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    trece otoño

PORTADA :: EL HILO :: EL LABERINTO

 

Todas la claves y el símbolo 

VersO

 

 

cosas que no te diré
por Isabel Alamar

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diario de un ciber-punk
por Leo Zelada

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menos mal/cansancio
por Antonio Álvarez Bürger

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las estrellas brillan...
por Nestor Ventaja

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en busca de una isla habitada
por Rafael Pérez Castells

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eliot/(sin título)/casa de cadenas (selección)
por Carlos Barbarito

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de "La utopía del agua"
por José Luis Gómez Toré

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el tiempo de su nombre
(versos sencillos) / Paisajes
/ Salmo 43
por Jesús Urceloy

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dos poemas de escombros
Raúl Pozo

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donde la locura te cuelga de los ojos
irías a ser un hombre
por Nuria Ruiz Viñaspre

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El oculista
Por Cecilia Eudave

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El circo de las sombras
por Rosy Paláu

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Setas
por María Tena
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New Orleans en Lavapiés
por Antonio Polo

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Una estría de mi feminidad en nueve rosas
por Alfonso Carlos

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La letra disonante
por Alberto Lope

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  Supongo
por Carmen Planchuelo

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A domicilio
por Miguel Ángel García y Mario Feijoo
Ganador del VI Certamen de guiones de cortometraje de la Universidad de la Laguna (Tenerife) 2001
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Alarico frente a Roma
por Eduardo Protto

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Entrevista al doctor Guerro de Médicos sin Fronteras
por José Ángel Pizarro

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desde el terror
reflexiones sobre un triste 11 de septiembre

Los testigos del dolor
por Jacqueline Sokolovic

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Las torres abolidas
por Manuel Moya

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Desafinando
por David Torres
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Váyase señora ONU
por Guillermo Fesser
(EL PAÍS 22.09.01)

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El poder de las palabras
por Barbara Probst Solomon
(EL PAÍS 21.10.01)

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Escenarios para una guerra global
por Umberto Eco
(EL PAÍS 23.10.01)

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El arrabal de los dioses
por Antonio Polo
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Joaquín Pérez Azaustre
UNA INTERPRETACIÓN (PREMIO ADONAIS 2000)

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Entrevista a Anita Blond
por José Pizarro Nogués

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LA DANZA DE LA MUERTE (CÓDICE DE EL ESCORIAL)
EDICIÓN DE SABAS MARTÍN

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José Del Río Sánchez
LA ESPIRAL DE DURERO

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Marcelo Rizzi
EL COMIENZO OBLÍCUO DE TODO DESORDEN

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Ezra Pound
PERSONAE. LOS POEMAS BREVES

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PERDÓN POR EL RETRASO
por David Torres

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desde el terror
reflexiones sobre un triste 11 de septiembre

 

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Jacquline Sokolovic
LOS TESTIGOS DEL DOLOR

 

Seguramente que abrazados, el dolor fue menos intenso. Eso pienso, cuando vuelvo a recordar ahora, la macabra angustia de tantos miles de seres humanos encerrados; unos, en los aviones secuestrados y otros, en las torres del World Trade Center, a la espera de una muerte no deseada. Una sensación de pánico tremendo, comparado -sin duda- con la inmensidad del cielo para qué o por qué. Podría explicarlo muy bien Bin Laden, el posible ejecutor de esos actos terroristas sin precedentes en la historia de la humanidad. Sin embargo, lo que me preocupa y, ha motivado a escribir estas lineas es el hecho de que el presidente de los Estados Unidos quiere resolver el conflicto, el caos que originó en dos de las ciudades más importantes del mundo unos fanáticos terroristas sin escrúpulos de la misma manera o igual que ellos, con la violencia. Ya es harto conocido, por muchos de nosotros, que la venganza sólo trae más odio innecesario ¿Se puede considerar como una gran idea atacar sin misericordia a otro país, supuestamente, protector e incondicional de los terroristas? ¿Se puede plantear un contragolpe militar americano como la única vertiente definitiva para acabar, según, con el terrorismo y conciliar una paz anhelada en el mundo? Yo creo que no, tendría entonces el presidente Bush y sus demás aliados comenzar por acabar con las armas, las ideologías o los pensamientos radicales de muchos grupos subversivos, y, sobre todo, de la mente de cuanto creen que con ello se puede lograr algo bueno. El mismo nacionalismo extremo de los norteamericanos es prueba palpable de lo que afirmo. Al presidente Bush sólo le interesa como siempre proteger y defender, a toda costa, los intereses de una nación que es, obviamente, la más poderosa en la faz de la tierra y que fue objeto de un brutal y despiadado ataque. Pero, ¿ No hay un egocentrismo y prepotencia exagerada de su parte frente al problema?

Sus palabras de condena sobre la cruel agresión de los asesinos, estuvo siempre, cargadas de ira que de preocupación, de aflicción o tristeza. Repitió, varias veces en sus cortas alocuciones por televisión que esa barbarie cometida por terroristas no se iba a quedar así y que iba castigar a los culpables de esa conspiración tenebrosa, sea como sea. Si, pero de qué manera, con la fuerza militar más avasallente, poseedora de un desarrollo logístico y tecnológico impresionante que ningún otro. Lo peor es que muchos países lo apoyan en su ya inevitable y loca decisión. Sólo espero que cuando eso ocurra: las tropas militares norteamericanas penetren en sigilo a un territorio totalmente indefenso. Alguien en el mundo como yo, prenda una vela y rece porque no se convierta en la fatal señal de una próxima apocalipsis u holocausto; porque en ese momento, seguro que ya nadie recordará a los verdaderos testigos del dolor.


JACQUELINE SOKOLOVIC. Desde Japón. Escritora y poeta venezolana.

 

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Manuel Moya
LAS TORRES ABOLIDAS

 

Las dos primeras preguntas que se me antojan al contemplar por enésima vez el desplome de las torres neoyorquinas son: ¿qué es lo que se derrumba con esas torres?, ¿qué se levantará en su lugar?. Hasta ayer NY representaba el corazón palpitante y pletórico de nuestro mundo (sólo de nuestro mundo). Tras su perfil asombroso y altivo, tras esa estampa de postal, se vislumbraba el gran gorila de hormigón, el cerebro de un monstruo al que todos nos empeñábamos en alimentar con la carne oscura del tercer mundo. Hoy, ese gorila se ha desplomado como un azucarillo y ese cerebro supura estupefacción e incertidumbre. Los idolillos erectos y gemelos del más integrista de los capitalismos tenían, ya lo sabemos, sus cimientos sobre el barro del Hudson, y como barro han sucumbido al primer pedrisco de otro integrismo no más enloquecido y fanático.

