MOULIN ROUGE
por David Torres

 


Un amigo -al que dudo en seguir llamando con tal nombre- me recomendó "Moulin Rouge" como el mejor musical que conocía. Me aseguró que la había visto tres veces y que la banda sonora era la mejor que había oído en mucho tiempo. Como se trata de un músico profesional, pensé que no podía equivocarse y de este modo me vi arrastrado a una vorágine de planos y más planos donde un montón de imbéciles sueltan imbecilidades, un escritorzuelo londinense desembarcado en París en busca de la bohemia aúlla canciones a la luna y Tolouse Lautrec parece colombiano. Dejemos pasar el hecho de que en 1900, fecha de la película, no había máquinas de escribir Underwood del modelo que gasta Ewan Mac Gregor. Dejemos pasar también el hecho de que la Underwood con que está escribiendo la historia fue empeñada a mitad de la película para darse el gustazo de tirar el dinero a la cara de una mujer, uno de esos tópicos masculinos que han hecho fortuna en la vida y en las letras. Pasemos también por alto el hecho de que Tolouse Lautrec (aún siendo colombiano) era pintor, no cantante ni artista de variedades. Éstas son la clase de licencias que los grandes musicales antiguos podían permitirse (aunque no siempre lo hacían) para sumergirnos de inmediato en un mundo de maravilla y de pasmo, donde los percheros bailaban en las manos de Fred Astaire o una vendedora de flores era rescatada del arroyo por un profesor de fonética.

Comparar "Moulin Rouge" con cualquiera de esas joyas del cine sería una insensatez y una pérdida de tiempo. La verdad es que "Moulin Rouge" ni siquiera es una película, sino una sarta de videoclips enganchados uno tras otro donde los movimientos de cámara sustituyen a la danza y el montaje epiléptico a la coreografía. Argumentalmente, la película no tiene pies ni cabeza, por ejemplo, la corista padece una tisis made in "Dama de las Camelias" que no la impide berrear como una posesa, pero, encima, se trata de una ramera que, por culpa del amor que la arrebata en medio de una canción, siente de la noche a la mañana pudores de virgen. Musicalmente, se trata de una sucesión de balidos que va desde el glorioso "Roxanne" de los Police convertido en tango y cantado por un clon de Tom Waits (con mucho, lo mejor de la película), hasta un popurrí de canciones de amor mezcladas en la minipimer más hortera que imaginarse puedan. Pongan detrás un decorado sacado de una pesadilla de Ágata Ruiz de la Prada y únanlo todo en un montaje donde cada plano no dura más de tres segundos, con el inconveniente (o la ventaja) de que hay secuencias que parecen trailers de sí mismas. En definitiva, lo mejor que se puede decir de "Moulin Rouge" es que, para ser un anuncio de Freixenet, les ha quedado demasiado largo.

 

© David Torres
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