Las JOYAS de ARIADNA


 

NO ERA QUE NO CREÍAS EN FANTASMAS
por Alfonso Chacón
Abril 1998

 

Decime, ¿no era que no creías en fantasmas? Porque no podés negar que mil veces me lo dijiste, mil veces por lo menos lo recuerdo: vos segurísimo, al otro lado de la cama, con voz de garañón semipúber, yo orinado del susto sobre mis sábanas de Bugs Bunny y con el arranque de asma que me apretaba los bronquios:


—Yo no creo en fantasmas, no soy mariquita como vos, —y te volvías para dormirte, dejándome la herida en el orgullo y la certeza de que ahí, en el rincón, estaban la Mole Negra, esperando a que yo cerrara los ojos para tragarme; el fantasma del bisabuelo y su mirada terrible desde el retrato de la sala, con el sable desenvainado; el duende roba-almas, con quién nos asustaba la monja de la escuela cuando le armábamos escándalo. Entonces me levantaba de puntillas para encender la lamparita de pared, la que mami me había regalado para ahuyentar mis terrores, y vos, sabandija rastrera, vos, de un sonoro zapatazo, con la sonrisa mal escondida (porque yo la veía, sí, aunque estuviera oscuro y te taparas la boca), y con un gruñido espantoso, me devolvías en carrera a la cama, con las piernas chorreando y el charquito formándose atrás, la enésima pijama del pato Lucas que manchaba:


—¡Mariquita! ¡Mariquita! —canturreabas entonces, victorioso y con malicia, y te revolcabas entre las cobijas pataleando, sin cesar de cantar —¡Mariquita, mariquita!


Sí, maldito, me acuerdo perfectamente de que más de una vez lo dijiste, en muchas ocasiones, cientos y miles: en las mañanas, al desayuno, en la cena y al acostarnos, cuando yo le relataba llorando y ojeroso a mami el por qué de mi incontinencia, el por qué no podía dormir si no era con ella, y vos te acercabas altivo y traicionero, estirando tu cuerpo larguirucho de pre-adolescente para aseverar con alevosía:


—Mami, yo no creo en fantasmas, yo no soy mariquita como Luis —y me mirabas con sarcasmo, y yo sabía que adentro te retorcías de la risa, la misma risa que dibujó tu rostro cuando le contaste mis temores a media escuela, para que al día siguiente los pasillos retumbaran "Mariquita, mariquita meón", con la saña de un alfiler perforándome los tímpanos. Entonces decime, ¿por qué lo negás ahora? O mejor dicho, ¿por qué no negás ahora que los fantasmas existen? Sí, sí, decime por qué ahora te retrepás contra la pared, con la quijada desencajada, con los ojos desorbitados y el rostro azulenco del susto, del terror (azul igual y diferente de aquel que pintaba mi rostro asfixiado por el asma, el asma invasora y el pavor de sentir la proximidad de la muerte). Decime por qué te aferrás con las uñas al brazo de tu mujer, tal como yo lo hacía del de mamá, cuando acudía presurosa al cuarto, para colocarme el inhalador primero, y después la bomba de oxígeno, mientras vos te contorsionabas carcajeándote "Mariquita, Luis es un mariquita y se orina en la cama".


Creerás que lo he olvidado, pero no. Aunque pase el tiempo no lo olvido, porque la memoria no se borra cuando la niñez se corta de un tajo, de improviso. Y hoy día, al verte al final de cada jornada acercarte tembleque a la cama, ya todo un hombre y casi calvo de viejo, y sin embargo temeroso de la noche, de acostarte y empezar a soñar, soñar con la Mole, el bisabuelo, el duende y los otros, muchos otros, que sí, sí existen aunque los hayás negado una y mil veces, ante siquiatras y loqueros, curas y curanderos, porque te rondan la cama frente a mí y los veo danzar alegres y macabros alrededor tuyo, mis compañeros, mis amigos de este lado del universo, estirando sus garras y saltando de regocijo; al verte así de asustado, de horrorizado, yo quisiera dar un grito —un sonoro grito de dicha—. Quisiera atravesar el ectoplasma con mi voz aún aguda, con mis cuerdas vocales que cesaron de sonar siendo las de un niño todavía, vocear mi salvaje alegría con mis pulmones nebulosos, mientras brincás de pavor y aullás desaforado cuando te jalo las sábanas, cuando me siento a tu lado en el colchón, cuando te escondo las pantuflas y te apago la luz del ático, cuando te soplo en el oído y el aire helado de mi aliento te eriza los pelos. Sí, quisiera gritar, reventarte los tímpanos con mi alarido, devolverte la memoria desgraciado infeliz, aterrarte con la venganza de mis risotadas :


—¿No era que vos no creías en fantasmas?

© Alfonso Chacón

Escritor de Costa Rica. Relatos sobre la Vida, la Muerte y un poco más allá. Mención de Honor. Certamen UNA Palabra 1997. Universidad Nacional de Costa Rica


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