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PORTADA :: EL HILO :: LOS MONOGRÁFICOS |
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Moscatel
por Manuel
Moya
-En un cuartito los dos, veneno que tú tomaras, veneno tomara yo.
Moscatel, un gitano bien plantado de verde luna y vara de mimbre en la mano, que canta flamenco como los ángeles en un negocio de Alcobendas y se coge unas cogorzas de dios y señor mío, hoy, qué le vamos a hacer, anda rumboso. En flamenco, vaya. Según me cuenta Elvira es que ni lo ha probado. Lleva tres días desconocido y una se asusta. Mejor, mucho mejor así, pero ya ves tú, no es mi Moscatel. Su representante ha venido esta misma mañana para llevárselo de prueba a Canet de Mar, que dice que allí han abierto un localito, un sitio de bandera, asegura, con francesitas de quitar el sentido y la oportunidad de trabajar todo el año. Por éstas, Moscatel.
-Total-recalca-, en Madrid hemos vendido ya todas las escobas. Pero Moscatel anda en otro asunto. Hay payas que valen un imperio, Gordo. Déjate de payas ahora, que te estoy hablando del porvenir, pero está pinturero Moscatel y a la paya le echa un requiebro. El representante le contesta que tías como ésa, qué digo como ésa, las hay allí a patadas. Y, además, francesas, Mosca.
Moscatel no se va de Madrid, Gordo, que aquí ya tiene hecho su agujero y su cosa. Y si no, pregunta, por qué hicieron aquí la capital. Mirándolo bien es un buen argumento. Ni aunque me partan aquí mismo la sangre. Tampoco te echaba nadie del Arahal y ya ves tú, Moscatel. Mentarle su tierra es para el gitano como una guantada, pero el representante sabe a qué atenerse y conoce como nadie cuándo es el momento de tirar de la manta.
Es difícil, reconoce, el mundo del artisteo: mucho carácter y, por qué no, muchos pájaros en la cabeza. Él no tuvo el don del flamenco, esa es su pena y su cosa. Un don como otro cualquiera, como el que cura con las manos o se entiende, payo, con los ingleses o con los rusos, ya ves tú. A él le dio la vena emprendedora y aquí anda, pasando, según dice, lo que no está escrito con los artistas.
Lleva treinta, que se dice pronto, pero todos del pelaje del Moscatel, que a él siempre le ha tocado lidiar con los artistas, porque en el flamenco, dice, hay de todo, pero a él no me lo saquéis de lo puro, lo puro, lo puro nada más.
-Mira si soy desprendío, que al pasar por el puente tiré tu cariño al río.
Enseguida que ven dinero, se lamenta, cogen la puerta y si te vi no me acuerdo, coño, y eso lo lleva uno muy malamente. Porque, vamos a ver, él es un tío que se preocupa, que los coge de chiquillos casi y que se los trae a Madrid y les pone todo por delante. Tanto, que en cuanto se ven con cuatro facultades y le ponen en la cabeza cuatro pájaros, ya no quieren saber nada.
Ahora, por ejemplo. Él podía estar tranquilamente en la oficina, tomando café o concertando una peña, pero no, está con Moscatel, ese gitano rumboso. Y no se valora, pero eso no lo vaya usted a apuntar en el papel, que nos buscamos un disgusto. El Moscatel anda hoy agustito. Él se conoce y hay días, dice, que escucha campanillas dentro. Y todo sin una copita, a palo seco, que tiene guasa. Hoy, dice, cantaba yo y se caía el teatro, Gordo. ¿Qué teatro, Moscatel? El teatro de Jerez, dice. Un día glorioso. La niña ésa, que le ha levantado el ánimo mientras el representante parlotea inútilmente como una gallina en un maizal. Tú y yo vamos a partir peras, Moscatel. Yo así no puedo.
-A esa paya, primo, me la comía, canelita le daba pa siete días.
Cuándo se sale, pregunta Moscatel despreocupado, reinando en otra cosa. El otro le habla de dinero, de las francesas, de todo lo que le espera en Cataluña. Allí, promete, fijo que triunfas. Muchos paisas tuyos que saben lo que es bueno, Mosca. Todito todo lleno de tus paisanos y tú en caló, bebiéndote los vientos.
