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r i a d na

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VERSOS

 

Erótica
Ezequías Blanco
···
Haciendo tiempo/Nada de cuentos/Post data

Carmen Gloria Berríos
...
(Mujer en el espejo)
Miguel Florián
···
Casi todos los animales se parecen cuando han muerto/Son los pájaros perpetuos contra el aire
David Foronda
···
Acerca de las bestezuelas del limbo
Edgar Allan García
···
(Sin título)
José García Palazón
···
Ruta seis
*
Antonio Luis Ginés
···
Lágrimas

David González
···
Mazariego
Ricardo Guillermo Guzmán
···
Por misión
Félix Hernández
···
Biografía
Fernando Morales
···
Nómadas
Rafael Pérez Castells
···
Asalto a la fortaleza
Jimena Pesquero Bordón
···
El caballero
*
Maria Paz Diez Taboada
···
Llegada del otoño
David Torres
···
Salmo 38
Jesús Urceloy
···
Los poemas señalados con * fueron leídos por los autores en las veladas poéticas "La Universidad y la Poesía", celebradas en la Universidad San Pablo, C.E.U.


 

Erótica


Ezequías Blanco

 

Todo comienza como comienza una tormenta:
con la suave caricia del vientecillo fresco
con el lejano murmullo de una caracola
con el lento desmayo del abrazo y los besos.

Luego viene la ansiedad de las bocas
la suspensión del rayo con su zarpazo eléctrico
el jadeo del alma la avaricia de la piel
el trueno del corazón por los campos del pecho

La ceguera de la luz el olvido del mundo
la exigencia del sudor los empujes del viento
la tensión de los muslos el furor de los cielos...

Todo termina como termina una tormenta:
con el sedante aroma del mojado barbecho
con gotas muy pálidas sobre la rosa trémula
con la casta finura de la piel...Y el silencio.

De "Archivo de imágenes-Imágenes de archivo", 1999.

 

© Ezequías Blanco

 

 

Carmen Gloria Berríos

 

HACIENDO TIEMPO

 

A esta hora
en que algunos duermen y otros bailan
yo escribo
Me escribo una larga carta de amor
para soñar despierta

 

NADA DE CUENTOS

 

Yo elegí este cementerio
y el camino
las flores
los deudos

incluso a la que ha de morir  

 

POST DATA

 

La crucificada no resucita
sólo baja al mundo de los vivos
a pulir su corona de espinas

 

del libro" La Mujer Deshabitada"

 

© Carmen Gloria Berríos

 

(mujer en el espejo)


Miguel Florián

 

Me decías, la luz. Y eras tú la luz misma
creciendo en los labios hasta anegar el mundo.
La palabra encendida, deshojada en las manos
como una flor de viento, su caricia irisada,
la tarde transparente, eras tú. Y yo era
sólo un espejo turbio de sombra, atravesado
por el resplandor limpio de tus palabras quietas.
Eran de luz tus ojos, y llamas tus cabellos
(el resol del recuerdo ardiendo sobre el tiempo,
como un limbo desnudo de amanecer intacto).

Me decías, el fuego. Y el fuego estaba en ti
como un árbol fecundo de edad innumerable.

De "Memoria común", 1999

 

 

© Miguel Florián

 

 

David Foronda

 

Casi todos los animales se parecen cuando han muerto,
y es necesario cerrarles los ojos
para distinguirlos,
            para poder separar leopardos, ballenas, seres,
humanos, serpientes,

y hasta adoptan la misma postura,
el mismo cansancio manifiesto;

tal vez por dejar respirar
       en momenos tan parecidos.


                                 §§§§§§§§§§§§§§§§§§§§§

 

       Son los pájaros perpetuos
                    contra el aire;

si descienden,
es que al menos un momento para el mundo
                                 y ellos bajan;


en vuelo, los pájaros ocupan posiciones,
y la Tierra ejecuta su parte
        del plan universal del movimiento.




Me dijeron que hace tiempo algunos barcos
zarparon con la idea de seguirlos
          para eevitar la deriva de las cosas del mundo.

 

Tengo miedo cuando vuelan veloces.



