Sherezade
por Juan Alberto Campoy Cervera


El Gran Visir tenía por costumbre pasar cada noche con una muchacha distinta y hacerlas matar al amanecer. Sólo Sherezade, gracias a su don especial para contar cuentos, logró sobrevivir a la primera noche: tan maravillado quedó el Gran Visir del cuento que Sherezade le contó que le prometió salvarle la vida y otorgarle la libertad si era capaz de contarle un cuento de su agrado durante mil y una noches seguidas. Ya habían transcurrido desde entonces mil días con sus mil noches y sus mil cuentos; cuentos mágicos y fabulosos habitados por genios, ogros, caballeros, damas, Califas y bufones, que entrelazaban sus historias de amor, odio, celos, traiciones, engaños y desengaños, hasta formar el tapiz entero de las pasiones humanas. La titánica tarea que para su imaginación había supuesto cavilar todas esas historias la habían dejado extenuada, tanto que se veía incapaz de crear ningún cuento nuevo pese a intentarlo con todas sus fuerzas. Le iba la vida en ello: al Gran Visir no le temblaría la voz a la hora de mandarla ejecutar, e incluso, si fuera preciso, no dudaría él mismo en blandir el alfanje que acabara con su vida. Sherezade pasó todo el día dándole vueltas y vueltas a la cabeza sin ningún resultado práctico. Llegada la noche, la cólera del Gran Visir estalló como una tormenta al ver que Sherezade no tenía ningún cuento para él. De su boca salieron los mayores insultos y blasfemias jamás oídos. Cuando Sherezade se temía lo peor, asustada ante la expectativa del cumplimiento de la amenaza, un sentimiento de absoluta tristeza y melancolía se apoderó del Gran Visir, hasta el extremo de paralizarle por competo y anular su voluntad. Cuando volvió en sí, percibió con total claridad que no podría ordenar la muerte de Sherezade ya que si así lo hiciera sería imposible volver a disfrutar de sus maravillosos cuentos, a los que tanto se había acostumbrado y de los que tanto dependía. Sherezade también se dio cuenta de su extraordinario poder y se hizo construir un lujoso palacio en Bagdad, al que de tiempo en tiempo acudían emisarios del Gran Visir, como mendigos, inquiriendo si la señora había ya terminado su último cuento.

 

 

 

 

© Juan Alberto Campoy Cervera. Madrid 1961. Economista. Su escritor preferido es Manuel Mujica Lainez.

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