-¿Has visto la jai, Gordo?- pero ahora el Gordo no ve jais, está en sus asuntos. Pagando el billete.
Al Moscatel se lo trajo chico del Arahal y, con unas facultades como las suyas, parecía que iba a comerse el mundo, pero la informalidad y el mollate, tú ya sabes. Es lo que tiene el flamenco, se encoge de hombros. Es como los toros, tú, a ver quién sabe cuando el toro todavía está en el cajón, si va a tener tres pases. El Mosca, pobre, ya ha dado lo que tiene que dar. Hoy es un paquete, tú. Con las franchutes tiene cuatro o cinco años más y eso si la cosa viene bien y hay alguien que lo lleve, pero tiene que ir pensando ya en los albañiles y yo, por todos mis muertos, no se lo digo...
-No me digas que me quieres, primita hermana...
Y así, compadre, todo, todito el rato.
Manuel Moya
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El probador y
El lector de catálogos
por
José María Cumbreño.
El probador
A Laura le gustaba entrar en aquellos grandes almacenes (aproveche nuestras inmejorables ofertas) porque tenían uno de esos probadores que dejan ver los pies de la sufridora que, al otro lado de la mampara, se esfuerza por caber en una falda o abrochar el último botón de unos pantalones de moda. Además, las dependientas no solían molestar con fatigosos ofrecimientos de ayuda. Pocas veces compraba algo. Simplemente escogía, casi sin mirarlas, tres o cuatro prendas y se encerraba a esperar que alguien más llegase. Con el tiempo, había ido adquiriendo cierta habilidad para imaginar cómo sería la vida de esas mujeres de las que sólo conocía unos calcetines (no siempre limpios), quizá unas medias o unos dedos (si era verano) con las uñas pintadas, y, a lo sumo, alguna frase dicha en voz baja en la que se preguntaban, con asombro, amargura, indiferencia, sorpresa, preocupación, nostalgia, pesadumbre o propósito de enmienda, cómo podían haber engordado tanto de un año para otro.
El lector de catálogos
En la biblioteca de José Luis no había un solo libro. Es más, puede decirse que, salvo los de lectura obligatoria en el instituto (e incluso de ésos no todos), jamás había leído uno. Lo suyo eran los catálogos que el periódico le mandaba a casa. Tenía cientos de ellos. De editoriales españolas. Y también extranjeras. No hay nada como la literatura esquimal, solía repetir en las conferencias que daba en los ateneos, centros culturales o auditorios de turno. De editoriales de poesía para poetas. De editoriales de poesía para los demás. De editoriales cuyas tiradas no superaban los quinientos ejemplares. De editoriales de éxito, de ésas que presentan sus novedades en cócteles a los que él, encantado de saludarle, señor ministro, siempre estaba invitado. De editoriales que sólo publican teatro realista. De editoriales que publican solamente teatro del absurdo. De editoriales de libros de bolsillo plagados de erratas. De editoriales magníficas pero, una lástima, con una distribución que no les hace justicia. De editoriales especializadas en la cría en cautividad del ornitorrinco, el koala o la foca monje. De jóvenes editoriales, la ilusión es lo que cuenta, y de otras que ya, no está hecha la miel para la boca del asno, habían desaparecido engullidas por la tiranía del mercado.
Por cierto, los entendidos afirman que es el crítico literario más feroz, temido e implacable de la prensa nacional.
No me extraña.
José María Cumbreño nace en Cáceres
en 1972.
Es licenciado en filología hispánica. Estuvo vinculado durante
varios años al mundo de la radio. De hecho, realizó diversos programas
semanales dedicados a la literatura en Onda Cero y en la Cadena Ser. Textos
suyos han aparecido en revistas como Turia, Reloj de arena, Solar, Ars et Sapientia,
Ala de mosca o Espacio/espaço escrito. Ha sido incluido en las antologías
Diez años de poesía en Extremadura y Poelia. A finales del año
2000, la Editora Regional de Extremadura publicó su primer poemario,
Las ciudades de la llanura, que había sido finalista del Premio de poesía
Rafael Alberti. En mayo de 2003, la editorial sevillana Algaida sacará
a la luz su poemario Árbol sin sombra, que obtuvo el Premio de poesía
Ciudad de Badajoz. En la actualidad, trabaja como profesor de enseñanza
secundaria y prepara su primer libro de relatos.
