Desde el monte
Luis Tomás Martínez
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Partiendo silencios con los años
Señor & underground
Free courier
Sergio Martín Sánchez
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La letra falsa
Rafael Pérez Castells
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·Leidra
Bernardo Casado
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(Sin título)
Eduardo Fraigola
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Guías
Hombres II
Daniel Idiart
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(Sin título)
Marcelo Sosa
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Me tira la muerte
Rafael Pérez Álvarez-Ossorio
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Mateo Necker escapa al amanecer del castillo de Brunswick
Jesús Urceloy
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Soneto
Francisco de Aldana
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Porque nunca has estado aquí
Edith Checa
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(Sin título)
Sonia Rincón
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Y recordarás nuestros paseos lapidarios
Valentín García Alonso
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La sonrisa del saltador (uno)
Juan Manuel Navas
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Tentación
Rosna Silva
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Desde el monte
por Luis Tomás Martínez
En las líneas empiezan
miles de cadenas
que cesan
lo verde,
lo blanco.
Allí,
en ese centro,
encuentro mi pan.
Luis Tomás Martínez. Reside en la ciudad de Nueva York, E.E.U.U. Nació en la República Dominicana. B.A. en Filosofía en Hunter College. Escribe prosa y poesía en ambas español e inglés.
© Luis Tomás Martínez
Sergio Martín Sánchez
Partiendo silencios con los años
No responde la ausencia al intervalo
si a tenor del borde o la locura
una cama se equipara a un espolón
donde abrir nuestra carne al horizonte
Señor & underground
Señor,
a pesar de sus años,
¿no será usted la crisálida?
lo digo porque ayer,
tarde noche,
noche en tarde,
una lucha fratricida entre mis párpados
me hablaba de guedejas
y miradas indiscretas.
Señor,
hoy es tarde,
tarde en tarde,
sus ojos de Toquinho
se asemejan al vuelo de los míos
levantando pulpas y enseres
a un sexo que no es suyo.
Free courier
Han llamado a la puerta
y me han dicho:
La distancia sólo es un rumor
los cuerpos esparcen su hambre
crepitan bajo la llama de su ausencia.
Es decir,
creo que Correos mejora en su lenguaje.
Sergio Martín Sánchez. Nacido en Madrid en 1972, sin publicaciones ni premios. Educado en la sierra y licenciado en Derecho en la U.C.M.
© Sergio Martín Sánchez
La letra falsa
por Rafael Pérez Castells
He leído
muchos libros impresionado con la púrpura que impone la imprenta,
creí que la letra impresa era la palabra de los sabios.
Después empecé a pensar de distinta forma:
un hombre falso podría escribir, mas nunca encontraría el valor de su esfuerzo.
Y el caso es que había grandes libros, escritos por inmensos falsarios.
Podría citar alguno, y airear trapos sucios listos para la ocasión,
podría seguir contando lo que pensé hace mucho tiempo de los libros,
o cómo dejó de ser la belleza aislada sinónimo de lo que busco.
Cuando abro
algún libro, incluso cuando lo abro con desaliento,
espero encontrar la voz que me vuelva a hablar de lo de siempre, y me
descubra lo desconocido,
que hable como compañero, y no como autor frente a un patio de butacas,
que me hable de las estrellas y de la vida, del amor y de las cartas abiertas,
y lo haga de esa manera que con el tiempo se olvida entre balances, ladrillos,
o cualquier habilidad que nos alimente.
No me importa que las balas sean el hilo de su discurso,
ni que un astronauta arregle las averías de su cápsula con alambre de jardinero,
únicamente que me hable una voz sincera.
Ya no temo
descubrir - me irrita - el vacío a las primeras de cambio,
o a veces más tarde, cuando estoy casi seguro de sus palabras.
Pero apenas me complico, tiro el volumen, o lo vendo al peso
y continúo buscando una voz,
una voz para creer, para respetar a partir de ahora.
