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Crítica de la estulticia humana
Diálogos frente a una explosión nuclear en el centro de
una gran ciudad
por Manuel Lasso
BERNARDO: ¿Qué ocurriría
si un misil nuclear explosionase en el centro de una gran ciudad?
ORESTES: Sería algo espantoso. Algo extraordinariamente aterrador.
Desde lejos se vería una inmensa bola de fuego y humo que se
elevaría rápidamente y que cubriría casi la mitad
de esa ciudad.
BERNARDO: ¿La mitad de la ciudad?
ORESTES: Tal como sensorialmente me percibe y escucha... Sería
una explosión gigantesca que desde el principio habría
destruído instantáneamente la mitad de esa urbe y estaría
avanzando hacia el exterior a gran velocidad.
BERNARDO: Tendría que ser vista desde muy lejos...
ORESTES: Debido a su extraordinario poder destructor sólo se
la podría ver desde gran distancia. Antes se la veía de
cerca, sobre todo por algunos generales que tenían un delirio
de grandeza tan desmesurado que no había con qué medírselas.
Así con la enorme megalomanía que los aplastaba se llenaban
las entrañas de licor y subían a una plataforma. Ahí,
de pie, tambaleándose, con los ojos llorosos como si llevasen
unas cebollas colgadas del cuello, cantaban el himno nacional y contemplaban
la elevación del hongo de humo de la explosión.
BERNARDO: Para ver como la podrian usar...
ORESTES: Así es. Para elucubrar sobre la mejor manera de usarla
en el campo de batalla. Ya sea durante un ataque a las fuerzas enemigas
que parecían mansitas y que se iban a dejar o durante la retirada
descontrolada cuando el adversario resultaba ser más recio de
lo que se esperaba. En realidad esos pobres generalillos no sabían
que el verdadero ojo del alma era el entendimiento como decía
Aristóteles y no los binoculares ni el licor bebido a destiempo.
Ulteriormente se descubrió que esos curiosos espectadores, a
pesar de todas las medallas que les colgaban del pecho, desarrollaban
enfermedades incurables. Desde ese momento la plataforma de los generales
permaneció vacía durante las explosiones. Nadie volvió
a presenciar esos espectáculos ni a cantar el himno nacional
con medio litro de alcohol adentro... Esta es un arma que a un líder
demente y cruelmente vicioso como Hitler, Calígula, Atila o Usama
bin Laden les hubiese gustado poseer. Les habría iluminado el
rostro de placer.
BERNARDO: ¿No se podría observar esto desde el hipocentro
de la explosión?
ORESTES: ¿Cómo dice? ¿Observarla desde el centro
de la explosión? ¡Qué está usted hablando!
¿Tanto se odia que se quiere autoeliminar? Si no es para tanto,
hombre. Las cosas no pueden andar tan mal. Vamos, despierte...
BERNARDO: Estoy despierto. Simplemente preguntaba...
ORESTES: Pues, fíjese bien en lo que pregunta, porque puede dar
la impresión equivocada... Observar desde el hipocentro sería
imposible porque desaparecería instantáneamente en una
descomunal masa de fuego... No quedaría de usted ni las huellas
digitales ni esa insignia que lleva en la sien izquierda. La velocidad
de esa explosión es mil veces más rápida que la
de un parpadeo. ¿Me entiende?
BERNARDO: Sí, sí; le entiendo.
ORESTES: Esta explosión es más veloz que el pensamiento.
Infinitamente más rapida que los dedos de un ilusionista. Bueno,
tras la detonación nadie se daría cuenta que todo habría
desaparecido como por encanto porque, como comprenderá, ya no
existiría nadie para darse cuenta de nada. ¿Me comprende?