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Las afueras del
Paraíso
por Diego
Navajas
Las afueras del Paraíso no tienen horario de cierre. Están preñadas de perdedores, de vagos, de parias: desheredados de la Tierra Prometida. Aquí las sombras tienen alas y las esquinas miradas aviesas. Aquí nos reunimos cada noche la flor y nata del desencanto, a cantar y a quemar nuestro último cartucho, con el fuego de aquellos ojos que nos dieron la vida al mirarnos; ---su parpadeo fue nuestro infarto---. Aquí, donde la Luna vuelve la cara y las hojas que arrastra el viento del otoño son de afeitar, celebramos la huida de otro día, con las fiestas del silencio y la comunión de nuestra nada; ---días como dagas---. Aquí nadie llega a viejo, pero ninguno es joven. Los adoquines inmisericordes nos escupen un recuerdo por cada paso en falso. Aquí, en los arrabales del Paraíso, la lluvia nunca es limpia y siempre cae sobre lo mojado; aunque procura evitar aquellos charcos con vocación de espejo; ---lágrimas turbias---. Un día llegó una paloma. Estaba perdida y se ofreció a alimentarnos. Pero aquí siempre rechazamos la caridad de las palomas. Los predicadores intentan venir desde hace años a anunciarnos la venida de un Salvador que nos traerá la redención de todos nuestros pecados. Pero la membrana invisible, ---mugrienta de nuestro lado---, les corta el paso. El pan nuestro de cada día se nos acabó ayer. Mañana nos comeremos a cualquiera. Pasado a otro. Y así hasta que quede sólo uno, que se comerá a sí mismo, y quizás él, con la fuerza de todos, sea capaz de sacarnos al fin de aquí.
Diego Navajas.
Torremolinos (Málaga)
Correos electrónicos: dfnm71@hotmail.com y MOLINOQUEMADO@terra.es
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Historias del
Cavannah (9)
(Desde Muxía)
por Antonio
Polo
"El mar devuelve todo aquello que no quiere,
incluso los muertos".
Amador Fernández
Concejal de Medio Ambiente. Concello de Vigo
Así es, el mar lo devuelve todo. Diríase a veces que es un baboso, como esos borrachos que pasan el mal trago vomitando sobre la arena. Por eso el "Jefe", que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar aquella sensación de venganza, decidió abandonar la barra del Cavannah y poner rumbo al noroeste. Sin otra sensación que la rabia renovada, hizo el petate y dejó al barman suplente lo que a todas luces no era sino la indolencia habitual de un hotel a orillas del Mediterráneo: la caterva de "hooligans" que viven pegados indefectiblemente a la barra de un bar, los ecos de un pasodoble larguísimo y machacón que a duras penas lograba desleír a la alegre muchachada del Inserso, y acaso aquella rubia de bote que un día le clavara los pezones con el oscuro propósito de sacarle la combinación secreta de un "Marsalis con aceituna". Lo demás no tenía sentido. En realidad, desde hacía días, la vida solo giraba alrededor de una lengua negra que lamía con procacidad toda la Costa da Morte.
