MUSICA PARA AEROPUERTOS
Relato inacabado de un viaje en
autobús (*)
De Lanzhou a Xiahe (CHINA)
por Pilar González
España

Un rincón del paraíso, del último paraíso, ése que verdaderamente agoniza en tan sólo unos pocos lugares de este planeta. Un punto infinitesimal del globo terrestre. Un pequeño pueblo en un valle rodeado por enormes montañas. Allí no llegan trenes, ni aviones, ni barcos, ni verdura, ni cafe, ni ningún tabaco de importacion, ni los ruidos de otro mundo. Hemos llegado tras tres días de un largo y penoso viaje: dos días en tren desde Pekín a Lanzhou y un día en autobús serpenteando carreteras heladas entre montañas pegadas las unas a las otras, contemplando a cada minuto el vértigo del precipicio en donde decenas de autobuses similares al nuestro, yacían como cadáveres helados y emblanquecidos.
Apenas subían pasajeros; ellos que seguramente conocían mejor que nosotras los transportes entre los pueblecitos, optaban por subirse a una especie de minibuses más caros (aunque eran más pobres que nosotras) pero que no nos atrevimos a coger por un miedo consecuente a que nos dejaran en mitad de la ruta y nos pidieran una barbaridad de dinero, cosa que ya tenía precedentes en esos lugares. -No, le dije a mi compañera, vamos a coger el autobús oficial. Y ya nunca me olvidaré de esas palabras. Fueron ocho horas de una verdadera tortura china. El autobús que llamábamos "oficial" estaba totalmente destartalado como en los dibujos animados, y a cada curva se caían las ventanas y entraba un aire helado de 25 grados bajo cero. No podíamos movernos ni adelante ni atrás. Comenzamos a beber whisky medicinal desde la siete de la mañana. El viento, el viento frío es muy cruel; se acerca, te huele, te rodea, descubre tus huecos, tus milímetros sin ropa en el cuello, entre las mangas, entre los cordones del zapato y penetra a muerte, ¿Qué buscará el frío en nuestros cuerpos?
El viaje con todo resultó bellísimo para los ojos. Tarjetas postales límpidas, secuencias de fotos perfectas continuadas, un cielo azul recortado por cimas puntiagudas, montañas circundadas por senderos angostos y solitarios, tierra sudando hielo, cataratas cayendo eternamente congeladas, aguas quietas en sus brincos. Se decía que había que orinar con un cuchillo para poder separar del cuerpo esa espada del chorro de pis congelado. Afuera, a lo lejos, algunos pequeños seres caminando envueltos de colores, cuerpos rudos que, después de siglos, habían conquistado aquellas estériles tierras, nómadas que llegaban desde el Tibet, con esa piel curtida por un afuera inclemente y con una mirada perfecta que abrochaba impecable lo mirado.
Lo peor ya había pasado, cinco horas de un frío incesante dentro de aquel autobús; lo de después, el estropicio del motor, el fuego que comenzó a salir de nuestros pies, el pararse del autobús en medio de una curva peligrosa durante treinta minutos, resultaron bobadas posteriores. De recordar algo inolvidable, tendría que mencionar el alboroto que causé a cinco o seis pasajeros cuando curiosos miraron las palabras de un poema que yo escribía en mi cuaderno. Me lo arrancaron de las manos, se lo pasaron entre ellos, reían, gestualizaban, gritaban como niños. Tuve mucho más exito de lo que yo podría imaginar por un poema inacabado haciéndose. Bien es verdad que para ellos, era algo así como un documento extraterrestre caído por azar entre sus manos. Poema para ellos sin palabras, sin significados, sin música, puramente visual y de lo mas efectista. Además, como en los espejos, ese poema que todos admiraban, hablaba de ellos, les señalaba. Me lo pidieron como una reliquia, les dije que no, que después, cuando lo terminara. De aquél poema no hice copia, hay poemas que sólo van destinados a una persona, a una raza. Y aquél poema, como todos, no era mío. Cuando apenas faltaban dos horas para llegar a nuestro destino, al monasterio de Labrang en Xiahe, el autobús paró en medio de una curva, peligrosa como todas las de allí, y se puso a descansar. El conductor se fumó tranquilamente unos cuantos cigarrillos de ese tabaco asqueroso chino que sabe a nube, mientras los otros coches y autobuses que venían por detrás o por delante, nos descubrían de repente pitando frenéticos (con la salvedad que eran pitidos chinos ténues como la alarma de un despertador en medio de una calle bulliciosa); por lo demás, nadie parecía turbarse o incomodarse, excepto nosotras, que nos veíamos de un momento a otro aplastadas entre dos autobuses, como en un sandwich. Al instante, cambio de planes , el autobús decide no ir a su destino original, elige otra ruta, así que hay que poner a esas dos extranjeras de narices grandes y con cara de estúpidas en otro autobús. Nos sacaron de allí a toda prisa y nos empujaron por la espalda para poder entrar y caber (lo cual no era demasiado fácil) a una especie de lata de sardinas tibetana con cuatro ruedas.
Allí empezó verdaderamente nuestro viaje, al menos, el descubrimiento de una nueva raza. Manos esculpidas por el tiempo, piel curtida, ropa de yak, ojos negros que hablaban un lenguaje único, y de entre todos esos rostros, dos seres extraordinarios, cada uno en una punta del autobús; a la cabecera, un tibetano que parecía sacado de una montaña de carbón, borracho como una cuba, con un sólo diente, riéndose a carcajadas de nuestras grandes narices y comiéndse una especie de harina, así, en seco, a palmaditas, manchándose él y a todos con esos extraños polvos blancos, y haciendo reir a los pasajeros del autobús. El otro, sentado atrás, joven, apuesto, piel morena y ojos negros, envuelto en un manto de color púrpura. Después de un gran esfuerzo, conseguí sentarme a su lado y no dejó de indagar en mi vida durante todo el trayecto. Cuando llegamos a nuestro destino, mi amigo, el cual me había ofrecido voluntariamente su ayuda, desapareció elegantemente en el momento justo en el que le necesitamos. Era un monje del Monasterio de Labrang, nuestro objetivo.
* versión completa y revisada
a r i a d na