EL LABERINTO

A R I A D N A - R C . c om      c r e a c i ó n    l i t e r a r i a

[número ventinueve edición otoño 2005]

d i c i e m b r e

 

O T O Ñ O

En la balada del hombre que nunca fue a Granada, hay un verso dedicado especialmente a quienes sienten el otoño como una losa fría o cercana: “Dadle un ramo verde de luz a mi mano, una rienda corta y un galope largo”. Alberti pudo escribir esos versos en abril, cuando la luz nos es más que una emulsión al contacto con el agua, y no fue otra su intención que aliviarnos de la gravedad cenicienta de estos meses, en definitiva un trozo de tiempo gris y fronterizo. Pero esa misma balada de riendas breves ha tenido tiempo suficiente para alcanzarnos nada más alejarnos de septiembre. Han llegado los salvoconductos, los pactos para que los recuerdos se diluyan, la soledad del corredor de fondo, los mil clarinetes de Mozart que suenan en el LA Mayor de un Adagio, la memoria que guarda el olor de los manteles de hule, y ese lugar que solo existe en un poema de Lèdo Ivo. Y así es hoy nuestro otoño, una balada de riendas cortas para evitarnos la gravedad cenicienta de los meses

 


i m p r i m i r 


v o l v e r

 


Salvoconductos
por Álvaro Muñoz Robledano


¿Sabes que es esto? Algo que tú nunca has visto: salvoconductos
(Julius & Philip Epstein y Howard Koch: Casablanca)

Para David Torres

Podríamos hablar,
establecer un pacto
por el que los recuerdos se diluyan
como el hielo en el vaso, o el papel
en el buzón de un piso
deshabitado, ni suyos ni míos;
si no, porque no está en mi mano, porque
sus manos ni siquiera están aquí,
porque ya no es el tiempo de los cables,
porque nadie va a ser ya fusilado,
conversaré conmigo, sin rodeos,
como si no estuviera imaginando,
antirromanticismo puro, como
debe ser. El presente, me refiero
a la conjugación, es agonía:
yo sierro la madera;
el serrín cae al suelo;
el niño monta en bici;
cada diente se pudre
sin dolor.
Aún sierro la madera,
aún cae el serrín al suelo,
aún cada sonido, de ventanas
combándose, de radios que no tienen
más que repetir una melodía
como si me importara;
el presente, diría, si intuyera
lo que está fuera de él, ella misma,
por ejemplo,
pasa, tiene que hacerlo por el bien
de todos los presentes.
Quizás fuera más fácil,
si en las manos hubiese líneas claras,
si los posos del té,
si los huesos del niño, las calendas,
cualquier Madame Sosostris abrazada
a una farola. Pero
el diente, la madera, las ventanas,
aún.
Ella no espera; ni siquiera sabe,
o tal vez duerme, como un alquimista
entre oscuros crisoles, fríos, llenos
de barro, de semillas arrancadas
para nada. O tampoco. Tales cosas
no suceden; no en esta calle, al menos.
Siento que camino
sobre cristal, que llueve y el cristal
resbala como si preguntase algo,
frente a cualquier portal,
obviamente cerrado,
no son horas
ni siquiera de oírse, ni siquiera
de desear que las hojas se venzan
y haya otro lado, y ella esté, y me diga
que pase, que no importa cuánto quede,
si minutos o días.
Cuando por fin acaba esto, pues
acaba, no con gritos,
sino con la elegancia de lo inerte,
tan hipócrita,
tan necesaria, dulce, inverosímil,
y pienso si es presente un adjetivo,
si se declina el verbo,
o se rasga,
cuando por fin acaba esto, decía,
esto empieza de nuevo, sin placer,
sin redención, sin público.
Podríamos pactar las buenas noches
en el espejo, pero con su voz;
yo me lavo la cara,
ella no se desnuda,
yo fumo un cigarrillo contemplando
y olvidando mi amor de jubilado,
ella no bebe
por mí, no tararea, no menciona
su desafecto suave,
lleno de erudición.
Más tarde o más temprano
hay un bar, una máquina
tragaperras, un viejo babeando
sobre su café, un vaso casi sucio
en el que me echan lo que sea, el cierre
también, y hay que pagar,
y salir.
Paso de nuevo ante el escaparate
de los cuchillos; su óxido de invierno
tras invierno, de juego desechado.
Sigo el itinerario de los coches
de reparto, del autobús nocturno
como si cada hueso fuese hierba.
Ella me cantaría: no me beses
ni siquiera esta vez, que no será
tampoco la ultima que te lo impida,
pero estáis aquí para consolarme,
vosotras sí, al menos,
mis queridas
sombras
fingidas,
débiles
si pienso en vosotras,
si no pienso
sino en ella,
o si tuerzo los alambres
destemplados
de vuestra perfección.

 

 

 

 

 

 

 

 

© Álvaro Muñoz Robledano. Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), así como la edición virtual "Breve historia de la lucha de clases" (Ariadna-rc.com, 2003). Las revistas Ariadna-RC.com, Canente y Poeta de Cabra acogieron algunos poemas de sus libros.


La soledad del corredor de fondo
por David Lago

 

Tanto correr para hacerle creer al Hombre Que Manda
que la competición está ganada
y el banderín lucirá la institución en lo alto del pararrayos.
Bueno, ahí puede quemarse, Hombre. Mejor
coronando la veleta de los vientos, el gallo
de hierro forjado, color verde latón, oscilando siempre:
norte, sur, este y oeste, con todas las variantes intermedias del azar.
Como la vida.
O ciertas vidas.
Algunas, muchas, de ésas a las que nadie importa.
Me despeño por la ladera, guijarros y rastrojos.
Me conozco este atajo para burlar el orden.
Qué placer quebrar las reglas, Tom Courtenay.
Qué goce hacerles creer que ya estás en el redil.
Pensar que piensen que estás dentro de la sociedad.
Pero la rebeldía es un castigo. Cuando ya has superado la barrera,
la rebeldía pesa como una cadena con pingajos.
¿Y hasta dónde has llegado en tu meta? ¿Existe de verdad una?
¿Hay alguna, hubo una alguna vez
para un colérico hombre joven que ni siquiera sabía
de dónde provenía su cólera? Tal vez, no sé, ¿no hubiera sido mejor
lo correcto, lo correcto según los hombres que mandan y son mandados:
la sagrada institución del matrimonio
sustituyendo el correccional donde mis huesos se quebraban
y seguían creciendo, así, esquirlados, en su engranaje imperfecto;
el sagrado pretexto de los hijos, correteando como cachorros entre las piernas,
camino ya de la respetabilidad para todos, y para el Hombre Que Manda.
¿En qué momento la rebeldía se convierte en orden?
¿Cuál es el momento justo en el que los diferentes,
traicionando su orgullosa diferencia, se pasan a la igualdad?
¿Debía haber sido médico, como mamá quería?
Sí, debía haber sido médico, como mamá quería,
para protegerme de la maledicencia del normal y del distinto.
A escondidas podría haber hecho lo que quisiera, como papá.
Todo está bien. En qué segundo... no te das cuenta... y zassss!
ya te has convertido en el Hombre Que Manda.
Sin embargo, Tom, sigues corriendo.

David Lago González
(Madrid, 9 de agosto de 2005)

 

 

 

 

 

 

 

 

© David Lago. Camagüey, Cuba, 1950. Cursó estudios de Literatura Hispanoamericana en la universidad de su ciudad natal. Desde 1982 reside en Madrid, España. Ha publicado en diversas revistas literarias de Estados Unidos como “El Gato Tuerto”, “Linden Line Magazine”, y ha sido antologado en Poesía cubana contemporánea, y Poetas cubanos en España. Ha publicado Lobos, La resaca del absurdo, y Los hilos del tapiz.


Poema
por Edgar Ramírez Mella


Trees die & the dream remains
(Los árboles mueren pero el sueño prosigue)
Ezra Pound

...collar de fuego al cuello de la noche
Octavio Paz


Los carbones restallaron la palabra de cenizas,
Orula incendia las gardenias con su densa lengua de jazmines.
La larga frente del mar sobre la arena resplandece
cuando la noche comienza a penetrar el día,
una noche de uñas y silencio.
Ecos de antaño: tronadoras baterías de corales,
fulminantes cárdenos de crepúsculos.
La ciudad segura, Varanasi, murmullea en cada huella
polvorienta en el cristal del aire.

Suenan al unísono mil clarinetes para Mozart
en concierto de labios y eclipsados fulgores,
en La menor el Adagio es un ensangrentado caracol.
Un pitohui se oculta en la flor de los naranjos.
Los efímeros heraldos asolan agrios los jardines,
tom@ sus sexos alterados y rojizos para el bodegón que pint@.
Babiecas penumbrosos relinchan vaho de cola de cometas,
—entre neblina de anfetaminas mueren las fuentes
del jardín de las arterias— cuando las relucientes navajas
degollan otra risa, desasida y huerfana.

Ruedan corazones descosidos por las cunetas de un Bagdad,
exótico, lejano, malamente enrarecido,
y el corifeo de ciudades asesinas entierra lapidadas Antígonas.
Esa palabra ígnea: dado cargado y álgido de albas,
cachetes incendiados de la arena,
catastróficos parajes, terribles dones,
—juega a los crímenes del árbol—,
aquel letargo de las brumas...
encuentra y dice, comunica y pega.

El óxido de fétidos orines se atrinchera sinuoso en los altares.
Las estridentes clarines del ocaso llaman a rebate,
ahora que el árbol se desviste:
Dueño de la niebla de las palabras inspiradas,
se desdice prisma, primavera primordial, zarza en ascuas,
bilocal espejo iluminando ya todas las cosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Edgar Ramírez Mella. (15-7-1954) San Sebastián,Puerto Rico. Estudió literatura comparada; es pintor y poeta.
Fue cofundador y coeditor de revistas universitarias. Aparece en dos antologías poéticas de su país, Pulso De Poesía (1981_90) del 1990, y en El Límite Volcado ( Poesía de la generación del 80) del año 2000, Isla Negra editores; también aparece en la antología Sensibilidades (otoño_invierno 2002) de Alternativa Editorial, Ourense, España y en la compilada por el poeta peruano Leo Zelada, Nueva Poesía hispanoamericana, de Lord Byron editores, Lima, Peru, 2004. Ha sido publicado en periodicos y revistas de su pais, Mexico, Republica Dominicana y en numerosas publicaciones cibernéticas. El grueso de su poesía permanece aún inédita. Dos poemarios suyos Máquina Emotiva y Estación De Lirio, serán publicados a final del 2005 por Isla Negra editores.
Reside en Aguada, Puerto Rico.


email: taorojo@yahoo.com


Argentina
por Jaime D’Urgell

 

Argentina
Así como las
rosas derraman con sus
gotas el
embrujo de
nuestro despertar; así
te siento yacer hoy,
inerte sobre la
nieve que los
Andes besarán.
Delirio creativo,
edén azul y austral.
Montes esmeraldas,
inabarcables a la razón.
Cien mil veces me
oirán, tu nombre
recitar:
“Argentina, Argentina…”.
Zaguán del paraíso,
ondea tu Sol al viento;
¡nunca vuelvas a llorar!