Algo fatigado, el "Jefe" llegó a Muxía a mediados de diciembre, en tanto que, por rangos y categorías, algunos políticos se bajaban a la perdiz y al rebeco, mientras otros se afanaban en hundir un cachalote herido frente a los acantilados de Fisterra, doscientos setenta grados oeste, trescientos veinte grados noroeste y vuelta a empezar. Luego llegaron gentes de todos los rincones para extenderse como una marea blanca, tan blanca que ya no la podían ocultar por más tiempo, y es que esa marea salpica todavía hoy de espuma las avenidas y los miradores, las chalupas y las trastiendas, las azoteas y hasta las casas con dos puertas, una marea que por las noches desatranca el portón de las tabernas y las inunda de gestos y lealtades. Y comoquiera que esas son tabernas al uso, allí se acaba hablando de todo, incluso de vinos. Vinos de todas clases: rojos, blancos, amontillados o dulces, y que en un momento dado cada cual hace gala de los mejores caldos de su tierra, y son los aragoneses los más enfáticos cuando solícitos se pasan de mano en mano la bota de vino de Somontano; vinos de Tentudia que hicieron las delicias de los expedicionarios extremeños de Pizarro; vinos de Jumilla, poderosos y obcecados, vinos de Rioja, de la alta y la alavesa, los mismos que pusieron en sorna a los monstruos marinos de Juan de la Cosa, vinos de Jerez con los que fray Junípero obsequiara al Almirante en Palos de Moguer; vinos blancos como los de Rueda, vinos balsámicos del Clariano y Valentino que acompañaron, por pueblos y serranías, a los valencianos de Jaime I; vinos de Arganda y Navalcarnero que echaron a la calle a los madrileños el dos de mayo, cuando la ribera alta del Loira amenazaba con otra marea de tintos con la que despacharse a gusto un buen cocido, vinos de la Ribera del Duero que arrebataron al Cid alguna que otra tarde de gloria, vinos de Yecla, vinos de Pago y Valdepeñas, vinos de Méntrida y La Gomera los cuáles animaron a Cabeza de Vaca a aventurarse por las Américas, ánimos como los de estos canarios que ayer mismo, nada más llegar, se despacharon una olla de mojopicón y después se ventilaron ellos solos doscientas toneladas de chapapote; vinos del Montseny y del Priorato, vinos de Benissalem, de nombres tan árabes y tan mallorquines, y vinos de Galicia, como ese Alvariño que ha traído a las costas a lo mejor de su pueblo para desdecir aquella renuncia de Castelao: "El gallego no protesta, emigra", pero hete aquí que están todos ahora, bebiendo lágrimas de vino, en esta taberna que en realidad no es más que un pantalán viejo y destartalado.
Y mientras tanto, los de la perdiz y el rebeco, se asoman a mirar las "playas esplendorosas" con la vana esperanza de que los vientos rolen con fuerza al oeste, que arrastren a los periodistas y se lleven de paso a esa turbamulta blanca y reivindicativa que por las noches inunda las tabernas de gestos y lealtades. Por eso, hoy el "Jefe" que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar esa sensación de venganza, ha decidido no servir un cóctel más hasta que el mar, de una u otra manera, decida devolvernos la dignidad, o en su defecto alguno de nuestros propios muertos.
Antonio Polo
más historias
del Cavanah
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La venganza
por Yvette
García
Él la echó a la calle de un puntapié que no deja morados
ni marcas sobre las nalgas, pero convierte el pecho en un saco de astillas y
el rostro en una máscara de tragedia que no puede arrancarse.
Cuando Ada caminaba su cuerpo tintineaba como un estuche lleno de mendrugos
de vidrio. Como un cascabel o un cencerro se anunciaba al llegar a otras casas
y a otros hombres. La gente, que la sabía deshecha, renunciaba antes
de ofrecerse a restaurarle el corazón y el pecho, aludiendo que rehacer
cuesta más que crear, y es tarea más fácil y grata buscar
un pecho sano y vacío donde sembrar amor, que limpiar la mala hierba
y la tristeza que abrigaba el suyo.
Ada no hubo de casarse ni calentar sus tálamos, cuerpo y cama, nunca
más. Su nombre, que siempre rimó con casi todo, era perseguido
por adjetivos como ajada, amargada, desahuciada, acordando su vida yerma y su
nombre como a las notas de una mala canción. Y con su cacofonía
ahuyentadora le dio la vuelta a las esferas. Curtió su máscara
griega de arrugas y quebradas por donde hacer rodar las lágrimas y evacuar
la tristeza. Y lloró su soledad hasta que el lago de dolores se secó
y dentro de su cuerpo quedaron aquellas penas perpetuas y enquistadas que no
se olvidan ni se borran ni se secan, y al fondo del lago restan como lecho de
piedra.
Entonces y algún día, pétrea y silenciosa, Ada retornó
a su pueblo.
Llegó en la puerta de su vieja casa, ahora era la de él y la de
tantas mujeres que las ventanas, desgarros y tejas rotas, esparcían un
tufo a gallinero.
Quizá porque sus perfumes, al enredarse, dejaron de ser fragancia para
convertirse en peste, y los colores de tantas hembras, al mezclarse, teñían
el interior y la fachada del medio ocre tono de las imitaciones, que hasta Ada
titubeó antes de reconocerla. Se tapó la nariz con una mordaza
de tendedera y esperó la tarde en la acera opuesta. El sol saludó
su espalda y entonces con el sol dándole en ella, Ada tocó a la
puerta.
