Las JOYAS de ARIADNA


 

VIAJES DE UNA NEURONA INQUIETA
por Gabriel Trinidad
Abril 1998

 

Érase una vez una pequeña neurona que vivía en un perdido y sucio rincón del bulbo al que muy pocos estímulos llegaban. Ella era una neurona estrellada y orgullosa que quería salir de su prisión para explorar nuevos mundos ya que, desde que nació aquel radiante 8 de Agosto de 1995, no había conocido más que la sensibilidad del lóbulo de la oreja izquierda, por lo que se sentía triste y desamparada, como si su labor no fuera tan importante como la de las grandes neuronas controladoras del corazón o los pulmones, o como si, en su destierro, tuviera que sufrir las burlas de aquellas hermosas células que desde el hipotálamo la miraban por encima del hombro (mejor dicho, por encima del mesencéfalo) con aires de autosuficiencia y superioridad.

Cada día, la pequeña neurona recibía la visita de glóbulos rojos y plaquetas que le contaban historias maravillosas acerca de órganos enigmáticos y poderosos que entablaban encarnizadas batallas contra ejércitos maléficos de virus cabalgando sobre sus bacterianas monturas, y cada día lloraba en silencio su amarga soledad. Ella soñaba, pues las neuronas también sueñan, con salir algún día de aquella cárcel para viajar al hígado o al intestino y conocer allí a los gigantescos macrófagos, a los sutiles linfocitos o a las trabajadoras glándulas, y con la esperanza de vivir aventuras sin fin por las autopistas arteriovenosas.

Una noche, cuando todos dormían, decidió lanzarse al vacío leptomeníngeo y atravesar la barrera hematoencefálica hacia la libertad...

Nada más iniciar su aventura, la pequeña neurona tropezó con un meticuloso linfocito patrullero que, sin que mediase palabra alguna (los linfocitos no hablan) la revisó de axón a dendritas en busca de algún antígeno amenazante. Como no pudo encontrar en ella peligro alguno, el linfocito siguió imperturbable su camino hacia unos individuos sospechosos que no paraban de tirar toxinas al líquido cefalorraquídeo.

Así, al amparo de la noche y bajo la luz tenue y temblorosa del sistema nervioso vegetativo, la valerosa neurona avanzó hasta la arteria vertebral y por fin llegó a la subclavia. Todo estaba en calma y sólo se escuchaba el rítmico latido del corazón, cada vez más cercano, cuando de pronto, un gran estruendo estalló en el oído y se propagó rápidamente por todo el cuerpo. El corazón se aceleró, la respiración se hizo forzada y se encendieron todas las luces del organismo. La neurona, asustada y sorprendida, veía como un heterogéneo flujo de células recorría apresuradamente aquella arteria gritando: ¡que vienen los corticoides!.

En efecto, hacía ya algún tiempo que la luz había hecho acto de presencia en la habitación y la melatonina que velaba la noche había desaparecido para dar paso, al sonar el despertador, a las potentes hormonas corticoadrenales.

Todo era actividad y alboroto, los triglicéridos movilizados durante la noche eran transportados de un lado a otro con presteza para servir de combustible hasta la llegada del azucarado desayuno. La pobre neurona, aún sin salir de su asombro sintió un tremendo empujón que dio con sus huesos, es decir, con sus neurofibrillas, en el endotelio de la aorta. Cuando pudo levantarse, justo a tiempo de evitar que un comando de plaquetas la enterrase para siempre, se dio cuenta de que se encontraba en la antesala del corazón, que para entonces ya se había acoplado al ritmo diurno. Así, animada por su nueva condición, resolvió continuar su viaje a través de la aorta para llegar al hígado.
Al compás de los latidos y siguiendo los pulsos del rojizo elemento, la valerosa neurona trató de imitar, al principio, a las hormonas que atropelladamente hacían “surf” sobre tablas de albúmina buscando siempre la ola perfecta de sangre.

En el camino, ya mucho más fácil después de convencerse de que la albúmina era demasiado pequeña para ella, la sufrida e inexperta neurona tuvo que conformarse con seguir, no sin grandes esfuerzos, a un convoy de hematíes que, según le habían comentado, se dirigían a los lobulillos hepáticos.

Un continuo estrechamiento de los vasos por los que viajaba iba indicando la inminente aparición del más voluminoso órgano del cuerpo humano y, a medida que se acercaba, crecían en la comitiva la expectación y el nerviosismo. Para la neurona, que nunca había salido de su fondeadero bulbar, encontrarse tan cerca del hígado era ya un acontecimiento realmente fascinante, aunque los más viejos eritrocitos de la colonia trataban de explicarle que no era para tanto.

Por fin, la comitiva llegó al hilio y se introdujo en el laberinto hepático para mayor agitación de la provinciana neurona, que ya no cabía en sí de la emoción. De pronto, sin que el paisaje cambiara demasiado, un torbellino de sustancias comenzó a circular por los vasos ante la asombrada mirada de nuestra amiga, que movía su soma en todas las direcciones buscando infructuosamente algún hepatocito, a la vez que preguntaba a todos si ya habían llegado.