 

 

 

 

 

 

 

 

© Jaime D’Urgell.

correo-e :jaume@durgell.com
http://www.durgell.com


En la casa vacía
por Antonio Polo


En la casa vacía, bajo el porche que las aliagas conquistaron en invierno, hay una jaula con peces de arcilla que dan la bienvenida en amárico.

En la casa vacía, en el recodo de los pasillos en donde la memoria guarda el olor de los manteles de hule y la explosión a tierra mojada de los veranos, hay una copa de incienso encendida.

En la casa vacía, junto al viejo molino del arroyo, hay una lápida que no tiene nombre y ante la que la luz trenza su arpillera cuando las carpas bajan a merendar por las tardes.

En la casa vacía, en esta misma casa que apenas sobresale del pantano, hay una aldaba de bronce cuya pátina llama en sordina a los difuntos...


 

 

 

 

 

 

 

 

© Antonio Polo San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: "Quince líneas" Ed. Tusquets, "Lavapiés" Ed. Ópera Prima; colaborador en varias revistas literarias "Cuadernos del matemático", “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro entre dos mundos 2000, Premio de Narrativa Géminis, Villa Constitución de Argentina, Finalista en el Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, II Premio Tilo Wenner de Poesía Argentina 2003, Finalista en el Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Finalista en el Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005.

Dirige ariadna-rc desde sus comienzos en 1997


Gordas
por José Luis Sánchez Garrido

 

“Aparte de soñar nos queda el mundo”
Carmen Requena Sánchez Garrido/José Luis Sánchez Garrido


Gordas muy gordas,
de huesos frágiles
y jóvenes beldades de
cuerpos prietos.

Adultos viejos de mirada viva.
Jóvenes duras de mirada muerta.

Viejas con aire juvenil.
Jóvenes, siendo jóvenes.
Jóvenes maduras, y maduras
jóvenes.

No entiendo lo que escribí en el
Caribe,
No puedo seguir, no sé si eran
gordas
o jóvenes viejas.

 

 

 

 

 

 

 

 

© José Luis Sánchez Garrido. Escritor andaluz nacido en Antequera. Reside actualmente en Granada, y combina (acertadamente) su intensa actividad industrial con la literatura. Ha escrito varios libros, de entre los que se destaca, a modo de autobiografía “Antequera, Antequera. Recuerdos de anteayer” Editorial Osuna 2005, y “Aparte de soñar nos queda el mundo” Granada 2005.


Thomas Berhand / Paul Celan / Heidegger / Evtuchenko
por Gustavo Peaguda Pérez

 

THOMAS BERHAND
Entre los libros envejecidos
por el tempo,
por el olvido de la memoria
y la miseria humana
te encontré.
Entre os libros abandonados
como perros viejos
a los que se deja morir
en el infierno de la ciudad
te encontré.
Entre los libros vendidos
como chatarra
te encontré.
Thomas Berhand.

 


PAUL CELAN
“No, nunca”
Alfonso Costafreda
No,
no
camines por el puente Mirabeu.
y no grites el verso de Baudelaire
porque el aguda del Sena quiere besarte
en tu cara de perseguido.
El mundo en el que nos consumimos
no precisa de los alucinados
mas la poesía
SI.

4/10/2004

HEIDEGGER

El loco eras tu , filosofo alemán.
Celan
Solo quiso volar con sus poemas
desnudos
desde el puente Mirabeau.
!Nunca lo entenderás, filosofo!

17/10/2004

 

EVTUSHENKO
“ Mi pobre hijo, ahora estas perdido definitivamente”
La madre de Evtushenko
Era noche de inverno
en Ourense,
en la calle solo
el drogadicto en la busqueda del sueño tranquilizador,
el obispo buscando a dios en las estrellas
y el viejo poeta
a la búsqueda del verso
que se le escapo del poema.
! Que razón tenía la madre de Evtushenko!.

16/12/2004



 

 

 

 

 

 

 

© Gustavo Peaguda Perez. Nació en Ourense hace 31 años. Se dedica a la abogacía. Sus poemas han sido publicados en las siguientes revistas : Revistavoces.com, Alminar, Casa de Asterion, Margencero, Poesia.org. Su poemario Poesia nua, escrito en gallego, resultó premiado en I premio de Poesia Reimundo Patiño 2005.


La dama infiel
por Bahía M. H. Awah



Cuenta la historia cómo el rey Abú Abdil
se marchó de Granada,
cómo era y cómo es hoy Granada,
su Albaicin y su cementerio.

Pero yo no sé lo elegante que nos dejó
esa dama de seda rojigualda
que todos señalan con el dedo…
Traidora, infiel, pecadora
en Puerto Rico,
en Cuba y en Las Filipinas.

Esa dama a la que enseñó mi padre
a cazar mis gacelas,
vestir mi darraa,
la melhfa, el turbante,
montar mis dromedarios
saber orientarse en mi desierto.
Compartir en nuestras jaimas
lunas llenas de hermosas historias.

Curioso lo infiel que es esa dama que
nos abandonó
alzando velas aprisa.

La dama se marchó sin suspiro,
sin mirar hacia atrás,
sin previo rumbo y detrás del botín
que un rey moro en naufragio lanzó a la mar.
La dama infiel naufragó.


 

 

 

 

 

 

 

© Bahia M.H Awah. Periodista saharahui. Actualmente dirige el blog Poemario por un Sahara Libre. Miembro de la Generación de la Amistad Saharaui


Vademecum
por Yvette Guevara

 

Y esta adultez sin adulterio
cruda
y esta asechanza tan estrecha
rala
Están los días con psicosis rayada de pijama
Están los huesos de alegría hipotecada
Está la tos del cielo y los arpegios cursis
Está el amigo con su favor pulido
Están las cajas del tórax bien peinado
Está la suerte con su tintineo
Y esta adultez sin adulterio
cruda
y esta asechanza tan estrecha
rala
Está el Ser Grande prohibido en los relajos
el estribillo de la duda, el erotismo servil
y sus horarios,
están esas desgracias
de catar un sentimiento con otro sentimiento
están las estaciones de un ave apolillada
Y esta adultez sin adulterio
cruda
y esta asechanza tan estrecha
rala
Está la paz como una sobredosis
y esta promiscuidad de soledades ávidas
Están estos zapatos supurando pasos
por el camino trabado cual paraguas
Están estas tristezas prematuras
y esta adultez sin adulterio
cruda
Y esta asechanza tan estrecha
rala


 

 

 

 

 

 

 

© Yvette Guevara. Escritora argentina


SOPELANA
por Rosendo Sánchez



No había nadie en el mar a aquellas horas. Bueno, tal vez hubiera alguien —siempre había alguien— quizás Izaskun.... pero en cualquier caso más allá del horizonte, más allá de donde alcanzaba Iñaki con la vista, asomado al acantilado de la playa vizcaína de Sopelana.

Aquella madrugada de Febrero, como tantas otras noches, no podía dormir pensando en ella, la que fuera su novia de juventud, la chica con la que salía por aquel entonces, cuando desapareció sin dejar rastro, tragada por las aguas del Cantábrico hacia ya quince años.

Fue una aciaga tarde de Octubre, a finales de los ochenta, en plena fiebre surfera, cuando las playas de Sopelana y La Salvaje se llenaban de jóvenes entusiastas cuya mayor obsesión era deslizarse sobre las olas montados en tablas de poliéster, emulando a los extras hawaianos de las primeras películas de Elvis.

Pero el golfo de Vizcaya queda lejos de las islas del Pacífico ; no hay chicas que te cuelguen collares de flores, ni ukeleles con sonidos sugerentes, ni cocoteros que hagan sombra a la hora de la siesta. En el Cantábrico hace frío, el cielo es de color gris y hay que usar el incómodo neopreno si no quieres morir por hipotermia.

A Izaskun la engulló el mar de repente, sin previo aviso.

— Vamos, ponle más parafina al tablón —le dijo Iñaki en la furgoneta antes de bajar a la playa—. Resbalarás y te irás al agua. Tienes que darle más parafa.

La joven restregaba la barra de cera sobre la superficie de la que iba a ser su embarcación por escasos segundos, los que lograse mantenerse en pie sobre ella, empujada por la fuerza de las olas.

— Joder, vaya mierda de cera has comprado. Pásame el canuto.

Iñaki le cedió el porro de marihuana tras apurar una larga calada. Ella lo acabó de matar.

— Estas vitaminas me gustan más.

Hizo una pausa inesperada en su labor de extender la sustancia antideslizante sobre la tabla y abrazó a Iñaki con fuerza, cayendo los dos sobre la trasera de la furgoneta.

— ¿Ya sabes que te quiero?

No tuvo tiempo de responder a aquella pregunta que no esperaba contestación. Se besaron largamente, como siempre, sin imaginar que iba a ser en realidad un beso de despedida.

Bajaron con las tablas a cuestas por el sendero que conducía desde el aparcamiento del acantilado hasta la playa enfundados en los trajes de neopreno. Izaskun, con su cabello corto y sus pequeños pechos apenas se hubiera podido distinguir de un muchacho a no ser por sus caderas inconfundiblemente femeninas y por aquellos gruesos labios que a Iñaki se le antojaban dignos del mejor anuncio de cosméticos Estée Lauder.

Iñaki la contemplaba mientras ella se lanzaba al agua entre los demás surfistas que ocupaban la playa de Sopelana, remando con los brazos recostada sobre la tabla, avanzando sobre las olas que rompían ya sin fuerza cercanas a la orilla. Se metió en el agua tras ella, sobre su tablón, mucho más difícil de controlar al remar con la corriente en contra, pero sin dejar de observar a aquella joven que de vez en cuando se giraba y le sonreía con aquella mirada fresca que solía acompañar con un pícaro guiño de complicidad.

Llegaron casi a la vez a la zona de la rompiente, donde el mar se alzaba sobre si mismo para dar paso a una sucesión de olas de distintos tamaños, pero con una cadencia regular que permitía a los esforzados surfistas elegir la que más les convenía según su habilidad para montarse sobre su tabla. A veces había que aguardar durante un buen rato hasta que llegaba la ola esperada, aquella que permitía encaramarse de un salto sobre la breve embarcación y aguantar el equilibrio escasos segundos antes de ser derribado por el embate de las turbulentas aguas.

