MUSICA PARA AEROPUERTOS

nanga parbat portadaNanga Parbat
(fragmento del libro del mismo título, merecedora del Premio Desnivel 1999 de literatura de montaña, viajes y aventura)
por David Torres Ruiz

 

 

-¿Una montaña? De acuerdo, digamos que es una montaña. ¿Un ochomil? Desde luego, si crees que puedes medirla en metros. Pero deja que te diga una cosa. Cuando llegamos al valle del Diamir, uno de los viejos jefes diamiris me contó una historia, una especie de leyenda sobre el primer hombre que se atrevió a subir al Nanga. A mitad de la escalada, la montaña se enfadó mucho por la osadía de aquel sahib y entonces le envió una tormenta y lo acorraló contra unas rocas y ya iba a matarlo cuando de pronto lo vio tan pequeño, tan insignificante, La cara del Nangaque simplemente cogió uno de sus dedos y lo arrancó de cuajo. El sahib cayó de rodillas, gritando, temblando, con la mano rota, salpicada de cristales de sangre, y oyó la voz de la montaña por encima del huracán: "vuelve por aquí cuando quieras. Cuando tenga tus otro cuatro dedos podré hacerme una mano de verdad".

El hombre estaba sentado en un taburete, los brazos hundidos en su regazo, mirando al vacío. Sandra había caminado un buen rato desde la parada de metro hasta encontrar ese bar abierto. Era casi de noche y hacía frío, le pidió un café caliente al camarero. No se fijó en el hombre sentado a su izquierda, y ni siquiera advirtió que llevaba un rato hablando en un murmullo continuo y profundo. Sandra se encogió de hombros y removió su café.

-A veces me pregunto si no será verdad, si no es posible que una montaña guarde también sus recuerdos, sus ocasos gloriosos, sus nubes y sus muertos. Sobre todo ella, a la que pusieron tantos nombres, la Montaña del Terror, la Montaña del Destino, la Montaña Asesina, como si pretendieran meterla a la fuerza dentro de esos motes, capturar su esencia, sus abismos, su belleza, en un vulgar apodo, como si no les bastara su nombre sánscrito, Nanga Parbat, la Montaña Desnuda, ella, más antigua que el mar, más vieja que el mundo. ¿O es que vas a decirme que una montaña no es nada más que roca y hielo y que nosotros no somos más que huesos y sangre y carne? ¿Y qué hay de los recuerdos, Adrian, qué pasa con ellos? ¿Y si lo que me contó el jefe diamiri es verdad, y si ella colecciona dedos igual que nosotros en las cumbres guardamos piedrecitas y nos hacemos fotos? ¿Podrías olvidar eso, Adrian? ¿Qué otra montaña, qué desierto, qué océano, qué lugar del mundo tiene tantos recuerdos como el Nanga?

© David Torres

Nanga o el terror

 

Ilustraciones de PDDC

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