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Fabián Césped
Pobre hombre, ¿qué le llevaría al suicidio? Pregunta con demasiadas respuestas, contestó encendiendo un cigarrillo el detective. Quiere usted decir, aclaró el asistente, demasiadas respuestas que prueban la disonancia de mi pregunta. Creo que su pregunta le pertenece a un familiar, a un amigo, no a un profesional; eso es todo. Sus palabras a veces me preocupan, detective. El cuerpo de Fabián Césped, el joven de treinta y uno que se quitó la vida en un apartamento del este de la ciudad, nadie lo reclamó. Lo enterraron en el cementerio del sur después de la autopsia y la investigación policíaca. Olvide el caso de Césped, mi querido asistente; la falta de vida no es cuestión del uniformado. Lamento contradecirle, pero la falta de vida es cuestión de todos. Su moralidad es de primera, comentó burlonamente el detective, pero usted olvida que Césped se quitó la vida. Creo que ni usted ni Dios pueden quitarle el derecho a la vida, o en este caso, a la muerte, al próximo ésped. Fabián era oficinista. Los vecinos cuentan que una de esas mujeres de calle le visitaba periódicamente, y que le gustaba caminar las mudas horas de la noche. En la oficina cuentan que nunca llegó tarde, que hablaba poco y que nunca, en sus seis años de empleo, se había ausentado. Una persona eficiente...responsable, había comentado a la prensa su supervisora. Aquí tiene la información que me pidió, asistente. Gracias. Su acto honra su uniforme, y honra, sobretodo, el uniforme del hombre, del ser humano. El policía, un tanto confuso, contestó: No exagere. Sólo cumplo con mi deber. En el café Las tres cuentan que Fabián fumaba, tomaba su café sin azúcar, leía el periódico y un libro de bolsillo de un tal Robert Walser, y de vez en cuando pedía a la chica que atendía que pusiese en la radio una pieza de Bach. Una vez, contó la chica, le vi urdir un pensamiento en una servilleta. Recuerdo la ocasión, añadió melancólicamente, porque la olvidó y yo tuve la suerte de tomarla y conservarla. Desperté con la sensación de que había sido un sueño, una pesadilla que nos uega la noche cuando busca imponerse. Espiré profundo, como si hubiese escapado las zarpas de la propia muerte. Sin pretender olvidar que raramente soñaba, expiré una y otra vez mientras preparaba el café. Y me senté frente a la vieja ventana de siempre; y entre sorbos de café, mientras acariciaba la lluvia que bañaba las calles de mi ciudad, pensé en lo que me había pasado. El viaje de la lluvia escarchada me transportó a aquellas escenas de vida, de muerte. ¡Yo no tuve que ver con su muerte! si es lo que quiere saber, asistente. ¿Puedo irme? Hágame el favor de sentarse, Magdalena. Sé que usted visitaba a Fabián periódicamente y conozco su línea de trabajo. Sólo quiero que me cuente un poco de él. Pero, ¿qué le puedo contar, asistente? Le confieso que a Fabián no le gustaría si compartiese con usted algún dato de él o de nosotros. No me pida que le falte respeto a su memoria. Veo que no me he equivocado. Usted le conoció un tanto; su tono me confiesa que hasta le importó su muerte. ¿Las flores en la tumba, eran suyas, no?¿Es un delito? ¿Una mujer de la calle no puede llorar por un ser humano? ¿No puede darse el lujo de gritar: ¡He perdido a un ser querido!? En el puerto que frecuentaba, un anciano cuenta que a Fabián le hubiese gustado pasarse unos largos meses en el mar verde, azul. Lo sabe, nos dice, porque Fabián no miraba el mar; el Atlántico lo miraba a él, le susurraba su sinfonía. A horas de puesta de sol, su alta sombra descansaba entre sus rocas de ayer, de hoy. ¿Por qué no llega a casa y se acuesta, mi querido asistente? Veo que echó de menos mi consejo. No olvide que Césped se mató. Tal detalle nos impide arrestarle, añadió mordazmente, saliendo de la oficina. El informe policíaco dice que Césped se quitó la vida con un revolver arcaico. Una de sus balas agujeró su joven corazón; la autopsia lo confirma. Aunque las razones no se conocen, el detective señala que no hay duda que fue suicidio. El asistente añade que Fabián murió vislumbrando las primeras luces del día. No pensé que fuese usted hombre de tragos, mi querido asistente. Gracias por la invitación. Lo invité porque quiero contarle algunas cosas de Fabián. Lo sospechaba. El bar olía a vacío, a silencio; quizás porque era martes. En la vieja tele el partido pasaba sin audiencia. Usted me va a excusar, detective, pero he reescrito su informe.¿No me diga que pudo arrestarle? Su humor a veces me asusta, contestó el asistente saboreando su trago. Si mal no recuerdo, usted no sufre de la presión. Bueno, lo que quería comunicarle es que después de mi investigación, comparto su conclusión: Fabián Césped se suicidó. Los efectos del licor, maravillosos. ¿No cree? Pero no estoy de acuerdo con su razón, con la supuesta falta de vida de Fabián. Por esta razón rescribí el informe.¡Y qué ha de importar mi razón, o la de usted! Para el uniforme, en este caso, las razones están de más.¡Pero no para el ser humano, para el que vive! La puerta del bar anunció la llegada de los borrachos de siempre. El cantinero ni les hizo caso; éste continuó leyendo su periódico. Uno de ellos divisó el tocadiscos y registró su bolsillo; el otro pasó al baño escandalosamente. El reloj en la pared marcaba las once menos diez. Mi querido asistente, comentó el detective después de haber encendido su tercer cigarrillo, ¿quiere usted decir que Césped se mató porque quería vivir? Sí aunque le suene increíble y hasta desatino. En este caso, su suicidio es alarmante. Ahora regreso, añadió levantándose de la silla, creo que ambos necesitamos otro whiskey. Comparto su opinión, detective. Mas tráigase una botella; total, dudo que esta fría noche de octubre cerremos los ojos. ...a lluvia postergada, hubiese añadido Fabián, pensaba Magdalena mientras observaba por décima vez el farolito de la calle, mientras la vida sin ungüento recorría la ciudad. Sí, la noche a lluvia postergada hedía, Fabián me hubiese comunicado.
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© C. A. CAMPOS, 2002. |