Iñaki aguardaba la llegada de su gran ola, aquel tsunami de más de seis metros con el que soñaba desde hacía años, aquel gigantesco brazo de mar sobre el que cabalgaría durante minutos, tal vez horas, de la mano de Izaskun, sobre las colinas del acantilado, manteniendo la estabilidad sin caer al agua hasta llegar a aquella isla del Pacífico donde encontraría el paraíso según el más genuino formato de catálogo de agencia de viajes.

Izaskun intentó subirse a una ola cerca del pico de la rompiente pero no consiguió aguantar el equilibrio. Cayó de nuevo al agua y se sumergió durante unos eternos instantes bajo la tabla. Iñaki aguardó a que volviera a salir a la superficie con impaciencia y respiró profundamente cuando vio su cabeza asomar entre la espuma. Conocía bien la sensación de ahogo que se podía experimentar bajo el agua cuando el espumón te arrollaba y te arrastraba hacia el fondo sin permitirte alcanzar el ansiado aire de la superficie.

El mar se estaba poniendo duro. El viento empezaba a arreciar y las olas empezaban a ganar tamaño. La radio había informado de que aquella tarde se iba a situar una gran borrasca sobre Irlanda, y esa era una buena noticia para los aficionados al surf del golfo de Vizcaya: el mar de fondo creado por las bajas presiones sobre la costa irlandesa provocaría grandes olas que llegarían a las playas vascas con la fuerza y el tamaño perfectos para la práctica del surf. Siempre era así y los habituales de Sopelana lo sabían.

Iñaki se incorporó sobre su tablón en cuanto comprobó que Izaskun estaba bien y con gran habilidad consiguió aguantar de pié durante algunos segundos, los suficientes como para disfrutar de aquella sensación única —inexplicable para los profanos— de sostenerse sobre las olas sin más ayuda que unas piernas fuertes y bien entrenadas.

Cuando la ola perdió fuerza y ya no pudo guardar el equilibrio volvió a zambullirse en el violento mar durante unos momentos y al emerger a la superficie buscó de inmediato la silueta de Izaskun entre las olas.

Ya no pudo verla.

Buscó con ansiedad entre las cabezas de los demás surfistas que se encontraban algo más adentro, en la zona de rompiente, pero no fue capaz de distinguir a su novia.

La Guardia Civil la estuvo buscando durante toda aquella noche interminable; las zodiac de los submarinistas escudriñaron cada metro cúbico de agua en aquella playa y los helicópteros sobrevolaron la zona buscando algún rastro de la joven; pero no hubo suerte: Izaskun desapareció literalmente engullida por el Cantábrico.

Iñaki tuvo que declarar en la comisaría. Luego vino cuando hubo que dar la noticia a la familia de la chica. La desesperación. Y después la soledad.

Habían pasado quince años y todavía le miraban mal en el pueblo. A veces tenía que esquivar el reproche que leía en los ojos de aquellos que se empeñaban en hacerle recordar que él estuvo allí y que no hizo nada para evitarlo.

El relente de la noche le hizo estremecer y decidió encaminarse de nuevo hacia su casa en el interior del pueblo. Su mujer y su hijo seguirían durmiendo como los había dejado hacía un rato, cuando se escabulló del hogar para combatir su insomnio deambulando por las mal iluminadas callejuelas cercanas a la playa.

Al pasar junto a la taberna del puerto algunos bebedores aún trasnochaban su alcohol en la barra apurando el último zurito. Entró en el local con ánimo de paliar el frío con un café.

— Con leche —instruyó al camarero de la barra cuando fue interrogado sobre como lo quería.

Alzó la vista mecánicamente hacia el televisor del bar, donde en ese momento aparecía la presentadora de las noticias del canal autonómico que anunciaba la detención de una buscada terrorista de ETA en Irlanda.

Casi se atragantó con el café con leche cuando vió la foto de la presunta etarra por la televisión.

Era ella. No le cabía la menor duda. Sin embargo, el nombre de la terrorista que mencionaba la locutora de Euskal Telebista no coincidía.

La noticia proseguía con detalles sobre la detención: la mujer había sido arrestada en una playa del suroeste de Irlanda, en una zona vigilada por la Interpol, conocida por ser un campo clandestino de entrenamiento del IRA.

Pidió la cuenta y salió del local precipitadamente. Estaba viva. Ella estaba en Irlanda, y él tenía que comprobarlo personalmente.

Por la mañana casi no tuvo tiempo de hacer la maleta y despedirse de su familia. Argumentó un urgente viaje de trabajo a Barcelona para justificar a su mujer su ausencia durante los próximos días, y se dirigió al aeropuerto para coger el primer vuelo a Dublín.

Compró en el aeropuerto de Loiu todos los periódicos que pudo para informarse sobre la detención de la presunta etarra, estuvo pendiente de las noticias por la radio, y al llegar a Irlanda preguntó en el mostrador de información de la terminal la forma de llegar hasta la comisaría más cercana.

En la comisaría de la policía irlandesa declaró ser un familar de la presunta terrorista a la que deseaba hacer una visita y consiguió hacerse entender a pesar de su escaso inglés. Le sorprendió no tener ningún tipo de dificultades para obtener la información sobre dónde se encontraba la detenida: los policías consultaron la pantalla de un ordenador y le facilitaron las señas para llegar hasta la cárcel preventiva de Curragh, donde había sido trasladada la presunta terrorista.

La prisión se encontraba en medio de la campiña, en el condado de Kildare, en un edificio inesperado aislado del paisaje por grandes muros coronados por alambradas, que contrastaba con la belleza natural de los alrededores.

Al atravesar la puerta de la cárcel tuvo que entregar el pasaporte al guarda, quien le examinó con la mirada profesional de quien está habituado a identificar sospechosos y le hizo pasar a la siguiente dependencia donde otro funcionario le sometió al detector de metales seguido de un molesto y minucioso cacheo.

La sala de visitas no era del estilo de las que aparecen en las películas de Hollywood. Era una fría habitación cerrada, con una mesa baja y un par de butacas, como si se tratase de la sala de espera de la consulta de un dentista venido a menos.

Apareció en la puerta acompañada de un policía, que se retiró y cerró la puerta con delicada brusquedad para dejar a la prisionera a solas en el vis a vis.

Iñaki no podía creerlo mientras ella se le iba acercando desde la puerta y salía del contraluz de la penumbra.

— Izaskun… ¡Eres tú! —un escalofrío acompañó sus palabras emitidas casi en un susurro.

La joven mujer le miró desde unos ojos opacos, como sin vida, sin dar la menor muestra de reconocer a aquel hombre de rostro fatigado que la observaba desde la otra esquina de la sala.

— ¿No te acuerdas de mí?

Ella negó con la cabeza con expresión escéptica.

— No te he visto en mi vida. ¿Quien eres? ¿Un madero?

Iñaki estaba desconcertado. Era ella, estaba completamente seguro. Sin embargo, lo que no tenía ningún sentido era que la mujer que tenía frente a él tenía el mismo aspecto, el mismo corte de pelo, la misma edad que recordaba del día en que desapareció. Era Izaskun, no cabía duda, la misma Izaskun de hacía quince años, pero que no había envejecido ni un solo día.

— Habíamos salidos juntos… hace años.

La mirada de ella seguía falta de expresión mientras Iñaki intentaba explicar su presencia allí : sus años de novios, su desaparición en Sopelana, su sorpresa al ver su foto en la televisión y su precipitado vuelo a Irlanda.

— ¿De verdad no me recuerdas?

Ella se encogió de hombros.

— Mira… pareces un buen tío, pero no sé quien eres. Podrías ser un poli, un periodista, o cualquiera. Seguramente esta conversación está siendo grabada y registrada, así que vale, si alguien me escucha que sepa que yo no he hecho nada, ni pertenezco a ninguna organización, y solo espero que me dejen salir de aquí cuanto antes.

No había caído en la cuenta de que la conversación podía estar siendo grabada, y de pronto fue consciente por primera vez del lío en que se estaba metiendo. Tal vez estaba completamente equivocado y aquella joven no era quien él creía. Además, si ella era una terrorista la policía podía pensar que él formaba parte de la banda, y su historia para justificar su visita a la cárcel irlandesa no dejaba de ser de lo más absurda.

— Me gustaría poder ayudarte pero no sé como hacerlo.

— Entonces, ¿para qué coño has venido?

El guarda uniformado volvió a aparecer en la puerta de la habitación y ella se levantó como una autómata. Sus ojos seguían vacíos cuando se volvió hacia la puerta, pero antes de desaparecer se giró hacia Iñaki y le guiñó un ojo en un gesto familiar:

— Ya nos veremos …

Su mirada de repente había cobrado expresión, la misma que aquel día en Sopelana, e Iñaki supo entonces con total certeza que no se había equivocado: ella era Izaskun.

Salió de la cárcel invadido por un sentimiento agridulce de decepción y de alegría al mismo tiempo, pero sobre todo profundamente intrigado por el misterioso comportamiento de aquella joven y de las circunstancias a las que se enfrentaba.

Buscó alojamiento en un pequeño hotel rural en las cercanías de la prisión, mientras esperaba poner en orden sus pensamientos. La fatiga del viaje le venció y durmió durante horas en una confortable aunque crujiente cama rústica. Soñó con Sopelana, con la playa agreste, con el día gris, con una Izaskun que se zambullía en una ola gigantesca tras resbalar inexperta sobre la escasa parafina de la tabla y con la asfixia del espumón, con la falta de aire en los pulmones ansiosos, con las escamas sobre la piel que iniciaban la transformación de unas torneadas piernas de mujer en una cola de pez.

Despertó sobresaltado.

Un coche de policía se había detenido frente a la puerta del cottage, y alguien golpeaba insistentemente la puerta de la habitación.

La noticia le dejó perplejo y abatido.

Los policías irlandeses le rogaron amablemente que les acompañara a la comisaría: la presunta terrorista se había suicidado aquella noche en su celda, y él era la única visita que había recibido desde que había sido detenida.

Fue conducido hasta la enfermería de la prisión, donde yacía el cadáver, y por lo que pudo entender al forense la mujer había muerto por asfixia. Los policías aún no sabían como había sido posible, pues no había nada en la celda que pudiera haber provocado la falta de aire ; simplemente parecía como si hubiese contenido la respiración hasta morir.

La autopsia desvelaría más datos sobre la muerte de la prisionera, pero los resultados tardarían aún algunos días en hacerse públicos.

