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La expansión del estudio de idiomas en los Estados Unidos siempre estuvo motivada en razones utilitarias. La cantidad de los que se interesan por la lengua árabe creció espectacularmente después del 11 de septiembre de 2001, ya sea en sus 120 universidades o en la media docena de institutos de este país que imparten sus clases directamente en Marruecos, Egipto, Líbano y Yemen. La Universidad de Utah empezó su programa intensivo de verano en el año 2000 con ochenta estudiantes. En el verano de 2003 ya tenía unos 300 matriculados, la mayor parte para el aprendizaje del árabe y algunos en clases de persa, turco y hebreo. En el Middlebury College, donde el promedio normal para los cursos intensivos de verano era de 60 a 70 matriculados, también hubo un aumento notable y en el verano de 2002 llegaron a 130, es decir, se registró un aumento del 37% respecto del año anterior. Según Michael Katz, decano de la Escuela de Idiomas del Middlebury College, "la historia del incremento de la enseñanza de idiomas en Estados Unidos ha estado ligada a incentivos: cuando en el extranjero se produce una crisis, los norteamericanos empiezan a estudiar un idioma (que tiene que ver con la zona afectada)." Subrayó, asimismo, que su Escuela observó tendencias similares durante la Guerra Fría. Debido al renovado interés en el aprendizaje del árabe, tanto el Middlebury College como la mayor parte de universidades con programas semejantes, se vieron obligados a contratar a muchos profesores más para satisfacer la demanda. Y en el 2002, por primera vez desde su fundación en 1982, tuvo que dejar de aceptar solicitudes en el mes de abril. En varias instituciones el interés por el árabe es superior al del español, la lengua más importante en Estados Unidos después del inglés. Aunque Katz evita precisar cifras, admite que muchos de los estudiantes nuevos son miembros de los servicios secretos y de las fuerzas armadas. Kate Swearengen, quien asistió al programa intensivo de árabe en Middlebury en el verano de 2002, relata: Estaban los tipos del Departamento de Estado, quienes buscaban aprobar el examen para cumplir servicio en el extranjero, como meta inmediata. Pero a largo plazo querían ser embajadores y tener casas en Georgetown. Estaban los de nivel superior, es decir, estudiantes de postgrado de antropología y de literatura comparada, que querían aprender árabe para hacer investigaciones independientes. El grupo se completaba con los militares recién salidos del Centro de Lenguas del Instituto de Defensa en Monterrey y los que cumplen el servicio militar en Bahrein. La mayoría de los norteamericanos aplicados a su aprendizaje son militares, orientalistas, espías y misioneros. Además, casi todos son estudiantes de postgrado. Los musulmanes "culturales" que están buscando sus raíces --en general con tendencias seculares-- y los rarísimos musulmanes sin ligazón con otra cosa, representan menos del 1% de los matriculados para su estudio. Muchos de los que comenzaron a estudiar árabe después del fatídico 11 de septiembre buscaban beneficios inmediatos. Es evidente que percibieron que "se abrirían muchas puertas" después del lamentable y deplorable ataque contra las torres gemelas del Centro Mundial de Comercio y querían aprovechar esa oportunidad. Con anterioridad, los pocos estudiantes que cursaban árabe tenían más bien un interés directo en la lengua y cultura árabes. A posteriori, por el contrario, el ambiente cambió en gran medida, advirtiéndose muchas veces enemistad, e incluso hostilidad abierta, contra los árabes, el Islam y los musulmanes: la crítica, el insulto y la difamación del Islam se hizo patente, así como el burlarse de la recitación del Corán. Se pasó a expresar abiertamente que "los árabes son insoportables" y que el árabe es una lengua "sexista" porque tiene nombres masculinos y femeninos en lugar de neutros. Se manifiestan deseos de "cambiar" la cultura árabe y distintos arrebatos de supremacía cultural (anglo-sajona) que darían un infarto a Claude Levy-Strauss. No sólo no se aprecia la riqueza cultural de oriente sino que se la desprecia. No se entiende o rechaza el relativismo cultural, pensando quizás que tiene que ver con Levi Strauss, el inmigrante bávaro que inventó los pantalones vaqueros en 1873. Esa actitud de menosprecio, combinada con ambiciones posiblemente de baja estofa, les da a dichos estudiantes el carácter de elementos perfectos para los servicios de inteligencia. Swearengen no vacila en revelar que: Los reclutadores de la CIA estuvieron muy activos en Middlebury. Trataron de enganchar a estudiantes de chino y ruso, pero la gran presa eran los de árabe. Los especialistas en árabe ganan $30,000 dólares al año por el privilegio de sentarse detrás de un escritorio y traducir periódicos redactados en ese idioma. Los estudiantes de árabe de las universidades de Texas, Utah, y Kansas, me confirmaron que