezaba:

—“En la Reguera del Nocedón los lobos te van a sacar las tripas si vuelves a hablar con la chica”.

Esto que ya de por sí hubiera sido un inestable pacto de hombres no tenía salida pacífica porque Constante había hecho llegar el mensaje en un aparente paquete de comida al Destacamento. De esos paquetes que anónimamente dejaban los vecinos a la puerta de los Guardias para que no dieran mucho “por culo”. Y claro, al abrirlo, Silva no estaba sólo, sino que había más compañeros expectantes, entre los que estaba Martínez, el jefe, esperando un lacón o algunos chorizos que aliviaran el exiguo sueldo de guardia.

Todos, especialmente Martínez, intuyeron que iba a ocurrir lo que menos les gustaba, y es que hubiera problemas de los complicados con los paisanos. Y problemas complicados para los guardias eran los que no se arreglaban con unos palos a la luz de la luna sobre las costillas de algún aldeano. De aquel recado, sólo Silva sabía quien era el remitente pero todos sabían que ningún guardia admitía amenazas veladas de los paisanos y menos delante de compañeros.

Aquella noche los guardias se acostaron preocupados y entre chismorreos porque sólo faltaba una chispa.

 

 

IX

Ocurrió un día de fiesta. “Costante” bajó del monte tarde. De noche. Llegó al pueblo “caliente y bien domao” pues tras un duro día de trabajo se había retrasado porque la nieve le había entrado dentro de las madreñas y tuvo que hacer fuego para secar los escarpines que estaban pingando. Se había bajado, además de su cayado en la mano derecha, una guadaña al hombro en el lado izquierdo. Era un buen sistema para que los lobos no se acercaran mucho a falta de una antorcha. En invierno, con poca luna y con los lobos en celo, les puedo asegurar que en el pasaje entre la “Reguera del Nocedón” y la “Vuelta las Bruxas”, donde incluso de día entra poco el sol y con la certeza de que varios pares de ojos brillantes le están mirando a uno “golosos” desde la parte alta de la vereda, a cualquier hombre sólo incluso aunque ya tenga los huevos bien sueltos, se la agudiza el sentido de la protección y éstos se le ajustan un tanto a la barriga. Hacía bien poco que habían despachado apenas medio kilómetro más arriba al mejor novillo de “Casa Roque”.

Cuando llegó a la aldea, había un corrillo, junto al improvisado chigre de tablones y a unos metros de los gaiteros, al que “Costante” se acercaba sin percatarse de que en él se encontraba Silva de paisano.

—“Muy tarde para bajar del monte ¿no?”. —Le espetó Silva vacilón.
—“Primero la obligación y luego la devoción”. —Respondió “Costante” humilde.
—“La obligación mejor por las mañanas que al que madruga ya se sabe. Aunque a mí lo que más me gusta de la iglesia es que el pueblo sepa que cuando se dice “este es mi cuerpo…”, se ha de agachar la cabeza”. Y Silva terminó la frase carcajeándose altanero.
—“Dios suele ayudar a los que trabajan ya sea de día o de noche. Hoy tenía que coger leña para unos mangos y hay mejor cortarla al menguante”. —Había aparecido el “Constante” conciliador pero conteniéndose.
—“Venga, venga. Hay que dejar tiempo para descansar”. —Silva insistía en quedar por encima. Al fin y al cabo para él los que no eran guardias eran unos pobres aldeanos.
— “Bueno, las cabras cojas no quieren siesta”. —Pero “Constante no estaba por la labor de que le dieran clases.
—“Ya. ¿Y no te dan miedo los lobos en estas fechas y casi sin luna?”
—“A mi lo que me dan miedo son las malas lenguas”

Y Silva entró al trapo.

—“Pues había que cortar más de una por si se escapa”

En aquel momento los dos compañeros de Silva que estaban allí se dieron cuenta de quién había mandado el recado al Destacamento.

—“Esos nunca son buenos fundamentos. Las lenguas no crecen, al contrario que los guardias, que aunque se arranquen de raíz, siempre vienen otros”. —A “Costante” ya no le pedía el cuerpo templar más gaitas.

A esas alturas la mueca de desagrado de “Costante” se había insinuado alguna vez y a los que había en el corrillo lo que les pedía el cuerpo era poner unos metros de por medio. El aire se cortaba a cuchillo. Acababan de oír como un paisano insinuaba que había que podar guardias como quien poda el monte y claro, tanto a Silva como a “Costante” ya no les quedaba más remedio que hacer lo que tenían que hacer cada uno en su papel.

—“¿Qué? ¿vienes caliente del monte? ¿eh, cabrón? ¿te molestamos los guardias, ¿eh? Ven p´acá, que te vamos a enfriar en el cuartelillo”

Y fue cuando Silva, Robustiano, Benigno y algún otro iban a ponerle la mano encima a “Costante” cuando a éste se le vio el diente de oro. Se comprimió como un resorte, volvió el cayado cogiéndolo por el interior del mango, giró la cadera, apretó el pie contrario contra el suelo, echó la mirada, se le escapó un “me cago en la panza de tu puta madre” y soltó el brazo.

“Costante” había matado, en ocasiones, algún perro salvaje que se atrevía a merodear por su rebaño con un traicionero golpe de cayado en el cráneo que al cánido le caía como una exhalación sin saber ni por dónde. Visto y no visto. Por eso conocía muy bien el sonido que los huesos hacían en esos casos y si el golpe era “eficaz” o no. Ese sonido “eficaz” fue el que oyó al reventar los hocicos y desencajar la quijada del primer guardia que pilló e inmediatamente después de mentar la augusta panza de su señora madre.

Él solito, con dos cojones y un palito.

Y así fue como aquella noche de invierno “Costante” tuvo que dormir en una cabaña de las brañas al calor de los caballos e iniciar su nueva vida mientras que los guardias en el cuartelillo recomponían los morros y demás al valiente compañero.

De cómo Silva y “Costante” se buscaron, de cómo “Costante” sobrevivía moviéndose como una garduña por el monte, de cómo pensaba acabar con Silva y de cómo éste le rastreaba para darle caza, de cómo Robustiano, Benigno y Lucas Manjón se convirtieron en un poderoso clan aliado de Silva, de cómo Silva acosaba a la hija de “Constante” y de cómo “Constante” pensaba en proteger a los suyos, y en definitiva de cómo se encanallan odios, instintos, deberes y honor, de todo eso, se irán enterando poco a poco en los próximos días.

 

 

 

 

 

 

© Juan Carlos Rodríguez Suárez


Siempre
por Ernesto Navarrete

Accésit del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 

 

Las 06.30 h era la hora que arrojaba el parpadeo del despertador de la mesilla de noche donde Silvia siempre despertaba. La casa estaba en absoluto silencio y la penumbra se rompía exclusivamente con los destellos del neón verde del despertador. Hacía ya tiempo que Silvia había notado como el color se le había ido de su vista y ya sólo distinguía grises y blancos, aunque no le había dado demasiada importancia y era ella la que con su imaginación le ponía colores a los objetos.

Alex, su marido, continuaba dormido aunque ya sabía que estaba dormitando pues pronto saltaría de la cama para atacar un nuevo y duro día de trabajo.