En un instante la vida discurriría como de costumbre con sus
deliciosas urgencias sexuales, con sus disyuntivas filosóficas
y sus dilemas consecutivos. En el siguiente, la colosal bola de fuego
ya habría destruído gran parte de la urbe y estaría
avanzando, como si galopara, hacia la periferie... Media ciudad apotética
y trascendente habría desaparecido en menos de un centésimo
de segundo. ¿Me entiende lo que le quiero decir? En menos de
un centésimo de segundo.. Bueno, allá usted si no me entiende...
BERNARDO: Le entiendo, le entiendo... En menos de un centésimo
de segundo... Por supuesto... Todo sería muy rápido...
¿Haría mucho calor?
ORESTES: Si usted llama a eso calor. Yo no sé como llamarlo.
La verdad es que sería peor que el más maligno de los
infiernos porque la temperatura se elevaría hasta los diez millones
de grados centígrados.
BERNARDO: ¿Diez millones de grados centígrados? ¿En
el lugar de la explosión?
ORESTES: Tal como me oye...
BERNARDO: Eso debe de ser muy caliente, ¿verdad?
ORESTES: Imagínese usted... Si el agua hierve a cien grados.
Como sería a diez millones... Desaparecería sin que nos
diésemos cuenta.
BERNARDO: ¿Cree usted que en el infierno la temperatura también
se podría elevar a ese nivel?
ORESTES: ¿En el infierno?... Eso tendría que preguntárselo
a Virgilio o a Dante si es que se encuentra con ellos por algún
recodo del camino. Ya deben de estar viejísimos, hombre... Aunque
también es posible que no hayan cambiado nada y los podría
hallar hasta con las mismas vestimentas, con el mismo bonete colorado
y la túnica verde azulada. Por lo que yo sé, nadie ha
regresado de ese viaje para contarnos esas cosas.
BERNARDO: ¿Qué pasaría con todo lo que existe en
el centro de esa ciudad?
ORESTES: Todo desaparecería instantáneamente: los templos
sagrados, los prostíbulos muy concurridos y los museos con sus
exhibiciones eróticas especiales. Lo mismo sería con los
seres humanos. Todos los sueños y ambiciones no logradas, los
implacables deseos sexuales que no se calman con nada y las perezas
de las que usted sufre perennemente y todos los odios y las envidias
que nos tenemos los unos a los otros, se disolverían junto con
los ladrillos y las columnas de acero y se convertirían en una
masa de fuego y de polvo. Es muy horrible, demasiado horrible, mencionar
esto; pero es la verdad.
BERNARDO: Nunca había escuchado algo semejante.
ORESTES: Lamentablemente es cierto. Parece una película de horror,
de esas que pasan los domingos por la tarde. Es como una ficción,
una exageración como las que yo le contaba a mi madre cuando
era pequeño. Desafía al concepto del análisis de
la experiencia en términos de sujeto y objeto; no obstante es
terriblemente real. ¿Usted cree que yo miento?
BERNARDO: No, no; de ninguna manera. Por el contrario. Más bien,
por favor, dígame, ¿sabe la gente como son esas explosiones?
ORESTES: La población en general no sabe como es esto. Todos
hablan y leen acerca de las explosiones nucleares. Ven fotografías
y videos; pero más se interesan cuando presencian algo erótico.
Ahí hasta aplauden y gritan con impaciencia. Pero cuando se trata
de un desastre nuclear no creo que el público en general sepa
como sería eso en el momento real.
BERNARDO: ¿Qué pasaria a 16 kilómetros de la explosión?
Un poco más lejos...
ORESTES: El calor infernal evaporaría el metal.
BERNARDO: ¿Quiere decir que un automóvil o un tanque de
guerra que estuviesen encima de un montículo desaparecerían
y en lugar de ellos solo se vería un cráter en el terreno?
ORESTES: Lo entiende usted muy bien. Su comprensión epistemológica
aumenta con cada momento que pasa. Vaya, es como para felicitarlo...
Es cierto, el vidrio de derritiría y se desparramaría
por el suelo.
BERNARDO: ¿Como en los cuadros de Dalí?