 

© David Foronda

 

 

Acerca de las bestezuelas del limbo

Edgar Allan García

La lámpara de tu cuerpo es el ojo;
si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo
estará lleno de luz; pero si tu ojo
es maligno, estarás en tinieblas.

Mateo, 6-22-23  

confieso que mi ojo derecho
en complicidad con mi ojo izquierdo

no ha cesado de mordisquear
senos que amamantan
labios encarnados
ranuras de mandrágora

agitadas

bestezuelas del limbo milenario
juro que he acechado doncellas

perdidas en abluciones secretas

o nalgas amasadas

con moluscos vivos

o caderas bamboleantes

sumergidas

en círculos rosados

confieso cuerpos sobre cuerpos

sobre cuerpos
chapaleando incansables
en la brizna del último sueño

o mujeres lascivas bailando desnudas
o ninfas que bendicen la carne aullando

yo pecador me confieso
pecado impecablemente

y que ahora y en la que he hora del deseo
no pueden mis ojos ser más sinceros

no puede mi cuerpo estar más luminoso.

 

© Edgard Allan García

 

 

José García Palazón

 

( Sin título )

 

No propongo viñetas.
Incorporo mi vida, grabo todos los ojos,
asigno una corbata a todos los lamentos.
Convoco los fantasmas y absorbo el griterío.
Me quemaré en las llamas de todas las sirenas.
Imprimiré mi risa cada día en tu ventana.
Calcaré por tu espalda mis manos, mis caprichos,
sin prisa en una pira,
mi reloj, mi almanaque.
Escarbo por tu cuerpo,
me bebo las tormentas,
me río,
me arden las cejas.
Del jardín de tu piel se derraman quilates.

 

© José García Palazón

 

Ruta seis

Antonio Luis Ginés

 

 

Rápido. Así va todo desde el punto

de origen.

No se detienen hombres y mujeres

a pedir cuentas, a llevarse un trozo

de luna cuando más resplandece, no vamos

a quedarnos siempre aquí; rápido,

la única palabra que acaba

con nosotros en la cuneta,

sin bagaje ni destello que nos ponga en pie.

Rápido, enseñame otra forma

de exprimir el tiempo antes que éste me venza,

cansado de ser un esparrin

sin arena en los puños.

 

© Antonio Luis Ginés

 

 

Lágrimas

David González




Mi ex mujer no me puso las maletas en la puerta.
Me ayudó a bajarlas hasta el coche.
A los 8 años de habernos casado,
mi ex mujer y yo decidimos separarnos legal
mente.
            Yo me fui
a vivir
a la aldea,
a una panera del siglo XVII.

Los primeros días, por las noches sobre todo,
la soledad se me hacía tan insoportable
que cogía el teléfono
y marcaba el número de mi ex.
Al oír su voz no podía contener las lágrimas.
Al oír mis lágrimas, tampoco ella podía contener las suyas.
Nos pasábamos la mayor parte del tiempo
llorando.

Luego, poco a poco, muy lentamente, fui acostumbrándome
a vivir
conmigo mismo.

Mi ex mujer y yo seguíamos hablando por teléfono regular
mente.

Nos hicimos amigos.

Ninguno de los dos
volvió

a llorar.

 

 

 

© David González

 

 

Mazariego

Ricardo Guillermo Guzmán

 

I

¡Un poco más de respeto!  

Tuvo que soportar  
granizo,
convulsiones
y el amor mucilaginoso
de una mariposa que abre sus brazos
para que amapolas lluviosas
se estrellen en los alrededores

de un corazón sin pétalos

Bruscamente
mezcló
la voz deseada
con hachazos de colibrí.
 

 

II

Es posible
que bicicletas
quemaran el miedo.
Hollaran
esperanzas
cerradas
como pasaportes de piedra.
Es decir,
como un valle
de relojes y clavos
imperturbables.
                            

 

III

Ellos
vulnerables,
perplejos
de hospitalidad,
partieron
para que
no se detenga
el manantial.  

 

© Ricardo Guillermo Guzmán

 

Por misión

Félix Hernández

 

Exactamente se dilata el hierro
y
la madera prende

Por misión efímera
al volver a casa
El calentador y mis zapatillas
Un vaso de leche de mi botella negra
solitaria.