Lo primero para Silvia era hacer la ronda por los dormitorios de sus hijos y verificar que todo estaba bien. Laura , la mayor, contaba 18 años y su dormitorio era un verdadero torbellino de papeles, fotografías de amigas y amigos, ropa por los suelos y un inacabable catálogo de CDS. Dormía siempre con la música encendida y no pasaba una noche sin haber leído una buena parte de sus libros. Siempre leía dos a la vez.

Silvia apagó el CD de El Canto del Loco y cerró la puerta para que disfrutara de la media hora de sueño que todavía le quedaba. A continuación se asomó al dormitorio de María, su preferida, tenía una forma de ser que se alineaba con ella desde que salió de su vientre, desde pequeña hicieron una simbiosis permanente que hasta sus hermanos respetaban, no tenía que cruzar palabra con ella para saber lo que tenía que hacer o decir, raramente discutían y entre ellas mismas se admiraban y respetaban. Últimamente María había cambiado algo, la notaba un poco mas seria pero no triste, pensaba que serían los primeros cambios hormonales de una niña que se iba convirtiendo en mujer, sus 15 años se dejaban ver ya y de cualquier modo la alegría de sus ojos revelaban una felicidad plena en permanente complicidad con su madre. Silvia recogió la ropa tirada por el suelo y apagó el móvil que señalaba 15 mensajes recibidos. Últimamente se escribían textos ininteligibles con un tal Juaco, hecho que no disgustaba a Silvia.

Continuó hasta el final del pasillo y pudo observar cómo Sergio se había quedado dormido con la luz encendida. Su cuarto era el más ordenado debido a que con sus 10 años todavía el orden del padre se veía reflejado en su cuarto, Unos cuantos Warhammer desperdigados por la mesa y tres pares de zapatillas de deporte eran los únicos elementos de desorden, apagó la luz y cerro la puerta.

¡Empieza el día ¡ expetó Silvia y con ánimos renovados comenzó sus tareas, esas que siempre hacía con humor y la alegría propia de una madre que sabe que todo está como debe de estar. Su primer desayuno siempre lo hacía en soledad, le gustaba disfrutar de su pequeño momento matinal ya que luego, cuando todos se levantan, la casa se vuelve un remolino de idas y venidas, de prisas sin destinos, quedándose al final sola y con todo hecho unos trapos.

Encendió la radio y saboreando su primer café empezó a pasar revista de las “tareas” que el día de hoy le iban a exigir. Sería un día importante en la vida de Laura ya que mañana tenía que presentar su redacción literaria en el Colegio y llevaba ya varios días atormentada por cómo estructurar el escrito. Para María las tareas de Silvia se tenían que centrar en educar cómo comenzar a tratar estos temas escabrosos de los primeros amores. La esquiva tristeza que Silvia detectaba a fogonazos en María tenían que ser los primeros males de amores y ella tenía que ayudar a su hija en cómo entenderlos y manejarlos. - Será una buena conversación pensó Silvia – como queriendo disfrutar de estos momentos que toda madre ha estado esperando desde que le ponen a su hija en sus manos dentro del paritorio.

Respecto de Sergio las funciones de madre se reducían mucho, su joven edad y su imaginación ilimitada hacían que velar por él se redujese a controlar sus movimientos y controlar que éstos no conllevasen peligro. Sin embargo había algo nuevo en Sergio, eran meses ya los que Silvia notaba un cambio en él. Su alegría se había encogido algo y su vida interior parecía haber florecido con fuerza, llevaba tiempo observando cómo Sergio disfrutaba en soledad y a veces incluso le vio reír estando sólo. Los amigos seguían contando con él y con ellos Sergio también disfrutaba, pero había algo que había cambiado en Sergio, parecía cómo si se divirtiese consigo mismo mucho más que antes. Silvia sabía que eso no era malo pero le intrigaba no saber cual era la causa de ese misterio. A lo largo del día de hoy esa sería su tarea maternal para Sergio.

Alex entró en la cocina y aún algo dormitado se puso el café en el microondas y sonrió como sólo el sabe hacerlo. Sacó la ropa de los niños del tendedero, puso más alto el sonido de la radio y comenzó a organizar la ropa del día de cada uno. A por ellos –exclamó– y con la alegría de un niño más comenzó a despetar a los críos con chistes y canciones. Era la señal, pensó Silvia, del comienzo del día. Se levantó de la silla ya con su primer café dentro y corrió a su dormitorio para arreglarlo. La cama, el armario, la ropa, el baño… todo seguía el orden de un rito no escrito que terminaba siempre con la limpieza especial del marco de plata donde una foto del matrimonio recordaba una estancia en una playa de Andalucía. Curiosamente esa fotografía siempre aparecía manoseada en sus bordes y todos los días Silvia se atareaba en dejarla nuevamente limpia. Nunca había conseguido saber quien era el que manchaba el marco y sin embargo todos los día ese marco había sido tocado. Observando la fotografía Silvia y Alex parecían felices tumbados en la arena con un mar al fondo que tenía que ser de un azul perfecto. Eso imaginaba Silvia ya que su problema del color lo suplía con la fuerza de su mente.

En un santiamén la casa se había quedado vacía, Alex cogió a todos, les dio un repaso militar sobre su aspecto. Limpieza, peinados, ropas, mochilas y una vez aprobada la revista se despidieron con la misma alegría con la que se habían levantado.

Quince minutos de trasiego por la atormentada circulación de Madrid y ya estaban en el colegio. Silvia se quedó con Sergio y se despidió de Alex, las demás se reunieron con sus respectivas compañeras de colegio y la familia se desperdigó para sus propias tareas pero con ese cordón invisible que tiene el sentimiento familiar de estar juntos aunque alejados. Silvia acompañaba a Sergio por el pasillo, le veía sólo aunque tranquilo, volvía a estar en esa especie de trance que últimamente había despertado la curiosidad de Silvia, pero no hacía nada. Entonces comenzó a hablar con él. Sergio le indicó que estaba descubriendo lo que significaba la amistad y que debido a ello habían existido una serie de contratiempos que le habían hecho daño. Sus amigos Manuel y Nacho habían comenzado a estrechar amistad con otros chicos de la otra clase y él se sentía desplazado. No es que se hubiese peleado con ellos, pero sí tenía un sentimiento que no podía describir, que le enojaba por dentro y le hacía sentirse mal. Silvia cogió a Sergio de la mano, se detuvieron y le miró a los ojos:

—Sergio, comienzas a percibir los sentimientos que dan valor a la vida misma. La amistad con alguien no significa la posesión de su voluntad. Es precisamente lo contrario, la amistad sincera expresa precisamente la libertad de estar juntos porque así lo queréis, lo que a uno le hace feliz es ver al otro feliz. Tu amistad con tus amigos debe permitirte disfrutar de la felicidad de ellos. Cuando transmites que eres feliz al estar con ellos es por que ellos son felices al estar contigo y también debe ocurrir cuando ellos o tú estáis con otros. Entonces, cuando te sientes feliz porque tus amigos se lo han pasado bien, y lo trasmites con sinceridad, entonces estas disfrutando de tu felicidad y ellos, ellos, también disfrutarán de la tuya.