© Rafael Pérez Castells
Leidra
por Bernardo Casado
Después nos
dolió la tierra
con su acucia de silicio
y su longitud larga,
al salir del beso,
como quien trae herida
o simetrías muertas.
Nuestras bocas fueron impar
en aquel altercado
de cereza y prolongaciones,
y abusando de los labios,
comiéndonos de aire,
con el centro compartido,
con violencias secretas
y un fervor en la carne.
© Bernardo Casado
Eduardo Fraigola
A la vela del
sur
se guían los marinos mercantes,
pesados sus barcos de roble.
Estrellas y macacos
necesitan pensar en roces
los usureros tejiendo
almas en silencio perfecto
a la penunbra del candil.
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Astor te
llamaba de vos cualquiera sea tu edad.
Astor que desterró el bandoneón del arrabal amargo y llevó los boliches porteños a
vagar por el hiperespacio.
Astor, el ABC de las sombras, el muñeco descolorido, pero enamorado de la nada.
Astor desentendido de los mitos del tango pero tan agarrado a sus pies, que da pavor.
A vos te escribe Nonino,
hacedor de tu epitafio.
Astor tan amigo de Gardel, como Mozart.
Por allá andan.
Por allá, lejos de los tontos humanos.
Eduardo Fraigola, nació en Montevideo el
27 de Octubre de 1973,
ciudad donde actualmente reside.
© Eduardo Fraigola
Daniel Idiart
Guías
Procesar palabras
negras
como el apetito
de la muerte
Para abjurar
de ella
Elaborar
laberintos de palabras
con tus ojos como guías
Única salida
Para jurar
por ella
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Hombres II
Para Bernardo Prudencio Berro.
Hombre triste
solo, sólo
en la playa
muriéndose
de vergüenza.
© Daniel Idiart
Marcelo Sosa
a la hora del silencio
gritan los cielos
furias desiguales
convidados gritos
que sólo contestan
los lobos del infierno
mientras los hombres
manejan sus torpes
gemidos
creyendo
decir
Marcelo Aníbal Sosa Guridi
(Montevideo, 1967). En 1974 su familia emigra a Mar del Plata (Argentina) por razones
políticas. En 1985 regresa a Montevideo, y comienza su militancia política y social, que
influirá en su concepción de la actividad literaria. Su conocimiento del diseño
gráfico, la impresión y la encuadernación artesanal ha moldeado los principales
aspectos de su concepción estética. Actualmente se encuentra preparando un volumen de
relatos y poemas.
© Marcelo Sosa
Me tira la muerte
por Rafael Pérez Álvarez-Ossorio
Me tira la
muerte
con esa cuerda fina y sutil
que lleva consigo
en todo viaje.
Me llega la nuerte
como esa visita siempre temida
que nunca se quiere
que llegue por fin.
Me atrae la muerte
como ese imán duro
que el cobre y el hierro
sujeta a sus lomos.
Me espanta la muerte
como ese huracán
que siega las hierbas,
las plantas, las flores
que todo lo asola en su largo andar.
Y llega la muerte
y destruye todo,
lo alto, lo sacro, lo bello,
lo hermoso:
te destruye a ti.
Rafael Pérez Álvarez-Ossorio (Sevilla, 1921), es Catedrátrico de Química Orgánica de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado numerosos ensayos, y es colaborador asiduo en la prensa española. No tiene obra poética publicada.
© Rafael Pérez Álvarez-Ossorio
Mateo Necker escapa al amanecer
del castillo de Brunswick
por Jesús Urceloy
Esta noche, mi amor, tuve un sueño difícil:
que era viejo y te amaba y aún dormías conmigo.
© Jesús Urceloy
Francisco de Aldana
"¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en lucha de amor juntos, trabados,
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando,
y que al vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y sospirar de cuando en cuando?"
"Amor, mi Filis bella, que allá
adentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también, tan fuerte
que, no pudiendo, como espoja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte."