Durante décadas, el gran zapato que representa Manhattan, había pisoteado o ignorado con total impunidad a pueblos enteros bajo esa gran coartada moderna que hemos dado en llamar eufemísticamente libertad y que no era más que mercadeo y wall street. Teníamos el corazón demasiado cerca de la billetera y hoy ya no sabemos qué nos duele más, si el uno o la otra, cuando la onda expansiva amenaza a nuestras tarjetas bancarias e intuimos que las torres desmochadas son hoy tan emblemáticas como la semana pasada, aunque su emblema, hoy, nos llene de pavor y realidad. Los cadáveres neoyorquinos nos espeluznan más que los ruandeses o los chechenos, los palestinos, los guatemaltecos o los del Estrecho, por la sencilla razón de que son nuestros propios cadáveres, porque pudimos ser nosotros, porque nos creíamos a salvo del horror y la muerte, esas lacras luciferinas que azotan a los pueblos donde no llegan los neones de wall street. Hoy sabemos que esas dos torres descansaban sobre el insoportable osario de Ruanda, Chechenia, Guatemala o Palestina y que seguían impasibles el destino de las pateras. No podíamos estar viendo tanta sangre desde las azoteas gemelas sin que algún irresponsable nos echara a perder la chaqueta de Gaultier. Desde ellas, atónitos, contemplábamos el mundo, sin sospechar siquiera que lo que admirábamos era un dulce espejismo con los números de la Bolsa Blanca titilando como neones de Lukas en la guerra de las galaxias. Éramos, creo, espantosamente felices, espantosamente ciegos con nuestra bolsa de palomitas en una mano y la cocacola/granada en la otra. Hoy, por sorpresa, nos ha nacido el siglo XXI y lo hemos envuelto con el humo espantoso de la Gran Manzana. Que Dios nos coja confesados.

The question ahora es saber qué vamos a levantar en el lugar de esas torres abolidas, decapitadas. Qué nuevos idolillos, bajo qué nuevas advocaciones. Puede que el día que aparezcan estas reflexiones, los gendarmes de nuestro mundo hayan encontrado un blanco de rostro aceitunado donde empotrar nuestros misiles de frustración y pánico, puede que estemos quemando a otros diez mil afganos o iraquíes convictos de otredad en la barbacoa de la purificación. Todo sea por la libertad, esa muchacha que mira impasible desde la isla de Manhattan con una antorcha de napalm en la mano, dispuesta a seguir quemando a herejes de turbante y ramadán para limpiar así el maligno de la faz del mundo, de nuestro mundo, of course. Tiemble Babel. Tiemblen los hijos de Babel, los que no chamuyan el lenguaje del dólar.

Pero, ¿y nosotros?, ¿qué alzaremos en lugar de las desafiantes torres? ¿Replicas idénticas?, ¿nuevos obeliscos?, ¿fantasmas eréctiles?, ¿falos de sinrazón? ¿ríos de napalm y sangre?. Si es así (y será así) sentémonos frente al televisor para ver cómo de nuevo, caen los símbolos de nuestra arrogancia y crepitan, de nuevo, las llamas de la purificación.

 

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David Torres
DESAFINANDO

 

 

Hay gente que ya no sabe qué hacer para llamar la atención. Harto de que sus obras pasen desapercibidas, incluso cuando se le ocurre estrenar un cuarteto para cuerdas y helicópteros, el compositor alemán Karl Heinz Stockhausen ha declarado, con palabras que van de la envidia a la admiración, que el atentado contra las torres gemelas de Nueva York es la mayor obra de arte jamás realizada por el hombre. "Los compositores no podemos hacer nada parecido", apunta Stockhausen, para luego dedicarse a glosar la dedicación con que el grupo de artistas se preparó durante años para ese "happening" brutal en que ardieron sus vidas y las de unos cuantos miles de espontáneos. Preguntado precisamente por la colaboración desinteresada de los espontáneos, Stockhausen se apresuró a señalar que se trataba de un crimen, porque nadie les invitó a formar parte de ese "concierto" (sí, sí, como lo oyen), pero luego matizó que "algo sucedía en el plano espiritual: la transformación lenta en arte", algo muy, muy difícil de conseguir, según Stockhausen.

No sé nada del plano espiritual, pero hablar de lo sucedido en el World Trade Center como una enorme improvisación colectiva, viene a señalar muy bien el callejón sin salida en que se halla atrapado buena parte del arte contemporáneo. Para empezar, lo obvio: el olvido de la moral. Aplaudir semejante salvajada en el plano estético y hablar del sufrimiento de las víctimas como "lenta transformación en arte", como si los huesos y la sangre fuesen lo mismo que hierros doblados o piedras golpeadas por el cincel del escultor, es sencillamente espantoso. Quien apunta esas palabras, se ha olvidado de ser humano, pero no hay que olvidar que la música de Stockhausen, que fue el padre de todas las vanguardias, del mismo modo que la guerra de Irak fue la madre de todas las batallas, nunca fue humana. Si me apuran, ni siquiera fue música. Sólo puede matar de aburrimiento.

En cuanto al plano estético, mientras hay poetas que se han dedicado a cantar la atrocidad bellísima de un hongo atómico, el atentado de las torres gemelas es muy poquita cosa. Si Stockhausen sintió la mayor catarsis de la historia del arte ante un concierto que está a la misma altura de "Godzilla", "Independence day" o "La jungla de cristal III", entonces su sentido de la emoción estética es el mismo que el de un adolescente de trece años con la cara llena de granos. Que alguien le invite un año a las fallas, hombre. Pero claro, Stockhausen, se emocionó porque sabía que era verdad, y ahí está la madre del asunto, el profundo analfabetismo, la ignorancia abisal que revelan sus palabras, como la de tantos músicos cuyas obras se confunden con cencerradas y la de tantos pintores cuyos cuadros parecen puertas a la intemperie. El arte es representación, nunca realidad; imitación y no vida. Ya lo dijo Aristótetles. Si nos conmovemos ante los fusilamientos pintados por Goya, no es por su valor testimonial, desde luego.