Sergio se quedó pensando un rato en silencio. Continuaba cogido de la mano de su madre y entonces dio un pequeño respingo como entendiendo lo que Silvia le había dicho.

—Entonces mamá.. Si yo me hago sentir bien porque mis amigos se lo estén pasando bien con los otros niños. ¿Ellos serán felices por mí?
—Así es. Contestó Silvia.
—Entonces mamá. Si yo me lo paso bien con otros niños, ellos no se tomarán mal ¿No?... y también serán felices al verme pasármelo bien ¿No?
—Así es. Reafirmo Silvia.
—¡Gracias mami!

Sergio salió corriendo al patio y comenzó a corretear y jugar con sus compañeros de tal manera que a Silvia le resultó imposible poder darle un beso de despedida.

El día era fabuloso, con un sol que empezaba a brillar con fuerza y un cielo que Silvia se imaginaba de un azul celestial.

Laura seguía angustiada con su redacción. Nada parecía agradarle, no era capaz de darle forma al texto que había escrito y cada vez que lo volvía a leer era como empeorar la situación. No se sentía bien y la responsabilidad de ganar el concurso literario le iba pesando cada vez más. Ello era debido a que en su familia había existido en la anterior generación una escritora de cierto prestigio y de la cual había leído toda su obra. Ella se veía como su tía abuela y deseaba comenzar su carrera de escritora sin desmerecerla, sin embargo el género narrativo de su antecesora no le iba nada bien a Laura y por mas que se empeñaba sus texto no le resultaban nada agradables a la lectura y de ahí su angustia.

Silvia cogió el texto y lo leyó en voz alta, Laura se sonrojaba cada vez que un pasaje le resultaba cursi y poco menos que se lo quería quitar de las manos de su madre. Silvia continuó hasta finalizar el texto y tras una pausa dijo

—¡Laura, es perfecto!. Precioso. Tienes el mismo don que tuvo tu tía abuela. ¡Que suerte!
—¿Tú crees mamá? No estoy nada convencida de lo que he escrito. Le falta sintaxis y la función expresiva no se lleva con el contenido. No creo que pueda ganar y lo que es peor. No estoy convencida de él.

Silvia se detuvo un rato y ojeaba las páginas una y otra vez. Al rato y viendo que Laura se mantenía en silencio le indicó.

—Oye Laura. Has utilizado un género narrativo en este texto ¿No?
—Sí. Respondió Laura.
—Sin embargo has entremetido muchos diálogos entre tus personajes y eso enturbia la lectura…Si lo pudiéramos arreglar.

Laura se quedó pensativa unos breves segundos. Silvia callaba. En unos segundos apareció una pícara sonrisa en la mejilla de Laura.

—¡Mamá, le voy a dar un giro al texto y lo haré en género teatral!. De ese modo me permitiré dar mas contenido a los diálogos, explicarme más y dar continuidad al texto que me resultaba algo farragoso.

Silvia no pudo decir nada y antes de darse cuenta Laura la había dejado y se había puesto como enloquecida en su ordenador de clase a corregir su texto.

—Gracias mami por tu observación. Ahora sí estaré contenta con mi trabajo y creo que podremos acceder siquiera a ganar el concurso.

Era ya medio día y Alex había llamado por teléfono a todos sus hijos. Todo estaba en orden y el continuaba con su trabajo. Los recientes cambios en su responsabilidad le obligaban ahora a viajar más de lo debido y mantenía el contacto con todos a través del móvil. Alex se sentía feliz, siempre había sido un hombre alegre y con una vitalidad envidiable y ahora con todos sus hijos se veía como el patrón del yate y el responsable de llevar a buen puerto este proyecto de familia que habían construido Silvia y él y que por lo visto no iba nada mal.

Cada vez que Alex tenía un hueco en su trabajo se acordaba de todos, también de Silvia. En los viajes fuera de Madrid, donde tenía que dormir fuera, los momentos de hotel eran los mejores para recordarla y para disfrutar de lo bien que estaban hechas las cosas. Los niños estaban educándose como ellos querían, el trabajo permitía el disfrute familiar y el proyecto de vida en común se desarrollaba conforme a lo deseado por los dos. Es verdad que les faltaba tiempo de estar más juntos pero esa merma la solventaban con la imaginación y con el sentimiento de felicidad mutua que ambos disfrutaban. Es lo que ellos definían “sentirse bien” y que como desgraciadamente habían comprobado con otros amigos, no estaba al alcance de todos. Por ello era mayor razón para disfrutar del momento.

Una nueva llamada al móvil de Alex la hace salir de sus recuerdos y problemas en Barcelona le sumergen nuevamente en la vorágine del trabajo que le tendrá esclavo hasta bien entrada la noche.

A la salida del colegio Silvia observa cómo María conversa con un chico de su clase. Iba a acudir a su encuentro pero el instinto femenino le hizo quedarse quieta. Estuvo un rato largo observándoles en la distancia y vio cómo el chico cogía de la mano a María y ambos se alejaban dando un paseo. A Silvia le recorrió un escalofrío por su cuerpo. No necesitaba volver a ver en color para notar que algo nuevo le va a ocurrir a María, estaba siendo testigo de ocasión del primer beso que su hija recibía de un chico. Acurrucada en un portal de la calle y observando a la pareja, a Silvia se le escapó una lágrima que le llegó a mojar sus labios.

Ya de regreso y observando que la tarde se iba echando encima y el color del cielo tenía que estar perdiéndose, Silvia se atrevió a comentar con María lo sucedido. Al principio la niña tenía vergüenza de expresarle a su madre sus sentimientos pero Silvia poco a poco fue abriendo el corazón y ambas comenzaron a expresar sus impresiones sobre el nuevo campo que María comenzaba a descubrir.

Mientras María le explicaba a su madre la conversación que había tenido con su amigo Juaco, Silvia recordaba esos mismos momentos que ella vivió cuando era niña y tuvo su primer encuentro amoroso. A veces Silvia se evadía de la conversación y volvía a recordar sus primeros encuentros, pero María enseguida le espetaba y retomaba su conversación acelerada.

Más de una hora estuvieron madre e hija paseando por la calle y hablando de estos primeros encuentros con el sexo opuesto. Se cogían del brazo, a veces María llevada por su desenfreno se le adelantaba a Silvia y sin parar de hablar continuaba su conversación caminando de espaldas y cogiendo a su madre de las dos manos. Otras se echaba en el regazo de la madre y le expresaba lo feliz que se sentía. De esta manera llegaron a casa.

Eran ya cerca de las diez de la noche y Silvia sabía que ya tampoco había color en la vida real. Las luces de la noche y el cansancio acumulado del día hacían de estos momentos los más propicios para el descanso. Alex había llegado y de inmediato se había puesto a hablar con sus hijos para comentar todo aquello del día que no se habían dicho por teléfono. Para Alex era con diferencia el mejor momento del día. Podía comentar las actividades de cada uno, controlar las emociones de los tres y seguir con rigurosidad las desviaciones que sobre lo trazado con Silvia cada hijo podía tener. Después, la cena y la ropa de mañana. Algo de estudio de los chicos y poco a poco cada uno va cayendo en su sueño.

