LA P R O S A


 

Ajedrez al sereno
por Marcelo Salto


Hoy, esta madrugada, me ha llamado mi padre. Ha susurrado mi nombre dos veces, muy quedo, junto a mi oído, con indecisión, como si realmente no quisiera hacerlo pero cumpliera un encargue ajeno. Su voz era la voz infantil de la escuela, voz que iba entrando despacio en el sueño - para no espantarlo - y era dicha por uno de los personajes, todavía fraguando ser parte del material sensible y onírico. Mantenían esa suerte de matrimonio unos momentos y luego la insistencia o el cambio de tono - más urgente y ya con menos probabilidad de burlar mediante las aperturas comunes - me despertaban a mis obligaciones.

Mucho me ha sorprendido su voz esta mañana, por dos hechos: primero, yo no le había pedido nada (y menos tan temprano) y segundo, porque está muerto. Pero de todas formas me he despertado envuelto en su recuerdo y me apresuro a levantarme, seguro de estar cumpliendo en mi vida el papel que el destino, esa línea indivisible, invisible, ese hilo blanco conduciendo el regreso a Ariadna o al Minotauro, ha impuesto como principio del final. Y no me tiembla el pulso. Aprieta mi mano el cuchillo de Abraham, por el cual me sacrifico como si fuera mi propio primer hijo.

No me ocurre seguido esto de despertarme mediante tan simpáticas señales. Regularmente es el reloj quien me sacude de muy malas maneras. Golpea su timbre y se queda mirándome, desafiante, anticipador de mi jugada. También lo acepto, pero despierto tan igual a tantos que no acierto con mi nombre. Me voy llamando de forma distinta, dejando atrás los deshechos como pieles innecesarias, al modo de quien va perdiendo sus ropas para entrar en el agua. Este agua es el bautismo final de la mañana, por el cual me reconozco y comienzo a cargar con mi historia como un fardo abandonado. Hace muchísimo me dijeron: ¿Lo tenés un rato? Pero tardan tanto, tanto.

Otras veces una mujer me despierta. La veo al fondo del sueño, acercando sus labios, empuñando el rostro en un beso principal o general de todo el cuerpo y anticipo de otros placeres. Por supuesto, tiene los labios rojos y amplios, ofrecidos, curvos y enclavados en la recia madera de mis ganas. Va llegando desde adentro, con el beso dispuesto y alcanza al mío, se completan mis huecos y los suyos. Llego a sentir un dulzor casi ácido, de dulce largamente preparado, de siglos, tirando ya a muy debido. Creo conocerla, pero justo al abrir los ojos ha desaparecido y me quedo con la palma tonta, sobre los labios, tratando de parar el derrame sucesivo de la sensación y me quedo triste, con el sentimiento de flor última del verano, cuando viene el tío desalmado del otoño y ella sola debe mantener todo el perfume del mundo, por última y por sola. Despierto entonces de mal humor, sorprendido por los fuegos artificiales del engaño, (estos fuegos tienen algo húmedo, porque ni bien se concretan comienzan a perderse) igual a sí fuera día de santos inocentes y no hubiera sino yo para jugarle estas bromas. Me levanto torcido, sin saber los motivos sinceros de esta improvisada separación y quedo deslumbrado de tanto desacierto. Sin saber el lugar correcto de mis piezas.

Algunas veces siento silbidos, como si me llamaran de lejos y no hago caso: será conmigo, me pregunto, mientras me doy vuelta y recomienzo el sueño, mientras ensayo otras variantes sobre el tablero circular del ojo. Adelanto lentamente los peones, avanzada de cosas demasiado humanas, imaginando el resguardo real, las conspiradas diagonales, la hidalguía montada y antes de dormirme del todo, hago un enroque, como si fuera una puerta que cierro y subo a estar sólo a mi torre. Lo bello y puro, la nobleza queda a mi lado, cuidándome, asegurando el sostén para cuando despierte, porque en este juego soy yo la pieza más importante. Soy lo único real.

© Marcelo Salto

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