Él abrió y la vio. Ella no dijo nada. Dejó que el sol acomodara
su sombra larga, más larga que su cuerpo y tan dura como la piedra que
ahora era el lecho de su alma; y cuando ésta estuvo dentro del zaguán,
Ada escupió. Él cerró de un tirón. Ada se volteó
dejando tras la puerta, sobre las lozas del recibidor, su sombra. Se alejó.
Se fue casi al anochecer, caminando despacio mientras frente a sí, risueña
y sin sombra de remordimiento, se dibujaba su silueta sobre la carretera.
Ada no volvió nunca más por el camino andado. Nadie supo decir
dónde se detuvo antes de hallar sepultura. Pero cuentan que dentro de
su antigua casa vivió su sombra, persiguiéndolo a él, sin
dejar rastro sobre el suelo ni huellas sobre las copas. Y que el espectro lo
asustó hasta que un día se murió de miedo.
Dicen que antes se fue quedando solo. Que solo lo mató el espanto; porque
ninguna mujer se quedaba en aquella casa. Peroran que todas huían, pues,
mujer alguna soporta que en el lugar a donde viene o donde vive, perdure y viva
la sombra de otra mujer.
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Minotauro
por Juan
Diego Incardona
El silencio llenará tus cavernas en la última oración de
este relato; en el viaje, las palabras hurgarán en tu agonía,
y cuando las tardes se desvanezcan en la palidez de tus sueños brotará
el mío sobre tus manos heridas. Mutilaré tus tiempos con un fin:
mi fertilidad.
Conozco tu historia, yo la inventé:
Caminabas.
Las estrechas calles de la ciudad se entrelazaban a tu alrededor y dibujaban
figuras que sólo podían verse desde las alturas, quizá
desde los balcones del Palace Hotel. Allí te esperaba el padre de Hipólito.
Un hotel antiguo, la puerta, sin embargo, era moderna, giratoria.
-Voy a la habitación 77.
-¿Me permite su documento?
La vista se te perdía en la escalera del fondo, una suerte de embudo
adonde se arremolinaba y escurría la gran sala de recepción.
-Muy bien. Vaya por la escalera al segundo piso, allí doble a la derecha
y busque una nueva escalera que lo llevará a un entrepiso. Una vez allí,
doble a la izquierda hasta que el pasillo se abra en dos, elija el de la derecha
y camine, atraviese los portones de seguridad y llegue al fondo hasta la puerta
14. Toque con tres golpes porque sino no le abrirán. Vaya que lo están
esperando. El documento debo retenerlo mientras permanezca en el edificio, puede
venir a buscarlo antes de irse. Si no estoy yo, pídaselo a un joven alto
y flaco, que él se lo dará. No debe pedírselo al otro joven,
que también es alto pero gordo, bajo ninguna circunstancia. Es preferible
que vuelva otro día.
-Usted dijo la puerta 14 y yo debo ir a la puerta 77.
-Lo sé, pero no hay forma de ir a la habitación 77, sin pasar
antes por la 14. Y ahora vaya, ¿recuerda cómo ir?
-No estoy seguro.
-Vaya. Cualquier cosa, si duda o cree perderse, pregúntele a alguien
del personal de limpieza o de seguridad.
-Gracias.
Primer escalón, segundo, tercero, cuarto, desde arriba llegaban sonidos
extraños. Parecían golpes de metales. Además se oían
los lamentos de una mujer. Primer piso, muchas puertas, ninguna ventana, un
hombre pasaba y repasaba un trapo húmedo sobre la cerámica del
pasillo.
-Disculpe -te dirigiste a él-, ¿la puerta 14 queda en el primer
o segundo piso?
Las lámparas que colgaban del techo se multiplicaban y se juntaban en
el fondo de la perspectiva, al final de un corredor vaporoso y difuso como un
espejismo.
-No nos está permitido dar esa clase de información, pero -el
hombre bajó la voz y se acercó a tu oído-, entre nosotros
y esto es lo más que puedo decirle, todos los pisos tienen una puerta
14.