De cualquier modo, si algún otro "artista", indignado por las palabras de Stockhausen, se le ocurre pegarle dos tiros en la cabeza, que no se preocupe: es posible que el gran compositor alemán ya tenga preparado el marco. Plomo sobre cerebro de papanatas. Técnica mixta.

David Torres. 21-09-2001.

 

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Guillermo Fesser
VÁYASE SEÑORA ONU
Artículo publicado en el diario EL PAÍS
el sábado día 22 de septiembre de 2001

 

Pocas veces ha tenido la humanidad una oportunidad histórica tan clara para reflexionar sobre las normas éticas en que basamos nuestra convivencia. Tras los acontecimientos del 11 de septiembre en Nueva York, en todos los rincones del planeta millones de personas se preguntan cómo ha podido ocurrir algo tan espantoso. Entre ellas, muchos norteamericanos que, aislados por culpa de unos medios de comunicación que suelen mirarse al ombligo, han vivido demasiado tiempo ajenos a la política exterior de sus gobiernos y que ahora, a pesar de la insistencia del presidente Bush en visualizar solamente al demonio detrás de los culpables, sospechan que, como en la guerra de Vietnam, les llega una verdad a medias.

Por vez primera en nuestra historia el mundo entero se ha sensibilizado ante una atrocidad que sigue en directo por televisión. Lo de las Torres Gemelas ha sido un ataque directo al corazón de todos: por su dimensión, por su significado y porque Nueva York, aunque se lo debamos sólo al cine, es una metrópoli de la que casi todo el mundo se siente un poco ciudadano.

Ante la condena unánime de la humanidad, los dirigentes deberían escuchar a sus pueblos. Dejar por un momento sus camarillas de consejeros civiles, militares y religiosos de alto rango y bajar a la calle donde opinan las amas de casa, los guardas jurados y las monjas que venden libros a domicilio. Si así lo hicieran, entenderían que la gente no reclama victoria, sino justicia. Los que creen en rápidas soluciones bélicas terminarán llevándose la sorpresa de que, una vez aniquilado Bin Laden, surgirá Bila Den o Labe Din y nuevos actos de terror.

El terrorismo surgido en el mundo árabe ha creado un conflicto global y, si de verdad existe voluntad de llegar al fondo del problema, la investigación de sus motivaciones y su combate deberían articularse desde la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero la ONU de hoy no funciona. Obedece a intereses creados en el pasado que ya no se mantienen en pie. ¿Por qué no reconocerlo de una vez? Igual que en España a la muerte de Franco las Cortes tuvieron la valentía de autodisolverse para crear un nuevo orden constitucional, es tiempo de pedir la disolución de Naciones Unidas para establecer un nuevo orden internacional. Necesitamos una ONU valiente e imparcial que haga cumplir todas sus resoluciones. No vale acudir rápido al auxilio de Kuwait y, al mismo tiempo, permitir que Israel no devuelva los territorios ocupados o que el Sáhara se quede sin referéndum. Se nota demasiado la hipocresía, el doble rasero, la tomadura de pelo a la ciudadanía. Necesitamos una ONU que se atreva a afirmar lo que todos sabemos: que los embargos a los pueblos sólo sirven para que sus niños se mueran de hambre. Una ONU que, de una vez y por todas, sea capaz de plantarle cara a los banqueros suizos. ¿O es que acaso Bin Laden guarda sus miles de millones en fajos de billetes de 10 rupias dentro de un saco en la jaima?

Los seres humanos del planeta reflexionan acongojados en sus casas. Ojalá el eco de esa congoja llegue hasta los gobernantes. La humanidad intuye que ganar a cualquier precio significaría una nueva derrota y pide una reflexión más profunda. Los hombres y mujeres de hoy están dispuestos a renunciar a mucho para que mañana sus hijos no tengan que renunciar a todo.

Guillermo Fesser es periodista y codirige el programa Gomaespuma en M-80 Radio.

 

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Antonio Polo
EL ARRABAL DE LOS DIOSES (*)

(*) Del libro "La vida en Hermenauta" de Antonio Polo.Madrid 1997

 

El arrabal es el refugio de nuestro tedio.
Jorge Luis Borges

Una vez dejada atrás Babelia, no pasarán más de dos jornadas sin que divise las torres semiderruidas que anuncian la proximidad de Kabulia. Entonces el viajero se verá sorprendido por la nube de polvo que la circunda, y eso lo desconcertará a su llegada. Y es que si no fuera porque Kabulia (ciudad hermética por antonomasia) huele permanentemente a dátiles maduros, se diría que Jade Maiwand1 es un polvoriento suburbio de la antigua Petra. Al atardecer, cuando se alargan las sombras de las ruinas, se pueden contemplar a los nefelogetas, que son y seguirán siendo ciegos aunque pocos hayan logrado advertirlo. Tan sólo quienes habitan en los arrabales los han visto surgir de entre la miseria de los muros pero nadie sabe con certeza de qué viven, qué sueñan o si han llorado alguna vez.

Aquellos a quienes pregunte no sabrán decir de dónde vienen, ni qué religión profesan, sólo acertarán a declarar que su población cada vez es más numerosa. En cambio, habrá quienes afirmen que por las noches fornican tanto entre ellos que sus hijos son criaturas insanas y tullidas; que adoran a un dios por cuyos muñones brotan ríos de miel; que a veces ordenan secuestrar a una doncella. No sabrá el viajero si todo esto es cierto, como tampoco sabrá nadie cuánto tiempo llevan los cóndores sobrevolando la ciudad. Los más antiguos del lugar afirmarán, sin embargo, que la decrépita historia de su ciudad se inició a las puertas de una mezquita, de un tabernáculo, quizá de un ministerio.

La vida será siempre difícil para estas gentes. Abrir una vía de agua o dar de comer a los pájaros puede llegar a ser una empresa tan faraónica como el amor o el hallazgo de la hierba a los pies de un hipogeo. Mientras tanto, tullidos misteriosos al ocaso, piratas y mercaderes sidonios del Mar Académico, libertos y apologistas coránicos de Dauralamán, o famélicos encantadores de serpientes, no pierden la esperanza de que pronto el mercader, el talabartero, el imán o la cortesana descuiden sus labores a la sombra del adobe podrido y abandonen por fin las ausentes marquesinas.

1) Jade Maiwand. Antigua avenida de Kabul completamente derruida tras varios años de guerra con la Unión Soviética.

