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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número ventinueve edición otoño 2005] d i c i e m b r e
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| Salvoconductos
Podríamos hablar,
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© Álvaro Muñoz Robledano. Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), así como la edición virtual "Breve historia de la lucha de clases" (Ariadna-rc.com, 2003). Las revistas Ariadna-RC.com, Canente y Poeta de Cabra acogieron algunos poemas de sus libros. |
| La
soledad del corredor de fondo
Tanto correr para hacerle creer al Hombre Que Manda David Lago González
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© David Lago. Camagüey, Cuba, 1950.
Cursó estudios de Literatura Hispanoamericana en la universidad
de su ciudad natal. Desde 1982 reside en Madrid, España. Ha publicado
en diversas revistas literarias de Estados Unidos como “El Gato
Tuerto”, “Linden Line Magazine”, y ha sido antologado
en Poesía cubana contemporánea, y Poetas cubanos en España.
Ha publicado Lobos, La resaca del absurdo, y Los hilos del tapiz. |
| Poema
...collar de fuego al cuello
de la noche Los carbones restallaron la palabra de cenizas, Suenan al unísono mil clarinetes para Mozart Ruedan corazones descosidos por las cunetas de
un Bagdad, El óxido de fétidos orines se atrinchera
sinuoso en los altares.
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© Edgar Ramírez Mella. (15-7-1954)
San Sebastián,Puerto Rico. Estudió literatura comparada;
es pintor y poeta.
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| Argentina
Argentina
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© Jaime D’Urgell. |
| En
la casa vacía
En la casa vacía, bajo el porche que las aliagas conquistaron en invierno, hay una jaula con peces de arcilla que dan la bienvenida en amárico. En la casa vacía, en el recodo de los pasillos en donde la memoria guarda el olor de los manteles de hule y la explosión a tierra mojada de los veranos, hay una copa de incienso encendida. En la casa vacía, junto al viejo molino del arroyo, hay una lápida que no tiene nombre y ante la que la luz trenza su arpillera cuando las carpas bajan a merendar por las tardes. En la casa vacía, en esta misma casa que apenas sobresale del pantano, hay una aldaba de bronce cuya pátina llama en sordina a los difuntos...
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© Antonio Polo San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: "Quince líneas" Ed. Tusquets, "Lavapiés" Ed. Ópera Prima; colaborador en varias revistas literarias "Cuadernos del matemático", “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro entre dos mundos 2000, Premio de Narrativa Géminis, Villa Constitución de Argentina, Finalista en el Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, II Premio Tilo Wenner de Poesía Argentina 2003, Finalista en el Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Finalista en el Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005. Dirige ariadna-rc desde sus comienzos en 1997 |
| Gordas
“Aparte de soñar nos queda el mundo”
Gordas muy gordas, Adultos viejos de mirada viva. Viejas con aire juvenil. No entiendo lo que escribí en el
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© José Luis Sánchez Garrido.
Escritor andaluz nacido en Antequera. Reside actualmente en Granada,
y combina (acertadamente) su intensa actividad industrial con la literatura.
