LA P R O S A


 

Figuras de arcilla
por Fico


Hacía ya bastante tiempo que había amanecido, pero los rayos del sol aún no habían llegado a tocar la sombría explanada que rodeaba la cabaña del anciano. Situada en un angosto valle, la bordeaban montañas tan altas que solo al llegar el mediodía dejaban entrar la luz del gran astro. Cuando este momento llegaba, el anciano se tumbaba en la tupida hierba que alfombraba el suelo y dejaba que el sol penetrase hasta sus cansados huesos. Saludaba con su rostro vuelto hacia arriba a los amistosos rayos de luz que se posaban sobre su piel, en sus ropas, y que rebotaban juguetonamente contra las rocas. Algunos quedaban atrapados en el musgo, o en cristalinas prisiones formadas por gotas de rocío. En aquellos momentos el viejo dejaba de sentirse solo, pensando que compartía con la humanidad la presencia de aquel astro que transformaba el aire en oro, que señalaba al hombre el momento de abandonar el mundo de los sueños para reunirse de nuevo con los vivos. Pero esta compañía duraba poco. Las montañas, celosas de compartir al anciano, ocultaban de nuevo al sol extendiendo su manto de sombras sobre la explanada. Entonces los rayos de luz, sintiéndose de pronto desprotegidos, huían despavoridos hacia el cielo. Y las pequeñas rocas del valle, sintiéndose otra vez solas, se abandonaban a la melancolía tornándose ocres y engalanándose de un triste y opaco tono gris a medida que el día se marchitaba y moría. Y el anciano volvía a su cabaña, notando cómo el frío arrancaba con sus afiladas garras el poco calor que aún permanecía adherido a su frágil cuerpo. Volvía a su cabaña hecha de irregulares troncos, más parecida un extraño hongo gigante que una vivienda. En su interior, el fuego del hogar calentaba la comida y el ambiente. Frente a la chimenea había una mecedora en la que el anciano se sentaba, durante el resto del día, esperando en soledad. ¿Cuál era el motivo de su espera? Eso fue algo que a nadie preocupó. Muchas personas caminaron hasta aquel apartado valle y llamaron a su puerta, pero de todas ellas no hubo ni tan siquiera una que sintiese el menor deseo en averiguar el por qué de su soledad. Sólo una cosa les importaba: él "solucionaba" problemas que nadie más podía. Solamente males irremediables, esa era su especialidad. Y como pago únicamente pedía la voluntad necesaria para cruzar a pie las montañas.

Muchos hombres y mujeres llegaban allí y olvidaban sus problemas para siempre; llegaban, hablaban lo justo, y volvían con los suyos en cuanto podían. Después el anciano volvía a notar cómo el vacío llenaba con sus silenciosos alaridos todos los rincones de la casa. Pero eso fue hace mucho tiempo. Ahora él no era más que una leyenda. Ni tan siquiera recordaban ya su nombre. Aun así cada cierto tiempo llamaba a su puerta alguien a quien la esperanza daba el ánimo suficiente para llegar hasta allí, cruzando la barrera de piedra, nieve y viento que separaba al anciano del resto de la humanidad. Llegaban llenos de dolor y marchaban felices; y cuando esto ocurría, el anciano volvía a su mecedora, a sus fugaces momentos de sol, a su chimenea, a su solitaria espera...

Alguien llamó a la puerta. El anciano se levantó y abrió. Al otro lado aguardaba un joven, encogido de frío. Sobre su abrigo aún había rastros de nieve. Se quitó el gorro que cubría su cabeza a modo de saludo, y con una voz que dejaba ver el miedo y la esperanza a partes iguales dijo: "Me dijeron que usted solucionaba problemas". El anciano se hizo a un lado y le invitó a entrar. Con un breve gesto de la mano le indicó que se sentase en un pequeño taburete frente a la chimenea. El joven aceptó gustoso, y tras quitarse la ropa mojada y acomodarse en su asiento extendió las manos hacia el fuego. Al rato, una vez sentado el anciano en su sitio, habló de nuevo:

-¿Puede usted ayudarme?

-¿Cuál es el mal que te ha empujado a venir hasta aquí? -Contestó el anciano, utilizando las palabras rituales que en un tiempo lejano fueron su pan de cada día.

-No es el mal lo que me ha traído, sino el amor hacia una mujer. Un amor no correspondido. He venido porque esperaba que usted pudiese hacer que ella me ame como yo la amo a ella.

-No está en mi mano modificar los sentimientos del ausente, sino los del presente. Lo que yo pueda hacer, no afectará a nadie más que a ti.

-¿No puede hacer lo que le pido?

-No puedo si no es ella quien lo pide.