 

 

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Barbara Probst Solomon
EL PODER DE LAS PALABRAS
Artículo publicado en el diario EL PAÍS
el Día 21 de octubre de 2001

George Orwell comentó una vez que los intelectuales occidentales no olvidaban nunca el poder liberador de la ideología y el poder opresivo del nacionalismo, pero rara vez recordaban el poder opresivo de la ideología y la fuerza liberadora del nacionalismo. En estos tiempos peligrosos e inciertos, yo valoro más el sentido común que los principios abstractos sobre las libertades civiles.

Está claro que fue una ineptitud por parte de la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, el pedir a la CNN que redujese la cobertura directa de Osama Bin Laden, y también que los medios de comunicación son un monstruo sin cabeza que se mueve a zancadas, tienen un poder inmenso y que podrían resistir un análisis más minucioso. Pero convertir la metedura de pata CNN / Osama Bin Laden en una importante cuestión de libertades civiles me parece tendencioso, y no es mi prioridad máxima en este momento.

A Bin Laden no le preocupaban los derechos de las 6.000 personas que estaban en las Torres Gemelas, donde la mayor parte de los que recibieron el golpe (aparte de los bomberos y los policías) eran gente que va temprano a trabajar, gente de la clase trabajadora, la mayoría nacidos fuera de Estados Unidos, y ejecutivos jóvenes. Ni tampoco está interesado en las libertades civiles de las mujeres de Afganistán, cuyas vidas se han convertido en un infierno viviente bajo los talibanes. El momento de haber empezado a preocuparse urgentemente por las libertades civiles y el derecho a la libertad de expresión, y, por supuesto, el derecho a la vida, fue cuando asesinaron al traductor de Salman Rushdie.

En Nueva York, nuestra prioridad sigue siendo levantar la moral de la ciudad y proteger a la enorme población árabe y musulmana (nadie se ha vuelto contra la población árabe y musulmana de Nueva York). A escala internacional, la prioridad es la protección humanitaria de la población de Afganistán.Las noticias llegan hasta nosotros de varias maneras. Hay reportajes directos, entre los que se incluyen los reportajes estúpidos y todos los vicios ya conocidos de los medios de información. También incluyen propaganda y desinformación. Seamos realistas. Yo comprendo la lógica de ser antibelicista o pacifista. Pero el estar en guerra con Bin Laden y fingir que estás interesado en lanzar su mensaje a todo el mundo es un contrasentido.

El recuerdo de mi infancia durante la II Guerra Mundial es que nos impusieron muchas restricciones. Las cartas de los soldados llegaban censuradas a casa para que no se divulgara información militar, la prensa no se quejó porque Roosevelt no la informara con anticipación del desembarco en Normandía, ni tampoco nos transmitían la propaganda de Goebbels.

La potencia de las máquinas de propaganda está muy subestimada (por eso siempre he insistido en que cada país tenga su propia prensa). Una parte enorme del éxito inicial de Hitler se debió a la máquina de propaganda bélica de Goebbels, un hecho que frecuentemente pasan por alto los historiadores que prefieren hablar de las batallas militares. La razón de que Francia fuera tan dura con los escritores colaboracionistas tras la liberación es que no eran escritores que simplemente estuvieran expresando su opinión. Eran escritores a sueldo de la Oficina Alemana de Propaganda (la Quinta Columna), y contribuyeron a desestabilizar sus Gobiernos antes de que llegasen las tropas alemanas.

Las palabras pueden ser armas potentes de guerra y de caos. Los mulás exportados a todo el mundo desde Arabia Saudí no predican la religión islámica: enseñan a los niños a odiar. Aplaudo el artículo del jeque Saud Nasser al-Sabbah que apareció esta semana en el periódico saudí con sede en Londres Asharq al-Awset, en el que este antiguo ministro kuwaití de muy alta posición critica a su propio país por su peligrosa hipocresía al no imponerse a sus extremistas islámicos. Si vamos a hablar de libertad es esencial que sean oídas las voces de los árabes y musulmanes moderados.


Barbara Probst Solomon es escritora y periodista estadounidense.

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Umberto Eco
ESCENARIOS PARA UNA GUERRA GLOBAL
Artículo publicado en el diario EL PAÍS
el día 23 de octubre de 2001

 

La cuestión que estos días turba las conciencias de todos no es si el terrorismo está bien o mal, o si hay que erradicarlo aunque sea de forma violenta: sobre esto hay un consenso unánime, al menos en Occidente y en muchos países árabes, e incluso un pacifista admite que en cualquier reacción de legítima defensa es indispensable cierta dosis de violencia. Si no fuera así, no deberían existir ni siquiera las fuerzas de policía, y no habría que usar la violencia contra quien está disparando a la multitud. Los auténticos problemas son otros: si la guerra es la forma adecuada de violencia y si el enfrentamiento que nos espera debe convertirse en un enfrentamiento de civilizaciones -o, si se prefiere, de culturas-, o una guerra entre Oriente y Occidente. De ahora en adelante usaré, por comodidad, la expresión 'guerra E/O', del mismo modo que durante la Guerra Fría se consideraba, con mucha flexibilidad geográfica, Este a Checoslovaquia y Oeste a Finlandia, Este a China y Oeste a Japón. Y naturalmente, al hablar de un enfrentamiento entre mundo cristiano y mundo musulmán, incluyo entre los cristianos a todos los occidentales, incluidos los ateos y los agnósticos, y en el mundo musulmán también a los fieles de poca fe que beben vino a escondidas sin preocuparse lo más mínimo por el Corán.

Por un lado, las operaciones de guerra pueden empujar en Oriente a las masas fundamentalistas a tomar el poder en los diferentes Estados musulmanes, incluso en algunos de los que apoyan a Estados Unidos; por el otro, la intensificación de atentados insostenibles puede llevar a las masas occidentales a considerar al islam en su conjunto como el enemigo. Tras lo cual tendríamos un enfrentamiento frontal, el Armagedón decisivo, el choque final entre las fuerzas del Bien y las del Mal (y cada parte consideraría mal a la parte contraria). No es un escenario imposible. Por ello, como todos los escenarios, debe dibujarse hasta sus últimas consecuencias.

Admito que para hacerlo hay que practicar el arte de la ciencia-ficción. Pero también el desplome de las dos torres fue anticipado por mucha ciencia-ficción cinematográfica, y, por lo tanto, los escenarios de ciencia-ficción, aunque no necesariamente dicen lo que va a ocurir, sí sirven para decir lo que podría ocurrir.