Iñaki era la única referencia para los policías ya que nadie en España había reclamado a la detenida hasta el momento, así que fue informado de todos los detalles relativos a las circunstancias de la detención, muchos de los cuales no habían trascendido a la prensa.

Según le explicaron los funcionarios irlandeses de prisiones, cuando la joven fue detenida en la playa de Slea Head, frente a las islas Blanket, estaba completamente desnuda y medio inconsciente, por lo que fue atendida en un principio por los servicios sociales. Posteriormente, al no poder facilitar ningún dato sobre ella misma ni portar ningún tipo de documentación, fue arrestada de forma preventiva por la policía a la espera de la confirmación de su identidad por las autoridades españolas.

La Interpol envió la fotografía de la detenida a la policía española, quienes sospechaban que se trataba de una buscada terrorista, pero todavía en aquellos momentos estaba por confirmar su nombre y filiación dado que sorprendentemente la joven carecía de huellas digitales.

Iñaki interrogó al médico forense sobre el tema de las huellas dactilares de la difunta y éste le informó de que no era inusual que algunos delincuentes se quemasen las yemas de los dedos con ácido expresamente para borrar temporalmente sus huellas y no ser identificados. El médico, un hombre de mediana edad con el cabello completamente blanco y unos cristalinos ojos azules, continuó aportando datos sobre el asunto:

— También algunas personas llegan a perder sus huellas digitales casi por completo de forma natural cuando han estado en contacto de forma prolongada con el agua del mar, como se han descrito casos de algunos pescadores en el mar del Norte.

A Iñaki le sobrecogió la idea de que una persona pudiera ser retenida sin pruebas concluyentes sobre su culpabilidad, cuando ni siquiera había podido ser correctamente identificada

Pero todavía le estremecía más el hecho de que Izaskun no hubiese envejecido en los últimos quince años.

— Dígame doctor —consultó Iñaki al forense— ¿puede usted calcular la edad de la mujer?

El médico no vaciló en la respuesta que ponía a prueba su profesionalidad.

— Por supuesto. Tenía entre 23 y 25 años de edad.

Aquello confirmaba sus sospechas. Izaskun tenía veintitrés años cuando despareció, así que ahora debería contar con treinta y ocho en el momento de su muerte. No le dijo nada al forense : nadie iba a creerle, pero necesitaba encontrar una explicación a todo aquello aunque fuera para si mismo.

Regresó al cottage y buscó la manera de llegar a la playa donde había sido detenida Izaskun. Alquiló un coche y en un par de horas se plantó en la playa de Slea Head. El lugar era prácticamente un calco de Sopelana : una discreta extensión de arena dominada por un pequeño y suave acantilado donde los tamarindos parecían crecer directamente sobre la roca, manteniéndose en un imposible equilibrio sobre la pendiente completamente doblados por la fuerza del viento.

Bajó hasta la orilla donde un grupo de surfistas se arremolinaban en torno a algún objeto seguramente arrastrado por la corriente hasta la playa. Se acercó a ellos y se abrió hueco entre los jóvenes con trajes de neopreno y las tablas para ver de qué se trataba.

Allí, en la arena de Slea Head, bañada por las aguas del mar del norte, una cola de pez de tamaño enorme se mecía en la orilla cada vez que era alcanzada por el vaivén de una ola, dejando ver en su interior el hueco que habían dejado unas piernas de mujer que alguna vez habían formado con aquellas escamas una misma materia.

Iñaki, sin embargo, aquella vez ya no se sorprendió. Por fin todo encajaba : la cola de sirena, la ausencia de huellas dactilares, la eterna juventud, la muerte por asfixia fuera del agua,….Izaskun por algún mecanismo desconocido se había convertido en un ser mítico de novela de piratas y navegantes solitarios, o quizás ya lo fuera desde siempre.

La autopsia no se hizo pública. El forense del condado de Kildare no fue tomado en serio por sus colegas y el juez ordenó repetir el dictamen a un hospital oficial de Dublín. Pero el médico irlandés de pelo blanco y ojos azules sabía perfectamente que aquel cuerpo inerte no era humano.

Iñaki sigue en contacto en la actualidad con el forense y ambos buscan todavía una explicación, mientras esperan pacientemente que algún día en el hospital de Dublín se haga una nueva autopsia que les confirme que las sirenas existen.


Rosendo Sánchez.
Roda de Barà, Tarragona, 27 de Agosto de 2005


N.del A. Los personajes y situaciones que se describen en este cuento son totalmente ficticios y declaro solemnemente que cualquier parecido con la realidad no es más que una pura coincidencia.

 


 

 

 

 

© Rosendo Sánchez. Escritor de origen barcelonés, y colaborador habitual de la revista, ha publicado varios trabajos en Ariadna-rc. (Cartas desde Segóbriga, Sopelana, etc.)


La comedia
por Martín Cid

La comedia es, como hemos dicho, mímesis de hombres inferiores, pero no en todo el vicio, sino lo risible, que es parte de lo feo; pues lo risible es un defecto y una fealdad sin dolor ni daño, así, sin ir más lejos, la máscara cómica es algo feo y retorcido sin dolor.