 

 

© Félix Hernández

 

Biografía

Fernando Morales

 

Ese niño tumulto y torbellino
de aguijones en tropel
desfachatado
ese santo cruzado de mi infancia
en guerra sin cuartel contra el jabón
y las buenas costumbres y la sopa
eso es la vida.


Quiero decirlo: yo descubría el sol por todas partes
esas tardes de lluvia por Cabildo
transportando once años tan campante
en la búsqueda angustiosa del amor
o de un amigo
o por lo menos de un boleto capicúa.

Y como minga de boleto, amor, amigo
jugaba a destrozarme el corazón
a suicidarme
desde el puente del tranvía de Soler.
Y miraba hipnotizado ese guiñapo
retorcido y tan, tan muerto
que es imposible pensar -aunque haya sido-
que era ese mismo niñito ensimismado
que volvía silencioso por Cabildo.
Y eso es, señor, la vida.

Blandir una espada es algo serio.
Y matar a la muerte
una noble tarea
un sacerdocio
que ejercía cotidianamente
nimbado de laureles y secuaces.

Descabezar Gorgonas
(terribles viejas engendradas con vinagre
a las doce de la noche, en calderos malolientes
dueñas de los gestos más siniestros
y venenos sutiles y pelotas
caídas en sus patios  para siempre)

y dragones
(atildados caballeros de corbata
muy padres de familia, muy morales
sanjorges de cartón
dedos ilustres
que expulsaban niñitos de la cancha
por un pasala morfón o algún carajo
porque jamás permitirán
-Dios libre y guarde-
la palabra soez, sucia, inmoral
aunque tengan atrás
casi olvidadas
viejas historias de engaños y de estupros).

Y el Vengador de Cabildo que elegía
la mejor alabarda en su panoplia
y su yelmo, y su corcel
y sus guerreros
y asiéndose a las alas de la gloria
ejercía la justicia por su mano
en la mejor tradición del caballero:
- Tocar el timbre y salir huyendo
- Incendiarle el tacho de basura
- Untarle el picaporte con sustancias terrenales
y esa justicia elemental
inapelable

eso es la vida.

Después
vapuleado por gobiernos
la radio, la tevé, golpes de estado
mis mayores guiándome con precisión hacia el abismo
el diario de hoy, las ligas de moral
y la censura
ordenado, dirigido, conminado
parece ser
crecí.


Padre amable, algo autoritario
buen ciudadano
propietario de casa y secaplatos
multijugueras y otras cosas que se enchufan
alienado
sumergido
en un mundo de cables y botones
y sonrisas de plástico y bostezos
luchando a veces contra la tentación
de devenir dedo ilustre
y expulsar niñitos de la cancha
por un pasala morfón o algún carajo
sin estupros ni engaños a la espalda
con cuotas para esto
para aquello
voy cruzando en silencio por el mundo (por la esquina, claro).

(Un niño salvaje me reprocha a veces
desde algún recoveco al fondo de mi sangre
solapado habitante de vinos peligrosos
pero bah, quién lo escucha).

Por lo demás bien, donde me ve, tirando
con algunas preguntas
algún resentimiento
todo muy leve, nada serio.
(Le ruego disimule este tufillo
y ese tinte verdoso de mi cara
y esa progresiva rigidez
y mi aire ausente.
Es natural, debería usted saberlo).

Eso es la muerte.

por esta vez
y sin que sirva de precedente
tengo ganas, muchas, muchas ganas

de
soñar

 

 

© Fernando Morales

 

 

Nómada

Rafael Pérez Castells

para Pablo Pérez



Avanzo por la cresta de una duna
me dirijo hacia un triángulo de estrellas,
al fondo de un desierto desolado.
Acunando en el paso del camello
la certeza de un valle protegido,
recreo las escenas más antiguas
sin sentir la más mínima añoranza,
sin querer olvidar ningún momento.


Porque ahora estoy al lado de los nómadas
que cruzan lentamente las arenas,
alegres porque el viento es su aliado,
y elimina al instante las señales.
Buscamos la frescura de los sueños
donde aplacar la sed de muchos días,
un manantial, un pozo en un oasis
rodeado de palmeras y de adelfas.


