RESEÑAS
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Claudio Rodríguez (1934-1999)

por Antonio Polo

 

claudio.jpg (10079 bytes)Sostiene Víctor García de la Concha que el poeta de Zamora le llamó unos días antes de su muerte y le anunció, parafraseando a San Juan de la Cruz: "Que me voy de vuelo". El presidente de la Real Academia Española de la Lengua, pronto comprendió el motivo de su viaje, y luego añadió: "Desea felices vacaciones a los sabios" como normalmente, y sin peyorativos, llamaba a los académicos.

 

Claudio Rodríguez murió el 22 de julio de 1999 a consecuencia de una grave enfermedad de la cual él no quería saber nada.

 

Quien hoy les escribe conoció a Claudio Rodríguez un miércoles lluvioso en una velada poética organizada por la Universidad San Pablo (CEU). Madrid y su caótico tráfico lograron demorar la lectura una eterna media hora. Ya cuando casi habíamos perdido la esperanza de oírle en directo, apareció presuroso en el aula, se disculpó por el retraso, y sacó un mazo ordenado de folios de una carpeta negra que traía bajo el brazo. Mientras concluía la pequeña introducción fue revolviendo lo que tan ordenado traía. Y así, entre aquel juego introductorio de pequeños desórdenes y arreglos varios, Claudio Rodríguez nos llevó, casi sin darnos cuenta, hacia la luz que venía de muy arriba y nos regaló los primeros versos de su primigenio libro Don de la ebriedad:

 

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas,
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.
Y esto es un don. ¿Quién hace menos creados
cada vez a los seres? ¿Qué alta bóveda
los contienen su amor? ¡Si ya nos llega
y es pronto aún, ya llega a la redonda
a la manera de los vuelos tuyos
y se cierne, y se aleja y, aún remota,
nada hay tan claro como sus impulsos!
Oh, claridad sedienta de una forma,
De una materia para deslumbrarla
Quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera,
Si tú luz te has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
Y, sin embargo, - esto es un don - , mi boca
espera, y mi alma espera, y tú me esperas,
ebria persecución, claridad sola
mortal como el abrazo de las hoces,
pero abrazo hasta el fin que nunca afloja.

 

Claudio Rodríguez tenía 17 años cuando escribió éstos versos, y por ellos recibió el Premio Adonais en 1953, el único poeta que lo ha recibido por unanimidad. Sostienen quienes le conocieron que aunque él sabía que era un poeta importante, de aquella generación a la que llamaba "el archipiélago", él era un hombre sencillo: "Me gusta mucho la gente normal: el frutero, el carnicero, los niños". José Hierro que le conocía desde hace muchos años, comentó en un acto días después de su fallecimiento: «Claudio era una persona mágica, negadora de la evidencia, pero no en un sentido frívolo. En una entrega de un premio literario en Talavera de la Reina, recuerdo que Claudio se puso a llorar: no se atrevía a comprar un paquete de tabaco, porque no sabía el precio. Yo le dije que pagase mil pesetas y que algo le devolverían».

 

Sin embargo, tras esa sencillez y normalidad había un extraordinario poeta. Claudio Rodríguez era Académico de la Lengua desde 1987 aunque su discurso de ingreso lo demoró hasta 1992, y es que no le gustaba nada el protocolo o como solía decir "el protoculo". Su obra fue escasa, lo que lo hace aún más grande. En realidad llegóa publicar cinco libros: Don de la ebriedad, Conjuros, Alianza y condena, El vuelo de la celebración y Casi una leyenda.

 

 

Antonio Polo
Madrid, julio de 1999

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