LA P R O S A


 

Que pena que se fue el dolor
por Vicente Rosales


Ya no llueve. Mejor para él, y para mí también; me facilitará la tareda de decirte lo que quiero, apenas una poquito más, no creas. Es sólo que... vamos, que debo confesarte algo. Sí, tiene que ver con tu regalo. No, no lo he perdido, al menos no del todo. Aún está conmigo.

Supongo que un lo siento no bastará, soy consciente de ello; es lo único que pude conseguir de ti.

Vale que buscaba algo más en tu persona, no sé bien el qué: otro algo, simplemente. Quizá tu favor, algún secreto, un poco de mí en tu pensamiento, o, como mínimo, alguno de aquellos silencios ¡nadie otorga como tú lo hacías!

Recuerdo que bajabas los ojos al tiempo que alzabas la timidez y esperabas a que yo siguiera la conversación de cereza. Pero yo no sabía que decirte. No necesitaba las palabras, aun saliendo de tu boca ¿para qué? si ya estabas allí. Tiene gracia; hasta ahora, sin embargo, no he podido pasar sin ellas ¡sois tan parecidas! A veces me ponía a leer y te observaba, escuchaba y te escribía, respiraba y tú volvías... ¿Acaso pueden inhalarse las palabras? Sí, seguro, por qué no; yo te suspiraba, cada noche: primero el cabello, luego un pedacito de tu amistad perdida, el agua de tu mirada, ciertas caricias, a veces un pecho, su suavidad y, al fin, tu nombre.

Pero espera... espera un momento que... me parece... ¡ay! Sí, se está moviendo. ¡Todavía está vivo! Pobrecillo. Tu regalito de dolor es un poco inquieto. Claro, ha sido tu nombre. Es bueno saberlo aún dentro.

Algunas veces, el muy sinvergüenza no me dejaba dormir. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño, a medianoche, sentía, de súbito, su aliento rascar en mi memoria. Qué revoltoso. Sin embargo, hasta esa tarde no llegué a decirle nunca nada, al menos nada que pudiera ofender y de esta manera hacerlo partir y así olvidarme de ti. Además, me hacía compañía, los dos me hacíais compañía: él, dolor, y tú, recuerdo.

Por otro lado, sí que me hubiera gustado verlo fuera de vez en cuando, lo suficiente para darme cuenta de que él era lo más cerca que podía estar de ti. Pero ahora ya es tarde. Y tampoco creo que le gustase lo de afuera... bueno, la verdad es que lo ignoro; pero al pronunciar tu nombre se metía más adentro, de eso estoy seguro. Y no paraba quieto. En ocasiones, iba de un lado al otro de mi cuerpo, me hacía cosquillas aquí, me pinchaba en la cabeza, surgía escaso en una lágrima, y luego entraba y salía y corre y baja de nuevo sacudiendo mi corazón. Qué travieso.

Pero el otro día, aquella tarde, tuve que regañarlo. Algo le pasaba. Parecía nervioso. Sus movimientos eran extraños, bruscos: iba y venía a una velocidad inusual. No pude controlarlo y decidí dejarlo suelto, a su aire, a ver qué pasaba, a ver si se cansaba. Cuando por fin se tranquilizó un poco se dirigió hacia la zona de mi torso. Lo noté triste. Debió ser la lluvia; nunca le ha gustado el olor de la tormenta. Paso a paso se fue acercando al corazón. Estuvieron un rato juntos. De inmediato empezó a molestarlo. No le dejaba trabajar y le apuntillaba por doquier. Luego se abrazaron fuertemente. En un principio pensé que se querían: ¡tanto tiempo el uno con el otro! Pero no. Su presión no era de cariño ¿por qué lo estrujaba de esa manera? ¿qué le sucedía?

La tormenta seguía afuera. Tuve que tomar asiento. Respiré hondo una, dos, tres veces. Su presión no cesaba. Mi corazón me pedía ayuda. Regalito basta, dije. No me hizo caso. Mira que ya para la lluvia, ya verás; ahora mismo abro la ventana y respiro un poco de sol y lo mezclo con una de sus sonrisas, y si quieres con su nombre, pero para por favor, que te estás pasando. Pero tu regalito de dolor no quiso hacerme caso y tuve que reprenderlo. Me puse las manos en la cabeza y con todas mis fuerzas grité: ¡BASTA, B A S T A A A! Fueron dos voces secas, coléricas; me cogieron por sorpresa. Entonces detuvo su estrangulamiento. Quedó en silencio, como uno de los tuyos, si bien un poco más denso. Respiré. No dijo nada, no lo notaba. Me asusté. Le llamé, le pedí perdón. No quise hacerle daño, eso nunca, era tu regalo. Permanecí mudo por un instante. Escuché atento. Nada. Apenas un minuto más tarde un sollozo débil brotó de mi vientre. Era él. Dolor. Qué pena me dio. No pude contenerme y empecé a llorar yo también, por él, por ti, ya qué más da. Al cabo de unas horas cesó su llanto; al cabo de tres días lo hizo el mío.

Hasta hoy no lo había vuelto a sentir. Los primeros días estuve triste. Lo añoraba. Ahora la sensación es diferente. Ahora, al saborear tu nombre y saber que todavía queda algo ínfimo de él en mí, algo en todo caso perecedero, me puedo permitir el retroceder a ti sin perder la noción del tiempo. Y es que soy más ligero. Noto el vacío que poco a poco va dejando tu obsequio. Y no es un hueco cualquiera. Ya te he dicho que es muy travieso: ¡se me ha llevao los recuerdos! ¡Qué tío!

Espero que me perdones por no saber cuidar de tu regalo, ¿lo harás? Es curioso, pero no me siento mal por ello.


Qué pena que se fue el dolor
Pequeña historia de un desamor cualquiera
(Hoy no es martes, algo pasó - Yo no pierdo - Qué pena que se fue el dolor)


Vicente Rosales Cuny. 1999
vrosales@redestb.es

portada


a r i a d na