Poética, cap. V, Aristóteles



— I —


Los pasos de Joseph resonaban huecos entre la sólida estructura de madera.
Tenue como aquella noche cerrada se filtraba la luz, casi un extinto reflejo en la sólida construcción. Como un pálido eco brillaba la luna, iluminando el tenso gesto de Joseph K., antiguo detective.
Olía a historias, a cuentos de viejas, a aquellos relatos de chimenea, a pólvora mojada y a cigarrillos mal apagados: así se escuchaban los murmullos en aquella noche cerrada del veintitrés de enero.
Calle Covadonga. Edificio Lagos. Segundo piso.
La sólida estructura de madera mojada se mantenía aún rígida, en la arrogancia propia de las grandes construcciones de principios de siglo. Entre crujido y crujido transcurrían los recuerdos del edificio, en un Madrid olvidado por las crónicas de sociedad y los ecos de los diarios: Como en un oasis, la casa se encontraba distante de las que le rodeaban. Construcciones uniformes, marrones y negras, con un jardín de dos metros por tres. El edificio Lagos es una de esas antiguas residencias de principios de siglo. Grandes espacios y elevados techos nos llevan a los aromas del café recién echo y del amanecer en calma. El edificio Lagos es uno de esos pocos lugares que aún permanecen en pie. Hoy convertido en tres residencias privadas, la construcción se hace eco de un lujo y un tiempo perdidos, quizá para siempre.
A las tres de la madrugada de una noche del veintitrés de enero, Joseph K. se encontró ante la puerta.
Se arregló aquella barba mal cuidada con un gesto rápido y estudiado, Un largo y raído abrigo negro gobernaba el aspecto de Joseph K., antiguo detective y moderno buscavidas. Una corbata gris a rayas bastante pasada de moda daba “color” al atuendo. Perfectamente conjuntada con ésta, la americana gris cruzada, siempre sin abrochar (esas americanas de una sola talla, no adecuadas para hombres corpulentos). El pelo corto desaliñado, coronado el semblante por un sombrero negro de mil noches de espera.
No le hizo falta llamar a la puerta: le estaban esperando hacía ya un rato. Tras el umbral se deslizó la silueta de un mayordomo bastante entrado en años y en canas, con un rostro propenso a las arrugas, con unos ojos ajados por las cataratas, con la espalda colgante, el uniforme impecable.
—Acompáñeme, señor K. —dijo el mayordomo mientras tragaba saliva—. El señor Andriasevich le está esperando.
No hubo corrección en aquel sirviente, ni siquiera una pálida sonrisa, solamente la frase indicada y concreta. Joseph K., antiguo detective y alma solitaria, corrió tras sus pasos.
La palidez estructural y decorativa de las escaleras habían dado paso a lo esperado: El más obsceno de los lujos. Entre cuadros mal combinados y muros peor dispuestos, entre floreros de imitación, dinero mal empleado, alfombras de oriente, perfumes de las islas... Entre la pobreza de un barrio humilde de Madrid se encontraba el edificio Lagos, en la calle Covadonga.
Aquel hombre no tardó mucho en conducir a Joseph hasta su invitado: Tras el rastro de jadeos por el mayordomo dejados, tras el falso lujo, tras años de espera, allí estaba Andriasevich, el teatral Andriasevich, al que tantos años había esperado conocer.
Se trataba de una gran biblioteca privada, una de esas con miles de volúmenes que, seguramente, nadie se había molestado jamás en leer. Mal iluminada (mejor decir teatralmente iluminada), la estancia había estado varios años sin abrir, eso se olía a la legua. De sus paredes, sobriamente pintadas de un marrón madera, colgaban retratos de gran tamaño, uno de los cuales pertenecía a ella. Sólo había una gran mesa, tras la cual se encontraba Andriasevich, sentado de espadas y rodeado de humo, en un sólido butacón negro. De pie y a la derecha de éste, se hallaba un hombre con aspecto de abogado.
—Está bien, puedes retirarte —dijo el hombre de la derecha. Tras ello, hizo un gesto de complicidad a Joseph. La puerta se cerró, como en aquel “cuentecillo” del hombre ante La Ley.
El hombre le tendió la mano y sonrió forzado, inclinándose levemente sobre su nariz aguileña. En aquel instante, esperado momento, Andriasevich se dio la vuelta. El humo recorrió en zig—zag su rostro, con aquella luz estudiadamente pronunciada sobre su cómico rostro de cejas retorcidas y rasgos marcados, de boca pequeña y de orejas grandes, de cabellos canos caídos sobre el rostro, de ojos grandes y arqueados, como los de los rusos...
—Mi nombre es Lievin—, dijo el hombre, con una hipócrita y marcada sonrisa de la que se dejaban entrever sus dientes podridos—, o al menos es el nombre con el que el señor Nikolai Andriasevich desea que me conozca— con un gesto, le señaló una silla de reducidas dimensiones, dispuesta a la izquierda del individuo y en la esquina—. Soy el abogado del señor Andriasevich y como tal he de señalar la índole estrictamente privada y confidencial de este encuentro. Cualquier comentario por su parte será negado...
—¡...Pero —interrumpió grosero Andriasevich— nada de eso sucederá! ¡¿Verdad que no?! —Hablaba Andriasevich con marcado acento eslavo, subrayando con gesto grandilocuentes las rebuscadas expresiones que empleaba. —Estamos ante él: ¡Joseph K..., un hombre de principios! Y estamos, sin duda, ante una persona con moral, ante un hombre que posee esa virtud perdida en el nuevo mundo. ¿Es usted europeo, verdad? —Andriasevich no se molestó en buscar en el rostro de Joseph una respuesta—. Entonces sabrá de lo que estoy hablando. Yo vengo de la madre Rusia, ¿lo sabía? Vengo del país más grande y próspero, de la región de las grandes estepas y de los personajes obscenos, país de contrastes y de revoluciones... Pero también un país con costumbres poderosas, señor. Nuestra moral ha sobrevivido a siglos de confusión y revoluciones... Mi abogado es también ruso —dijo señalando a Lievin—. ¿Conoce el dicho? “Un ruso sólo se fía de otro ruso”... Aunque también es cierto que lo he oído de otra manera: “Un ruso jamás se fiará de otro ruso”.
Joseph K., antiguo detective y actual desempleado, se dispuso, como siempre hacía, a encender un cigarrillo: del bolsillo derecho de su americana extrajo un acartonado paquete de cigarrillos negros. Con gesto distraído, se lo llevó hacia los labios. Del bolsillo izquierdo sacó un mechero de gasolina. El sonido metálico de la piedra rompió la tranquilidad fingida de su anfitrión. Andriasevich se sobresaltó, haciendo un ademán de cómica indignación con ambas manos.
—¡Pero... hombre! —dijo Andriasevich—. ¡¿Qué hace usted?! ¡Está usted con un ruso..! ¡Un ruso nacido y criado en la patria del gran Dostoievsky! —En este momento hizo una pausa, saboreó lentamente sus palabras y continuó—. Y un ruso que se precie proporciona a sus invitados lo mejor. ¡Lievin! —Realizó un movimiento con la mano izquierda, al cual respondió Lievin con un gesto afirmativo—. ¡Dale a nuestro amigo y futuro colaborador uno de esos puros que guardamos para las ocasiones especiales!
El abogado, ese al que llamaban Lievin, se dirigió al extremo izquierdo de la sala y abrió una caja fuerte. A Joseph no le costó mucho, debido al fuerte sonido, averiguar la combinación de la caja fuerte: Diez, ocho, cinco y tres. Esos números debían ser multiplicados por otro, según los números que la caja fuerte tuviese: era sencillo. Si constaba de sesenta números, sería una simple regla de tres. Diez es a sesenta como ocho es a x. Así, el factor multiplicador sería cero coma seis. Siempre se debía probar dos veces, ya que no sabía si hacer el primer giro a la izquierda o a la derecha. Del interior de la caja fuerte extrajo una caja de plata de gran valor.
—Veo que es usted curioso por naturaleza... —dijo Andriasevich, mientras miraba fijamente a los ojos de Joseph—. Me gusta la gente curiosa. Sólo los seres mediocres y las cabras no se interesan por lo ajeno. ¡El robo, señor... EL ROBO! —Aquí las reglas dramáticas pedían una pausa—. No sobre el amor ni la familia ni sobre la religión... ¡Sobre el robo se mantiene nuestra sociedad occidental! No se avergüence ahora. No está aquí por ser un corderito...
—Soy conocido por Joseph, —dijo, mientras Lievin le ofrecía un enorme habano Romeo y Julieta— sólo Joseph, nada más. Mi trabajo es hacer lo que otros no se atreven a realizar. No es una cuestión de determinación ni de valor, sólo es mi trabajo.
Andriasevich era un individuo curioso, ese tipo de personas que fingen, esas que hacen de su vida una actuación y que convierten a los que le rodean en bufones. Bastaba ver el conjunto: un mayordomo que parecía sacado de una película de la Universal de los años cuarenta; el actor profesional que caricaturizaba a un abogado...; el mismo Andriasevich, todo un ruso típico, de atuendo sombrío y costumbres excéntricas, con ese lenguaje rebuscado mezclado con esas expresiones petulantes sacadas de un libro de Puschkin.
Andriasevich ofreció un gran corta—puros a Joseph, no podía ser de otra manera. Joseph, fingiendo desenvoltura, cortó la parte inferior del cigarro. Andriasevich tomó otro de la caja de plata y lo observó detenidamente.
—¡Buen puro! —dijo Andriasevich mientras olía el cigarro, con pausa, dejando que el suave aroma de las hojas penetrase por todos los poros de su piel—. Sí, señor, muy buen puro... —Andriasevich miró socarronamente, con media sonrisa dibujada en su labio inferior—. Su nombre es Piotr Andrieyevich y es usted natural de Siberia. Siete años de trabajos forzados tras los cuales emigró. Fue despedido de dos empleos por robo y en la actualidad hay un hombre que responde a su descripción que está buscado por diez asesinatos.
De aquello hacía ya mucho, demasiado tiempo. Joseph K., antiguo detective y antiguo... de todo... Sí, había estado buscado, pero fue en el antiguo régimen soviético, y por razones poco claras. Habían ido a por él, y Joseph decidió, como tantos otros habían hecho en idénticas circunstancias, huir del país que tanto había amado, de su Rusia: Dejaba allí su patria, los recuerdos de su familia, y a la mujer que prometió cuidar.
—¿Qué me ofrece y por qué? —inquirió Joseph, desafiante.
—¡La libertad! —dijo Andriasevich, mientras realizaba el enésimo gesto a Lievin—. Le ofrezco una nueva identidad y un futuro, le ofrezco no tener que regresar jamás a este país de ateos —Lievin depositó unos documentos sobre la mesa—. Son documentos auténticos, sellados por las autoridades oficiales rusas, nada de burdas falsificaciones a precios baratos. En ellos se le exime de toda responsabilidad en los diez casos de asesinato por los está usted buscado. Le ofrezco el dinero suficiente para no tener que volver jamás a preocuparse por un asunto tan banal. Le ofrezco la seguridad de que nunca nadie sabrá que ha estado usted aquí y le ofrezco una experiencia irrepetible... Todo por un trabajo sin complicaciones.
—Los documentos de los que le ha hablado el señor Andriasevich —dijo Lievin, acercándose ligeramente a Joseph— son totalmente legales. Como abogado, puedo atestiguarlo. El señor Andriasevich le ofrece, además, los certificados legales que aseguran su total impunidad en el delito que va usted a cometer —de entre los papeles entresacó uno que le entrega a Joseph—. Esto es una confesión firmada por el señor Andriasevich en la que se confiesa autor del crimen que va usted a cometer. Yo actúo como testigo, para que todo esté dentro de la legalidad permitida.
Joseph observó cuidadosamente la confesión: todo estaba ahí, nombres, fechas, las circunstancias exactas... Parecía todo demasiado preparado, calculado para hacerle caer en la trampa, un cebo demasiado apetecible para un lobo. Joseph observó detenidamente a Andriasevich.
—¿Y qué será de usted? —preguntó Joseph.
—¿No se fía? —re—preguntó Andriasevich, siempre burlón y siempre sonriente—. Le aseguro que todo es legal. Le doy mi palabra de honor, y la palabra de honor de un ruso católico es La Palabra. No hay engaño ni doble fondo, sólo un acuerdo entre dos rusos, señor Andrieyevich.
—¿Qué he de hacer? —concluyó Joseph, ante la sonrisa finalmente relajada de Andriasevich.