Ha escrito varios libros, de entre los que se destaca, a modo de autobiografía
“Antequera, Antequera. Recuerdos de anteayer” Editorial
Osuna 2005, y “Aparte de soñar nos queda el mundo”
Granada 2005. |
| Thomas
Berhand / Paul Celan / Heidegger / Evtuchenko
THOMAS BERHAND
4/10/2004 HEIDEGGER El loco eras tu , filosofo alemán. 17/10/2004
EVTUSHENKO 16/12/2004
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© Gustavo Peaguda Perez. Nació en Ourense hace 31 años. Se dedica a la abogacía. Sus poemas han sido publicados en las siguientes revistas : Revistavoces.com, Alminar, Casa de Asterion, Margencero, Poesia.org. Su poemario Poesia nua, escrito en gallego, resultó premiado en I premio de Poesia Reimundo Patiño 2005. |
| La
dama infiel
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© Bahia M.H Awah. Periodista saharahui. Actualmente dirige el blog Poemario por un Sahara Libre. Miembro de la Generación de la Amistad Saharaui |
| Vademecum
Y esta adultez sin adulterio |
© Yvette Guevara. Escritora argentina |
| SOPELANA
Aquella madrugada de Febrero, como tantas otras noches, no podía dormir pensando en ella, la que fuera su novia de juventud, la chica con la que salía por aquel entonces, cuando desapareció sin dejar rastro, tragada por las aguas del Cantábrico hacia ya quince años. Fue una aciaga tarde de Octubre, a finales de los ochenta, en plena fiebre surfera, cuando las playas de Sopelana y La Salvaje se llenaban de jóvenes entusiastas cuya mayor obsesión era deslizarse sobre las olas montados en tablas de poliéster, emulando a los extras hawaianos de las primeras películas de Elvis. Pero el golfo de Vizcaya queda lejos de las islas del Pacífico ; no hay chicas que te cuelguen collares de flores, ni ukeleles con sonidos sugerentes, ni cocoteros que hagan sombra a la hora de la siesta. En el Cantábrico hace frío, el cielo es de color gris y hay que usar el incómodo neopreno si no quieres morir por hipotermia. A Izaskun la engulló el mar de repente, sin previo aviso. — Vamos, ponle más parafina al tablón —le dijo Iñaki en la furgoneta antes de bajar a la playa—. Resbalarás y te irás al agua. Tienes que darle más parafa. La joven restregaba la barra de cera sobre la superficie de la que iba a ser su embarcación por escasos segundos, los que lograse mantenerse en pie sobre ella, empujada por la fuerza de las olas. — Joder, vaya mierda de cera has comprado. Pásame el canuto. Iñaki le cedió el porro de marihuana tras apurar una larga calada. Ella lo acabó de matar. — Estas vitaminas me gustan más. Hizo una pausa inesperada en su labor de extender la sustancia antideslizante sobre la tabla y abrazó a Iñaki con fuerza, cayendo los dos sobre la trasera de la furgoneta. — ¿Ya sabes que te quiero? No tuvo tiempo de responder a aquella
pregunta que no esperaba contestación. Se besaron largamente,
como siempre, sin imaginar que iba a ser en realidad un beso de despedida. Iñaki la contemplaba mientras ella se lanzaba al agua entre los demás surfistas que ocupaban la playa de Sopelana, remando con los brazos recostada sobre la tabla, avanzando sobre las olas que rompían ya sin fuerza cercanas a la orilla. Se metió en el agua tras ella, sobre su tablón, mucho más difícil de controlar al remar con la corriente en contra, pero sin dejar de observar a aquella joven que de vez en cuando se giraba y le sonreía con aquella mirada fresca que solía acompañar con un pícaro guiño de complicidad. Llegaron casi a la vez a la zona de la rompiente, donde el mar se alzaba sobre si mismo para dar paso a una sucesión de olas de distintos tamaños, pero con una cadencia regular que permitía a los esforzados surfistas elegir la que más les convenía según su habilidad para montarse sobre su tabla. A veces había que aguardar durante un buen rato hasta que llegaba la ola esperada, aquella que permitía encaramarse de un salto sobre la breve embarcación y aguantar el equilibrio escasos segundos antes de ser derribado por el embate de las turbulentas aguas. Iñaki aguardaba la llegada de su gran ola, aquel tsunami de más de seis metros con el que soñaba desde hacía años, aquel gigantesco brazo de mar sobre el que cabalgaría durante minutos, tal vez horas, de la mano de Izaskun, sobre las colinas del acantilado, manteniendo la estabilidad sin caer al agua hasta llegar a aquella isla del Pacífico donde encontraría el paraíso según el más genuino formato de catálogo de agencia de viajes. Izaskun intentó subirse a una ola cerca del pico de la rompiente pero no consiguió aguantar el equilibrio. Cayó de nuevo al agua y se sumergió durante unos eternos instantes bajo la tabla. Iñaki aguardó a que volviera a salir a la superficie con impaciencia y respiró profundamente cuando vio su