LA P R O S A
Luna
por Carlos Buj
-Luna. Hechicera, Diosa y mujer bella donde las haya. Su cuerpo don de la naturaleza. Sus ojos.. azules.., grandes.., felinos... pero sobretodo penetrantes, que irradiaban un fulgor que atrapaban cual cósmico agujero negro. Su pelo rubio, mojado, que dejaban entrever su cara, con prominentes pómulos que brillaban a luz de la noche, a la luz de las estrellas, a la luz de la Luna.. Su boca, fantástica, roja, ávida completaba el conjunto más majestuoso que habitaba el cielo.
Tuvo el capricho, de bajar al país de los mortales en busca de una experiencia fuera de lo común, un hombre bien formado, un pedazo de carne que la satisfaciera de sus aburridas y solitarias noches en el firmamento.
Era de noche, en la playa, el mar tranquilo y él, observado por ella desde la altura, desde la oscuridad, notó algo espiritual, y ella, por fin, se dejó ver. Y descendió a la arena. Jamás él vio, nada que le atrajera tanto, jamás vio, algo así, algo que le hiciera olvidar la educación religiosa como si nunca la hubiera recibido, que le hiciera olvidar aquella muchacha a la que prometió amor eterno y ahora ni siquiera su nombre podría recordar.. Olvidó incluso por qué estaba allí, ya nada importaba.
Aquello se apoderó de él.
¡Era él! Un hombre delante de Luna. Una verdadera divinidad. Pero él no se abalanzó como su cuerpo le suplicaba, porque con la cabeza pensaba que aquello era más, algo mágico, algo que no debía estropear porque si no, nunca se lo perdonaría.
Así que se controló y, sumiso, la dejo hacer. Y ella, como una leona hambrienta de varios días paseó sus dientes y su lengua por su torso, mientras que con delicadeza exquisita, apartaba sus ropas que no eran más que un estorbo..
Él ya no pensaba, estaba en un estado donde la realidad fluía, sucedía a través de sus ojos, a través de su piel..
Ella desprendía un olor penetrante que se adentró hasta lo más profundo de él. Pero Luna, al verle a él dichoso, decidió extirpar aquellos dulces sentimientos para pasar a proporcionar a ese ser y proporcionarse a sí misma el más sublime gozo que se puede experimentar.
Ella, siempre desnuda, sublime, colocó su lujurioso y húmedo cuerpo sobre el hombre. Luna, era como un animal sediento, embutió su lascivo cuerpo en aquel portentoso hombre.
Lo místico se fundió con lo terrenal... Entonces ella aulló, y él, ya agotado, radiante, quiso que aquello no se acabara nunca.
A pesar de haberse desenfrenado, Luna, insaciable no cejaba. Ella se retorcía sobre él. Y no dejaba de brincar, sobre él. No había terminado todavía con él, quería exprimirlo como a una naranja, y no paró hasta que acabó con la última gota.
Carlos Buj. 1982. Zaragoza. Karlos_@arrakis.es
a r i a d na