—  I  I —

Habían transcurrido ya tres horas desde aquel primer encuentro. Joseph K., antiguo detective y potencial asesino, siempre había adorado aquellas noches frías, cubiertas por esa niebla que sólo puede verse en una gran ciudad. Quizás le recordasen a aquellas noches blancas salpicadas de estrellas de su Rusia natal, tan frías y tan cálidas entre las construcciones esbeltas.
Se había dirigido hacia la casa, y estaba ante aquella puerta de madera quemada, la que tantas veces había visto. Introdujo la llave, pero reflexionó antes de girarla. Por lo que pudiera pasar, y por lo excepcional de las circunstancias, extrajo la llave y llamó a la puerta. Tras ella apareció, como tantas otras veces lo había hecho, ella, la misma, Sonia, la bella Sonia de largos cabellos negros y ojos rasgados Aquella Sonia Alexandrovna de fino talle y estilizadas y poco pronunciadas curvas. Ella, Sonia, la mujer rusa por excelencia.
Sonia sonrió a Joseph.
—¿Lo has hecho? —preguntó ésta.
—Me lo ha pedido, tal y como dijiste.
Era una enorme casa de campo situada en un barrio residencial a las afueras de Madrid. Rodeado por la nada, era el escenario ideal para una película gótica o para un asesinato, lo mismo daba. Un enorme pasillo, decorado con cortinas de terciopelo rojo que daban acceso a las habitaciones; un salón decorado al estilo ruso de principios de siglo, con varias esculturas griegas y columnas de origen diverso; un sótano acomodado para ser una enorme bodega, donde él guardaba los licores más caros que podía encontrar; las otras habitaciones estaban decoradas para constituirse en espacios íntimos, cada habitación con un estilo definido y diferente, cuartos con tapices unos, con decoraciones griegas otros, habitaciones de mármol o de madera al estilo campesino; ese salón con aquel gran ventanal, testigo de tantas escenas y de tantas disputas...; un dormitorio con una enorme cama al estilo del diecinueve, con sábanas de seda y paredes que invitaban a pasar y quedarse, como había hecho Joseph tantas otras veces, como haría esa misma noche.
No hubo que esperar una respuesta: Sonia se abalanzó sobre él y depositó sobre cada centímetro de su cara miles de caricias, Joseph contestó con un tácito beso... Ella, con un movimiento de cadera, separó los rostros unidos por el engaño.
—A partir de ahora, —dijo Sonia casi en un susurro— hemos de tener cuidado. No nos podemos permitir ningún error. Tres días, sólo eso nos hará falta.
—No, —dijo Joseph, mientras la miraba fijamente— esta noche: todo sucederá esta noche, como él ha mandado. Deberé dejar las cortinas del ventanal abiertas —señaló aquel gran escaparate de la casa— y así lo haré.
—¿Una noche?
—Una noche —dijo, mientras sacaba un papel del bolsillo izquierdo de su americana—. Aquí tengo su confesión. Será sencillo. En defensa propia, como lo habíamos planeado.
—¿Y si no trata de impedirlo?
—Lo hará... el honor del ruso. No podrá contra eso.
—Él busca venganza, no probar su honor.
—Si no trata de impedirlo te dispararé.
—¿Lo harías?
Sonia miró fijamente a Joseph, buscando aquella respuesta. Joseph, antiguo detective jocoso y burlón, contestó como había hecho tantas veces en tantas ocasiones distintas, con una sonrisa.
—Es una cuestión de honor... Si no se decide a impedirlo, dispararé. Él acudirá creyéndote muerta y entonces lo haremos. Todo habrá acabado.
Soportaron estoicos el silencio, como en una pausa teatral, ante el gran ventanal, sabedores que tras el cristal estaría él. Andriasevich, Andriasevich. Ella cambió su cuerpo entero de posición, mientras continuaba esperando la respuesta. Se levantó y con los labios susurrantes, habló.
Mañana seremos libres, los tres —dijo Sonia, siempre en un gemido, mientras le atraía hacia sí y le sentaba en el sofá, y siempre sensual depositó en sus labios un beso prolongado—. Juntos para siempre los tres y unidos por el acuerdo de silencio...
—¿Por qué? —preguntó él, riendo.
—Necesitaba un nombre... —entonces le apartó, como él esperaba— eso es lo que hace a la persona: El nombre que deriva de la posición. Nunca he estado orgullosa de lo que hice, pero los tres somos parte del mismo engaño...
Contrajo todos los músculos de su delicada cara de ojos rasgados y caracteres asiáticos, de arrgugas ocultas tras el maquillaje. Así lo soportó.
—...Aunque nadie se atreva a reconocerlo... —¿Lo recuerdas? —preguntó Sonia, remarcando excesivamente el tono interrogativo—. Aquellos inviernos y los gruesos vestidos. Eso ha formado el temperamento ruso... No ha sido el hambre ni la falta de recursos, no... —ya no le miraba, tan solo recordaba los tiempos, las estaciones cambiantes en aquel eterno invierno—. Cuanto más al norte, más despiadados somos. Sólo había una forma de escapar de allí, y era consiguiendo un nombre: Porque si la prostituta busca un pedazo de pan, la casada va a la caza de una vida preciosa .
—¿Lo recuerdas? —y entonces sonrió, ante la cita, ante ella, ante aquel tiempo que había parecido olvidado—. Desde niños... siempre a la caza de una vida preciosa.
—Se levantó y Sonia se colocó frente a él, dejando que admirase su talle nórdico, su bata demasiado cara para que le llegase a agradar. Allí estaba, frente al gran ventanal, segura de ser observada. Allí estuvo, con media sonrisa perfilada y los dos botones superiores, con medio cuerpo encendido... Allí, siempre estará allí.
—Finjamos por una noche y volvámonos tiburones hasta la mañana...: A la caza de la felicidad.
Allí se quedó, Joseph, antiguo detective y actual... ¿quién puede saberlo? Sonia se marchó, y dejó tras de sí una estela de deseo, ansia y humo. Joseph, fingiéndose distraído, encendió un cigarrillo, tratando no sin esfuerzo de no observar el gran ventanal. Seguramente ya estarían allí, Andiasevich y el abogado. Lo observarían como tantas otras noches lo habían hecho sin que él lo hubiese sospechado. Estarían allí los dos, o quizás sólo Andriasevich.., con aquella fingida indiferencia, mirando a ese desconocido tocar a su esposa, acariciarla y besarla, poseerla como él había hecho tantas veces. Y la vería a ella, la que había considerado carne de su carne, aquella mujer rusa pobre a la que había sacado de la miseria, dos en uno por siempre... Y todas esas cosas que suelen decirse... Al principio la miraría con lágrimas en los ojos, con esa especial impotencia que sólo los poderosos pueden sentir. Pero más tarde, cuando las noches se comenzaban a repetir, la miraría, casi disfrutando de la escena, mientras tramaba en secreto una oscura venganza. Se habrían trocado sus lágrimas en felicidad, porque él era un hombre poderoso, Andriasevich, Nikolai Andriasevich... Y ahora podía mostrar su poder... El mismo hombre que años atrás había hecho asesinar a su primera esposa... Andriasevich, Andriasevich... Fantasías en la mente de Joseph.
Habían sido todos actores de una película de genéro: la chica de mala reputación, su amante de vida descarriada, el marido celoso... Todo demasiado orquestado y predispuesto, con un final ya escrito. Como malos actores, fingiendo desconocer el desenlace, tratando de convertirse, una vez más, en un personaje ridículo. Más de una vez se lo había dicho: Todo esto es absurdo. Su marido ya lo sabe. Lo había sabido desde mucho antes que sucediera, y lo supo cuando ya por fin sucedió. Quizás fue la misma Sonia la que confesó, discupándose torpemente para evitar la caída y el desgarro final en su vida, como sucede en una obra de teatro. Lo sabía y le llamó a él, y se comportó como esos gangsters que emulan torpemente a los malvados de la pantalla... Con todo ese glamour contratado, con ese actor aficionado representando al abogado, esa puesta en escena deliberadamente teatral, los cigarros cubanos, el gran ventanal con las cortinas siempre descorridas, como en un teatro... Quizá el engañado fuera él (aquello era lo más probable), y en ese instante ella estuviera deleitándose ante la contemplación de su figura frente al espejo, retocándose el maquillaje, cepillándose el cabello y jactándose en esa belleza capaz de convertir a los hombres en corderos, como en aquella pieza de teatro.
Se levantó y miró hacia las ventanas, observó la frondosa vegetación que ocultaba la conspiración. Fue hacia el mueble—bar y se sirvió una ginebra con tónica, sin hielo y sin limón. De pie, encendió un cigarrillo, esperando la resolución mientras en su mente se agolpaban palabras mezcladas por el humo de un cigarro.
—Ya soy un hombre viejo, —decía Andriasevich— y ya lo era cuando nos casamos, aunque todavía no estaba en esta situación. Ya sabe, un hombre de mi posición... Bueno, usted me entiende... —aquí se hacía necearia una sonrisa de camaradería—. Como ruso que es usted... Pero hay cosas que no se perdonan, cosas...
—¡Acudiré allí y la mataré! —sentenciaba Joseph—. ¿Esb eso lo que me pide, no es cierto?
—No sólo eso, señor Andrieyevich..., si me permite que le llame por su antiguo nombre. ¡La libertad! recuérdelo, está usted comprando la libertad, y un simple asesinato no compra la libertad.