cabeza asomar entre la espuma. Conocía bien la sensación de ahogo que se podía experimentar bajo el agua cuando el espumón te arrollaba y te arrastraba hacia el fondo sin permitirte alcanzar el ansiado aire de la superficie. El mar se estaba poniendo duro. El viento empezaba a arreciar y las olas empezaban a ganar tamaño. La radio había informado de que aquella tarde se iba a situar una gran borrasca sobre Irlanda, y esa era una buena noticia para los aficionados al surf del golfo de Vizcaya: el mar de fondo creado por las bajas presiones sobre la costa irlandesa provocaría grandes olas que llegarían a las playas vascas con la fuerza y el tamaño perfectos para la práctica del surf. Siempre era así y los habituales de Sopelana lo sabían. Iñaki se incorporó sobre su tablón en cuanto comprobó que Izaskun estaba bien y con gran habilidad consiguió aguantar de pié durante algunos segundos, los suficientes como para disfrutar de aquella sensación única —inexplicable para los profanos— de sostenerse sobre las olas sin más ayuda que unas piernas fuertes y bien entrenadas. Cuando la ola perdió fuerza y ya no pudo guardar el equilibrio volvió a zambullirse en el violento mar durante unos momentos y al emerger a la superficie buscó de inmediato la silueta de Izaskun entre las olas. Ya no pudo verla. Buscó con ansiedad entre las cabezas de los demás surfistas que se encontraban algo más adentro, en la zona de rompiente, pero no fue capaz de distinguir a su novia. La Guardia Civil la estuvo buscando durante toda aquella noche interminable; las zodiac de los submarinistas escudriñaron cada metro cúbico de agua en aquella playa y los helicópteros sobrevolaron la zona buscando algún rastro de la joven; pero no hubo suerte: Izaskun desapareció literalmente engullida por el Cantábrico. Iñaki tuvo que declarar en la comisaría. Luego vino cuando hubo que dar la noticia a la familia de la chica. La desesperación. Y después la soledad. Habían pasado quince años y todavía le miraban mal en el pueblo. A veces tenía que esquivar el reproche que leía en los ojos de aquellos que se empeñaban en hacerle recordar que él estuvo allí y que no hizo nada para evitarlo. El relente de la noche le hizo estremecer y decidió encaminarse de nuevo hacia su casa en el interior del pueblo. Su mujer y su hijo seguirían durmiendo como los había dejado hacía un rato, cuando se escabulló del hogar para combatir su insomnio deambulando por las mal iluminadas callejuelas cercanas a la playa. Al pasar junto a la taberna del puerto algunos bebedores aún trasnochaban su alcohol en la barra apurando el último zurito. Entró en el local con ánimo de paliar el frío con un café. — Con leche —instruyó al camarero de la barra cuando fue interrogado sobre como lo quería. Alzó la vista mecánicamente hacia el televisor del bar, donde en ese momento aparecía la presentadora de las noticias del canal autonómico que anunciaba la detención de una buscada terrorista de ETA en Irlanda. Casi se atragantó con el café con leche cuando vió la foto de la presunta etarra por la televisión. Era ella. No le cabía la menor duda. Sin embargo, el nombre de la terrorista que mencionaba la locutora de Euskal Telebista no coincidía. La noticia proseguía con detalles sobre la detención: la mujer había sido arrestada en una playa del suroeste de Irlanda, en una zona vigilada por la Interpol, conocida por ser un campo clandestino de entrenamiento del IRA. Pidió la cuenta y salió del local precipitadamente. Estaba viva. Ella estaba en Irlanda, y él tenía que comprobarlo personalmente. Por la mañana casi no tuvo tiempo de hacer la maleta y despedirse de su familia. Argumentó un urgente viaje de trabajo a Barcelona para justificar a su mujer su ausencia durante los próximos días, y se dirigió al aeropuerto para coger el primer vuelo a Dublín. Compró en el aeropuerto de Loiu todos los periódicos que pudo para informarse sobre la detención de la presunta etarra, estuvo pendiente de las noticias por la radio, y al llegar a Irlanda preguntó en el mostrador de información de la terminal la forma de llegar hasta la comisaría más cercana. En la comisaría de la policía irlandesa declaró ser un familar de la presunta terrorista a la que deseaba hacer una visita y consiguió hacerse entender a pesar de su escaso inglés. Le sorprendió no tener ningún tipo de dificultades para obtener la información sobre dónde se encontraba la detenida: los policías consultaron la pantalla de un ordenador y le facilitaron las señas para llegar hasta la cárcel preventiva de Curragh, donde había sido trasladada la presunta terrorista. La prisión se encontraba en medio de la campiña, en el condado de Kildare, en un edificio inesperado aislado del paisaje por