Poco después la sangre volvió a su tranquilo fluir y los vasos fueron ensanchándose hasta salir del hígado. Después de aquella decepción, la neurona decidió visitar otros lugares y conocer otros pueblos celulares ya que no había podido ver el recogido lobulillo.

Siguiendo las indicaciones gesticuladas de otro linfocito, éste algo más amable que aquél que encontrara al principio de su aventura, pudo al fin llegar de nuevo al corazón, desde donde partió en busca de los alvéolos pulmonares. El paso por el centro de la red circulatoria, aunque algo agitado y bastante incómodo, sirvió a la neurona para hacer un nuevo amigo, un pequeño individuo redondo y algo enigmático que se ofreció a guiarla hasta la orofaringe, la puerta hacia el exterior del universo sistémico. Nuestra amiga, excitada por la posibilidad de observar lo que ocurre fuera del organismo, no desconfió de él y permitió que la acompañase.

A su paso por el pulmón, la extraña pareja  tuvo la ocasión de sentir el aire puro de la mañana en sus "caras" a través del surfactante, asistieron al intercambio del pasaje de los hematíes y tomaron luego una vena pulmonar hacia la aurícula izquierda.

En su viaje, conocieron a una vieja plaqueta que resultó ser un antiguo héroe de guerra, que había perdido la vista (las plaquetas pueden ver, aunque eso no lo saben muchas personas) en una de sus batallas. Ella les explicó por qué las venas pulmonares llevan sangre arterial y no venosa y les contó innumerables historias de terror en las que aparecían vasos desgarrados y heridas abiertas. Cuando llegaron al corazón, la plaqueta tuvo que despedirse porque debía asistir a la ceremonia de su condecoración y la insólita pareja prosiguió su camino hacia la orofaringe.

Aún tuvieron que hacer varios desvíos antes de llegar a su destino y, cuando lo hicieron, el enigmático individuo hizo una señal, y un enjambre de bichitos iguales a él invadió toda la zona y se extendió hasta las amígdalas palatinas. La pobre neurona, todavía sin saber qué pensar, esquivó como pudo el ataque de varios de aquellos extravagantes seres y corrió (mejor dicho, migró) asustada a esconderse tras un ganglio linfático. Allí, una célula aún relativamente indiferenciada que cursaba estudios en la Academia Submandibular de Linfocitos le contó, pues como era aún indiferenciada todavía podía hablar, que aquellos individuos eran presuntos virus que habían entrado en la garganta con la presumible intención de infectarla, probablemente para multiplicarse y originar una sepsis que acabara con el organismo. Asustada y a la vez agradecida por la completa explicación del aprendiz de linfocito, en cuyo pellejo (en realidad plasmalema) no le habría gustado encontrarse, la consternada neurona decidió, no obstante, colaborar en lo posible con las fuerzas policiales para la detención de los presuntos delincuentes puesto que, según pensaba ella, en ocasiones como aquella, todas las células del organismo, incluso las otrora aisladas neuronas debían mantenerse unidas.

De este modo comenzó en la garganta la más terrible de las batallas, la madre de todas ellas (que dirían algunos): a un lado, la barbarie y el desorden de los incontables virus, y al otro, la disciplina y el protocolo de las cascadas plasmáticas.

Siete días con sus siete noches de pesadilla duró la guerra, las amígdalas se inflamaron y enviaron a sus ejércitos a la batalla. Mientras, más aliados llegaban desde los ganglios de la región y desde muchas otras partes del organismo a través de los vasos sanguíneos y linfáticos. La orofaringe parecía un infierno donde la histamina, las prostaglandinas, los anticuerpos y las proteínas del complemento volaban de un lado a otro tratando de concentrar las fuerzas y controlar la infección, y en medio de todo aquello, la indefensa neurona resistía en su posición golpeando con sus dendritas a todos los virus que se le acercaban.
Por fin, con la llegada de refuerzos desde el exterior, la infección quedó reducida a un foco en el pilar palatogloso izquierdo donde fue fácilmente reprimida. Así, exhausta, maltrecha y despeinada, la valerosa neurona consiguió arrastrar su axón hasta una arteria próxima y se dejó llevar por la corriente.

Cuando despertó, se encontró anclada de nuevo en su rincón del bulbo y el pensamiento de que todo había sido un sueño se apoderó de ella. Sin embargo, enseguida aparecieron hematíes y plaquetas y células de todos los confines del universo sistémico para felicitarla e interesarse por el estado de sus heridas y para saludar a su nueva heroína. Desde entonces, la valiente neurona es famosa en todo el organismo y todavía se escapa a veces para conocer nuevos lugares y nuevos pueblos celulares y vivir aventuras sin fin a través de las autopistas arteriovenosas.

© Gabriel Trinidad
KURKIS@santandersupernet.com
gtrinidadr@papps.org

Gabriel Trinidad Ruiz
22 años, alumno de 4º de Medicina
Badajoz


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