— I  I  I —

Llegó como lo había hecho tantas otras noches, con menos ropa y más maquillaje. Él, sentado en aquel gran sofá recubierto de terciopelo rojo que tanto les gustaba a ambos. Bebía a tragos cortos y fumaba con prolongadas aspiraciones. Se fingía distraído, como había que hacer en las partidas de póquer: Se imaginaba un gran jugador y trataba de disimular sus triunfos. De vez en cuando sonreía y hablaba con la mirada. Sé las cartas que llevas y apuesto. Esa era la única manera de vencer con un farol, intimidando, fingiéndose seguro de la jugada, y nunca hablando más de la cuenta...
—¿Crees que estará ahí? —preguntó ella, mientras dejaba caer su cuerpo recién perfumado sobre el sofá, muy cerca de Joseph.
—Lo está, de eso puedes estar segura.
—¿Lo habrías hecho? —preguntó, tras uno de esos incómodos silencios prolongados.
El reloj de pared se dejó escuchar, lento en aquel leve tintineo que marcaba las horas. Su mecanismo era ya viejo, y se atrasaba constantemente. Se movía quedo el péndulo dorado, así como las seguras miradas de Sonia. Tal como hablaba el cansado mecanismo del viejo reloj, así le traicionaron sus labios.
—¿Lo habría hecho? —se dijo Joseph, cediendo finalmente una mirada.
—¿Me habrías matado?
Ella apartó la mirada. Ya no esperó respuesta.
—Por supuesto —dijo Joseph sin titubeos.
—¿Lo vale?
—He de pensar que sí...
—¿A cuántos?
—Sólo a algunos —habló—. Antes tenía que trabajar más a menudo... Ahora puedo permitirme elegir mi clientela...
¿Lo sabe? —así susurró.
Andriasevih le miraba seco, concentrándose en cada poro, en cada pequeña imperfección del rostro de Joseph.
—Desde luego, —decía Lievin— he de subrayar que esta conversación nunca ha tenido lugar...
—¡Cállate..! —desde luego, se trataba de una interrumpción preparada—. El señor... bueno, quienquiera que usted sea y como quiera llamarse... ¡Estoy al corriente de lo de mi mujer con otros hombres! Hay cosas que no pueden ocultarse en un matrimonio... Una esposa que llega a casa más amable de lo habitual y el olor... sobre todo el olor. ¿Le gusta oler, señor K..? Es como el olor de un buen vino..., madurado en su punto justo... No como esos que tienen un vino caro y lo dejan reposar hasta que cuando lo prueban sabe ya a vinagre... No, es el punto justo, entre los días diez y trece... ¡Ese olor! Es como la comunión... Primero la confesión... He de confesarte algo —diría ella—. Cuéntamelo todo, hijita mía —él cerraba los ojos y se dibujaba la escena, entre una gran sonrisa de complicidad—. He conocido a alguien... —diría ella entre sollozos—. Luego vendrán los salmos: —¿Podrás perdonarme..? —esas preguntas inevitables y estúpidas. Eres mi esposa, —elevaba el rostro y se mostraba erguido—ante el cielo y ante los hombres... ¡Palabras sordas! —Una gran parodia por fin—. ¡Te perdono! Ahora, no lo pienses más... —Ven aquí, mi gran zar, —diría ella conclusiva—. Y, por fin, la comunión... —Andriasevih parecía cada vez más ajeno a todo, ante la atenta mirada de Lievin—. Acercarse y comenzar a sentir el perfume, siempre embriagador y siempre eterno, el mismo por los años... Y luego sentir cercano el tacto de tu mano acariciándolo... ya totalmente embriagado... y el sabor... ¡Dios mío, el sabor! Delicioso y suave, como aquel primer caramelo... —paladeaba cada frase de sus labios salida, cada gesto estudiado, como un mal actor que recita un texto que no logra comprender—. Pero, junto ese adorable perfume de primavera... ese olor añil, con toques mentolados, que penetra en la nariz... Desde luego no puedes dejar de imaginarte la escena: Ella, tu esposa fiel... (¡...no, tu amante!) entregada a un ser despreciable y sin honor... Y la impotencia de sentirse incapaz de satisfacerla, sabedor de que en esos momentos no es tu rostro el que ve, no son tus dedos los que la tocan... Por todo eso y por el honor, por ella misma... —Andriasevich, satisfecho de sí mismo, se relaja finalmente—. Sí, toda religión conlleva un sacrificio y eso es todo lo que pido...
Sonia miró hacia la ventana, distraída. Leves manchas de luz se reflejaban sobre su silueta esbelta, deliberadamente perfilada por la luz. Poseía Sonia un hermoso cabello negro liso, siempre suelto y siempre caído dos centímetros sobre los hombros. Joseph la observaba atento, cavilando sobre lo que estaba dispuesto a hacer..., por ella, por él..., nunca seguro de lo que haría, nunca seguro de su lealtad ni de su política.
El reloj, ingrávido, dio la hora.
—¿Lo sabe? —preguntó por fin.
Silencio. Joseph sonrió. Se levantó y se dispuso a servirse otra ginebra. Había preguntas a las que era inútil responder.
—¿Por qué lo hacemos? —preguntó ella.
—¿Por qué no?
—Porque —dijo Sonia casi susurrando— terminamos convertidos en bestias a la caza de un trozo de pan... Porque nunca más nos atreveremos a mirarnos frente a frente al espejo... ¿Lo has pensado? Allí, frente a tu imagen... Sí, todavía joven..., pero tras haberte traicionado, tras haber cruzado por fin ese umbral invisible del que ya no hay marcha atrás... Entonces te das cuenta..., esa ya no eres tú. Sí, son los mismos ojos, los labios que tantas veces has vendido, tu mismo pelo... Pero esa mujer ya no eres túi, ya nunca volverás a verla, porque se ha marchado y sabes que nunca regresará.
—¡Una pálida sombra…! —dijo él, sarcástico—. ¡No interpretes más el papel de mujer maltrecha y utilizada! Eres tú, la que siempre has sido... Una vez conocí a una niña pequeña... ¡Una auténtica belleza!. Esa niña que ya se daba cuenta de que todos los ojos se fijarían en ella, esa misma niña que un día me dijo: “¿Cuidarás de mí? ¡Prométemelo!” Esa niña ya había dejado de buscar promesas...
—¿Y aún me lo reprochas? Aquella noche... Cambió nuestras vidas, ¿verdad? En la vieja madre Rusia...
—...Aún me gustabas...
—...Llamaste a la puerta y él mismo te abrió.
—...Por eso fue tan difícil.
—...Te quería, Piotr, mi padre te quería.
Joseph K., antiguo detective y asesino, apenas lo recordaba. Eran esas imágenes que se procuran olvidar para siempre, y para ello un hombre pone todos los medios a su alcance. Él era aún joven, poco más que un adolescente enfermo, y ella había sido siempre el único objeto de su pueril deseo. El día que fue a pedir su mano, él dijo “no”. No pudo soportarlo, y ella le animó a hacerlo. No podremos huir sin el consentimiento de mi padre, Piotr. No hay nada que nosostros podamos hacer. Tal vez encontremos una solución, querido mío, tal vez. Y así sucedió: Ella encontró una solución definitiva, y él la ejecutó. Desde aquel día, desde el día en que asesinó al padre de Sonia…, el joven Piotr murió, y ya nunca más pudo reconocer su rostro ante el espejo.
—...Desde entonces prometí —dijo Joseph— que cuidaría de ti. —¿Por qué?
—Jamás recibí un maldito rublo por ese trabajo....
El teléfono sonó, agudo y terrible. Ambos se miraron y esculpieron una sonrisa.
—Si es él, —dijo ella, casi inaudible— no volverá a llamar...
Esperaron, como malos actores que eran. Durante los dos minutos siguientes ninguno movió un sólo músculo, esperando la resolución, buscando la debilidad en el rostro del contrincante. Como dos boxeadores antes de entrar en combate, así se tantearon, escrutando los ángulos de sus facciones ya cansadas, tensando los músculos, mirándose una vez más.
—Estará disfrutando con esto, —dijo Joseph— saboreando el momento... No vendrá hasta que se haya cumplido el plazo.
—...Una noche —Sonia se mostraba más y más sugerente— y se habrá terminado —él la miró y se dió por fin cuenta. El teléfono volvió a sonar—. ¿Sabes que ni una sola vez me tocó? Una pieza de colección, eso era.
Lo sabía desde el principio, desde mucho antes del principio... Él me lo dijo, con ese tono burlesco suyo, mientras me miraba fijamente, seguro de que lo haría: Juntos los amantes por una última noche, mientras la segura muerte les espera a uno de ellos... Hasta que el rocío de la mañana enturbie la noche... ¿Resulta cómico, no es cierto?
—¿En qué te fijaste? —inquirió ella—. Vamos, Piotr, Joseph... ¡Dame una razón!
—¡La matarás! —siguió Joseph, imitando los gestos y el acento de Andriasevich—. Tras vuestra última noche juntos, tras unas breves horas de eternidad, de besitos y mentiras, de miraditas bajo la luz de las velas... ¡La matarás! Yo nunca podría hacerlo, ella... Claro que lo harás. Le contarás cualquier cosa... Que yo os estaré espiando desde la ventana de enfrente y que acabaré por perder los nervios... ¡No importa! Que se sienta segura entre tus brazos, que tus manos de asesino la acaricien antes de que se quede tibia... Entonces será el momento, entonces entraré...
—No importaba lo que yo hiciese... —dijo Sonia—. Él siempre se mostraba indiferente y distante, en su posición de gran hombre...
—¿Por qué has continuado? Son ya demasiados años fingiendo...
—No se puede escapar de alguien como él...
Y concluyó finalmente: ¡..Entonces podrá ser mía por fin! Y así habrá ganado, por fin, el gran Andriasevich habrá vuelto a triunfar.
—¿Por qué has continuado? —preguntó Sonia—. Hasta este lugar..., tan lejos de tu tierra.
—Jamás cobre por aquello... Era algo personal. Te quería, si alguna vez lo hice, fue esa única vez. No se ama durante un tiempo, durante dos años o una semana, no... Se ama por un instante, y es ese reflejo lo que nos da la ilusión de seguir queriendo a esa persona...
Ella sacó de la liga una pistola y con sensualidad la introdujo por entre la camisa de Joseph. Éste no mostró nerviosismo, sólo una sonrisa ante lo inevitable. Sonia le acarició suavemente, y fue ascendiendo con el arma en la mano, mientras Joseph sentía el aliento cálido sobre su cuello. Se detuvo un momento para hacer un pequeño rodeo en la nuez. Joseph tragó saliva.
—¡Brindaremos por ese momento! —con sensualidad ella acarició con la pistola sus labios—. ¿Lo harás..? —las reglas del teatro mandaban aquí un silencio—. ¿Le matarás?
—Dispara.
—¿Lo harás, Joseph?
—¿Serás capaz de hacerlo?
Ella dibujó una horizontal en sus labios, y con elaborada pausa apretó el gatillo: La pistola estaba descargada. Se acercó a sus temblorosos labios y los besó, sensual.
—Ahora —dijo Sonia— sé que lo harás.
Los dos rieron sonoramente, como en una pantomima. Cayeron al suelo, muertos ya de la risa. Ella le abofeteó, en un gesto mitad rabia mitad burlesco. Rió una vez más, aceptando su destino. Él la tomó y, aguantando la risa, lanzó la pistola lejos. Continuaron riendo. Él le dio dos golpes en la cabeza, sin pretender hacerle daño, en señal de complicidad. Su sonrisa se tornó casi en un llanto.
—¡Ahora sé que me vas a matar! —así se sentenció ella.
Lo sabías antes de que llegase. Ya lo dijo él: Interpretad el papel de amantes una noche más. Una última representación para un público escogido. Él ha sido el arquitecto de esta farsa.
—¿Cuánto nos resta?
—Casi no queda tiempo...
—¿Sabes —ella giró el rostro y le miró fijamente— que juré vengarme? Desde el día en que me llevaste contigo... Pero todo cambia con el tiempo...
—La inercia es mala consejera.
—Para mí —dijo Sonia, ya para sí misma, sin mirarle siquiera— no fue sólo un instante, puedes creerme. ¡Te llegué a odiar durante tantos años...!
El reloj, guardián del tiempo que ha de venir, resonó leve. Ella lo supo una vez más. Sonrió.
—Se ha cumplido.

Joseph se levantó y de la parte posterior de su pantalón extrajo un revólver. La miró, ya la última vez. Ella rió, ya por última vez. Él, contagiado por su risa, sonrió también. Apuntó cuidadosamente, tratando de contenerse. La risa de ella se fue volviendo estruendosa y cómica, patética.
—No te muevas, casi no puedo apuntar —dijo él, incapaz de soportar la risa.
Ella rió. Se escuchó un disparo. El eco de la risa continúa. Fundido en negro.
La puerta se cerró. Joseph tuerce la mirada. El cadáver, con gesto descompuesto, se encuentra sobre el sofá. Él se acerca a ella y la mira con cordialidad, perfilando media mueca. Dispone el dedo índice sobre la mejilla, levemente, recordando una vez más su tacto. La recuesta. Con dulzura, coloca ambas manos sobre el regazo y acaricia con sus dedos todavía temblorosos los labios aún cálidos.
En el exterior, se escuchan los quejidos de un hombre. Suena el timbre. Él se sienta. Suena de nuevo el timbre. Él espera. Silencio prolongado. La llave se introduce en la cerradura. Abre y entra Lievin, que introduce a Andriasevich, en silla de ruedas. Joseph le mira. El sonido de la silla de ruedas le repica los oídos. Lievin lleva a Andriasevich al lugar donde se encuentra ella. La examina (por supuesto, sigue estando muerta, no se crean otra cosa). Mira a Joseph. Éste empuña su pistola y dispara contra Andriasevich: Dos balas sordas bastaron. Lievin lo mira sin sobresaltos. Joseph mira a Lievin. Éste levanta las cejas y tuerce ligeramente la cabeza.

Joseph se va. Fundido en negro.

 

 

 

 

© Martín Cid nació en Oviedo el veintiséis de Junio de 1976. Escritor no demasiado prolífico y poco conocido, su obra es, sin embargo, una de las más originales y sugerentes de los últimos tiempos. Novelista principalmente, ha tratado otros campos con éxito desigual, como la poesía y el ensayo (campo del que renegó tras “Perversidad”).
Sus obras más conocidas son las novelas, entre las que destacan obras como “Yareah” o “Perversidad”.
Martín Cid el escritor de la metaliteratura, como él mismo ha proclamado en diversas ocasiones. Sus obras han criticadas en ocasiones por la escasa incidencia de los personajes y por carecer a veces de sorpresas narrativas. Sin embargo, es quizá este punto el que haga de la obra del español una de las más extrañas del panorama literario. Como sucede en Kafka, no podemos buscar el hilo conductor de la historia (cuando la tiene) en los hechos narrados, sino en la propia estructura.


