LA P R O S A
Conexión necesaria
porLuis Martínez
Todo comienza una tarde gris, clara, lluviosa, soleada, etc. Caminas. Vas como siempre al salón de clase. A la hora fijada. En el puente, el que siempre transporta a los estudiantes, el que une al cielo y la tierra, se conglomeran docenas de caras desconocidas; cuatro o cinco te saludan. Corres tarde. Les saluda a distancia. Odias llegar atrasado. Y más a la clase de Hume. La profesora te tiene en un pedestal.
Nada cambia. En los pasillos notas los mismos perfiles, las mismas risas, carcajadas, burlas, charlas. Te hacen señal; acércate, quieren presentarte. Pero nunca llegas. El Empirismo te hace sentir culpable. Les contraseñas; entienden (son los pocos que comprenden).
Y luego pasa.
Una de las chicas que desconoces, fija su mirada en ti. Tu paso, inconscientemente se afloja. Abre su puerta; te invita a un refresco, un café; pide que te siente a su lado, en el sofá, junto al lento fuego de la chimenea. Hola, me llamo Anel; perdona el atrevimiento, mi franqueza; pero no pude controlarme. Y no puedes ni siquiera hablar; el aire te falta; espíritus muertos recobran vida, fuego. Pero no aceptas; y llegas a clase uno diez minutos tarde.
¿Cómo podemos asegurar, por ejemplo, qué en una partida de billar, José le dé a la bola blanca y ésta, por efecto, le dé a la roja?; ¿cómo me contestaría Hume, el gran filosofo inglés? Preguntó la profesora; mirándole; exigiéndole una respuesta.
Como ha pasado anteriormente, asumimos que hay una conexión necesaria. Son dos eventos separados; ocurren en tiempos distintos. También se pueden separar en pensamiento; el habito de nuestra mente asume la falsa conexión. En fin, la idea de conexión necesaria es para Hume ficticia y fantástica. Contestas, triste, enojado, pensativo; muriéndote por sus ojos, su mirada, su cara y su puerta ya cerrada.
Te encuentras en la biblioteca; solo; aturdido; desanimado. Es tarde. Tienes qué seguir; a primera hora tienes que entregar esa exigente monografía. Llevas tres o cuatro páginas escritas; falta más de la mitad. Animo; ¡piensa!
¿Qué hora es?, inconscientemente preguntas al silencio.
Dejas caer la pluma, la cabeza y las manos, en la pequeña mesa. No has podido más. Llevabas unas cuatro horas escribiendo. Has olvidado a Hume. Un sueño profundo gobierna tus pensares.
Estás de nuevo frente a ella. Aceptas su invitación; tocas la puerta; le entregas la estrella que robaste. Sonríe; pide que pase. Vuelvo en un segundo; siéntate. Observas la acogedora chimenea: Su cautivante, penetrante fuego. Las luces cesan; una, dos velas, aparecen sobre una antigua mesa y despiertan de nuevo la claridad. Recuperas un poco tu normalidad; te acomodas; y le robas un pelo de serenidad a la chimenea.
Y luego llega.
Dos copas de vino, una mesa, dos románticas velas, un fuego eterno, una comida exquisita, la armonía de Kenny G, y ella. La besa. Se besan. Y todo comienza, todo termina; nada se mueve, nada se para; no existe la causa, el efecto. Y se olvidan del tiempo, el espacio; las velas se apagan; la comida se enfría; la chimenea cesa su fuego; pero la música no termina; sigue, persiste.
¿Qué haces besando el libro de Hume?, le pregunta.
Cae torpemente; confundido. Todo había sido un tonto sueño. No podía creerlo. Era ella. Se sintió avergonzado. Qué pensaría.
¡Dios mío!, y la monografía. Preocupadamente pensó.
Perdóname, no quise despertarte. Dijo, clavándole sus azules ojos.
No, no te preocupes. Necesito estar despierto. No sé cómo explicar lo del libro, el beso. En fin, qué pensarás. Esta monografía me ha agotado. Excúsame. Qué tonto. Mi nombre es Quilvio. Un placer; extendió la mano.
Ya lo sabía. Mi nombre es Anel De Jesús. Y el placer es todo mío. Tu amigo Dany, el cual conozco desde hace poco, me ha hablado de ti. Tuve el atrevimiento de preguntarle. Espero que no te moleste. Le dijo, sonriendo; conquistándolo.
Nervioso, rojo, temblando, olvidándose que existían vocablos, no pudo contestar.
Cuando hayas comprobado que Hume erraba, búscame. Demuestra que hay una conexión necesaria entre nosotros; entonces y solamente entonces, abriré mi puerta y aceptaré tu estrella. Los esperaré, a ella y a ti, después de la clase de Hume, en aquella mesa, leyendo nuestro libro. Ahora te dejo. Necesitas sentir. Ya no pienses más; escribe.
Ella se fue alejando lentamente, rítmicamente. Sabía que había encontrado su Romeo.
Él recogió la silla, tomó su pluma, cerró el libro de Hume, miró las cuatro páginas escritas; y esmeradamente, continuó su análisis. No quería llegar tarde. Julieta le esperaba.
Luis Martínez. Resido en la ciudad de Nueva York, E.E.U.U. Nací en la República Dominicana. Estudié Filosofía y Ciencia Políticas en Hunter College (La Universidad de la Ciudad de Nueva York): graduado con un B.A. en junio de este mismo año. Publiqué una colección de poemas, titulado Espejismo, en junio de este mismo año (A poet born Press, June '99). Empezaré mi maestría en educación en febrero-2000 (concentración: enseñanza a grados k-8: Estudios Sociales (historia). Escribo prosa y poesía en ambas lenguas (inglés y español).
a r i a d na