ORESTES: Usted lo ha dicho. Los relojes se derritirían como si
fuesen de cera. Se quedarían colgando de las ramas o de los cables
del teléfono.
BERNARDO: Entonces ¿Salvador Dalí tuvo una visión
profética?
ORESTES: Pudo ser algo intencional, una coincidencia o una profecía.
Es que el arte de Dalí es algo serio como también lo es
el subconsciente porque tiene materiales que aún no se pueden
comprender. Ninguna ciencia tiene que agotar su campo para producir
nexos necesarios entre sus contextos determinantes.
BERNARDO: ¿Entre sus qué, dijo?
ORESTES: Entre sus contextos determinantes.
BERNARDO: Le entiendo, le entiendo; pero ¿qué pasaría
a 27 kilómetros del centro de la detonación?
ORESTES: Ya se imagina usted que en ese instante el hongo de humo de
la explosión seguiría elevándose y formando sus
volutas blancas. A esa distancia el inmenso calor incendiaría
todo incluyendo a las casas.
BERNARDO: ¿No permanecería nada en pie?
ORESTES: Nada. Todo quedaría como un lugar eráceo con
un solo arbolillo deshojado. Ahí debajo de ese arbolillo, en
ese cosmos metafinito, tendríamos que esperar por Godot, comiendo
zanahorias y arguyendo con Estragón.
BERNARDO: Mirando al reloj que colgaría de una rama...
ORESTES: Así es.
BERNARDO: Eso parecería un auténtico Apocalipsis.
ORESTES: Lo sería. De cuatro lugares diferentes de la enorme
muralla de humo blanco, los cuatro jinetes del Apocalipsis emergerían
completamente ilesos. Por un instante se detendrían mirando a
todos lados, acomodando la empuñadura de sus lanzas. Al vernos
espolearían a sus caballos hasta casi desventrarlos. Galoparían
alocadamente, levantando el polvo radioactivo y se nos echarían
encima, al compás de un grotesco, desagradable y estruendoso
ruido de clarines, para despedazarnos con sus lanzas a los que estuviésemos
debajo del arbolillo esperando por Godot y a los que no atinásemos
a echarnos a correr en todas direcciones como si nos estuviesen persiguiendo
todos los demonios y las almas del infierno y del purgatorio, con sus
perros cancerberos y sus monstruos de cinco cabezas... Sería
como una pesadilla...
BERNARDO: ¿Qué pasaría más allá de
los 48 kilómetros del hipocentro de la explosión?
ORESTES: Con un calor tan intenso todo aquel que estuviese caminando
por el campo, mirando distraídamente el brinco de los saltamontes
o el vuelo de las avecillas, sufriría quemaduras graves.
BERNARDO: ¿Y a 89 kilómetros?
ORESTES: A esa distancia todo el que por curiosidad mirase al hongo
de humo negro y polvo blanco para observar la luz brillante de la explosión
sufriría una ceguera instantánea que no se la curaría
ni Maimónides aunque viniese en persona a sobarle los ojos con
el mejor de sus ungüentos... ¿Sabe usted quién era
Maimónides?
BERNARDO: Sí, por supuesto. Era un médico filósofo
de la antiguedad.
ORESTES: Bueno, ¿se imagina lo que hubiese hecho en este caso
David Hume inspirado por su empirismo escéptico?
BERNARDO: Ya me lo imagino. Hume no hubiese creído en una explosión
nuclear hasta no verla. El sólamente creía en lo que podía
ver, oír, oler, degustar o palpar... Era de los que decían:
La veo; por lo tanto existe... Entonces con mucho interés habría
mirado al hongo de humo y fuego...
ORESTES: Me alegro que haya vivido en otra época. De otra manera
habría pasado a la historia como Hume, el ciego. De todos modos
Kant se encargó de hacerlo entrar en línea.
BERNARDO: Indudablemente. ¿No le gustaba a Hume volar cometas?
ORESTES: No lo sé. A Benjamín Franklin le gustaba hacer
eso como si fuese un niño de babero. Era su pasatiempo preferido.
