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PODERES TERRENALES
No obstante su destreza verbal, la obra de Burgess descansa sobre los sólidos cimientos del arte narrativo e incluso de la ventriloquia. En algunas de sus novelas (que difícilmente admitirían el epígrafe de históricas, a no ser que lo limpiemos del polvo y el cartón piedra al que últimamente nos tiene acostumbrado ese género tan proclive a la opereta y al pastiche), Burgess ha sido capaz de conjurar a Tiberio, a Napoleón, al Duce, a San Pablo y al mismísimo Cristo. Por desgracia, su talento innato para el diálogo fue lamentablemente malgastado en el séptimo arte, donde se limitó a solfear un repertorio de gruñidos para la película "En busca del fuego" y para que Zefirelli desmascunilizara (permítaseme el burguessismo) su vigoroso y viril Jesús en una película de la que lo único bueno que salió, según el novelista inglés, fue que los Monty Python aprovecharon los decorados para "La vida de Brian". Burgess se convirtió en un escritor célebre a raíz de la adaptación cinematográfica que hizo Stanley Kubrick de "La naranja mecánica". Aunque no muy conforme con los cambios que el director americano introdujo en su obra, Burgess no tuvo empacho en agradecerle descaradamente la propaganda, dedicándole su siguiente novela, "Sinfonía napoleónica". "La naranja mecánica" hablaba de la libertad humana y del problema del mal, un tema muy ambicioso que desarrollaría a fondo en otros libros y que se convertiría en el centro tonal de la que para muchos es su obra maestra: "Poderes terrenales". La novela se inicia con la historia de Kenneth Toomey, un octogenario premio Nobel de literatura, católico, homosexual y declarado apóstata. Requerido por el Vaticano para que declare sobre un supuesto milagro, obra de su viejo y difunto amigo, el Papa Carlo Campanati, Toomey rememora toda la tortuosa historia del siglo XX, y su propia y atormentada biografía, a mitad de camino entre el pecado y la santidad. Las casi mil páginas de la novela funcionan como una enorme sinfonía coral donde el humor, el sexo, la envidia, la pureza y el mal bailan al son de un artífice supremo. Una lástima que ningún Papa real sea como el falstaffiano Carlo, un campechano comedor de raviolis donde otra vez se adivina la sombra bonachona y feliz de su amigo William Conrad. Y el catolicismo visceral de Burguess prueba una vez más -como si hiciera falta probarlo- que los mejores escritores ingleses no son ingleses.
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© David Torres |