Alex habla con Silvia de todo aquello que le ha ocurrido en el trabajo, de los niños y de aquellos planes de futuro que ambos sueñan para cada uno de ellos. Poco a poco el sueño comienza a conquistar las voluntades de ambos y la conversación se va apagando. De vez en cuando entre sueño y conversación se adivina una leve sonrisa en los labios de Alex como atisbando nuevas alegrías para mañana. Al final el silencio de la noche domina la casa.

No habían pasado cinco minutos del entresueño cuando Alex se ve sorprendido por la invasión en la cama de sus tres hijos capitaneados por Sergio – ¡Papá, papá que se nos olvidaba el beso a mamá¡- Alex se incorporó riéndose y cogiendo en su regazo a los tres, se acurrucaron en la cama, tomaron el marco de plata que estaba en la mesilla y todos dieron un beso a la fotografía donde Alex y Silvia aparecían en la playa. Nuevamente dejaron el marco señalado de besos y manos.

Finalmente se despidieron y volvieron cada uno a su cuarto. Alex se recostó en la cama y repitiendo una enorme sonrisa apagó la luz y pensó —!Mañana será otro gran día¡—.

 

 

 

 

 

© Ernesto Navarrete


El pecho
por Ramón Gutiérrez Moreno

Accésit del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 

Acababan de dar las nueve de la noche cuando Pedro Pablo abrió la puerta de su casa. Antes de salir se miró en el espejo que tenía en la entrada y que le reflejaba medio cuerpo. Se irguió hinchando el pecho y se jactó de conservar la esbeltez juvenil a sus casi cincuenta años; después, acercó la cara y sonriendo como un caballo se miró satisfecho sus dientes nuevos. Orgulloso, terminó peinándose con la mano un mechón de pelo que indomable le salía disparado desde la frente hacia delante. Cerró suavemente la puerta y moviéndose sin hacer ruido abrió la del ascensor, dejándola entornada para que no se lo quitaran. Encendió la luz y dio dos zancadas hasta la puerta de sus vecinos. Sonriendo se palpó el bolsillo del pantalón azul oscuro de chándal, se ató los tres botones del niki blanco con el logotipo de su empresa de contenedores de obra y después de santiguarse tres veces pulsó el timbre. Al otro lado de la puerta olía a aceite frito. Un hombre de treinta y tantos, salía de la pequeña cocina llevando un plato con una tortilla de irrepetible forma. La dejó sobre la mesa de comedor y se tumbó apático en el sofá frente a la televisión que en ese momento daba noticias. Cuando sonó el timbre miró hacia la puerta e hizo la intención de levantarse, pero una mujer joven y menuda salió veloz por la otra puerta que daba al salón y llegó primero. Pegó un ojo en la mirilla y girándose hacia su marido, señaló repetidas veces la propia puerta. Se levantó sin entender que pretendía decirle, hasta que ella abrió y apareció Pedro Pablo, que no pudo evitar fijarse en la camiseta ajustada de tirantes que llevaba la mujer y sonriendo pensó: “pues sí que las tiene pequeñas”.

—Hola Paz, hola Ángel —dijo husmeando—, no estaríais cenando.

Aunque no era extraño que llamara a la puerta, tampoco era algo habitual. Pedro Pablo y Ángel tenían una relación que el primero calificaba de hermano mayor—hermano pequeño; porque el mismo día que Ángel entró a vivir en la casa, hacía más de seis años, apenas abrió la puerta del ascensor se encontró un revuelo de personas en el descansillo: acababa de morir la madre de Pedro Pablo. Sin conocerle, desconcertado le dio el pésame y su nuevo vecino le metió en la casa, le llevó hasta la cama en la que estaba la muerta e incluso le hizo tocarla la mano para que comprobara que “aún estaba calentita”. A los tres días Ángel acudió con sus padres, que habían ido a la ciudad a ver a su hijo, al funeral en la parroquia del barrio y a la salida Pedro Pablo se le abrazó sollozando y delante de sus padres prometió solemne que cuidaría de él. A partir de ese día se erigió en su protector: le consiguió por medio de sus influencias un trabajo mejor (Ángel era arquitecto técnico); en Navidad le enviaba una cesta de productos, dos cajas de vino y hasta un jamón; muchos domingos le invitaba a una marisquería a comer y al enterarse de que salía con una chica, les obsequió con un fin de semana en un hotel de lujo. Cuando Paz le conoció, no le cayó bien, “pesado y hortera” le definió y únicamente cambió de opinión cuando vio el ingreso que les hizo como regalo de boda, a la que asistió y además como testigo del novio. A su regreso de la luna de miel, le invitaron a cenar y le regalaron una figurita de madera que le habían traído del viaje. A partir de esa cena, Paz decidió cortar cualquier relación de intimidad y empezó a poner distancias entre él y su marido, aunque entonces no sabía las vueltas que daba la vida.

Pedro Pablo sin llegar a entrar, empezó a hablar dirigiéndose a Paz:

— Venía a pediros un favor…, igual os parece algo extraño, pero fíjate que bien explicado tiene su lógica, y si he recurrido a vosotros es por la confianza que nos tenemos y porque creo que me entenderéis.

Paz enmudeció. Pensó que le había llegado la hora. “Me lo merezco”, se dijo. Ya se veía tocada por él, oliendo el perfume exageradamente fuerte que usaba. “Pero tendré que aguantarme”, se resignó; al fin y al cabo siempre había temido que ese momento pudiera llegar. “A no ser que él…”, pensó mirando a su marido. Pero este permanecía de pie, con una sonrisa papuda que indicaba: “lo que quieras Pedro Pablo, lo que quieras”. Le pareció patético con el pantalón del pijama con la bragueta ligeramente abierta, una camiseta blanca que le marcaba la tripa y el pelo ralo, de un color tan claro que casi no se veía. “Me lo tengo merecido”, se repitió Paz, “fui yo la que le obligue a que le pidiera dinero prestado: primero fueron un par de hipotecas, después el carísimo viaje de fin de semana con los amigos, también un plazo del seguro de los dos coches y para rematar, con lágrimas incluidas, mi operación de estética en la nariz”. Siempre lo justificaba con frases como: “si está forrado, le sobra el dinero”; o: “no dices tu que todo el mundo comenta que gana un dineral…”. Y Pedro Pablo prestó sin decir nada, sacando la chequera las veces que hizo falta, como quien paga una ronda en el bar y ellos, o al menos eso pensaba Paz, se lo devolvían puntualmente.