Cuando no se hallaba discutiendo los detalles de la compra de balas
y pólvora que se necesitaban para continuar la lucha de la independencia
de las trece colonias norteamericanas Franklin se encontraba seduciendo
a una dama de Virginia recién conocida con una flor en la mano
o se le hallaba volando cometas blanquiazules con adornos dorados, corriendo
como loco por las afueras de Filadelfia aunque estuviese lluviendo.
Así inventó el pararrayos. ¿Conoce usted el pararrayos?
BERNARDO: Claro, por supuesto. Siguiendo con nuestras preguntas. ¿Habrían
muchos muertos?
ORESTES: Habrían muertos hasta en los lugares donde menos nos
imaginamos. Serían incontables como en los tiempos de la Muerte
Negra. Las víctimas se encontrarían en diferentes posiciones
tiradas en los techos, en las plazas, agarrados de los bordes de sus
botes a las orillas de los ríos, aferrados de las cuerdas de
los campanarios, sentados en los confesionarios con la cabeza reclinada
a un lado o entresacando los pies con sus zapatos por las innumerables
ventanas de los palacios. Y lo que es más, los jinetes del Apocalipsis
deambularían por todo sitio y sin desmontar les darían
vueltas a los cadáveres panzones con la punta de sus lanzas y
los hincarían para confirmar si estuviesen muertos o no.
BERNARDO: ¿Y si los muertos se levantasen?
ORESTES: ¿Cómo que se levantasen?
BERNARDO: Sí. Que se levantasen y se echasen a andar por ahí.
O que se empinasen para descolgar los relojes de las ramas...
ORESTES: Aquí nadie se levantaría ni se empinaría
ni se agacharía... ¿Para que se tendrían que agachar?...
El que estuviese muerto estaría bien muerto.
BERNARDO: Entiendo. ¿Y los generales?
ORESTES: ¿Qué hay con los generales? ¿Cree que
estarían cantando el himno nacional?
BERNARDO: No, no. Me refiero a que si estarían muertos.
ORESTES: Bueno, si esos oficiales genocidas, responsables del desaparecimiento
de innumerables compatriotas, habrían estado husmeando por ese
lugar también habrían muerto. Estarían inmóviles,
con sus uniformes muy limpios y sus medallas bien pulidas en el pecho,
con sus lentes oscuros y sus bigotazos negros... Y no estarían
oliendo a flores...
BERNARDO: Muertos como héroes...
ORESTES: Es posible. Habría que enterrarlos. Y es que los generales
también son humanos.
BERNARDO: Que trágica sería esa escena... Mi padre también
era militar.
ORESTES: Lo siento mucho por usted y por su padre, créame; pero
como decía en ese momento nadie envidiaría a nadie ni
habría quien pudiese odiar a sus semejantes. Estando muertos
nadie puede odiar a los demás.
BERNARDO: ¿Se acabaría el odio racial con esa destrucción
nuclear?
ORESTES: En efecto. Es lamentable que primero se tenga que producir
un desastre nuclear para que se enmienden estas conductas viciosas;
sin embargo es posible que con esta catástrofe extrema se acabe
ese odio inexplicable que algunos seres humanos sienten por otros. Se
terminaría el odio en todas sus formas y manifestaciones. Porque
nadie es superior a nadie, en ningún orden, aunque algunos se
atribuyen esa capacidad con la única justificación de
su albedrío.
BERNARDO: ¿Y el abuso de las mujeres?
ORESTES: De esa manera también se acabaría esa otra estulticia
humana que es el abuso al que se ha sometido a las mujeres desde que
el Homo Sapiens empezó a pronunciar palabras en vez de emitir
gruñidos cada vez que deseaba aparearse. Ya es tiempo de acabar
con esa barbaridad.
BERNARDO: ¿Y las dictaduras y torturas?
