a
r i a d na

versos + prosa + las joyas de Ariadna + el cofre de Ariadna + música para aeropuertos + reseñas y artículos +eventos y premios + enlaces + índices y autores + Ariadna ES

LA P R O S A

Alejandro Castelvecchio
El Ascensor
···
Sitar Devrod
Defensa Siciliana
···
Pedro Díaz Del Castillo
Páginas amarillas
···
Soledad Fernández

Mi Pasado
···
Miguel Legey

Deutche Bank
···
Bob T. Morrison
Aficionados
···
Antonio Polo
Poetas y Periodistas
···

Ignacio Reverte Martínez
El encargo
···
David Torres
La lectura en familia
···
Gabriel Trinidad
El Verdugo
···

 


 

El ascensor
por Alejandro Castelvecchio

 

 

Lo importante era que no se aplazara nuevamente la reunión. El Presidente de la Comunidad había anunciado en el tablón del portal la convocatoria de una Junta de Vecinos. El orden del día era muy escueto: elección de Presidente y avería del ascensor.

Juan se despertó muy pronto aquella mañana. La aventura de su vida consistía en oír la radio y apostar por las cosas más triviales, por ejemplo, acertar la hora de llegada del camión de la basura, los coches que se saltarían un semáforo en rojo, o el número de chicas rubias que podrían cruzar la calle en el próximo minuto. Cuatro años antes había tenido otro minuto, uno que llegó a deshora en un stop, ese minuto aciago de aquellos que quieren adelantar a la vida en la carretera de La Coruña. Desde entonces, Juan escudriñaba la ciudad —con unos ojos como de acetileno— desde una silla de ruedas.

Aquella mañana Juan recordó la última vez que estuvo en el parque. Recordó también que Mirían solía venir todas las tardes al principio. Tomaban un café y luego bajaban al patio, él en su silla de ruedas y ella dirigiéndole para evitar los obstáculos. La silla ocupaba completamente el ascensor, por lo que requerían siempre la ayuda de algún vecino. Juan bajaba solo y Mirian corría seis pisos para franquearle la salida. Algunas veces, la aventura era pasar por el séptimo con parada en el quinto y vuelta al cuarto debido a las frecuentes llamadas de los vecinos. Pero un día el ascensor se atascó en el segundo. Después de tres horas encerrado, tuvo que ser rescatado por los bomberos. Eso fue dos días antes de las Olimpiadas de Barcelona.

La reunión no se aplazó sino que comenzó puntualmente a las diez. Nada más comenzar ya se oyeron los primeros insultos, luego vinieron los gritos y media hora más tarde apareció la Policía. Juan esperó a que su madre subiera de la reunión mientras comprobaba, que al cabo de aquel mismo minuto, terminaban de cruzar la calle tres rubias como había previsto. Tampoco tuvo que preguntarle si alguna vez la Comunidad decidiría arreglar aquel maldito ascensor. Lo que no se atrevió a preguntar fue, si esta vez también, hubo división de opiniones entre los que deseaban arreglar el ascensor y los que querían comprar una barbacoa para el patio.

 

© Alejandro Castelvecchio

 

 

Defensa Siciliana
por Sitar Devrod

 

Hace casi treinta años que Neil Armstrong pisó la luna y más de tres milenios que Gilgamesh descendió al reino de los muertos, pero sólo a un ucraniano loco de amor se le ocurriría mezclar ambos destinos. Ahora que se publican guías de la luna como si se pudiera visitar los fines de semana, y que los astronautas se relevan cada tres meses en la estación MIR, tal vez sea un buen momento para contar la historia. Ante una buena historia siempre siento el mismo temblor, la misma ansiedad que al invitar a cenar a una mujer hermosa: uno nunca puede saber si luego, a la hora de la verdad, estará a su altura. Hay historias inalcanzablemente bellas, del mismo modo que hay mujeres inaccesibles, pero uno no puede resistirse a intentarlo, aunque sepa de antemano que todo está perdido. Son - por forzar un poco la comparación, presentando a un tercer invitado- como esas estrellas de nombres maravillosos (Altaïr, Betelgeuse, Antares) cuyo remoto brillo excita la imaginación, y a las cuales se sabe que jamás llegaremos, tan hundidas en el abismo negro del espacio-tiempo como míticas y difuntas actrices de cine a las que nunca invitaremos a una copa, ni siquiera en sueños. ¿Bailamos?