-Pero...
-Lo siento, no puedo decirle nada más, que Dios lo ayude.
Pensabas darle una moneda pero no hubo tiempo, porque el hombre se alejó
rápido de vos, espiándote por momentos y desapareciendo, luego
de muchas lámparas.
Querías pensar y elegir una opción: derecha o izquierda, subir
o bajar, abrir o no abrir puertas. Estabas solo pero tenías la impresión
de que alguien te miraba. Muchas puertas, muchas lámparas, muchas baldosas,
ninguna ventana. Querías decidir pero las opciones crecían y se
bifurcaban.
LasopcionesprolíficasElhormiguerodeposibilidadesRizomaLocuraTuviste que
sentarte en el suelo: Estabas mareado.
Las opciones dividían tu identidad.
No tengo pensado contar otra historia que no sea la verdadera. Así pues,
deberías desesperarte, creer cualquier cosa, correr, buscar la salida,
llorar, sentarte, gritar, ser un animal enjaulado y a veces un hombre, ser un
hombre enjaulado que se siente animal, sin razón, sin análisis,
sólo olfato y tacto, olfato y oído, olfato y olfato, reptando
en la asquerosa cerámica, revolcándote y rascándote.
La locura trae al olvido. O viceversa.
Pasaron los años.
-¿Qué puerta? ¿Qué número? ¿Qué
piso? ¿Cuántos golpes? ¿Cuántos escalones? ¿Cuántas
baldosas? ¿Cuántas lámparas? ¿Qué puerta?
¿Qué número? ¿Qué piso? ¿Cuántos
golpes?...
Conozco tu historia, yo la inventé:
Te arrastrabas.
Tal vez pensabas en campos y en tardes, tus ojos estaban rojos. Me acerqué
a vos para espiarte mejor y cuanto más lo hacía más te
atrapaba mi escritura. De vez en cuando bramabas tus quejas, que vanamente golpeaban
las puertas cerradas de mi texto. Y en este laberinto de signos ambiciosos donde
habita tu realidad y tu angustia todo es mi culpa querés
morir.
He decidido reparar los males que hice:
No sabés qué piso ni qué puerta, qué lugar de estas
páginas estaba destinado. Pero yo sí. Te movías junto a
la pared y rozaste sin querer la puerta 14 del entrepiso del segundo piso: Primer
golpe. Te sentiste cansado y te echaste: la cabeza golpeó involuntariamente
la puerta: Segundo golpe. Pasaron pocos segundos y te levantaste nuevamente,
había que continuar la búsqueda eterna, el flagelo interminable
del laberinto. Otra vez rozaste la puerta: Tercer golpe.
Pintando un deseo, el movimiento de la puerta 14 dibujaba hacia adentro. Miraste,
ya nada parecía sorprenderte, pero aún así, olfato y olfato,
ingresaste. Dentro del cuadro de la puerta 14 había otro, tenía
pintado dos números iguales. Primero un siete, correspondiente a siete
jóvenes varones, junto a él otro siete, correspondiente a siete
jóvenes mujeres. Mi puerta contra tu mirada fija parecía devolverte
algo de tu antiguo entendimiento. Y ya no llamaste de ninguna forma. De pie,
abriste la puerta, mi puerta. Y allí estaba yo, por fin, a tu encuentro.
Me dijiste:
-Usted es el padre de Hipólito.
-Soy el padre de Hipólito.
Me mirabas. Yo agregué:
-Soy de Atenas, hijo de Egeo.
Me mirabas siempre. Te dije:
-Teseo es mi nombre.
Te pusiste de rodillas ante mí, levantaste bien la cabeza, tus manos
estaban lastimadas, uno de tus cuernos se había roto, yo te miraba, te
miraba siempre. Me hablaste por última vez:
-¿Y cuál es mi nombre?
-Minotauro -te dije, y te hundí el cuchillo hasta el fondo de la garganta.
Moriste con gesto manso, tu boca esbozaba una leve sonrisa. Tal vez pensabas
en campos y en tardes, tus ojos estaban rojos.
Después, una mujer apareció frente a mi puerta, pero ¡basta!,
ya he desenrollado todo el hilo de esta madeja.