Toda la tensión se rompió cuando apareció el pequeño de la casa, Borjita, un niño rubito de algo más de un año, mofletudo y de ojitos claros que, con un pijama azul que le quedaba grande, andaba tambaleante con un chupete de caucho en la boca. En cuanto Pedro Pablo le vio, se agachó y sacando del bolsillo una gran piruleta se la ofreció diciendo: “pero que guapo y sano que está este niño”. Después se levantó y tomando aire continuó:

— Bueno ahora que estamos todos… Quieroquemedejeisalniñomañana.
— ¿Cómo? —exclamaron a la vez.
— Sí, que necesito que me dejéis a vuestro hijo mañana.
— Para qué —preguntó Paz perpleja pero aliviada.
— Pues… muy fácil, a ver como os lo explico. Fíjate, hace un año o así organizaron una cena aniversario de los veinticinco años de nuestra promoción y… y… bueno lo normal nos contamos nuestras vidas, los trabajos, nuestras empresas, bueno los que la teníamos— apuntó orgulloso—. También hablamos de nuestras mujeres, de los niños… y yo dije que acabábamos de tener uno.
— ¿Acabábamos?— preguntaron a la vez.
— Sí, acabábamos —respondió suficiente.
— Pero si tú no tienes mujer. —dijo Paz con desdén.
— Que sepamos Paz, que sepamos —apuntó Ángel para compensar el tono que ella había empleado.
— No claro que no, pero eso ya lo tengo solucionao…

Antes de continuar giró la cabeza hacia Ángel para que Paz no pudiera verle la cara y moviendo los labios pronunció sin hablar algo que el marido no entendía y que la mujer no necesitaba entender. “Guarro”, se dijo Paz. Hasta que en la tercera repetición Ángel por fin logró descifrarlo: “Aaah, una de esas de alto estanding”, dijo para si en alto, como si le pareciera algo normal. Paz lejos de escandalizarse se sintió de nuevo aliviada ya que por un momento había pensado que le iba a pedir que le acompañara.

—Bueno —continuó Pedro Pablo—, pues un compañero, un gilipollas, me lleva llamando desde hace un mes para invitarnos este sábado al chalé que se ha comprao con piscina, padel, columpios… y yo que se que más. Y hasta ahora siempre le he puesto alguna excusa, pero el otro día fíjate, me dije: ¡que cojones!, me planto allí con una mujer guapetona y un niño rubito y se mueren de envidia…
—No se Pedro Pablo —le cortó Ángel atorado—, yo… yo; Borja es un poco pequeño… ¿Por qué no se lo dices a los del segundo, es algo mayor y se maneja…
— No, no, no, es muy feo —sentenció.

“Como tú”, se dijo Paz, a la que por un momento se le pasó por la cabeza ofenderse y decirle altiva: “¡tu quién te crees!, mi hijo no es ninguna mercancía”; pero fríamente consideró que se lo debían. Además el día siguiente comenzaban las rebajas y, como todos los años, había quedado con sus amigas. Por eso prefirió no decir nada y esperar a que su marido decidiera; pero tampoco habló. Pedro Pablo previniendo cualquier disputa añadió:

— Mirar, ahora tengo que bajar al garaje a colocar una cosa en el coche. Lo pensáis y cuando suba me decís. Y de verdad —continuó—, para mí es muy importante.

Se dio la vuelta hacia el ascensor y a la de tres, como tenía preparado, se giró:

— Por cierto, el otro día os oí hablar —y se encogió de hombros señalando la pared en la que coincidían sus pisos—, y fíjate, si tu quieres Paz, yo te podría prestar el dinero para la operación, incluso perdonarte un…
— ¿Qué operación? —preguntó Ángel alarmado.
— La de los — y se pellizcó con los dedos la camiseta a la altura del pecho.
Paz se ruborizó, pero antes de que pudiera decir nada, Pedro Pablo ya había desaparecido en el ascensor. Ángel abochornado llamó al niño a cenar y después de sentarlo en la trona le preguntó a su mujer:
— ¿Qué te parece?
— A mi no me digas, ese gilipollas es tu amigo…, bueno tu hermano.
— Pufff la verdad es que siempre se ha portao…, y nos ha sacao de más de un apuro, acuérdate de… y lo de la… — y se dio con el dedo golpecitos en la nariz.
— ¡Ya!, ¡lo que tú quieres es que me opere! —estalló Paz.
— No empieces Paz, por favor.
— ¡Anda que no se te nota!; en cuanto lo ha soltado no has dicho ni mu.
— Ya te dije que si es para sentirte mejor…
— ¡Ves, ves!, la tontería de siempre: “sentirte mejor, sentirte mejor” —dijo imitando con burla su voz—. Reconoce que a ti te gustan grandes; si se te nota como las miras por la calle, si a veces sólo te falta tocarlas, que estás enfermo…

Y se enzarzaron en la misma discusión que había escuchado su vecino días atrás. Cuando Pedro Pablo subió le dijeron que sí, y se puso tan contento que los abrazó haciendo una piña. Esa noche Paz soñó con su nuevo cuerpo, se vio en bikini corriendo por la playa, en lencería, con trajes escotados… Su marido soñó lo mismo y por dos veces gritó sonámbulo: “que barbaridad”, de tan grandes que las estaba imaginando.

Al día siguiente Ángel daba el desayuno a Borja mientras le explicaba a donde iba a ir y lo bien que lo iba a pasar, cuando Paz apareció frente a ellos. Era tan breve como su nombre: pequeña de estatura, la delgadez le hacía parecer más alta; tenía el cuello largo que le proyectaba regiamente la cabeza hacia atrás, como si estuviera continuamente posando para un escultor. Los grandes ojos oscuros eran redondos pero a la vez alargados y de joven le gustaba que la gente le preguntara si era extranjera. Sólo la nariz, matemáticamente centrada sobre unos labios sospechosamente carnosos, parecía ajena a su cara de lo rectita que era. Para su día de rebajas se había puesto una camisa blanca, nada vulgar, unos pantalones pirata beiges y unas zapatillas de tenis blancas. El pelo negro y liso lo llevaba recogido en una coleta, como le gustaba a su marido. “¿Qué tal?”, les preguntó. “Estás preciosa”, respondió Ángel sin miramientos. Paz, apremiada por la hora les besó, tomó el bolso y salió por la puerta sin hacer ninguna referencia a la excursión de su hijo. En la calle, antes de subir a su coqueto coche, se cruzó con la que por unas horas iba a hacer de madre de su hijo.

Borja ya estaba elegantemente vestido con un pantaloncito corto verde de piqué con tirantes y una camisa blanca con el cuello redondo y ribetes verdes, cuando llamaron a la puerta. Ángel abrió, apareciendo ante él Pedro Pablo rojo de ira.

— Me cago en…, me cago en la…, con lo que cobran… — exclamó Pedro Pablo.
— Pero, ¿qué te pasa?
— Joder, fíjate que no me han hecho ni caso… ni caso… mira.

Y le mostró a la mujer que estaba detrás, y que dejó a Ángel boquiabierto, mirándola en conjunto, como el que contempla un monumento. Era bastante alta, de unos treinta y cinco años, con el pelo castaño, largo y suave, que le caía ondulado hasta los hombros. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y la camiseta de la empresa que Pedro Pablo le había obligado a ponerse, y que, debido a que era una talla pequeña o al tamaño de su pecho, no le ataban los botones.

— Además fíjate —repitió colocándose hombro con hombro con la mujer— me saca por lo menos tres dedos, ¡y yo no soy bajito! Además les pedí: de unos cuarenta, no muy alta, guapa pero normalita y… ¡coño!, me mandan a una de miss España. Pero a ti no te han dicho a que venías —le preguntó a la mujer.
— Sí, a una fiesta con niños.
Se produjo un pequeño silencio en el que Pedro Pablo siguió reuniendo objeciones.
— Y encima me dice que no se quiere poner la camiseta, que es una… ¿vulgaridad has dicho?
— Y es que lo es —repuso orgullosa.
Pedro Pablo negó con la cabeza y mirando a su vecino continuó:
— Si me gusta Ángel, si me gusta, pero no para ser mi mujer. Tienes que hacerte algo, quitarte el maquillaje, ponerte una falda larga, cambiarte el pelo…no se.
— Que se haga una coleta, eso siempre…—apuntó tímidamente Ángel
— Eso eso, hazte una coleta.