Conversión de San Efisio y Batalla
por Aymer Zuluaga

 

Mi nombre es Efisio, y algunos me anteponen santo, lo que me da lustre y color. Mi historia inicia en el siglo XIV cuando, en conflicto, fui capturado por Spinello Aretino y reducido mi espíritu a mil quinientos metros cuadrados, en Pisa, Italia. Desde mi confinamiento, pude ver la imponencia de los edificios de la plaza, la grandiosidad de la República Pisana, la manera en que los artistas iban reinterpretando las formas. Desde allí, testimoniaba con la mirada las decoraciones de las estructuras basilicales romanas y me asombraba ante el regreso del uso del mármol. Doy fe, pues, de las reelaboradas estructuras arquitectónicas y decorativas difundidas en el mundo islámico que en la ciudad están y que a la distancia de una mirada contemplé durante mucho tiempo, con la ilusión de alargar un brazo para tocarlas.

Desde una esquina de mi encierro, era fácil embelesarme observando la cúpula de la Catedral y las columnatas internas, o los arcos agudos de la galería del bautisterio y del camposanto; me ubicaba allí y abría los ojos dejando que las imágenes me penetraran como hace el sol en los vitrales. En ese breve espacio vagué, hasta que un cegador y ensordecedor ataque aéreo, durante la Segunda Guerra Mundial; me llevó al claustro del cementerio.

El tiempo y la intemperie me gastaron al unísono, la pintura al óleo donde estoy capturado se vio aún más dañada por los esfuerzos fallidos de restauración, cuando fuimos retirados de las paredes y pegados a lienzos. Oscureciendo mas mi desgracia, el pegamento orgánico usado para endurecer, dañó pigmentos de las pinturas y resistió todos los esfuerzos para removerlo. Los intentos vanos de usar solventes químicos me tornaron aún más opaco.

Hace dos meses llegaron los restauradores de arte, con su cultivo de ávidas bacterias. Su hambre me va expurgando de impurezas, y ya ha revelado las coloridas vestimentas de los ángeles que trazó Arentino para mi compañía .

Siento el recorrido de las pseudomonas cumpliendo su misión, que me va renovando como baño de burbujas tras extenuante jornada. Aliméntense bien, queridas mías, pues siglos de mugre nos cubren a todos tras las guerras.


 

 

 

 

© Aymer Waldir Zuluaga Miramda. Envigado (Colombia).

www.sanesociety.org/es/Aymer
puntoaparte@hotmail.com


Un día mejor
por Pablo Avelino Galerna

 

Ese día pudo haber sido mejor. Uno no pide gran cosa cuando está a punto de morir; es suficiente con ver un par de rostros sonrientes o la imagen de dos niños tomados de la mano antes de cruzar la calle. Pero eso no dependen de uno. Aunque debería.

La ventaja de cometer suicidio es que se puede decidir en qué momento termina todo. Uno juega, por instantes, a pensar en ese toque amargo que quedará en la boca de quienes nos conocieron. Por eso, cuando estaba en medio del patio haciendo el nudo de la cuerda, cuando la colgué de la rama, pensaba en todos aquellos que amé y odié. Pensé en cómo recibirían la noticia, en lo que mi muerte interrumpiría en sus vidas. Porque la vida siempre le ha dado paso a la muerte, yo lo he visto en los funerales, en los sepelios que avanzan lentísimo rumbo al panteón.

En parte uno es siniestramente vengativo cuando piensa en la muerte. Casi se puede saborear la pena y la rabia y la tristeza que sentirán los otros. Pero eso no es lo importante ni lo difícil. Para mí, lo difícil fue decidirme a ponerme el nudo de la cuerda sobre el cuello. Y el momento de saltar al vacío, el miedo al dolor. Eso sí, nunca pasó por mi mente el arrepentimiento. La cobardía tira abajo hasta los planes más sublimes.

Pero mientras todo esto pasa por la cabeza, también se piensa en la maldad y la negritud y el cansancio acumulado. Estar vivo cansa, es indudable. Yo me cansé al no tener el amor de Carmen, el silencio tan largo que me regaló. Me cansó no tener su abrazo. Y eso también duele, mucho. Cuando uno es niño no le dicen qué tanto dolor es posible soportar. Al final, cuando ya es muy tarde, se descubre que el dolor intenso ha estado latente en algún lugar de nosotros y que, el día menos pensado, brota como manantial.

Carmen no dijo que me amaba, nunca tuvo la intención de salvarme. Ese día, ese hora en que me maté, yo estaba en los niveles más altos de infelicidad. Sólo quería irme, a donde sea. No pensar en ella ni en nada. A lo mejor quería que Carmen tuviera un dolor igual al mío, para que entendiera lo que yo sentía. Pero ahora pienso que mi muerte no causó pesar a nadie. A Carmen no, casi puedo estar seguro.

Insisto: el día pudo ser mejor. Por lo menos debí ver una bandada de pelícanos surcando el cielo, o sentir que un amigo tocara mi hombro. Pero no. Ese día hizo calor y había muchas moscas rondando el árbol de mango donde decidí colgarme, mientras Carmelita, muy tranquila y satisfecha, miraba todo desde la ventana.

 

 

 

 

 

© Pablo Avelino Galerna (Jalisco, 1973) Narrador y ensayista. Es autor de El corazón derecho (SCC; Col. Costa Nativa. 2003) y Días de dos horas (Ayuntamiento de San Gabriel, 2004). Textos suyos han aparecido en las revistas Tierra Adentro, Ciudad en Blanco y Mala Fama, así como en suplementos culturales de la región. Actualmente es becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes, en la modalidad de jóvenes creadores.


La sirena en el aire
por Alejandro Maciel



En algún año del siglo XVII hubo un capitán que, amargado por la enfermedad de la nostalgia y el abandono de sus amigos, se hizo a la mar buscando una isla. En la isla, según decían sus camaradas, vivía un monje ermitaño muy sabio que podría ayudarlo.

Zarpó al mediodía cuando el sol rutilaba en el cabrilleo marino y dio instrucciones tan confusas al timonel y al piloto que la fragata se perdió en la bruma de un pasaje que todos llamaban "el silencio tenebroso". Nada se movía en la quietud mórbida de esas aguas espesas cuyos miasmas parecían supurar una niebla verdosa y picante que escocía los ojos. El capitán sabía que traspasada la calma especiosa y malsana, se encontraba la isla. Y en la isla una cueva. Y en la cueva un león que custodiaba la entrada al cenobio donde el monje escribía cláusulas a los textos sagrados.

Pasó un día y el barco seguía inmóvil, como amarrado a las fuerzas de las profundidades. Al segundo día el piloto se acostó en la amura y abandonó el timón inútil en la parálisis de la nave que no podía avanzar ni retroceder porque el aire se había coagulado a su alrededor. Al tercer día se escucharon golpes en la quilla, hacia babor. El capitán bajó una escala de gato y por ella trepó una bellísima Sirena.

Era una criatura límpida, de tez parecida al alabastro, casi traslúcida. En sus ojos, si no habitaba la divinidad, estaban los rastros de esa visión.

—He vivido mil años en las profundidades, —dijo con voz tímida—. Ya no soporto las tinieblas ni el hondo pesar del mar. Quiero vivir en la luz.

El capitán se limitó a encogerse de hombros; no buscaba redimir a nadie ni librar a un inocente de sus culpas. No buscaba ayudar: buscaba ayuda.

Buscaba en el mar al monje que le daría paz a su vida.

—Puedes vivir en mi barco, —respondió sin dar mucha importancia a sus palabras que seguían lánguidamente a sus pensamientos.

La Sirena suspiró hacia la lejanía y respondió sin alzar los ojos:

—Sigue siendo el mar.

El capitán pensó un momento, algo inquietante le había cedido la extraña criatura envuelta en algas que pisoteaba su propia cola con dos aletas del color del acero bien pulido. Ahora, repentinamente, sentía una infinita lástima por la Sirena pensando que también ella sentía el dolor de la nostalgia; que vivir diez años en las profundidades sería un castigo insoportable; pero mil años ya ofendía el pensamiento.

—¿Quieres que te deje en algún puerto? ¿Quieres vivir en tierra?
—Yo misma podría haber llegado al puerto más próximo. Necesito el aire, ¿acaso ignoras que las sirenas fuimos criaturas aladas en el pasado? El vértigo de volar es la libertad. Han pasado más de mil años pero aún recuerdo la libertad. Nunca se olvida el origen de la vida.

El capitán se puso pensativo. Atardecía con un cielo desgarrándose en rojos y violetas cuando empezó a soplar el viento. El barco se puso en movimiento y el piloto despertó de su largo sueño para retomar el timón.

—Sé lo que haré contigo—, dijo al fin el capitán. Te izaré en la cúspide del campanil de la iglesia más alta que encontremos. Allí serás feliz indicando a cada cual el rumbo de su libertad.
—¿Cómo puedo indicar a nadie la felicidad si yo misma no la conozco?, preguntó la Sirena con dulzura.

El viejo capitán recordó que durante una tempestad, en la nasa, habían rescatado del fondo agitado del mar una lira de oro que él guardaba celosamente en su camarote. Bajó a buscarla sin decir nada y al acariciarla sintió que algo muy delicado estaba a punto de suceder. La lira de oro parecía temblar como esas gaviotas que a veces caían exhaustas en la cubierta de la nave. Se la dio a la Sirena.

—Si puedes tañirla sabrás lo que es la felicidad y dónde encontrarla, señaló mirando fijo la frente nacarada de la doncella del mar.

No bien la tuvo en sus manos la Sirena meció sus dedos traslúcidos y era como si un cristal rozase el oro desprendiéndole la música más sublime que jamás se había escuchado. La música de los ángeles.

El capitán comprendió enseguida que se había unido dos partes del universo que se necesitaban desde los lejanos tiempos de la primera luz.

La Sirena empezó a cantar y su voz llenó el vacío que había impuesto la tristeza al capitán, que había removido viejas culpas e hizo que el sueño huyese de sus ojos.
El piloto, diestro en el manejo de la rosa de los vientos, señaló a lo lejos una vieja iglesia de piedra recostada contra el farallón. Tenía una torre y en lo alto, el sitio de la veleta estaba vacío junto a la cruz.

—Allá serás dichosa, dijo.

Han pasado muchos más de cien años. La Sirena con la lira de oro sigue allá en lo alto, temblando, asida a los vientos para indicar el sitio exacto donde éstos van a extinguirse en la calma. Con sus dedos de anémonas de cristal hace la música que indica a cada cual el sitio desde el cual puede perdonar el pasado y bendecir el futuro. El capitán comprendió que en ese sitio empezaba la paz que estaba buscando.

Ya no necesitó encontrar la isla, ni despertar al león de su letargo. El monje escribiría entonces, en los márgenes de un texto sagrado:

"La belleza nos enseña a salvarnos de nosotros mismos".


 

 

 

 

© Alejandro Maciel. Desde una calurosa noche en Paraguay



v o l v e r


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