LA P R O S A
Paul Nkabinde sueña los viernes desde el andén del metro de Avenida de América
Paul Nkabinde no durmió esta noche como debiera. Le duelen los huesos y tiene molestias en el cuello. Quizás cogí frío, piensa. ¡Maldito casero, que no cree en el futuro y en un sudafricano de palabra que promete pagar mañana. Paul Nkabinde lleva cinco meses en Madrid y sólo añora Mdantsane los viernes. Es una especie de disciplina que se autoimpuso después del primer mes lejos de casa.
Trabajaré de lo que sea, le dijo a papá Nkabinde al marchar. Sin embargo las cosas nunca son como se prevén en la distancia. Doce horas al día en los túneles y acaso venda un par de cinturones y alguna que otra raiban imitada.
El frío de enero y las gentes que siempre le miran sin ver y que cuando ven, sólo miran hacia esa manta sobre la que acumula sus mercaderías a precios de saldo. Ellos, preguntan el precio y él responde con ese extraño acento, mezcla de suajili e inglés, siempre con números y pesetas. De vez en cuando alguna mujer le sonríe y entonces consigue ver el sol desde aquellos profundos túneles en los que trabaja.
En esta fría mañana de enero, piensa que el sol debe brillar fuerte en Mdantsane donde el verano resplandece y los viernes son tibios y están llenos de aromas de las especias que se venden en el mercado. Cuidadosamente, se viste con esa maravilla de traje que todavía huele a África regalo de Josephine, su novia de siempre. Sobre el carrito de metal instala el potente radiocasete adquirido con sus ganancias en el metro y después de cargar una cinta, sale a la calle, hacia los túneles, donde el sol aún no brilla.
Los andenes están atestados de gente. Es viernes y son las nueve de la mañana. Paul Nkabinde resplandece en su traje de colores conforme baja al andén de la línea seis en Avenida de América, tratando de ver las montañas y de respirar el perfume de la flor de acacia. Se inclina sobre su radio y eleva el volumen de Africa. Las voces de Ladysmith Black Mambazo llenan la estación. ¡Hbo m m! Paul Nkabinde avanza por el andén, todos se apartan a su paso y le mirán, algunos con rostro divertido otros enfadados con aquél que trata de sacarles de su letargo matinal. En un instante, doscientas personas bajo la bóveda de hormigón, despiertan en la sabana. El aire es limpio y transparente, el sol duele en los ojos. Paul Nkabinde no parece reparar en nada a su alrededor, sólo el ritmo coral del isicathimya parece vestirle. Sus labios pronuncian cada palabra y sus rodillas se flexionan en cada golpe de voz. ¡Hbo m m! Con potente voz acompaña al coro de Joseph Shabala. El volumen es ensordecedor y el subterráneo arde bajo el sol. El tren que sale del túnel es ahora una manada de impalas que huyen de algún predador solitario y todos se retiran levemente a su paso. ¡Hbo m m! El sonido del silbato coincide con el fin de la canción y hormigona los cielos, llenos ahora de cables y focos de luz. Sin escucharse una sola palabra, todos vuelven a los andenes, periódicos desplegados, libros abiertos y rostros cansados. Carga y descarga. Doscientas personas sobre un andén, en silencio. Sólo él continúa tarareando el estribillo de la canción, contemplando como el tren huye con su valioso cargamento.
Paul Nkabinde se gira y emprende el ascenso arrastrando tras de sí su tesoro y sonriendo otro viernes más, bajo el suelo madrileño.
© Pedro Díaz Del Castillo 1999
a r i a d na