Choque frontal, pues, igual que en el pasado. Pero en el pasado había una Europa con fronteras bien definidas, con el Mediterráneo entre cristianos e infieles y con los Pirineos, que mantenían aislada la parte occidental del continente que aún era en parte árabe. Tras lo cual, el enfrentamiento podía asumir dos formas: o el ataque o la contención.

El ataque lo constituyeron las Cruzadas, pero ya se sabe lo que pasó. La única cruzada que llevó a una conquista efectiva (con la instalación de los reinos francos en Oriente Próximo) fue la primera. Después, durante siglo y medio (con Jerusalén de nuevo en manos de los musulmanes), hubo otras siete, sin contar expediciones fanáticas e insensatas como la llamada cruzada de los niños. En todas ellas, la respuesta a la llamada de San Bernardo o de los pontífices fue poco entusiasta y confusa. La segunda cruzada estuvo mal organizada; la tercera vio a Barbarroja morir en el camino; a los franceses e ingleses, llegar a las costas enemigas y, después de alguna conquista y alguna negociación, volverse a casa. En la cuarta, los cristianos se olvidaron de Jerusalén y se pararon a saquear Constantinopla. La quinta y la sexta fueron prácticamente dos viajes de ida y vuelta. En la séptima y la octava, el bueno de San Luis luchó bien en las costas, pero no obtuvo nada consistente y murió allí. Fin de las cruzadas.

La única operación militar de éxito fue, más tarde, la Reconquista de España. Pero no fue una expedición de ultramar, sino más bien una lucha de reunificación nacional (algo así como el Piamonte con el resto de Italia), que no resolvió el enfrentamiento entre los dos mundos, sino que simplemente desplazó la línea fronteriza.

En lo que a la contención se refiere, los turcos se detuvieron ante Viena, se ganó la batalla de Lepanto, se erigieron torres en las costas para avistar a los piratas sarracenos, y así durante algunos siglos. Los turcos no conquistaron Europa, pero el enfrentamiento permanece.

Después, en los últimos siglos, asistimos a un nuevo enfrentamiento: Occidente espera a que Oriente se debilite y lo coloniza. Como operación, no hay duda de que estuvo coronada por el éxito, y durante mucho tiempo, pero hoy estamos viendo los resultados. El enfrentamiento no se ha eliminado, sólo se ha agudizado.

Se podría decir que, a fin de cuentas, Occidente ha salido ganando. Europa no fue invadida por los hombres del turbante y la cimitarra, y éstos se han visto obligados a aceptar, en su casa, la tecnología occidental en gran medida. Podría considerarse un éxito si no fuera porque, gracias a la tecnología occidental, Bin Laden ha logrado derribar las dos torres. Imagino que los productores occidentales de armas se frotarán las manos cada vez que consiguen vender alta tecnología bélica a Oriente, y que para celebrarlo comprarán un barco nuevo de cien metros de largo. Si así os va bien, entonces alegraos, muchachos, habéis ganado.

Pero hasta ahora he faltado a mi promesa y he hablado de historia, no de ciencia-ficción. Pasemos a la ciencia-ficción, que tiene la consoladora ventaja de no ser todavía verdad en el momento en que se imagina.

Volvemos, pues, a plantear el choque frontal; es decir, la guerra E/O. ¿En qué se diferenciaría este choque de los enfrentamientos del pasado? En tiempos de las cruzadas, el potencial bélico de los musulmanes no difería mucho del de los cristianos: espadas y máquinas de asedio estaban a disposición de ambos. Hoy, Occidente tiene ventaja en cuanto a tecnología bélica. Es cierto que, en manos de los fundamentalistas, Pakistán podría usar la bomba atómica, pero como mucho conseguiría arrasar, por ejemplo, París e inmediamente sus reservas nucleares quedarían destruidas. Si cayera un avión estadounidense, construirían otro; si cayera un avión sirio, tendrían dificultades para comprar otro a Occidente. El Este arrasa París y el Oeste lanza una bomba atómica sobre La Meca. El Este difunde el botulismo por correo y el Oeste le envenena todo el desierto de Arabia, como se hace con los pesticidas en los inmensos campos del Midwest, y mueren hasta los camellos. Estupendo. Tampoco duraría tanto, como mucho un año; después, todos continuarían con las piedras, pero ellos saldrían perdiendo.

Con una salvedad: hay otra diferencia con respecto al pasado. En tiempos de las cruzadas, los cristianos no necesitaban hierro árabe para hacer sus espadas, ni los musulmanes hierro cristiano. Ahora, en cambio, incluso nuestra tecnología más avanzada vive del petróleo, y el petróleo lo tienen ellos, por lo menos la mayor parte. Ellos solos, sobre todo si les bombardean los pozos, no pueden extraerlo; pero nosotros nos quedamos sin él. A no ser que se lance en paracaídas a millones de soldados occidentales para conquistar y vigilar los pozos, pero entonces los volarían ellos, y además una guerra por tierra, en esos países, no es tan fácil.

Occidente, por lo tanto, debería reestructurar toda su tecnología para eliminar el petróleo. Y dado que todavía hoy no ha conseguido hacer un automóvil eléctrico que vaya a más de ochenta kilómetros por hora y no tarde una noche en cargarse, no sé cuánto tiempo llevaría esta reconversión. Incluso sin contar con la vulnerabilidad de las nuevas centrales, se necesitaría mucho tiempo para propulsar a los aviones y los tanques, y hacer que nuestras centrales eléctricas funcionaran con energía atómica. Además habría que ver si las Siete Hermanas están de acuerdo. No me asombraría que los petroleros occidentales estuvieran dispuestos a aceptar un mundo islamizado con tal de seguir obteniendo beneficios.

Pero la cosa no acaba aquí. En los buenos tiempos pasados, los sarracenos estaban de un lado, más allá del mar, y los cristianos, de otro. Si durante las cruzadas dos árabes (quizá disfrazados) hubieran intentado erigir una mezquita en Roma, les habrían degollado y no habrían vuelto a intentarlo. Hoy, en cambio, Europa está llena de musulmanes que hablan nuestros idiomas y estudian en nuestras escuelas. Si ya hoy algunos de ellos se alían con los fundamentalistas de su país, imaginemos qué pasaría si tuviésemos una guerra E/O. Sería la primera guerra con un enemigo acomodado en casa y asistido por la seguridad social.