La mujer accedió pensando “que sea esto todo lo que me pida”. Saco una goma de su bolso, se la hizo y Pedro Pablo al ver el resultado sonrió satisfecho al descubrirla un defecto: tenía las orejas de soplillo.

Entonces apareció Borja enrollándose entre las piernas, al eventual matrimonio les pareció un principito. Pedro Pablo le alzó en brazos y le dijo a su padre que les contara, rápido, cosas del niño: edad, enfermedades, alimentación… “de lo que habléis en esas reuniones”. Ángel les entregó la bolsa que Paz había preparado con todo lo necesario y habló orgulloso de percentiles, hábitos, trastadas, pequeñas proezas, vacunas… hasta que la mujer aburrida, le paró diciendo que estuviera tranquilo porque había cuidado niños muchas veces.

Bajaron los cuatro al garaje, Ángel trasladó la silla de coche y vio que había instalado un dvd portátil para su hijo. Les saludo al salir y vio a Borjita encantado señalando la pantalla de la tele. Subió rápidamente regocijándose de tener un sábado entero para no hacer nada y se metió en su casa como un animalillo en su madriguera.

Dormía delante de la tele la tercera siesta del día, rodeado de latas de refrescos y bolsas de patatas, cuando escuchó un timbre. Sobresaltado se incorporó, miró el reloj e incapaz de descifrar la hora, tardó en comprender que eran las ocho y media. Asustado saltó hacia la puerta pero al abrir y ver la sonrisa de satisfacción de su vecino se tranquilizó. Detrás estaba la mujer con el niño dormido entre sus brazos; le pareció un precioso cuadro.

— Todo perfecto, cojonudo… el más guapo, el más rubio, el más simpático, el que mejor ha comido…, hasta la he ayudado a cambiar un pañal —dijo orgulloso Pedro Pablo—. Ahora está dormido, fíjate si lo ha pasado bien que no ha querido echar siesta.

Ángel estiró los brazos para recoger a su hijo, pero Pedro Pablo le echó un brazo al cuello impidiéndoselo, entonces Ángel noto un hedor a alcohol y a tabaco de puro.

— Menudo cabroncete que está hecho —continuó soltando una carcajada—; fíjate que había dos niños de teta y este —señalando al niño— al verles chupar ha empezado a decir: “yo quero, yo quero”. Hasta que la he dicho —y señaló a la mujer—:¡dale! Y no veas como ha chupao y varias veces, ¡hasta la ha mordido y todo…!

Ángel, asfixiado por la presión, miró a la mujer de soslayo, como pidiéndola disculpas, pero ella de quien tenía aspecto de estar harta era de Pedro Pablo y, para restar importancia, le preguntó con su mejor intención “si le habían quitado el pecho muy pronto”. Entonces Pedro Pablo se giró y con una mirada severa de reprobación, la respondió, “que la madre no tenía casi — y se señaló el pecho—, pero que ahora se iba a operar”. Ángel le miró displicente, dudando si decirle algo, pero prefirió coger a su hijo, para lo que hizo un movimiento oscilante con la cabeza para desasirse del brazo, pero Pedro Pablo le apretó aún más y continúo contando anécdotas:

— Fíjate que había uno que trabajaba en una agencia de publicidad y me ha dicho que siempre necesitaban niños como el mío. Y ¿sabes lo que le he contestao?: “que qué se creía, que mi hijo no era ninguna mercancía”.

Ángel volvió a mirarle, esta vez con rabia, y definitivamente estiró los brazos para que la mujer le diera al niño. Quería cerrar la puerta y olvidar todo lo que había pasado, pero Pedro Pablo volvió a tirar de él y le dijo que le acompañara un momento a su casa. Antes de salir, Ángel le pidió a la mujer que acostara al pequeño en la cuna.

A los pocos minutos volvió sonriente. Le acababan de regalar un dvd para el coche, la promesa de un préstamo para la operación de Paz y unos cuantos billetes de cincuenta euros que había sacado de una caja de cartón como si fueran caramelos. Cerró la puerta y se dirigió hacia el cuarto del niño, pero al pasar por delante del baño vio a través del hueco que dejaba la puerta entreabierta, a la mujer desnuda de cintura para arriba con la coleta cayéndole sobre uno de los hombros y dándose crema allí donde le habían mordido. Al notar la presencia de Ángel se tapó cruzando un brazo y abriendo con el otro la puerta le preguntó si no le importaba. “Para nada”, le respondió él crecido, incapaz de apartar la mirada de lo que, aún con la censura del brazo, veía. Entonces notó un vergonzoso enderezamiento en la bragueta, evidentísimo con el pantalón del pijama; rápidamente imaginó un accidente aéreo con sus padres, Paz y Borjita dentro del avión, pero no funcionó. La mujer se dio cuenta, el dinero ya lo había visto antes, y retirando el brazo le pregunto: “¿te gustan?”. No contestó, dejó caer los efímeros billetes en el lavabo y se abalanzó sobre ella. En casi cuatro minutos pasó todo.

En la calle la mujer se cruzó con la esposa de su último cliente. Paz llegaba cargada con al menos diez bolsas y parecía cansada. Al oírla entrar, a Ángel, que se acababa de refrescar la cara, le tembló el cuerpo entero y sin acercarse a ella le contó atropelladamente lo bien que había ido todo. No quiso cenar, ni sentarse a ver la tele, ni asistir al habitual pase de modelos de su mujer tras un día de compras. Sin tener ni pizca de sueño y alegando un malestar general se fue a dormir sin darla ni siquiera un beso. Cuando Paz se acostó, Ángel continuaba despierto, sudoroso, sofocado, inmóvil, pegado al borde de la cama a punto de caerse. No se atrevía a dormir por miedo a delatarse en sueños y aguantó despierto hasta casi el amanecer, debatiéndose entre el pecado y el recuerdo del placer.

Paz también purgó su culpa; se sentía una derrochona caprichosa, creía que esa era la razón por la que estaba enfadado su marido, y una mala madre porque en todo el día no se había acordado de su hijo.

Por la mañana temprano, con la sensación de no haber dormido, Ángel salió de puntillas del dormitorio y lo primero que hizo fue mirarse en un espejo para ver si algo había cambiado en su cara. Inmediatamente despertó a Borja y sacándole de la cuna le abrazó como si les fueran a separar. Al poco rato salió Paz y les encontró sentados en el sofá leyendo un cuento, besó amorosamente al niño y con dificultad a su marido. Preparó el desayuno y lo sacó al comedor. Bebieron y masticaron en silencio hasta que Paz le preguntó suavemente, por preguntar algo:

— Oye, ¿Cómo era laaa…, laaa…, la que llevó Pedro Pablo?