grandes muros coronados por alambradas, que contrastaba con la belleza natural de los alrededores. Al atravesar la puerta de la cárcel tuvo que entregar el pasaporte al guarda, quien le examinó con la mirada profesional de quien está habituado a identificar sospechosos y le hizo pasar a la siguiente dependencia donde otro funcionario le sometió al detector de metales seguido de un molesto y minucioso cacheo. La sala de visitas no era del estilo de las que aparecen en las películas de Hollywood. Era una fría habitación cerrada, con una mesa baja y un par de butacas, como si se tratase de la sala de espera de la consulta de un dentista venido a menos. Apareció en la puerta acompañada de un policía, que se retiró y cerró la puerta con delicada brusquedad para dejar a la prisionera a solas en el vis a vis. Iñaki no podía creerlo mientras ella se le iba acercando desde la puerta y salía del contraluz de la penumbra. — Izaskun… ¡Eres tú! —un escalofrío acompañó sus palabras emitidas casi en un susurro. La joven mujer le miró desde unos ojos opacos, como sin vida, sin dar la menor muestra de reconocer a aquel hombre de rostro fatigado que la observaba desde la otra esquina de la sala. — ¿No te acuerdas de mí? Ella negó con la cabeza con expresión escéptica. — No te he visto en mi vida. ¿Quien eres? ¿Un madero? Iñaki estaba desconcertado. Era ella, estaba completamente seguro. Sin embargo, lo que no tenía ningún sentido era que la mujer que tenía frente a él tenía el mismo aspecto, el mismo corte de pelo, la misma edad que recordaba del día en que desapareció. Era Izaskun, no cabía duda, la misma Izaskun de hacía quince años, pero que no había envejecido ni un solo día. — Habíamos salidos juntos… hace años. La mirada de ella seguía falta de expresión mientras Iñaki intentaba explicar su presencia allí : sus años de novios, su desaparición en Sopelana, su sorpresa al ver su foto en la televisión y su precipitado vuelo a Irlanda. — ¿De verdad no me recuerdas? Ella se encogió de hombros. — Mira… pareces un buen tío, pero no sé quien eres. Podrías ser un poli, un periodista, o cualquiera. Seguramente esta conversación está siendo grabada y registrada, así que vale, si alguien me escucha que sepa que yo no he hecho nada, ni pertenezco a ninguna organización, y solo espero que me dejen salir de aquí cuanto antes. No había caído en la cuenta de que la conversación podía estar siendo grabada, y de pronto fue consciente por primera vez del lío en que se estaba metiendo. Tal vez estaba completamente equivocado y aquella joven no era quien él creía. Además, si ella era una terrorista la policía podía pensar que él formaba parte de la banda, y su historia para justificar su visita a la cárcel irlandesa no dejaba de ser de lo más absurda. — Me gustaría poder ayudarte pero no sé como hacerlo. — Entonces, ¿para qué coño has venido? El guarda uniformado volvió a aparecer en la puerta de la habitación y ella se levantó como una autómata. Sus ojos seguían vacíos cuando se volvió hacia la puerta, pero antes de desaparecer se giró hacia Iñaki y le guiñó un ojo en un gesto familiar: — Ya nos veremos … Su mirada de repente había cobrado expresión, la misma que aquel día en Sopelana, e Iñaki supo entonces con total certeza que no se había equivocado: ella era Izaskun. Salió de la cárcel invadido por un sentimiento agridulce de decepción y de alegría al mismo tiempo, pero sobre todo profundamente intrigado por el misterioso comportamiento de aquella joven y de las circunstancias a las que se enfrentaba. Buscó alojamiento en un pequeño hotel rural en las cercanías de la prisión, mientras esperaba poner en orden sus pensamientos. La fatiga del viaje le venció y durmió durante horas en una confortable aunque crujiente cama rústica. Soñó con Sopelana, con la playa agreste, con el día gris, con una Izaskun que se zambullía en una ola gigantesca tras resbalar inexperta sobre la escasa parafina de la tabla y con la asfixia del espumón, con la falta de aire en los pulmones ansiosos, con las escamas sobre la piel que iniciaban la transformación de unas torneadas piernas de mujer en una cola de pez. Despertó sobresaltado. Un coche de policía se había detenido frente a la puerta del cottage, y alguien golpeaba insistentemente la puerta de la habitación. La noticia le dejó perplejo y abatido. Los policías irlandeses le rogaron amablemente que les acompañara a la comisaría: la presunta terrorista se había suicidado aquella noche en su celda, y él era la única visita que había recibido desde que había sido detenida. Fue conducido hasta la enfermería de la prisión, donde yacía el cadáver, y por lo que pudo entender al forense la mujer había muerto por asfixia. Los policías aún no sabían