ORESTES: También desaparecerían. Ya no habrían
militares ni civiles que se apoderarían del gobierno por la fuerza
y se acomodarían en un sillón presidencial para romper
en pedacitos la Declaración de los Derechos Humanos y tirarlos
por todo el piso para que los recojan los encargados de la limpieza.
Tampoco habría quién ordenase el desaparecimiento forzado
de sus oponentes políticos.
BERNARDO: ¿Y los torturadores?
ORESTES: No habría ningún torturador que de puro placer
le metería una descarga eléctrica al dídimo de
un pobre preso inocente simplemente para confirmar las relaciones ontológicas
que existen entre el todo y sus partes como quien dice para verificar
que la electricidad se conduciría igual y distributivamente entre
el órgano total y sus células integrantes.
BERNARDO: Disculpe... ¿pero qué es el dídimo?
ORESTES: ¡Pero hombre!... ¿Es que no lo sabe?... El dídimo
es lo que está debajo del epidídimo.
BERNARDO: ¿Y que es el epidídimo?
ORESTES: Eso se lo tendrá que preguntar a Vesalio. No me diga
que eso tampoco sabe. Hombre, si es algo muy elemental. Si no hubiese
sido por el dídimo o por la gónada de las hembras ni el
Homo erectus ni el Homo sapiens hubiesen podido existir... Ni tampoco
las pinturas rojiazules de las cuevas de Altamira... o las de Chauvet-Pont-d'Arc...
Fueron muy indispensables en la evolución del ser humano... A
lo único que no se puede aspirar es a la eternidad...
BERNARDO: Por supuesto... Le entiendo, le entiendo... Claro, la eternidad...;
pero dígame, ¿habrían muchos heridos?
ORESTES: Una innumerable cantidad de heridos se quedarían abandonados
en el anillo exterior de la explosión. Sería muy horroroso
porque estarían apilados unos encima de los otros, aunque no
les gustase estar así, gimiendo de dolor y retorciéndose
en el suelo; pero nadie podría venir a socorrerlos. Porque no
habría nadie que pudiese ayudar a nadie. Sería muy triste,
muy lamentable. Se parecería al final de una batalla de los tiempos
antiguos, con los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgando con sus
estandartes, soplando sus clarines y anunciando la victoria en todas
direcciones.
BERNARDO: ¿Sería como en las pinturas de Bruegel?
ORESTES: Algo parecido o tal vez peor. Algo inmensamente más
pavoroso. Sinceramente no desearía que ni usted ni yo estuviésemos
en ese lugar.
BERNARDO: ¿Y los sobrevivientes?
ORESTES: Sobrevivirían los que se encontrasen muy lejos de la
explosión; pero a veces pienso que sería mejor no sobrevivir.
BERNARDO: ¿Por qué?
ORESTES: Porque esos pobrecillos, aunque se corriesen, se agachasen
o se ocultasen, sufrirían indescriptiblemente. Las quemaduras
y las enfermedades mortales que se producirían a continuación
serían terribles. Sería una hecatombe, una apocalipsis,
una unidad abstracta que ya no podría retornar racionalmente
al mundo de los fenómenos. Algo que no se podría comprender.
Lo peor sucedería si se produjese un Invierno Nuclear.
BERNARDO: ¿Qué es eso?
ORESTES: Como ya lo he explicado anteriormente, si se produjese un Invierno
Nuclear, todo el polvo y los residuos de la terrible explosión
formarían una enorme nube alrededor del planeta. No se vería
la luz del sol por un tiempo indefinido y todas las plantas y animales
dejarían de existir. Sería como una noche perpetua. El
que quisiese ir a visitar a la mujer del prójimo lo podría
hacer sin ser visto. Además la inmensa radioactividad acumulada
en esa nube global caería sobre la tierra y contaminaría
a los seres humanos. No habría nada que comer ni beber. Hasta
los caballos de los jinetes del Apocalipsis se quedarían sin
pasto con que alimentarse. Permanecerían quietos, relinchando
y resoplando, en espera de que todos terminasen de morir. En corto lapso
toda la humanidad habría dejado de existir.