A Ángel se le demudó el gesto y derramó el café sobre su entrepierna. Se levantó de un brinco pensando “lo sabe”, a la vez que resonaba en su cabeza la voz de su mujer diciendo: “¿Cómo era?”; “¿qué, te gustó?”; ¿las tenía grandes, eh?, asqueroso”. Antes de ir a su cuarto a cambiarse de pantalón la miró y con un conmovedor gesto que suplicaba clemencia confesó:

— No lo se de verdad; de verdad te juro que…, que ni la miré a la cara.

 

 

 

 

 

© Ramón Gutiérrez Moreno


La cuenta atrás
por Rosendo Sánchez Gómez

Accésit del I Concurso Literario Patricia Sánchez Cuevas

 

 

DIEZ

Algunos dijeron que se parecía a Julia Roberts aunque yo nunca llegué a encontrarle la semblanza. Tal vez tuviera un cierto aire de femme fatale en el que todos creyeron adivinar un turbio pasado inconfesable nada más verla. Puestos a encontrarle un parecido es posible que me recordase en algo a Uma Thurman, uno de mis iconos cinematográficos por aquella época en que en las carteleras acababan de exhibir Pulp Fiction. La cuestión es que no pude apartar la vista de aquella mujer desde el primer momento en que apareció en el patio de la escuela. Era esbelta, casi demasiado delgada para haber sido madre recientemente,— según supe más tarde—, y sus gestos denotaban una gran seguridad en ella misma. Se presentó con naturalidad y prodigando simpatía al cuadro de profesores que a la hora del recreo charlábamos despreocupadamente junto a las escaleras del comedor mientras ejercíamos una relajada vigilancia sobre los alumnos de primaria que correteaban por todas partes.

— Ha sido una suerte que me hayan trasladado a Barcelona —dijo dirigiéndose a mi—. Me encanta esta ciudad.

Nos puso al corriente de que había estado de baja maternal en el colegio que tenía la congregación en la cercana ciudad de Manresa y que al reincorporarse a las clases le habían propuesto ocupar una vacante en Barcelona, en la escuela del barrio de San Gervasio, que aceptó sin dudar.

NUEVE

Todo el mundo empezó a admirarla desde el primer momento. Se ganó a los hombres con simpatía y un cuerpo de modelo de pasarela, y a las mujeres con inteligencia acompañada de buenas maneras. Era poco menos que perfecta, o por lo menos así me lo parecía a mí.

Tardé algunos meses en invitarla a cenar. Me solía quedar hasta última hora de la tarde ocupándome de las actividades extraescolares de las que era coordinador y aquel día, al salir del aula de música, casi tropezamos en el lóbrego pasillo de la planta baja.

— ¿Todavía por aquí?— pregunté esforzándome en aparentar indiferencia.

— He conseguido dejar a mi hija con unos vecinos y me he quedado para corregir unos exámenes con un poco de tranquilidad. ¿Y tú?

— Yo soy un caso patológico de amor al trabajo — dije con cierto sarcasmo, ya que en realidad me quedaba hasta última hora porque nadie me esperaba en casa ni en ningún otro lugar.

Aceptó mi invitación y nos fuimos juntos a una hamburguesería próxima donde degustamos unos bocadillos de dudosa calidad regados con cerveza servida en vasos de cartón.

A pesar de lo poco romántico del lugar, antes de acabar el postre nos estábamos besando con la pasión de quien no ha tenido compañía en muchos años y al menos en mi caso así era.

OCHO

Me ilusioné con aquella mujer como nunca en mi vida. Me parecía increíble que alguien como ella me hubiera escogido entre todos los hombres sobre la Tierra para compartir su lecho, para disfrutar su cuerpo, sus besos, su risa, su compañía… Sí, me había enamorado de aquella profesora suplente como un quinceañero.

El idilio duró prácticamente hasta final de curso; en la escuela intentamos al principio que nadie se diera cuenta, pero la realidad fue que no supimos disimular y pronto todo el cuadro docente estuvo al corriente de nuestra relación.

Los hermanos no lo vieron con buenos ojos y hasta el director me llamó un día a su despacho para advertirme seriamente sobre que no consideraba oportuno que hubiera relaciones entre el profesorado que fueran más allá del estricto compañerismo.

Pero nada podía detenernos. Era lo mejor que me había sucedido jamás y no estaba dispuesto a renunciar a ello. Ni siquiera por una supuesta responsabilidad profesional.

Empecé a frecuentar el apartamento donde vivía con su hija. Después de toda una vida solitaria, de pronto había alguien que me esperaba al acabar con mi trabajo diario y esperaba ansioso el fin de la jornada para ir en su busca y salir los tres juntos a dar un paseo por el barrio o a cualquier sitio. En realidad, el sitio era lo de menos.

— Lo importante es la compañía, —me decía mientras me dejaba abrazarla.

SIETE

Al acabar el curso ella regresó a Manresa con su hija.

Me quedé solo de nuevo en Barcelona durante unos días mientras preparaba los bártulos para mi viaje de cooperante a Guatemala. Cada verano en los últimos años mis vacaciones estaban comprometidas con la organización del colegio para ayudar en la misión que la congregación tenía en aquel país centroamericano. No podía cambiar de planes sin haber avisado con antelación, así que me resigné a mi suerte y prometí que escribiría a menudo.

En Guatemala me reconfortaba el anhelo de que el verano pasaría pronto y esperaba con impaciencia que volviéramos a estar juntos al empezar el nuevo periodo escolar. Escribí unas dos o tres cartas a la semana, a pesar de que ella me respondió tan solo a una, pero no me importaba nada más que hacerle llegar mis sentimientos. En una de las últimas incluso me atreví a insinuarle casi una propuesta de matrimonio. Tanto la echaba de menos.

La misión estaba en plena selva; casi no había agua corriente ni electricidad. Por supuesto no disponíamos de ordenadores ni conexión a internet. Sólo un teléfono en el pueblo más cercano, a ochenta kilómetros de distancia, permitía entrar en contacto con el siglo veintiuno. Allí pasábamos los días comidos por los mosquitos intentando trasmitir a los niños indígenas algún conocimiento sobre una civilización ajena a ellos. Siempre me he preguntado si no sería mucho más digno dejarles en su ignorancia para que no puedan comparar su vida con la de los otros pueblos que están más allá del océano y no crearles falsas expectativas. ¿Nos creemos más felices que ellos porque estamos rodeados de comodidades? Aquel verano me di cuenta de que la felicidad no está en los objetos que poseemos sino en las personas que tenemos a nuestro lado.

SEIS

El tren del estío pasó raudo y la siguiente estación llegó sin demora. El siguiente curso estaba a punto de empezar y mi regreso a Barcelona había supuesto un duro golpe: ella no contestaba a mis llamadas.

Decidí presentarme en Manresa y me acerqué con el coche hasta su domicilio. Llamé insistentemente al interfono de la escalera sin ningún resultado y harto de aguardar opté por caminar sin rumbo por las calles con la esperanza de verla aparecer entre los transeúntes. Se me hacía extraño no tener noticias de ella. Por fin, cansado de recorrer la ciudad regresé a su casa y decidí esperar aparcado junto a su puerta hasta que apareciese.