como había sido posible, pues no había nada en la celda que pudiera haber provocado la falta de aire ; simplemente parecía como si hubiese contenido la respiración hasta morir. La autopsia desvelaría más datos sobre la muerte de la prisionera, pero los resultados tardarían aún algunos días en hacerse públicos. Iñaki era la única referencia para los policías ya que nadie en España había reclamado a la detenida hasta el momento, así que fue informado de todos los detalles relativos a las circunstancias de la detención, muchos de los cuales no habían trascendido a la prensa. Según le explicaron los funcionarios irlandeses de prisiones, cuando la joven fue detenida en la playa de Slea Head, frente a las islas Blanket, estaba completamente desnuda y medio inconsciente, por lo que fue atendida en un principio por los servicios sociales. Posteriormente, al no poder facilitar ningún dato sobre ella misma ni portar ningún tipo de documentación, fue arrestada de forma preventiva por la policía a la espera de la confirmación de su identidad por las autoridades españolas. La Interpol envió la fotografía de la detenida a la policía española, quienes sospechaban que se trataba de una buscada terrorista, pero todavía en aquellos momentos estaba por confirmar su nombre y filiación dado que sorprendentemente la joven carecía de huellas digitales. Iñaki interrogó al médico forense sobre el tema de las huellas dactilares de la difunta y éste le informó de que no era inusual que algunos delincuentes se quemasen las yemas de los dedos con ácido expresamente para borrar temporalmente sus huellas y no ser identificados. El médico, un hombre de mediana edad con el cabello completamente blanco y unos cristalinos ojos azules, continuó aportando datos sobre el asunto: — También algunas personas llegan a perder sus huellas digitales casi por completo de forma natural cuando han estado en contacto de forma prolongada con el agua del mar, como se han descrito casos de algunos pescadores en el mar del Norte. A Iñaki le sobrecogió la idea de que una persona pudiera ser retenida sin pruebas concluyentes sobre su culpabilidad, cuando ni siquiera había podido ser correctamente identificada Pero todavía le estremecía más el hecho de que Izaskun no hubiese envejecido en los últimos quince años. — Dígame doctor —consultó Iñaki al forense— ¿puede usted calcular la edad de la mujer? El médico no vaciló en la respuesta que ponía a prueba su profesionalidad. — Por supuesto. Tenía entre 23 y 25 años de edad. Aquello confirmaba sus sospechas. Izaskun tenía veintitrés años cuando despareció, así que ahora debería contar con treinta y ocho en el momento de su muerte. No le dijo nada al forense : nadie iba a creerle, pero necesitaba encontrar una explicación a todo aquello aunque fuera para si mismo. Regresó al cottage y buscó la manera de llegar a la playa donde había sido detenida Izaskun. Alquiló un coche y en un par de horas se plantó en la playa de Slea Head. El lugar era prácticamente un calco de Sopelana : una discreta extensión de arena dominada por un pequeño y suave acantilado donde los tamarindos parecían crecer directamente sobre la roca, manteniéndose en un imposible equilibrio sobre la pendiente completamente doblados por la fuerza del viento. Bajó hasta la orilla donde un grupo de surfistas se arremolinaban en torno a algún objeto seguramente arrastrado por la corriente hasta la playa. Se acercó a ellos y se abrió hueco entre los jóvenes con trajes de neopreno y las tablas para ver de qué se trataba. Allí, en la arena de Slea Head, bañada por las aguas del mar del norte, una cola de pez de tamaño enorme se mecía en la orilla cada vez que era alcanzada por el vaivén de una ola, dejando ver en su interior el hueco que habían dejado unas piernas de mujer que alguna vez habían formado con aquellas escamas una misma materia. Iñaki, sin embargo, aquella vez ya no se sorprendió. Por fin todo encajaba : la cola de sirena, la ausencia de huellas dactilares, la eterna juventud, la muerte por asfixia fuera del agua,….Izaskun por algún mecanismo desconocido se había convertido en un ser mítico de novela de piratas y navegantes solitarios, o quizás ya lo fuera desde siempre. La autopsia no se hizo pública. El forense del condado de Kildare no fue tomado en serio por sus colegas y el juez ordenó repetir el dictamen a un hospital oficial de Dublín. Pero el médico irlandés de pelo blanco y ojos azules sabía perfectamente que aquel cuerpo inerte no era humano. Iñaki sigue en contacto en la actualidad con el forense y ambos buscan todavía una explicación, mientras esperan pacientemente que algún día en el hospital de Dublín se haga una nueva autopsia que les confirme que las sirenas existen.
