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La Firma
Viví la niñez y parte de mi adolescencia en el centro de Guadalajara, por la calle de Venustiano Carranza, a tres cuadras de Avenida Hidalgo. Había tardes completas de fútbol en la calle contra los chavos del barrio de Belén, las 'pintas' que nos dábamos al parque Morelos para echarnos una nieve de Coco y rolar todo el día en San Juan de Dios. -Ya voy tarde y el tráfico que no avanza nada... Ese era el barrio que abandoné cuando entré a la Facultad de Derecho. Todo cambio. Dejé de frecuentar a los amigos del barrio por los nuevos que me hacía en la Facultad, era un mundo que despertaba en mis ojos, y me gustaba saberme dentro de él. Mis padres se esforzaron en muchas cosas para que yo sacara la carrera de abogado, pues, como único hijo no contemplaban nada que no fuera el bienestar de su vástago. Cambié de ropa para entrar en onda con los nuevos camaradas de facultad, la greña sucumbió para dar paso al peinado correcto. Me hice parte de ese nuevo modelo de vida mientras dejaba atrás, en el barrio, las pachangas interminables que salen como hongos con la lluvia. Olvidé a mi carnosa Cheli y a su extraordinaria risa, vivía con su mamá en una tiendita en la esquina de San Felipe. También me alejé de mis padres poco a poco mientras cursaba la carrera. -¡Sí, manda una copia firmada sin falta mañana!, "Clic". No pueden hacer nada si no estoy ahí. El primer año de carrera conocí a Estela, en un baile, recuerdo el vestido rojo que provocaba mi imaginación. Duramos 3 años de novios, para ese tiempo ya trabajaba en un despacho afamado. No iba al centro a menos que fuera 10 de mayo o los cumpleaños de mis padres. El tiempo estaba entre Estela, la Facultad y el trabajo. Me titulé en el verano del 72, mis padres lloraron de felicidad. Mi madre murió en el 76, la alcanzó mi Padre dos años después; en la casa que nunca quiso abandonar, sufrió un infarto mientras cenaba. La casa, la vecindad entera fue demolida para construir oficinas, los recuerdos quedaron sepultados y la vida se tornaba más moderna. El mediodía del lunes, el tráfico espantoso por Hidalgo rumbo al centro, el ruido asfixiante que parece surgir de cualquier cosa en movimiento. Me dirigía a la casa de Don Manuel López, ubicada en la calle de Carranza. Después de 6 meses de pláticas y negociaciones, la venta de unos terrenos estaba amarrada; hoy iba a firmar. Cruzaba con enfado la infestada Avenida Alcalde. -Llegaré a su casa con retraso de 15 minutos. Para Don Manuel era excesivo, y para mi abominable soportar sus desplantes de senectud. -¡Ni un maldito lugar! Había más carros que de costumbre en la calle, durante 6 meses me estacioné afuera de su casa sin ningún problema. Circulé una- cuadra, di vuelta a la manzana, nada. Sin remedio avanzaba sobre Carranza hasta ver un lugar que era vigilado por un "dale-dale", con la prisa me resigné. -Dele jefe, dele rápido porque viene un camión atrás de usted. El rostro era familiar, me era conocido el tipo, pensaban mientras maniobraba mi BMW en reversa. Al apagar el motor, se catapultó un rostro del pasado. Lo vi de nuevo y la imagen fue aclarándose, sin duda era Felipe, mi mejor amigo del barrio en aquellos años. Sentí incomodidad, el estómago vacío, dudé un poco en bajar del carro -no sé por qué- y enfrentar una engorrosa charla con mi antiguo camarada. Su mirada era la misma que dejé de ver hace 30 años, sólo que ahora estaba acompañado de una enorme panza, poco pelo y arrugas, pero la sonrisa campechana no cambiaba en él. -Je-jefe..., se lo lavamos y cuidamos por 10 pesos. Titubió al verme de frente, profundizando sus ojos en mi cara, yo hice lo mismo. Quedamos en silencio por un par de segundos, en un fugaz movimiento me miró de pies a cabeza. Se agachó para tomar el balde espumoso de jabón y no dijo nada más. Moví la cabeza aceptando el trato, él comenzaba a lavar el carro de manera diestra, ya no me miró. Di la vuelta y perfilé mi retraso a casa de Don Manuel quien me esperaba. Escuchaba el silbido tropicoso de mi viejo amigo a lo lejos; quizá fue mejor así, no teníamos nada que decirnos, su vida y la mía eran tan- diferentes. Me reconoció, yo le recordé, pero ya era tarde para fraternizar algo del pasado. Cruzaba la calle de Garibaldi, me sentía como extranjero, molesto, pensando en sólo salir del centro cuanto antes. Pasé frente a lo que fue mi vecindad, no reconocí nada. Faltaba dos cuadras para llegar a casa de Don Manuel. Preparaba mi disculpa por el retraso evidente, procurando utilizar todo los pretextos posibles para justificarme. Llegué a la esquina de San Felipe, esperaba el alto en el semáforo para cruzar. Una risa, una que hacía voltear por su belleza, ahí, alegremente, afuera de la tiendita de la esquina, contemple a un repartidor de refrescos platicando animosamente con esa señora sobrada de peso, de cabellos canos. Era Cheli. Me detuve dominado por el baile sonoro de la risa que contrastaba con el furtivo pase de autos. Cheli seguía riendo a sus anchas, su cara era la misma al formarse los arcos primorosos de sus labios. -Estela no ríe así... Escapo esa conclusión en voz baja mientras cruzaba lentamente la calle, frente a ellos; Cheli no me miró ni por un instante. De todos los momentos que viví en Carranza, era la risa de Cheli la que predominaba intacta en mi mente. Al alejarme del barrio la despedida con Cheli fue triste, ella se mantenía callada. Nos dimos un beso, entró a la tiendita y ya no la volví a ver. Después supe que se casó, que la tiendita era ya de ella. Al llegar a casa de Don Manuel reanimé mi corbata y aliste una falsa sonrisa de disculpas. Pero en la puerta, una pareja de ancianos, ataviados de negro, esperaban. Yo alcancé a escuchar: -Es una pena lo de Don Manuel. Pero, la verdad, fue mejor así... en su sueño. Me sentía aturdido por la noticia cuando de repente alguien abrió y los invitó con un gesto a pasar. Me quedé al lado de la puerta, dudando en dar un paso adelante. Pensé en entrar, en retirarme cautelosamente y no ser visto. Dar el pésame o retroceder, pensé, pensé. |
© Ivanovich Torres Figueroa |