-Entonces mi viaje no ha servido para nada... -agachó la cabeza, apoyándola en las manos abiertas. El anciano miró en silencio al joven. En realidad no había nada que decir. Una idea pasó por la cabeza del recién llegado. Levantó la vista de nuevo hacia el anciano y volvió a hablar- Déjeme pues pedirle otra cosa: si no puede hacer que ella me ame como yo la amo a ella, haga al menos que yo la ame como ella a mí. Pues si el destino ha dictado que yo nunca esté junto a ella, prefiero no tener que seguir sufriendo esta tortura. Más vale alejar de mí este sentimiento que un día bendice y al siguiente no proporciona más que dolor...

-¿Qué es entonces lo que me pides?

-Solamente quiero ser feliz...

-La felicidad no existe. La vida no es más que un torrente de monotonía salpicado de instantes de dolor y gozo. Unicamente cuando llegas al final, y miras hacia atrás, puedes sopesar los momentos que has vivido: si pesan más los recuerdos gratos que los dolorosos puedes decir que has sido feliz...

-Un solo recuerdo de ella es capaz de inclinar la balanza hacia la infelicidad. Hay mañanas que apenas si puedo levantarme de lo que me pesa el corazón. Me despierto y recuerdo su cara, y sé que nunca la veré a mi lado al despertar. Entonces me abandono al dolor, lo saboreo, retozo en él. Y no puedo dejar de hacerlo. Siento que si no la tengo a ella al menos me queda su recuerdo, que apenas me satisface y por el contrario me colma de tormento. Pero es lo único que tengo, y no soy capaz de desprenderme de ello. Prefiero que sea otro quien me lo arranque, y ya no sentiré más dolor. Cuando mi vida toque a su fin podré decir que amé una vez, y que por suerte sólo fue una.

-Así sea, si eso es lo que quieres -dijo el viejo.

Se incorporó y se acercó a una pequeña alacena de la que sacó un tarro de cristal. Extrajo de su interior unas hojas de un extraño color argénteo y, metidas en un cazo con agua, las acercó al fuego. Al poco tiempo un olor acre y dulce a la vez invadió la estancia. Preparada la infusión se la ofreció al joven, que la bebió con cierto recelo mientras el anciano salía al exterior de la cabaña. Volvió poco después con dos puñados de barro. Indicó al joven que se quitase la camisa y se tumbase en el suelo, junto al fuego. Hecho esto extendió los dos puñados de barro sobre él: uno en la frente y otro cubriendo su pecho. El joven notó cómo empezaba a caer en un profundo sueño. Cayó y cayó, y descendió hasta el mismo centro de su ser...

Cuando despertó, la luz del sol entraba de nuevo por la ventana. Era mediodía, pero aquel día el viejo no fue a tumbarse a la hierba. Permanecía sentado en su mecedora, pálido y cansado. Entre sus manos sostenía una pequeña figura de barro. El joven la miró con detenimiento y descubrió lo que representaba: la imagen de la mujer amada. Sin embargo no sintió nada al verla; solo vacío.

-Ahora hay dos cosas que deberás recordar -dijo el anciano con un susurro cargado de debilidad y pesar -. Tu te irás, y yo guardaré esta figura en un lugar seguro. Mientras permanezca entera yo sentiré por ti lo que tu ya no sientes. Mientras permanezca entera, yo guardaré tu dolor. Pero lo más importante es que mientras permanezca entera, tu no podrás volver a pedirme nada más. Ahora vuelve a tu casa y no olvides nunca.

El joven permaneció callado, mirando al anciano. Este se levantó y salió de la cabaña con paso lento y vacilante. Avanzó por un pequeño sendero y se internó en un tupido bosque. Caminó por él, apartando de su camino zarzas y matorrales hasta que llegó a la entrada de una cueva. Junto a ésta, una palmatoria con su vela descansaba encima de una piedra. Prendió la mecha y entró. Avanzó por un estrecho pasillo, iluminando a su paso innumerables nichos. En su interior descansaban otras tantas figuras de barro, protegidas así de las inclemencias del tiempo. Algunas llevaban allí lo que dura una vida, otras algo menos. Pero todas tenían algo en común: el peso infinito que cargaban sobre las espaldas del anciano. Buscó un orificio vacío y colocó en él la figura que tenía en las manos. ¿Qué importaba una más? Llevaba diciéndose esa misma frase desde hacía demasiado tiempo, y ya era demasiado viejo como para cambiar sus costumbres...

Cuando regresó a la cabaña el joven ya no estaba. Se sentó en su mecedora y pensó en su profundo y no correspondido amor hacia infinidad de mujeres, y hacia infinidad de hombres; pensó en el dolor que provoca la pérdida de infinitos hijos, la muerte de innumerables padres; sintió la desesperación de quienes no encuentran sentido a esta vida, y el pánico de todos aquellos que le visitaron por no querer pensar en la muerte con temor; y siguió balanceándose, en un ir y venir monótono y solitario.

Fico. Madrid. Junio 1999

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