Pero, atención, el mismo problema se plantearía en el mundo islámico, que tiene en su casa industrias occidentales e incluso enclaves cristianos como Etiopía. Como el enemigo es malo por definición, damos por perdidos a todos los cristianos del otro lado del mar. La guerra es guerra. Son desde el principio carne de cañón. Ya los canonizaremos a todos después en la plaza de San Pedro.

En cambio, ¿qué hacemos en nuestro país? Si el conflicto se radicaliza más de lo debido, y caen otros dos rascacielos, o incluso San Pedro, tendremos una caza al musulmán. Una especie de noche de San Bartolomé o de Vísperas Sicilianas: se coge a cualquiera que tenga bigote y una piel no excesivamente blanca y se le degüella. Se trata de matar a millones de personas, pero la multitud se ocupará de ello sin necesidad de molestar a las fuerzas armadas. Naturalmente, habría que ver si se degüella también a un árabe cristiano, o a un siciliano que no tenga ojos azules de normando, pero somos tan políticamente correctos que en el carné de identidad no figura si se es cristiano o musulmán, y además hay que desconfiar también de los europeos rubios que se han vuelto infieles. Como ya se dijo en la guerra contra los albigenses, de momento matadlos a todos, y luego Dios reconocerá a los suyos. Por otra parte, no puede uno arriesgarse a hacer una guerra planetaria y permitir que se quede en tu casa un solo fundamentalista, que después puede actuar como kamikaze en una estación.

Podría prevalecer la razón. No degollamos a nadie. Pero incluso los norteamericanos, tan liberales, a principios de la II Guerra Mundial recluyeron en campos de concentración, aunque fuera con mucha humanidad, a todos los japoneses que tenían en casa, aunque hubieran nacido allí. Por lo tanto (y siempre sin hilar fino), se localiza a todos los posibles musulmanes -y si, por ejemplo, son etíopes cristianos, qué se le va a hacer, Dios reconocerá a los suyos- y se les pone en algún sitio. ¿Dónde? Con la cantidad de extracomunitarios que andan por Europa, para hacer campos de prisioneros se necesitaría un espacio, organización, vigilancia, comida y cuidados médicos insostenibles, sin contar con que esos campos serían bombas que estallarían con sólo poner juntos a varios miles, y que no se pueden hacer campos para grupos de a cuatro.

O, si no, se les coge a todos (no es nada fácil -pero ¡ay de nosotros si queda uno solo!- y hay que hacerlo deprisa, de una sola vez), se les carga en una flota de barcos mercantes y se les descarga... ¿Dónde? Se dice: 'Perdone, señor Gaddafi; perdone, señor Husein, ¿le importaría hacerse cargo de estos tres millones de turcos que intento expulsar de Alemania?'. La única solución sería la de los traficantes de inmigrantes: se les arroja al mar. Millones de cadáveres flotando en el Mediterráneo. Me gustaría ver qué Gobierno se atreve a hacerlo, serían mucho peor que desaparecidos, incluso Hitler masacraba poco a poco y a escondidas.

Como alternativa, en vista de que somos buenos, les dejamos que se queden tranquilos en casa, pero detrás de cada uno ponemos a un agente de policía para que lo vigile. ¿Y dónde encontramos tantos agentes? Se reclutan entre los extracomunitarios. ¿Y si después ocurre como en Estados Unidos, donde las compañías aéreas, para ahorrar, dejaban que los inmigrantes del tercer mundo hicieran los controles en los aeropuertos y luego pensaron que a lo mejor no eran de fiar?

Naturalmente, todas estas reflexiones las podría hacer, al otro lado de la barricada, un musulmán sensato. El frente fundamentalista, no sería desde luego del todo vencedor, una serie de guerras civiles ensangrentaría sus países desembocando en horribles masacres, también recaerían sobre ellos contragolpes económicos, tendrían menos comida y aún menos medicinas de las pocas que tienen hoy, morirían como moscas. Pero si partimos del punto de vista de un choque frontal, no debemos preocuparnos por sus problemas, sino por los nuestros.

Volviendo, pues, al Oeste, se crearían dentro de nuestras filas grupos filoislámicos, no por fe, sino por oposición a la guerra, nuevas sectas que se negarían a optar por Occidente, seguidores de Gandhi que se cruzarían de brazos y se negarían a colaborar con sus Gobiernos, fanáticos como los de Waco que empezarían (sin ser fundamentalistas musulmanes) a desencadenar el terror para purificar al Occidente corrupto. Pero no es imprescindible pensar sólo en estas franjas. Estoy pensando en la mayoría.

¿Aceptarían todos la disminución de energía eléctrica, sin poder recurrir siquiera a las lámparas de petróleo? ¿El oscurecimiento fatal de los medios de comunicación y no más de una hora de televisión al día? ¿Los viajes en bicicleta en lugar de en automóvil? ¿Cines y discotecas cerrados, hacer cola en el McDonald's para tener la ración diaria de una rebanada de pan de salvado con una hoja de lechuga? En resumen, ¿el cese de una economía de prosperidad y derroche? Imaginemos lo que le importa a un afgano o a un prófugo palestino vivir en una economía de guerra, para ellos no cambiaría nada. Pero ¿a nosotros? ¿A qué crisis de depresión y desmotivación colectiva nos enfrentaríamos? ¿Estaríamos dispuestos a aceptar el llamamiento de un nuevo Churchill que nos prometiera sangre y lágrimas? ¡Pero si los italianos, tras veinte años de propaganda fascista sobre nuestra misión civilizadora, llegados a cierto punto estábamos encantados de perder la guerra con tal de que cesaran los bombardeos! Es cierto que esperábamos a cambio a los norteamericanos buenos con sus raciones, mientras que ahora se esperaría a los sarracenos malos que matarían a los curas y los frailes y pondrían el velo a nuestras mujeres, pero ¿estaríamos tan motivados como para no aceptar cualquier sacrificio?

¿No se crearían por las calles de Europa cortejos de orantes esperando desesperados y pasivos el Apocalipsis? Hemos admirado la resistencia y la energía patriótica de los norteamericanos tras la tragedia del 11 de septiembre, pero, a pesar de toda la indignación y la solidaridad que sienten, siguen teniendo su filete, su automóvil, y el que se atreva, sus líneas aéreas. ¿Y si la crisis del petróleo provocase un apagón, la falta de Coca-Cola y de Big Mac, la visión de supermercados desiertos con sólo una lata de tomate allí y una bandeja de carne caducada aquí, como hemos visto en algunos países del este europeo en los momentos de máxima crisis? ¿Hasta qué punto se seguirían identificando con Occidente los negros de Harlem, los desheredados del Bronx, los chicanos de California, los caldeos de Ohio (sí, los hay, los he visto, con sus vestidos y sus ritos)?