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© Rosendo Sánchez. Escritor de origen barcelonés, y colaborador habitual de la revista, ha publicado varios trabajos en Ariadna-rc. (Cartas desde Segóbriga, Sopelana, etc.) |
| La
comedia La comedia es, como hemos dicho, mímesis de hombres inferiores, pero no en todo el vicio, sino lo risible, que es parte de lo feo; pues lo risible es un defecto y una fealdad sin dolor ni daño, así, sin ir más lejos, la máscara cómica es algo feo y retorcido sin dolor. Poética, cap. V, Aristóteles
Habían transcurrido ya tres
horas desde aquel primer encuentro. Joseph K., antiguo detective y potencial
asesino, siempre había adorado aquellas noches frías,
cubiertas por esa niebla que sólo puede verse en una gran ciudad.
Quizás le recordasen a aquellas noches blancas salpicadas de
estrellas de su Rusia natal, tan frías y tan cálidas entre
las construcciones esbeltas.
Llegó como lo había hecho
tantas otras noches, con menos ropa y más maquillaje. Él,
sentado en aquel gran sofá recubierto de terciopelo rojo que
tanto les gustaba a ambos. Bebía a tragos cortos y fumaba con
prolongadas aspiraciones. Se fingía distraído, como había
que hacer en las partidas de póquer: Se imaginaba un gran jugador
y trataba de disimular sus triunfos. De vez en cuando sonreía
y hablaba con la mirada. Sé las cartas que llevas y apuesto.
Esa era la única manera de vencer con un farol, intimidando,
fingiéndose seguro de la jugada, y nunca hablando más
de la cuenta... Joseph se levantó y de la parte
posterior de su pantalón extrajo un revólver. La miró,
ya la última vez. Ella rió, ya por última vez.
Él, contagiado por su risa, sonrió también. Apuntó
cuidadosamente, tratando de contenerse. La risa de ella se fue volviendo
estruendosa y cómica, patética. Joseph se va. Fundido en negro. |
© Martín Cid nació en Oviedo
el veintiséis de Junio de 1976. Escritor no demasiado prolífico
y poco conocido, su obra es, sin embargo, una de las más originales
y sugerentes de los últimos tiempos. Novelista principalmente,
ha tratado otros campos con éxito desigual, como la poesía
y el ensayo (campo del que renegó tras “Perversidad”). |
| Conversión
de San Efisio y Batalla
Mi nombre es Efisio, y algunos me anteponen santo, lo que me da lustre y color. Mi historia inicia en el siglo XIV cuando, en conflicto, fui capturado por Spinello Aretino y reducido mi espíritu a mil quinientos metros cuadrados, en Pisa, Italia. Desde mi confinamiento, pude ver la imponencia de los edificios de la plaza, la grandiosidad de la República Pisana, la manera en que los artistas iban reinterpretando las formas. Desde allí, testimoniaba con la mirada las decoraciones de las estructuras basilicales romanas y me asombraba ante el regreso del uso del mármol. Doy fe, pues, de las reelaboradas estructuras arquitectónicas y decorativas difundidas en el mundo islámico que en la ciudad están y que a la distancia de una mirada contemplé durante mucho tiempo, con la ilusión de alargar un brazo para tocarlas. Desde una esquina de mi encierro, era fácil embelesarme observando la cúpula de la Catedral y las columnatas internas, o los arcos agudos de la galería del bautisterio y del camposanto; me ubicaba allí y abría los ojos dejando que las imágenes me penetraran como hace el sol en los vitrales. En ese breve espacio vagué, hasta que un cegador y ensordecedor ataque aéreo, durante la Segunda Guerra Mundial; me llevó al claustro del cementerio. El tiempo