todos, sin excepción, recibieron cartas de la CIA después de terminar su primer año de dicho idioma. Resulta curioso que no la enviaron a musulmanes practicantes. Posiblemente porque si uno tiene una sana atracción por el Islam queda descalificado. En verdad, es de lamentar que el interés norteamericano por la lengua árabe sea superficial y esté ligado intrínsicamente a motivos políticos, económicos y militares. Aunque Estados Unidos es un país fantástico para vivir, con muchas libertades y grandes oportunidades, no da suficiente importancia a las cuestiones culturales. Ni siquiera tiene un Ministerio de Cultura como Canadá y muchas de las naciones más pobres del mundo. Por lo general, los estadounidenses prefieren gastar el dinero en eventos deportivos en lugar de ver una obra de teatro o un espectáculo musical, concurrir a un concierto de música clásica o visitar un buen museo. En ciertas ciudades han tenido que ofrecer la entrada gratis a los museos para interesar al público. Mucha gente está dispuesta a pagar cientos de dólares para ir a ver un partido de fútbol americano pero no está dispuesta a pagar cinco dólares para ir a un excelente museo de arte. Los estadounidenses viajan poco fuera de su país, son casi todos monolingües, y sus noticieros tiene muy pocas noticias internacionales. Como resultado, la mentalidad norteamericana suele ser parroquial y muchos de sus ciudadanos se creen el ombligo del mundo. Aunque se trata de uno de los pueblos más alfabetizados, resulta paradójico que posea uno de los niveles culturales más bajos. Aunque tiene muchas cosas buenas (instituciones, universidades, bibliotecas) existe aún un gran bache en el campo cultural. Más aún, no faltan quienes opinan que Estados Unidos es la Meca de la ignorancia a pesar de la ciencia que concentra. Y una de las cosas graves de la ignorancia es que engendra la intolerancia. De ser así, es decir, si los Estados Unidos pecan de ignorancia y de intolerancia y carecen del tacto que en épocas anteriores demostraron franceses e ingleses, nunca tendrán éxito a largo plazo en el mundo árabe-islámico. Cuando los franceses e ingleses dieron comienzo a sus aventuras imperialistas, razonaron perfectamente bien que para controlar a un pueblo, para dominarlo, había que entenderlo. En consecuencia, pusieron un gran interés en los idiomas, literaturas, religiones y culturas de quienes colonizaban. En 1798 Napoleón llevó a Egipto personas versadas en las más variadas ciencias: botánicos, zoólogos, geólogos, escultores, pintores, poetas, lingüistas, químicos, matemáticos, astrónomos, arquitectos, dibujantes, geógrafos... Gracias a sus investigaciones este grupo de sabios redactó un informe de más de 20 tomos titulado Description de l'Égypte. Una de las metas principales de los orientalistas franceses apuntaba a establecer puentes culturales y lazos de solidaridad con los egipcios. A principios del siglo XX publicaron libros de gramática árabe, cursos de árabe coloquial, diccionarios bilingües y cursos en varios dialectos del berebere. Exhibieron una sed insaciable por el conocimiento del oriente próximo y tradujeron una multitud de obras clásicas al francés. Ese trabajo laborioso fue tan monumental, que un rápido recuento de sus logros llenaría varios tomos. No cabe duda alguna que los orientalistas norteamericanos de hoy no son comparables a los orientalistas franceses e ingleses de la época colonial. Napoleón, con gran astucia, identificó sus intereses con los de los egipcios. Y cuando invadió a Egipto en 1798 les dijo que llegaba para aplicar la sharíah, es decir, el sistema legal islámico. Además leía el Corán e incluso escribió en su copia personal "No hay dios sino Alá." Llenó el Cairo con panfletos diciendo que Alá es grande y que venía a liberar al pueblo musulmán de los mamelucos. En una reunión con los notables de El Cairo y los líderes religiosos de la Universidad Al-Azhar, en julio de 1798, expresó que era musulmán. Adoptó el nombre 'Alí y su conversión al Islam apareció en la página 61 del periódico francés oficial de la época, Le Moniteur. Actuando como musulmán, prohibió a sus oficiales beber alcohol en público, molestar a las mujeres o entrar a las mezquitas. Todos los decretos de los administradores franceses empezaban con las palabras "No hay Dios sino Alá y Muhammad es el Mensajero de Alá." Incluso su Concejo promulgó un fatwa (edicto religioso) declarando que Napoleón era el Salvador Esperado, el Mahdí, y dijo que había 20 versículos coránicos que se referían implícitamente a él. Explicó su concepto de gobierno mediante las siguientes palabras: Mi política consiste en gobernar a los hombres como la mayoría quiere ser gobernado. Haciéndome católico acabé con la guerra de Vendée; haciéndome musulmán me establecí en Egipto; haciéndome ultramontano me gané las simpatías de Italia. Si gobernara a un pueblo de judíos reconstruiría el templo de Salomón. Cuando salió de Egipto en 1799, llevó