BERNARDO: ¿Toda la humanidad?
ORESTES: Así como me está escuchando. Ignotum per ignotius.
Hasta ahí habría llegado la múcura...
BERNARDO: ¿No quedaría ni un solo Homo Sapiens escondido
por algún lugar?
ORESTES: Probablemente no. A todas las especies les llega su término
y ese sería el acabamiento del Homo Sapiens. Así habríamos
llegado al final de la historia universal sin haber encontrado aún
la mejor manera de gobernar a nuestra sociedad política y sin
haber respondido a todas las preguntas con las que constantemente nos
quedamos perplejos.
BERNARDO: Eso parece ser lo más lamentable. ¿Podría
esta explosión producir un Invierno Nuclear?
ORESTES: Se necesitan cien megatones para producirlo.
BERNARDO: El de esta ciudad sólo es de veinte.
ORESTES: Así es. Pero si alguien hace estallar una de estas bombas
habría una reacción que podría ser de más
megatones. No creo que ninguna nación se quedaría sin
responder; salvo que no tuviese con qué hacerlo. Si se produjese
un intercambio nuclear entre varios países, sobre todo si un
demente lanzase, por presumir y por hacer alarde, un misil perdido para
que cayese por donde fuese como si se tratase de un petardo de feria
de pueblo, entonces se podrían acumular cien o más megatones
y la llegada del Invierno Nuclear sería inevitable. Luego apaciguarían
sus conciencias echándole la culpa a los daños colaterales.
BERNARDO: Eso es absurdo; pero, ¿podría realmente suceder
eso?
ORESTES: Eso va a suceder. Tarde o temprano sucederá. Lo único
que podemos hacer es evitarlo o prevenirlo por el tiempo más
prolongado que podamos. Estuvo predicho desde el momento en que un ser
humano muy velludo levantó una piedra negra para lanzársela
a un semejante, también muy peludo, que daba saltitos y miraba
con mucha excitación a la hembra del prójimo. Ahora lanzamos
misiles nucleares. Todo esto está incluído en las Sagradas
Escrituras y en el sentido común de las gentes. Ya estamos muy
cerca del acosmismo y del nihilismo...
BERNARDO: Perdone; pero ¿qué es el acosmismo?
ORESTES: ¿No lo sabe? Oiga... Tiene usted que regresar a clases
y revisar sus notas de filosofía... Un revolucionario que no
está preparado y que no sabe bien su teoría es presa fácil
del adversario en el campo de batalla... Hay dos clases de revolucionarios:
el bueno y el mediocre. El bueno es el que está bien formado
doctrinal y militarmente. Es el que puede dar una explicación
detallada de las armas que porta y el que puede intuir y calcular de
antemano la estrategia y la táctica del oponente; al mismo tiempo
puede escribir un poema o redactar un brillante ensayo filosófico-sociológico.
Ese puede presentar una buena batalla y puede triunfar. Al otro, al
que no tiene convicción y no está preparado, el enemigo
se lo engulle y lo mastica y escupe sus pedacitos ensangrentados entre
los árboles.
BERNARDO: ¿Cree usted que siempre habrán revolucionarios?
ORESTES: ¡Qué preguntas son ésas! Por supuesto que
siempre habrán revolucionarios, cualquiera que sea la época,
porque el espíritu revolucionario es parte de la naturaleza humana.
Continuamente habrá una razón o una causa que llamará
a la acción al joven revolucionario del momento.
BERNARDO: ¿Qué decía acerca de las Sagradas Escrituras?