y la intemperie me gastaron al unísono, la pintura al óleo donde estoy capturado se vio aún más dañada por los esfuerzos fallidos de restauración, cuando fuimos retirados de las paredes y pegados a lienzos. Oscureciendo mas mi desgracia, el pegamento orgánico usado para endurecer, dañó pigmentos de las pinturas y resistió todos los esfuerzos para removerlo. Los intentos vanos de usar solventes químicos me tornaron aún más opaco. Hace dos meses llegaron los restauradores de arte, con su cultivo de ávidas bacterias. Su hambre me va expurgando de impurezas, y ya ha revelado las coloridas vestimentas de los ángeles que trazó Arentino para mi compañía . Siento el recorrido de las pseudomonas cumpliendo su misión, que me va renovando como baño de burbujas tras extenuante jornada. Aliméntense bien, queridas mías, pues siglos de mugre nos cubren a todos tras las guerras.
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© Aymer Waldir Zuluaga Miramda. Envigado
(Colombia). |
| Un
día mejor
Ese día pudo haber sido mejor. Uno no pide gran cosa cuando está a punto de morir; es suficiente con ver un par de rostros sonrientes o la imagen de dos niños tomados de la mano antes de cruzar la calle. Pero eso no dependen de uno. Aunque debería. La ventaja de cometer suicidio es que se puede decidir en qué momento termina todo. Uno juega, por instantes, a pensar en ese toque amargo que quedará en la boca de quienes nos conocieron. Por eso, cuando estaba en medio del patio haciendo el nudo de la cuerda, cuando la colgué de la rama, pensaba en todos aquellos que amé y odié. Pensé en cómo recibirían la noticia, en lo que mi muerte interrumpiría en sus vidas. Porque la vida siempre le ha dado paso a la muerte, yo lo he visto en los funerales, en los sepelios que avanzan lentísimo rumbo al panteón. En parte uno es siniestramente vengativo cuando piensa en la muerte. Casi se puede saborear la pena y la rabia y la tristeza que sentirán los otros. Pero eso no es lo importante ni lo difícil. Para mí, lo difícil fue decidirme a ponerme el nudo de la cuerda sobre el cuello. Y el momento de saltar al vacío, el miedo al dolor. Eso sí, nunca pasó por mi mente el arrepentimiento. La cobardía tira abajo hasta los planes más sublimes. Pero mientras todo esto pasa por la cabeza, también se piensa en la maldad y la negritud y el cansancio acumulado. Estar vivo cansa, es indudable. Yo me cansé al no tener el amor de Carmen, el silencio tan largo que me regaló. Me cansó no tener su abrazo. Y eso también duele, mucho. Cuando uno es niño no le dicen qué tanto dolor es posible soportar. Al final, cuando ya es muy tarde, se descubre que el dolor intenso ha estado latente en algún lugar de nosotros y que, el día menos pensado, brota como manantial. Carmen no dijo que me amaba, nunca tuvo la intención de salvarme. Ese día, ese hora en que me maté, yo estaba en los niveles más altos de infelicidad. Sólo quería irme, a donde sea. No pensar en ella ni en nada. A lo mejor quería que Carmen tuviera un dolor igual al mío, para que entendiera lo que yo sentía. Pero ahora pienso que mi muerte no causó pesar a nadie. A Carmen no, casi puedo estar seguro. Insisto: el día pudo ser mejor. Por lo menos debí ver una bandada de pelícanos surcando el cielo, o sentir que un amigo tocara mi hombro. Pero no. Ese día hizo calor y había muchas moscas rondando el árbol de mango donde decidí colgarme, mientras Carmelita, muy tranquila y satisfecha, miraba todo desde la ventana.