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La embestida
por Rosa
Chover
La sorprendió en un garaje después de una muerte intencionada. Lamentándose de los errores y las faltas, de las minucias que cometieron los otros y, asintiendo ella, habían conseguido su estrangulamiento. Yacía amoratado, como los muertos por honra y pasados por espada, en este caso una yugular abierta y deshecha ya.
En estado de shock y con los ojos en blanco, una mano peluda y callosa le acarició las rodillas raspándola suavemente. Cerró los ojos perdiendo el sentido, entre calor y tembleque. Otra mano le desabrochó los dos primeros botones de una blusa corta, que estalló en mil retales de fina gasa estrecha para unos pezones en constante desarrollo.
Labios calientes que se toparon con un cuello doblado y abierto a toda esperanza de lascivia, desangrándose en salivas y jugos abundantes que, mezclados con las gotas de sudor, desbordaban ropas y lenguas.
Con la cabellera apartada a un lado, se encogió y esperó un contento inmediato. Un cuerpo duro y solitario amenazaba por la espalda con romper los moldes y desgarrar heridas de un pasado menor. Menor y desgraciado, presente todavía en cuerpo y sollozos ahogados.
Reparó en el torso rígido que mostraba el muerto. Cada vez más blanco y tieso, como tantas veces lo deseó en sus plegarias, y ahí estaba esta vez, sin alma ya. El otro era salitre y energía, robada al cuerpo inerme que yacía deshojado.
Levantó las cejas y se admiró por la mercancía obtenida a cambio; kilos de carne espesa, nalgas prietas, muslos ceñidos a su cuerpo de mujer estrecha de vagina y corazón reprimido. Le agarró ferozmente desde abajo con una mano y movió los dedos en el agujero trasero, el prohibido, el más íntimo y vulgar, escuchando los gemidos de sordo placer de la víctima con una sonrisa a medio hacer.
Experimentaba una maquiavélica delicia que la excitaba enormemente al saberle poseído, seducido, aplacado, sin defensa, con el alma atada de pies y manos invisibles. Siguió marcándole con finas y pertinaces cosquillas por debajo del vientre, acercándose a unos testículos tensos y rojos a punto de explotar. La víctima, el macho, a la impaciente espera de una intensidad más barriobajera quizá, aguantaba estoico cómo las manos de su hembra se deslizaban arriba y abajo, ligeras, jugando, mareadas entre la sal y el fluido sanguíneo. De pronto le alcanzó un pie y lo mordió clavándole los incisivos y las muelas, entero, a la vez que lanzaba la lengua sin soltar la presa. Ella chillaba, se agitaba convulsivamente, movía las caderas y le perforaba con dedos y uñas, dañándole la espalda y penetrándolos entre sus nalgas. Mientras se le erguía el pene y le ardían los genitales, seguía atormentándola, arañándola en las extremidades, provocándole más cosquillas y un dolor vaginal insoportable, salvaje.
El corazón batía golpes en el pecho. La devoró por dentro y reparó en unos líquidos internos que le derritieron la sangre. Estaba prieta y más que lista, a punto, en vena. Entonces le soltó los pies y observó cómo ella se mordía los puños de las manos para combatir el tormento que la asediaba. Estaba entera, yacía en un orgasmo permanente de dolor y lucidez; se cubría un rostro lacerado y había dejado de oler a muerto.
La embistió sin avisar, desgarrándola en una ira incontenible, los dos aullando, resoplando de orgullo, resbalados de sudor. La contuvo cuando parecía llegar arriba, con una parada seca que mantuviera todavía un poco más las expectativas, los gozos. Esperó con su verga erguida rozándola y babeándole los senos corridos de agua. Suave volvió a emprender el camino de la cumbre, ahora con la certeza de alcanzar la cima en una marcha ininterrumpida de gloria.
Varias sacudidas y gritos de ella. La sintió partirse, estrellándose contra una vagina de paredes angostas, casi virgen. Cogiendo un ritmo sosegado antes y acelerándose a medida que ella chorreaba placer. Otra y otra y otra, tendida ella en un infinito momento álgido que duró hasta notarse como preñada, molida por dentro y por fuera. Echó una última ojeada al muerto al tiempo que él se le echaba encima, devorado por un cansancio que sólo las fieras y los asesinos conocen.
Rosa Chover Taberner
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