ORESTES: Decía que ya estamos muy cerca del acosmismo y del nihilismo
total. Lo que no sabe es el momento. Las manecillas del reloj ya están
girando y sólo es cuestión de tiempo. Estos misiles nucleares
ya están emplazados apuntando a los respectivos oponentes. Todos
quieren tener su propia bomba atómica para provocar miedo y amenazar
al país vecino. Es como si a varios niños buscapleitos
se les diesen revólveres cargados para que jugasen a tirarse
al blanco los unos a los otros y a ver qué pasa. Quizás
ellos actuarían con más sensatez. Los niños muchas
veces tienen un sentido común más grande que los adultos.
Les podríamos dar unos caballitos de madera para que montasen
y jugasen a ser los cuatro jinetes del Apocalipsis; pero tendrían
más cordura.
BERNARDO: ¿No es acaso tiempo de llevar a cabo un desarme nuclear?
ORESTES: Lo es; pero nadie quiere desarmarse para no perder la seguridad
o superioridad que han alcanzado con estas armas. Es como si las grandes
potencias hubiesen conseguido un juguete maravilloso que no les gustaría
perder... Y es que el Homo Sapiens a pesar de haber creado una civilización
muy avanzada, que puede inquirir al mismo tiempo en los extremos del
universo y en las intimidades del átomo, sigue siendo un ser
viviente muy inmaduro... Cuando se habla de desarmes todos los gobernantes
se comportan como Maquiavelo. Se hacen los desentendidos como si la
cosa no fuese con ellos o como si la hecatombe no los iría a
alcanzar. "Sí, estoy de acuerdo en que se lleve a cabo un
desarme," dicen. "Pero que se desarmen los demás. Yo
estoy bien así. ¿Para que me voy a desarmar? A mí
me gusta tener mis bombas en los bolsillos." Es increíble
como la gente puede razonar en momentos tan peligrosos... La epistemología
sentencia que sus pensamientos no son verdaderos; empero como decía,
solo falta apretar el botón detonador. Además hay líderes
enajenados y enanos dementes y rabiosos que no tendrían ningún
reparo en apretarlo con tal de salirse con las suyas aunque perdiesen
la vida en el intento porque, según ellos se estarían
inmolando por sus ideales.
BERNARDO: ¿Inmolando por sus ideales? ¿A tanta imbecilidad
pueden llegar estos líderes?
ORESTES: A tanta y a peor. Esa es la más grande de las estulticias...
El ideal de un solo individuo es más importante para él
que la sobrevivencia de toda la humanidad.
BERNARDO: ¿Por qué mejor no se va a un rincón y
mirando a la pared se pega un tiro en la sien diciendo que lo hace por
su patria y por sus ideales?
ORESTES: Está usted aprendiendo; se nota, se nota...
BERNARDO: ¿Qué se podría hacer entonces?
ORESTES: Lo que podemos hacer es ya harto conocido; pero a pesar de
eso no actuamos porque estamos paralizados por nuestra abulia natural.
¿Se da cuenta que esto es también parte de nuestra estulticia?
Nuestra dificultad no radica en no saber que hacer porque eso lo sabemos
muy bien. Nuestro dilema consiste en no hacer o en no poder hacer lo
que sabemos que tenemos que hacer. De todos modos mencionaré
algo que es muy obvio y que ya se sabe hasta la saciedad. En primer
lugar hay que usar más madurez para resolver pacíficamente
nuestros conflictos en vez de acudir ciegamente al método primitivo
de la guerra en nombre de nuestros patriotismos y de nuestras dignidades
nacionales. Segundo, todos deberían de deshacerse de sus armas
nucleares, sin excepción. Hay que dejar de posar como Maquiavelos
porque el Invierno Nuclear no discrimina. Afecta a todos. Tercero, hay
que detener del modo que fuese posible a todo demente fanático
que amenace con usar armas de este tipo. Pueden haber otras soluciones;
pero lo importante es empezar de una vez. Para esto no hay necesidad
de escribir fórmulas matemáticas. Lo que se tiene que
hacer hay que hacerlo inmediatamente.
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© Manuel Lasso
Las
exploraciones estéticas de Manuel Lasso en:
http://hometown.aol.com/prvasq131195/
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