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© Pablo Avelino Galerna (Jalisco, 1973) Narrador y ensayista. Es autor de El corazón derecho (SCC; Col. Costa Nativa. 2003) y Días de dos horas (Ayuntamiento de San Gabriel, 2004). Textos suyos han aparecido en las revistas Tierra Adentro, Ciudad en Blanco y Mala Fama, así como en suplementos culturales de la región. Actualmente es becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en la modalidad de jóvenes creadores. |
| La
sirena en el aire
Zarpó al mediodía cuando el sol rutilaba en el cabrilleo marino y dio instrucciones tan confusas al timonel y al piloto que la fragata se perdió en la bruma de un pasaje que todos llamaban "el silencio tenebroso". Nada se movía en la quietud mórbida de esas aguas espesas cuyos miasmas parecían supurar una niebla verdosa y picante que escocía los ojos. El capitán sabía que traspasada la calma especiosa y malsana, se encontraba la isla. Y en la isla una cueva. Y en la cueva un león que custodiaba la entrada al cenobio donde el monje escribía cláusulas a los textos sagrados. Pasó un día y el barco seguía inmóvil, como amarrado a las fuerzas de las profundidades. Al segundo día el piloto se acostó en la amura y abandonó el timón inútil en la parálisis de la nave que no podía avanzar ni retroceder porque el aire se había coagulado a su alrededor. Al tercer día se escucharon golpes en la quilla, hacia babor. El capitán bajó una escala de gato y por ella trepó una bellísima Sirena. Era una criatura límpida, de tez parecida al alabastro, casi traslúcida. En sus ojos, si no habitaba la divinidad, estaban los rastros de esa visión. —He vivido mil años en las profundidades, —dijo con voz tímida—. Ya no soporto las tinieblas ni el hondo pesar del mar. Quiero vivir en la luz. El capitán se limitó a encogerse de hombros; no buscaba redimir a nadie ni librar a un inocente de sus culpas. No buscaba ayudar: buscaba ayuda. Buscaba en el mar al monje que le daría paz a su vida. —Puedes vivir en mi barco, —respondió sin dar mucha importancia a sus palabras que seguían lánguidamente a sus pensamientos. La Sirena suspiró hacia la lejanía y respondió sin alzar los ojos: —Sigue siendo el mar. El capitán pensó un momento, algo inquietante le había cedido la extraña criatura envuelta en algas que pisoteaba su propia cola con dos aletas del color del acero bien pulido. Ahora, repentinamente, sentía una infinita lástima por la Sirena pensando que también ella sentía el dolor de la nostalgia; que vivir diez años en las profundidades sería un castigo insoportable; pero mil años ya ofendía el pensamiento. —¿Quieres
que te deje en algún puerto? ¿Quieres vivir en tierra? —Sé lo que
haré contigo—, dijo al fin el capitán. Te izaré
en la cúspide del campanil de la iglesia más alta que
encontremos. Allí serás feliz indicando a cada cual el
rumbo de su libertad. El viejo capitán recordó que durante una tempestad, en la nasa, habían rescatado del fondo agitado del mar una lira de oro que él guardaba celosamente en su camarote. Bajó a buscarla sin decir nada y al acariciarla sintió que algo muy delicado estaba a punto de suceder. La lira de oro parecía temblar como esas gaviotas que a veces caían exhaustas en la cubierta de la nave. Se la dio a la Sirena. —Si puedes tañirla sabrás lo que es la felicidad y dónde encontrarla, señaló mirando fijo la frente nacarada de la doncella del mar. No bien la tuvo en sus manos la Sirena meció sus dedos traslúcidos y era como si un cristal rozase el oro desprendiéndole la música más sublime que jamás se había escuchado. La música de los ángeles. El capitán comprendió enseguida que se había unido dos partes del universo que se necesitaban desde los lejanos tiempos de la primera luz. La Sirena empezó
a cantar y su voz llenó el vacío que había impuesto
la tristeza al capitán, que había removido viejas culpas
e hizo que el sueño huyese de sus ojos. —Allá serás
dichosa, dijo. Ya no necesitó
encontrar la isla, ni despertar al león de su letargo. El monje
escribiría entonces, en los márgenes de un texto sagrado: |
© Alejandro Maciel. Desde una calurosa noche en Paraguay |
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