consigo una variedad de libros jurídicos islámicos que formaron la base de su famoso Código Napoleónico promulgado en 1804 y que ahora forma parte fundamental de muchos sistemas legales en diversos países del mundo. No vaciló en tomar todo le que le parecía bien de la civilización islámica. Los ingleses, por su parte, mostraron el mismo ardor cuando se trataba del conocimiento y la cultura. Los orientalistas ingleses se enfocaron en las lenguas, prepararon traducciones y escribieron una media docena de libros de textos y gramáticas para aprender el árabe. No trataron de reemplazar los sistemas legales islámicos, hindúes, y africanos, sino más bien utilizarlos cuando era posible por vía de la ley local. Los tribunales ingleses de la India tenían órdenes de aplicar la ley islámica o hindú, según la fe de las personas, en casos de matrimonio, divorcio y herencia. En África aplicaban la ley inglesa solamente cuando las circunstancias locales lo permitían. Los agentes del imperialismo europeo a veces llegaban al extremo de convertirse al Islam. Uno de los ejemplos más famosos es el de Sir Richard Francis Burton (1821-1890), explorador, lingüista, erudito, soldado, antropólogo y escritor prolífico. Hablaba de 25 a 30 idiomas y 40 dialectos. Publicó más de 50 libros sobre sus exploraciones, tres gramáticas de lenguas orientales, cinco volúmenes sobre el folklore y alcanzó su mayor fama con la traducción de Las mil y una noches. El general Jacques Menou (1750-1810) del ejército de Napoleón se convirtió al Islam, tomó el nombre de Abdullah-Jacques Menou y luego se casó con la egipcia Sitti Zoubeida, una descendiente del Profeta Muhammad. Gracias a sus esfuerzos por comprender a los pueblos que conquistaban, franceses e ingleses lograron permanecer en tierras ajenas por más de un siglo. Los primeros dominaron 65 millones de personas en sus colonias mientras que los segundos a 470 millones en las suyas. Los franceses controlaron Argelia desde 1830 hasta 1962 y Túnez desde 1883 a 1956. Los ingleses, por su parte, dominaron la India desde 1776 hasta 1947. Si los europeos lograron dominar a otros pueblos por más de un siglo, fue porque tenían un cierto grado de cultura y capacidad. Pero los Estados Unidos, con su actitud de superioridad y su imposición cultural, muestran una falta de interés en la cultura árabe-islámica. Cuando fomentan el estudio del árabe lo hacen para formar espías, militares que operen en las regiones donde se habla dicho idioma, orientalistas antiislámicos y misioneros que sirvan para debilitar y subvertir el Islam. Es decir, los norteamericanos no tienen interés en relacionarse francamente con el mundo musulmán, comprender sus creencias, su modo de vida, su erudición, su ciencia, su sabiduría y la mentalidad de sus integrantes. Para ellos el aprendizaje del árabe tiene fines más prácticos. Por ejemplo, cuando los soldados norteamericanos llegaron al Golfo Pérsico, el ejército les dio diccionarios de árabe coloquial con todo el vocabulario importante: matar, interrogar, torturar... De la única manera que los Estados
Unidos pueden controlar al mundo musulmán es por medio de la
fuerza, porque carecen, en muchas medidas, de nivel cultural y de madurez
política. Los franceses y los ingleses se tomaron el tiempo necesario
para comprender a los pueblos y presentarse como "amigos"
con el objeto de controlarlos. En cambio, la actitud brutal de los Estados
Unidos mina sus metas en el mundo árabe-islámico. Su comportamiento
incita a alejarse antes que a acercarse a ellos. En lugar de ganarse
la amistad del Islam, quiere dominarlo. En lugar de construir puentes
de todo tipo, destruyen a bombazos los pocos existentes mientras dan
limosnas a las víctimas a modo de caridad cristiana. Como resultado
de su política exterior, los musulmanes los reciben con animosidad
en lugar de recibirlos con flores. En lugar de decirles marhaba (bienvenido)
por haberlos "liberado," buscan refugio en Dios, mientras
exclaman con pesar y lágrimas en los ojos, ¡llegaron los
gringos!
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© JOHN ANDREW MORROW, Ph. D J.A. Morrow es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Toronto, Canadá. Se especializa en poesía, el cuento, literatura medieval, indígena e aljamiada, estudios islámicos y medicina natural. Actualmente es profesor de lenguas y literaturas modernas en Park University en Kansas City en los Estados Unidos. Ha publicado una multitud de ensayos, reseñas, poemas y obras musicales en inglés, francés, castellano y árabe. Sus obras se pueden encontrar en las siguientes publicaciones: Canadian Journal of Herbalism, Texto crítico, Alharaca, Nueva Revista del Pacífico, LEMIR, The Canadian Modern Languages Review, Tinta y sombra, Oxígen, Revistavoces, Los lobos de Omaña, Divague, Almiar, Escáner cultural, EOM, El Cid, Mahjubah, Que Pasa Ma gazine, Hispanos, Kauzar, Le Message de l'Islam y Crescent International, entre otras. |