Francisco de Aldana (Nápoles 1540, Alcazarquivir 1578), soldado y poeta. Estuvo al servicio del Duque de Alba en los Países Bajos, y fue espía de Felipe II. Muere en la batalla de Alcazarquivir (Marruecos). Su obra poética fue recopilada y publicada por su hermano Cosme después de su muerte.
© Francisco de Aldana
Edith Checa
PORQUE NUNCA has estado aquí
en la tarde gris de mi playa silenciosa
sobre la arena en la que se hunden mis pies
y mi juventud;
ni has envuelto con tu risa
las soledades de mis párpados
cada vez más rígidos por el miedo,
y más húmedos por la pena;
ni has escuchado la melodía del viento
en mis pestañas
pobladas de rubor por la intuición de tu cercanía...
Porque nunca he estado ahí
en la tarde gris de tu playa silenciosa
sobre la arena en la que se hunden tus pies
y tu juventud;
ni he envuelto con mi risa
las soledades de tus párpados
cada vez más rígidos por el miedo,
y más húmedos por la pena;
ni he escuchado la melodía del viento
en tus pestañas
pobladas de rubor por la intuición de mi cercanía...
Sigo aquí,
a la espera.
Del poemario "En la tarde, hacia dentro"
Edith Checa. Periodista. Redactora-locutora. Libros inéditos: novela, "El color del albero"; teatro, "La luna nos abandona"; poemarios, "En el último peldaño", "La cantera de la memoria", "En la tarde, hacia dentro".
© Edith Checa
Sonia Rincón
El albur en riña; templado mide,
vela a la perfecta, si de la piel
uvas, rasos, de la perfecta mis
dioses predecibles, hondos gritarse
daños o las risas o las mudables:
de otro porvenir hasta nuestra per-
fecta remontando venas, en fuga,
en dolor: de otro futuro hasta nuestro
maíz, capilla, hasta atragantarse y
aquí nos gritamos también los claustros,
los surtidores más hermosos: cómo
la semejanza, los huesos, los cielos,
cómo si azares sajan estos que
sabemos catedral, no prescindibles.
© Sonia Rincón
Y recordarás nuestros paseos lapidarios
por Valentín García Alonso
Cuando mi cuerpo
esté bajo tierra,
tus ojos
se llenarán
de ella.
Cuando tus ojos
se limpien, de pena,
con tus lágrimas,
cada tumba
del camposanto,
será profunda
y anegada tristeza...
y recordarás
nuestros paseos
lapidarios.
Valentín García Alonso (Madrid, 1959). Ha publicado "Poemas del vacío" Ed. Juan Pastor, 1999.
© Valentín García Alonso
La sonrisa del saltador (uno)
por Juan Manuel Navas
En verdad yo habito la garganta de un dios.
SAINT-JOHN PERSE
Desde la garganta de un ángel.
Sospechando desde dentro, arropado en bulto,
en la yema anunciada, en perfil de voz.
Reunión en la última garganta de estruendo amañado,
con un reparto injusto de los rincones más ciegos.
Es a ese dentro sin el balanceo de astros y mares,
adonde vienen todas las cosas abandonando el festín
de un silencio intacto, de un aliento áspero a semilla.
La yema inmóvil araña en su salida húmeda.
Imagina la negación del aire y el roce de las ramas temblando
hasta despojarse del lugar que precipita los cristales sin luz,
sin la caricia de la luz pequeña,
pequeña de letras, de dientes abandonados,
luz como yema entregada,
tal vez yema que duele por las laderas del ángel.
Su cuerpo en posición inexacta brilla a voces por inventar,
acopio de prodigios que nunca podrán fijarse,
libro de horas agotado por el esplendor del olvido.
Y a su alrededor se arraciman las últimas noches,
las más propicias, las insolubles por el amanecer,
en las que fallecen las fresas impuestas,
entregadas sin precio por los íntimos moradores de la primera leche,
la que nace del alud
astro
vegetando en el pecho de la mujer callada.