Salí ya hace dos lunas de Medina,
siguiendo una llamada o un impulso.
Lavé mis pies con leche y a mis manos
di refugio en los muslos de una novia,
pedí a las ancianas que ululasen
igual que si un gran príncipe marchara,
y comí cinco dátiles maduros
que cinco manos blancas me ofrecieron.
Me escondí en el jardín de las mujeres
con mi más dulce amigo entre la fronda,
y le hablé de la voz, hace dos lunas,
dos lunas que crecían con mis pasos.

Al salir aún quedaban los recuerdos,
pero antes de que el día terminara
cada ofrenda inventada aquella noche,
cada una de las hojas, cada rayo,
las cinco manos blancas y el amigo
dejaron un lugar para la arena.

Ahora sigo un camino imaginario
por calles con el nombre de un recuerdo,
reclutándome en todas las esquinas,
para el único viaje imprescindible.

 

© Rafael Pérez Casstells

 

 

Asalto a la fortaleza

Jimena Pesquero Bordón

 

 

Mi dedo se marea
dando vueltas en la boca del vaso,
y piensa:
¿seré un magnífico ejemplar
que pueda
rasguñar, tocar
o rozar de una manera sutil
las vidas,
los pasos agigantados,
todos los caminos
o tan sólo los hoyos
que marcamos en la arena
porque la ola se va?
¿seré tan infinito
para ser
campera de gruesa piel,
que vos me cargues
y yo te abrigue?

 

 

© Jimena Pesquero Bordón

 

 

El Caballero

Maria Paz Diez Taboada

 

    Las voces me avisaron y  al encuentro
salí, con la esperanza por bufanda.
Soplaba el viento de la ausencia.
                                                Luces
brillaban, temerosas, entre el polvo.
     Me aconsejaron mal.
                                 Perdí el camino
y anduve hollando fuegos y cristales.
Cayó la noche y yo torné al olvido
de la gala y la flor, sin caballero.
        Surgió de atrás, subió por la escalera
del incendio anterior.
                                   Sobre cenizas
que apagaban los rojos del ocaso,
saltó a la arena,
domeñó la fiera
y sentó sus reales en Medina.

 

© Maria Paz Diez Taboada

 

 

Llegada del otoño


David Torres


Para Álvaro

se sabe de los aniversarios por derrotas
por torpes precipicios por desplomes
del pulso por dedicatorias
escritas a lápiz sobre días inservibles

se sabe del otoño por su escenografía
de piscinas vacías con un resto de fango
de gabardinas grises que esperan a las niñas
con caramelos blandos al fondo del bolsillo

se sabe de la luz por su reflejo en árboles
desnudos escuetos como horcas
y alfombras de hojas secas aguardan la llegada
de un rey amarillento que odia los solsticios


 

 

© David Torres

 

 

Salmo 38

Jesús Urceloy

 

 
De repente la noche estaba llena,
llena de pájaros tristes, negros, puntiagudos,
y a su sombra la terca andadura de mis pasos
hendía su presencia,
amigaba su gesto de reposo impaciente: 
negros pájaros todos, negros perfiles negros.
La calle se habitaba de mi sombra, mi sombra
era el eco, el paisaje, le lentitud de un vuelo:
extendí mis dos brazos hasta tocar los muros,
puse en puntas mis pies, descalzos, doloridos,
quise volar, tan sólo volar, qué poca cosa.
Fue tan breve aquel viaje, pero tan necesario;
volar, qué poca cosa, alzarse de la niebla,
rozar los altos muros donde duermen los otros,
donde a menudo duermen la soledad y el miedo,
donde sortea el alma al deseo a menudo.
Volar, qué poca cosa: tan breve que la vida
se pulsó en mis tobillos fuerte, rebelde y seca,
dio el empuje preciso en la ingle desnuda,
abrazó con rudeza la cintura, premió
con el prodigio un salto: su belleza tan libre.
Poco duró, qué poco, pero qué alta mi sangre,
qué libre aletear para tan torpe cuerpo,
qué torpe la imprudencia del aire hacerme pluma...
Toda la noche estaba llena de voces negras,
pájaros de ojos negros, muertes de negras plumas.
Mi sombra se alejaba ya perdida y yo muerto
me senté, sonreí, quise llorar... ¿Y el día?

 

© Jesús Urceloy

 

 


ARIADNA primavera 1999 VERSOS