Occidente (y Estados Unidos más que nadie) ha fundado su fuerza y su prosperidad acogiendo en su casa a gente de cualquier raza y color. En caso de enfrentamiento frontal, ¿cuánto aguantaría esta fusión?

Y, por fin, ¿qué harían los países de Latinoamérica, donde muchos, sin ser musulmanes, han elaborado sentimientos de rencor hacia los gringos, hasta el punto de que allí, incluso después de la caída de las torres, hay quien susurra que los gringos se lo han buscado?

En resumen, la guerra E/O podría muy bien mostrar a un islam menos monolítico de lo que se piensa, pero desde luego vería a una cristiandad fragmentada y neurótica, donde poquísimos se presentarían candidatos a ser los nuevos templarios; es decir, los kamikazes de Occidente.

Estos escenarios de ciencia-ficción no me los estoy inventando yo; hace ya unos treinta años, aunque sin prever una guerra total, sino sólo un apagón accidental, Roberto Vacca ideó escenarios apocalípticos como éstos en su obra Medioevo prossimo futuro.

Repito: he dibujado un escenario de ciencia-ficción, y naturalmente espero, como todos, que no se haga realidad. Pero lo he hecho para decir lo que, razonando con lógica, podría ocurrir si estallara una guerra E/O. Todos los incidentes que he previsto derivan de la existencia de la globalización, y en este marco, los intereses y exigencias de las fuerzas en conflicto estarían estrechamente enlazados, como ya lo están, en una madeja que no se puede devanar sin destruir.

Lo que significa que, en la era de la globalización, una guerra global es imposible; es decir, que llevaría a la derrota de todos.


Umberto Eco es escritor y semiólogo italiano.



 

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desde·el·terror·07·fin

 

m3cv65·inicio

 

Joaquín Pérez Azaustre
UNA INTERPRETACIÓN (PREMIO ADONAIS 2000)
MADRID, RIALP, 2001

Siento tener que decirlo, pero Una Interpretación intenta ser un libro valiente y no lo consigue. Y siento tener que decirlo porque entré en él con ansia, atraído por los versos que se escapaban de las hojas aún sin cortar (bendita costumbre de la colección...), altos y ambiciosos, que predecían un libro de una pieza, intento de reconstrucción de un país tras una guerra civil que, por lo visto, aún no ha producido bastante literatura, aunque haya producido demasiada. Pérez Azaustre ha querido mirar las ruinas desde lejos, con la mirada del esteta que no rechaza ni el dolor ni la memoria. Y ahí es donde el libro, como tal, falla; cuando, convocadas por los nombres que el autor utiliza como conjuros, aparecen notas de color demasiado sabidas ya, herencias para un tono que no se define de tanto bailar a uno y otro lado, y una retórica no antigua, sino ajada de tan tópica. Una Interpretación no es un libro malogrado, sino un libro insuficiente. Pero un libro que se lee con placer, porque esos versos altos y ambiciosos a los que me referí antes, están ahí, y son muchos. La prueba definitiva para Pérez Azaustre será el futuro, si es que llega alguna vez.

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m3yu65·fin

 

m3cv66·inicio

 

José Pizarro Nogués
ENTREVISTA A ANITA BLOND

 

Sólo el vestíbulo es tan espacioso y tan duro como la piel de un rinoceronte. El resto de los cuartos son como cuartos de baño y en cada uno de ellos hay máquinas tragaperras. Anita Blond me recibe con su vestido de cola tan elegante como un piano de lo mismo. Me dice algo de tomar un zumo, hablamos en inglés pero no nos entendemos. Esta es una versión mejorada y traducida de nuestra conversación.

P:

¿Anita, como te sienta que te llamen The Doll?

R:

Me sienta como un guante.

P:

¿Es verdad lo de tus 54 operaciones de estética?

R:

54 44

P:

¿Has pensado alguna vez en la posibilidad de progresar y de dedicarte a otra cosa?

R:

No.

P:

¿Has pensado alguna vez?

R:

No, tampoco. No soy pensadora. Normalmente hay alguien que piensa por mí y cuando esa persona no está recurro a los consejos de mi perro Zeus que me habla en sueños.

P:

¿Qué opinas de la obra monográfica de Jhon Ingres?

R:

¿Podrías hacerme una pregunta que entendiera?

P:

¿Qué opinas del sexo anal?

R:

Normalmente los hombres exigen sexo anal a las mujeres pensando que van a prepararlas un cisco de puta madre, que las van a reventar el culo y que las van a abrir entre las nalgas una taquilla...(Risas) Es verdad (Risas del entrevistador) Se te quedan mirando el agujero como si les fuera a salir un enano a venderles cromos... (Risas de los vecinos que son unos cotillas)
La realidad es mucho más normal, por lo general son los hombres los que lo pasan peor que yo, ja, ja, ja (Risas)

P:

Anita ¿Podrías chuparme la polla para los lectores de J. P. News?

R:
..........................

(Continuará)

josé pizarro 9 de septiembre 2001

 

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m3yu66·fin

 

m3cv67·inicio

 

LA DANZA DE LA MUERTE (CÓDICE DE EL ESCORIAL)
EDICIÓN DE SABAS MARTÍN
GRABADOS DE HOLBEIN
MADRID, MIRAGUANO, 2001

Uno de los textos más imaginados y menos leídos que nos ha dado la literatura, del que apenas si sospechamos la imagen que nos cedió Bergman en El Séptimo Sello. Tétrico y risueño, piadoso y libertino a la vez, la Muerte hace danzar a sus invitados a un son que no sabemos determinar si es de salvación o fatal. En estas octavas está el espíritu de una época que aún se nos hace inimaginable, a caballo entre la superstición y la sabiduría no del todo enterrada, entre la miseria y la necesidad de vivir a cualquier costa, entre la guerra y la guerra. Buen trabajo de Sabas Martín como editor y magnífico volumen, compuesto con elegancia y una extraña alegría negra. ¿O no se enamorarían ustedes, como lo estoy yo, de una colección llamada Libros de los Malos Tiempos?