Empezaba a anochecer cuando otro vehículo se detuvo junto al mío. Allí estaba ella, sonriente, más bella que nunca, ocupando el asiento junto al conductor. No me había visto, así que abrí la puerta de mi coche para salir a su encuentro. Menuda sorpresa se iba a llevar, pensé. Sin embargo, quien se llevó la sorpresa fui yo: ella se había abrazado al conductor del vehículo y ambos se besaban con tanta pasión que aquella escena resultaba obscena para mis ojos. Volví a entrar en mi coche completamente abatido, me temblaban las manos y mi corazón latía a un ritmo desbocado. Respiraba agitadamente, intentando entender lo que sucedía, pero solo notaba que me faltaba el aliento mientras la cabeza empezaba a dolerme de un modo horrible, como nunca me había dolido.

Esperé hasta que terminó aquella despedida que se me hizo eterna y cuando ella salió del vehículo y entró en su casa no tuve fuerzas para seguirla.

CINCO

Aquella noche regresé desolado a Barcelona. Las lágrimas no me permitían ver con claridad la carretera, aunque milagrosamente conseguí llegar. En mi mente sólo una palabra que se repetía sin cesar definía la situación: puta, puta, puta,….

¿Cómo había sucedido aquello? ¿Había hecho yo alguna cosa mal? ¿Por qué razón no me lo había dicho? En mi mente se agolpaban las preguntas. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba respuestas. No podía dormir. Según pasaban las horas me parecía más increíble aún que ella estuviera con otro. ¿En qué le había fallado yo? La llamé por teléfono una vez más.

— ¿Diga? —al fin su voz sonó al otro lado.

— Soy yo —acerté a decir con voz trémula—. Te he ido a ver esta tarde y no estabas en casa Te he estado esperando… ¿hay algo que quieras decirme?

Ella pareció meditar la respuesta.

— Lo siento, —dijo secamente—, las cosas han cambiado. Estoy con otra persona. He vuelto con el padre de mi hija y lo nuestro ha terminado.
— ¿Así sin más?
— Así es como debe ser. Tienes que entenderlo.

Y colgó el teléfono tras despedirse con un simple “adiós”.

CUATRO

No era justo. Nosotros nos queríamos. Era evidente. Ella me quería. ¿Cómo podía volver con aquel individuo que la había dejado nada más saber que estaba embarazada? Aquello no tenía ningún sentido. Estaba completamente seguro de que ella me quería a mí y sobre todo no tenía ninguna duda de que yo la amaba a ella.

Cogí otra vez el coche y me dirigí de nuevo a Manresa. El abatimiento había dado paso a la rabia. Ella tenía que entrar en razón. Aquel tipo no era bueno para ella ni para la niña así que yo me ocuparía de convencerla. Una conversación cara a cara sería lo mejor. Así se daría cuenta del error que estaba cometiendo.

Llamé al interfono varias veces con insistencia hasta que contestó.

— ¿Qué haces aquí? —me increpó— ¿sabes la hora que es? Vas a despertar a la niña.
— Tenemos que hablar. Te estás equivocando. Abre y déjame subir.
— No. Vete. No tengo nada de que hablar contigo. Ya te lo he dicho todo por teléfono.
— Abre de una puta vez, —mi voz había subido de tono y algunos vecinos se habían asomado a las ventanas.

La puerta se abrió y subí las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso. La puerta estaba entreabierta y ella me esperaba en el rellano.

— Por favor, vete —me dijo casi sollozando en cuanto me vio aparecer en la escalera resoplando y con los ojos enrojecidos por la ira.

TRES

Entré en su casa dando un portazo. Estaba irritado y confuso. Ella me miraba con los ojos bañados en lágrimas mientras atemorizada huía de mis intentos de abrazarla.

— Por favor, vete —repetía continuamente mientras se apartaba de mi.

El hombre que había estado con ella en el coche entró en ese momento en el salón desde la habitación contigua.

— Así que estabas con este tipo —dije señalando al sujeto mientras mi mirada enfurecida se dirigía hacia ella y de mis labios brotaba la palabra “puta” lentamente, como si cada una de las dos sílabas fuese un abecedario completo.

El amante se acercó a mi para intentar sujetarme los brazos y arrastrarme hacia la salida, pero sus gestos los interpreté como un intento de agresión, así que me defendí golpeándole en la cabeza con lo que encontré más a mano y que resultó ser un contundente jarrón que se rompió en mil pedazos a causa del impacto; el hombre cayó al suelo desvanecido mientras algunos fragmentos del recipiente le habían cortado la cara que sangraba profusamente.

— ¡Le has matado, hijo de puta! —gritaba ella horrorizada— ¡ Le has matado !

La niña se había despertado con el griterío y empezó a llorar desde la habitación. La madre se dirigió hacia ella para cogerla en sus brazos. Intuí que intentaba salir corriendo del piso con la niña pero me interpuse en su camino cerrándoles el paso en la puerta de la habitación.

DOS

Al verse acorralada con la niña en brazos se acercó de un salto al perchero que había junto a la cama y sacó una pistola de entre las ropas del hombre. Deduje que el amante debía ser un policía o un vigilante jurado. Me quedé petrificado observando la pistola con la que me apuntaba. Nunca había visto una de cerca.

— ¡Déjanos salir! —me gritó sin dejar de apuntarme con el arma.

No sería capaz de disparar, pensé. Ella me amaba. Tan solo estaba nerviosa por la situación. Me aproximé a ella mientras la veía retroceder con la niña hacia el balcón de la habitación que estaba abierto de par en par.

— Tenemos que hablar —le dije mientras me acercaba a ella con el brazo extendido para quitarle el arma.

El disparo sonó como un trueno y al instante un dolor agudo se apoderó de mi abdomen. Instintivamente le propiné un empujón con todas mis fuerzas mientras ella soltaba la pistola como consecuencia del golpe y perdía el equilibrio precipitándose contra la barandilla del balcón. El tropiezo de la cadera contra la baja barandilla sumado al peso de la niña en los brazos provocó que la pequeña se soltase del abrazo de la madre y ésta al intentar sujetarla en una última tentativa desesperada se precipitó al vacío tras la niña.

Oí los gritos de ambas mientras caían, después un golpe sordo y por último un silencio, sólo roto por las sirenas de las ambulancias y de la policía que cada vez sonaban más cercanas.

UNO

He recogido la pistola del suelo. Me duele mucho el vientre mientras intento taponar con mi mano la herida de la que no para de manar sangre. Estoy sentado en la habitación mientras trato de entender qué es lo que ha sucedido. Yo sólo quería estar con ella y todo ha salido mal.

No tiene sentido. Nada tiene sentido.

Nunca he usado un arma, así que supongo que lo estoy haciendo correctamente. He introducido el cañón en mi boca y estoy apuntando hacia el paladar donde supongo que la bala al atravesarlo alcanzará el cerebro.

Estoy decidido. He iniciado una cuenta atrás : diez nueve, ocho… es curioso lo que se puede llegar a recordar en tan solo diez segundos…, siete, seis, cinco, …. al llegar a cero apretaré el gatillo…., cuatro, tres, dos,…uno.

Ha llegado el momento.

CERO.

 

 

 

 

 

 

© Rosendo Sánchez Gómez

 


v o l v e r


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