Revientan las fresas por no ocultar más su miedo al color.
Estallan, pero poco,
en un anuncio de huellas por la boca,
en manchas muy cansadas de secarse a un aire
que ignora su nombre, piel de mar.
Y no se sabe bien si son fresas
o el tumulto de una plaza desierta de fuentes,
si son el fruto encendido trayendo designios de gloria
o sólo pezones de agua,
de sangre olvidada en el filo de sus dedos.
El ángel sigue quieto.
Avanza la garganta en pregunta por espejos de ceniza.
Reclama de las frutas vencidas el valor necesario.
Suena su memoria inmóvil,
¿cómo los ojos crecidos en el borde de la yema,
cómo la mirada tosiendo por los ojos del yacente,
cómo las manos los perfiles podrán ver,
cómo podrán ver de la estatura un reflejo franco,
con amigos en la misma pupila,
con abrazos de aire a boca y ternura,
si todavía no hay luz?
Pero entonces llueve tanto sobre la tumba de César Vallejo
que no es posible adivinar los acordes de sus gritos,
ni entender aún el verso enredado en las patas de una gran araña
que retrocede en el cangrejo de las llamadas constelaciones.
Llueve sobre la memoria del que estuvo asomado al abismo,
de él o nadie a punto de reír para siempre,
anticipando la caída del que dice o calla.
Hundir las manos en el pan y seguir con el incendio,
con el sacrificio, pero es pronto aún...
Si el ángel se incorporase un poco
quizás se le atragantase el mediodía con su presagio de siesta mortal,
de abdicación ante los traidores sobre ramas imborrables.
Pero aún no ha llegado el tiempo de las hipótesis.
Aún es pronto para el tierno retazo vocal
que busca insomne vestigios en lo oscuro.
Sólo está el tiempo de la planta.
Ha crecido en su clorofila de sombra,
moho de ojos quemados para el tallo rígido,
harto de igualar proposiciones a ambos lados.
Sólo está la voluntad súbita de la voz,
el hijo de madera arrancado con violencia por las manos blancas
del que está a punto de inventar su oficio.
Tanta lluvia recogida en la sucesión de lápidas peruanas,
en el gran caldero de bronce a la orilla de comisuras,
de labios, de gestos nacientes, de noches resueltas,
entre el pie y el rastro dejado por las frutas sin nombre,
sin sabor aún.
Y mastica el ángel hasta veinte hojas
y escupe sobre la reunión de lluvias,
recrea sus rincones en interiores forjados,
empuña a su descendiente sin sol y golpea,
golpea,
golpea el borde intacto del caldero
que al lado tiembla y sonríe.
Alrededor están los primeros moradores.
Absorben y vuelven a entregar el corazón de agua
con largas cañas a base de huesos vacíos,
largos huesos de aves sin tuétano ni miedo.
Respiran la variación de las voces,
porque voces son los sones arrancados en esta reunión
para decir al fin el color de las fresas,
para repartir justamente las miradas
y estar preparados antes del salto.
Y así de un rumor a un rumor distinto.
Del cuello partido en comunión dichosa se desprende la voz,
aún vacía, para ir afilando un poco más los sabores.
El ángel argumenta paredes del hogar sin madre,
dirime causas de anfibios y grietas,
y ya no espera a ras de eclipse.
Ahora empieza a escuchar sus manos
abultando sombras desconocidas,
adivinando ya la entrega de sus paisajes,
de sus más lejanos soles al alcance de una lengua
recién golpeada.
© Juan Manuel Navas
Tentación
por Rosna SilvaSe despereza
el pasado
y el pulso
se ahoga
liberando fantasmas
Me busco
en espejos
ciculares,
en arrodilladas
profesías
y me suicido
en los límites
de la inocencia
Poema premiado en la categoría de poesía del II Concurso Literario Revista Asociación de Fomento Barrio Constitución. Mar de Plata, Argentina. 1999
© Rosna Silva
ARIADNA verano 1999 septiembre VERSOS