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m3yu67·fin

 

m3cv68·inicio

 

José Del Río Sánchez
LA ESPIRAL DE DURERO
MADRID, ENDYMIÓN, 2001

Si no me equivoco, y teniendo ante mí la portada del libro, que la reproduce, la espiral de Durero es la que surge de la representación geométrica de la proporción áurea. Es decir, un trazo armónico oculto en una forma que ha de ser desvelada con anterioridad, una forma que no pertenece con propiedad a la naturaleza, sino que surge tras investigar en el caos de números y dimensiones que podemos percibir. Lo que quiero decir, lo que José del Río quiere decir, es que no basta con la sola enumeración de los hechos, con la mera constatación de lo percibido para tener un poema, una obra de arte o una verdad matemática (quizás más adelante nos extendamos un poco sobre esto). La espiral de Durero necesita de centros, infinitos, que se contemplan unos a otros, que se necesitan unos a otros, del mismo modo que es impensable la intimidad sin la historia, el poema sin la introspección en el poema mismo. Después de tanto artificio, descubrimos que la línea, que ya creíamos abstracta por completo, está en el mundo, se mueve en él, con él, lo mueve. Insertar un objeto en la realidad, no levantar acta de él. Eso es escribir.

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m3yu68·fin

 

m3cv69·inicio

 

Marcelo Rizzi
EL COMIENZO OBLÍCUO DE TODO DESORDEN
BARCELONA, DEBOLSILLO, 2001

 

Basta con mirar, con escuchar, para descubrir la fragilidad de lo que tenemos por orden. Intuimos que el ritmo está siempre a un paso de su negación, que en cualquier momento se volverá para preguntarnos si significa algo, si vale la pena la cadencia en medio del furor. Así con los poemas de Marcelo Rizzi; de alguna manera sabemos que bajo su elegancia está el comienzo de nuestro exilio.

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m3cv70·inicio

 

Ezra Pound
PERSONAE. LOS POEMAS BREVES
EDICIÓN DE LEA BAECHLER Y A. WALTON LITZ
TRADUCCIÓN DE JESÚS MUNÁRRIZ Y JENARO TALENS.
MADRID, HIPERIÓN, 2000

 

Aquí está el bisturí de Ezra Pound, el instrumento con el que seccionó todo aquel metro, ritmo, o manera de hacer que se le puso por delante. Lo que hay en este volumen es mucho más que una etapa de aprendizaje o de adquisición. Más allá del estudio de las formas provenzales, latinas o chinas, de la formación de un modo de escribir, los poemas de Personae, título que Pound dio a esta selección de sus poemas anteriores a los Cantares, son el inicio del diálogo que los diversos Ezras del tiempo sostendrán contra ellos mismos, cada una de las personas (no en vano persona significa "máscara" en latín) que en la dialéctica de Pound puede añadir un signo con que conjeturar el proceso de locura que algunos le achacaron al viejo, y que él concibió con el nombre de Historia.

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PERDÓN POR EL RETRASO
Por David Torres

 

Hace cosa de un año que el señor José Carlos Llop se sintió indignado por un artículo mío en que criticaba la propuesta de la iglesia ortodoxa rusa de canonizar al zar Nicolás II y, de paso, me mofaba de la pasión del Papa polaco por beatificar mártires a troche y moche. En un artículo publicado en el Diario de Mallorca, el señor Llop calificaba mi ataque de "descacharrante" y a mí mismo, de "ignorante" y de "cosaco atiborrado de vodka". Lamento que mi respuesta haya tenido que aguardar aproximadamente un año, pero es el tiempo que he tardado en conocer, rastreando en la hemeroteca virtual de dicho diario, la existencia del artículo del señor Llop.

El señor Llop habrá visto que yo he empezado por llamarle señor Llop, no porque sepa quién es (que no tengo ni idea) sino por una simple cuestión de respeto y educación: él empezaba su mención llamándome "un tal David Torres", y aunque el adjetivo "tal", delante de un nombre propio, se emplea para dar a entender que el sujeto del que se habla no es muy conocido, connotativamente también se usa para ningunear y menospreciar. Por suerte no soy mujer, porque hay otra acepción, bastante conocida y usada, para la expresión "una tal".

Señor Llop, le aseguro que yo ya sabía, antes de escribir mi artículo, que no era el Papa polaco quien sacó la iniciativa de canonizar al zar. Lo decía en el primer párrafo, cuando hablaba del pueblo ruso y de su iglesia. Daba por supuesto el hecho de que cualquier lector con dos dedos de frente estaría enterado que, en Rusia, la iglesia oficial es la ortodoxa. Como escritor no me gusta dar lecciones desde la cátedra; prefiero imaginar que mi hipotético lector sabe leer y le supongo una inteligencia media y una cultura media, aproximadamente las mismas que yo tengo. Por lo visto, con usted me equivoqué. El cambio de tonalidad lo dejé bien claro en el comienzo del segundo párrafo, que comenzaba así: "No sé qué opinará el Papa de todo esto...". Sinceramente, yo creo que lo que a usted le molestó, señor Llop, fue mi crítica a ciertas prácticas del Vaticano de beatificar a todo bicho muriente que haya sufrido o al que hayan martirizado en nombre de la Iglesia. Incluso, si no han sufrido nada, como es el caso de monseñor Escrivá de Balaguer. Mi modesto artículo no usaba otro procedimiento que el viejo truco de ir de lo lejano a lo cercano, de la iglesia ortodoxa rusa a la católica, para concluir que, al fin y al cabo, tampoco son tan distintas. Si usted le tiene simpatía al Papa polaco, allá usted. Leyendo su artículo y su acertada descripción de los ceñudos y barbudos popes, que -como usted bien supone- tanto miedo le deben inspirar a los niños rusos, uno se pregunta si, como yo, usted habrá ido de niño a un colegio de curas católico, de ésos que te preguntan si has cometido actos impuros mientras te palmean suavemente los muslos. A lo mejor es que yo no he viajado tanto como usted ni he leído tanto como usted. O a lo mejor es que usted, señor Llop, nunca fue a un colegio de curas. O sí fue y le gustó.

Sepa también que no suelo beber vodka, sino ginebra combinada con tónica o bourbon, generalmente solo. Lo que no bebo nunca es agua bendita. Y, por favor, discúlpeme el retraso.

David Torres. 9-09-2001.

 

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