LA P R O S A


 

Apócrifa Devoción
por Simón Vas


"¡Y si después de tantas palabras / no sobrevive la palabra!"
César Vallejo

 

Caminamos apresuradamente por entre los agrestes campos, de los que hace tan solo unas horas (una eternidad de maldiciones y ruegos) ha sido nuestra hermosa y desgraciada ciudad. Esta maravilla de plazas y fuentes y torres que lanzan destellos que recogen las lejanas cumbres de las montañas. De risas en calles y tabernas, de foros atestados de sabios y guerreros. De niños como pájaros, de mujeres ardientes y virtuosas con el sol que bendice y quema nuestra tierra.

Me hallo huyendo, tropezando y ascendiendo por riscos, esquivando precipicios, con la perpleja e impotente mirada de mi esposa y mis hijas aguijoneando mi cuello a cada paso y la ciudad soberbia e indefensa asistiendo al espectáculo de nuestro éxodo albergando en su seno como un vástago destinado al sacrificio, nuestro hogar y los recuerdos.

Sin embargo, debemos seguir avanzando, con el juramento solemne que ni una sola vacilación, ni una mínima pregunta puede mancillar nuestros corazones, nuestra fe.

"Aunque el dolor os macere el alma, os raje el espíritu con el cuchillo de la duda, y hagáis barro del polvo del desierto con vuestras lágrimas. Aunque la curiosidad, seductora os tienta y persuada, os arrume y embauque, no debéis mirar atrás. Ni tú ni los tuyos. Pues seréis destruidos y el viento barrera vuestros pobres despojos."

Tales fueron las palabras del enviado o tales parecieron a mi alma ya exaltada por la imprevista aparición de ese implacable portador de la ira de Dios; cuya imponente figura y rostro ajeno a la tristeza de los hombres marcó el destino, aún incierto, de nuestras vidas.

Apareció con un poderoso resplandor, mientras yo inquieto y perturbado por alguna razón que me impedía conciliar el sueño, había salido al pequeño huerto que poseía en el patio de mi modesta casa. Contemplaba con admiración las infinitas estrellas ubicadas en el cielo por el Altísimo, y comenzaba a meditar sobre la magnitud de su obra. Como si esto hubiera sido una señal para Él, una pavorosa luz cayó iridiscente de alguno de los luceros a la velocidad de un halcón dando caza a su presa. En un latido de mi corazón inquieto el arcángel se halló junto a mí, inmenso como una de las estatuas que guardan el palacio del rey y revestido de una armadura que haría palidecer de modestia al más poderoso emperador. Su yelmo, esférico, refulgía con el fuego de mil soles con el bronce más bruñido que mis ojos vieran nunca. En su mano un arma con forma de azada daba a su porte el poder del universo, y a su espalda descansaba una alforja metálica.

Con voz profunda, como salida del interior del océano me llamó por mi nombre.

Azorado y temeroso por semejante mensajero, caí de rodillas besando el polvo, temblando a sus pies. Volvió a repetir el nombre que un día mi padre me otorgó y me habló en estos términos:

"Has de saber que es voluntad de tu Dios destruir la ciudad en la que tú y tu familia vivís. Sin dejar en ella piedra sobre piedra. Ni un sólo ser de los creados sobrevivirá o se atreverá de aquí a la eternidad a habitar entre sus restos. Esto ha dictado el señor, pues es una ciudad maldita de pecado y se barrerá de la faz de la tierra."

"Sin embargo" - Atronó el aire - "tú y los tuyos, libres de falta y con el temor de Dios en vuestros corazones, seréis indultados y se permitirá vuestra partida de la ciudad pecadora. Mañana, pero antes de que el sol llegue al cenit, habréis de haber traspasado las colinas que rodean el valle o la muerte os alcanzará"

Ahora, en este momento, con las escasas pertenencias que hemos podido arrastrar de nuestro hogar, de la ciudad que contribuimos a construir y embellecer, trato que mis ojos no me delaten ante las máscaras de tristeza infinita de mis hijas y mi mujer, pues yo también la siento. Y algo áspero e inconfesable rompe mi interior como la arena en los simunes lija las rocas del desierto. Por primera vez en mi vida estoy dudando de mi Dios y de su justicia... Qué Él me perdone si me equivoco, pero si no me equivoco... mas ya es tarde para las reflexiones pues el sol está a punto de llegar a lo más alto del cielo y caerá para contemplar lo que Él ha decidido. En cuanto a nosotros ¿Merced o condena? No puedo dudar que Dios en su infinita sabiduría sabrá conducirnos por el camino de su gloria velando por nosotros y por nuestros hijos. No puedo, aunque quiera, no puedo.

 

© Simón Vas

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