Conocí a Gersov en mi primer o segundo año de carrera, cuando él aún no era más que un estudiante de físicas enfrascado en una tesis sobre astronomía. Enfrascado no sería la palabra exacta, ni tampoco absorto. Digamos que Gersov podía encajar en el típico perfil del sabio distraído si no fuese por su aire de vacío, de resignada desesperación, y por los rumores que empezaban a circular sobre su tesis, en modo alguno benévolos. Ni siquiera me hubiera fijado en él de no haber sido por la facilidad con que le gané una partida de ajedrez, hecho que atribuí, primero, a la buena suerte y, segundo, a una alarmante dejadez en los planes de estudio de la perestroika. Gersov pertenecía a un pequeño círculo de emigrados ucranianos entre los que se contaba Yuri, un estudiante de lenguas muertas al que conocí en la facultad y que acabó convirtiéndose en mi adversario más encarnizado. Yuri resumió así mi fácil victoria sobre su compatriota: " Gersov genio del ajedrez, pero ahora muy sencillo ganar a él. Su cabeza siempre llena de agujeros negros".

Ya dije que la especialidad de Yuri eran las lenguas muertas, sin embargo no entendí su metáfora hasta que invitó a Gersov - quien parecía un triste oso del Caúcaso encorvado sobre la barra- a sentarse a nuestra mesa. Extraviado, esa era la palabra. Gersov parecía extraviado en el dolor, un gran oso rubio hueco por la pena, un molde de escayola vaciado por dentro. La calva prematura, los ojos azules y vacíos, y la sonrisa ausente sólo aumentaban la distancia que Gersov parecía imponer entre él y el mundo. Sin embargo, no era un tipo reservado, al contrario. No hizo falta siquiera poner el dedo en la llaga: bastó que Yuri le preguntara cómo iban sus estudios para que Gersov iniciara una revelación que nos llevó diez años atrás, a Ucrania, entre jarras de cerveza, erres roncas y preposiciones decapitadas. Puesto que traicionaría su imagen de teólogo iluminado con una transcripción literal, les ofreceré un resumen, contando con la memoria de Yuri para rellenar lagunas.

Gersov conoció a Nina Alexandrova en Kiev y ambos se enamoraron instantánea, apasionadamente: uno de esos amores de combustión interna. Eran muy jóvenes y su romance, al principio, no parecía más que eso, un amor meteórico, destinado a arder mucho y durar poco. Pero aquella vez sólo hubo principio, sin tiempo para nada más. Nina falleció en un accidente de coche, en plena primavera de la pasión, y Gersov se hundió por completo en la tragedia, de un modo tan absoluto, tan insobornable, tan puro, que su familia temió por su vida, primero, y por su razón, después. De las mañanas y las tardes malgastadas en el melancólico cementerio de Kiev, Gersov pasó a las noches en blanco de los catalejos y los manuales de astronomía. Dos años más tarde, cuando llegó a Madrid en la marea del exilio familiar, Gersov ya traía un esbozo de lo que sería su tesis: un estudio hiperdimensional sobre la posibilidad de viajar al centro de un agujero negro. Puede que fuera loco, pero no idiota: jamás se le ocurrió mencionar su propósito a ninguno de los profesores. Recuerdo que no pude evitar un escalofrío, allí, en el bar de la facultad de físicas, cuando Gersov nos confesó en un susurro su descubrimiento, que era también su cruz y su estrella: los muertos iban a parar al mar sin fondo de los agujeros negros. En ese momento su rostro tenía lo que podíamos llamar la sonrisa del profeta, el brillo demente no de la locura, sino de la obstinación, del hombre que anuncia una nueva fe y un reino nuevo. Tocó suavemente la espuma de la cerveza como si acariciase la vía láctea.

Sí, Gersov creía que Nina lo esperaba a miles de años luz, aplastada en un horrible abismo de antimateria, y ni por un instante se me ocurrió reírme de él, preguntarle, por ejemplo, de qué estaban hechos los muertos, si consistían en ondas o en corpúsculos, si era posible comunicarse con ellos. Qué diablos, a veces yo también me despertaba sudando, en plena madrugada, salía temblando de un mal sueño donde una antigua novia del instituto, que me dejó por otro, volvía de nuevo a mis brazos. Padecí durante meses esperando una llamada de teléfono que no sonó jamás, de manera que ¿por qué reírse de Gersov, para qué echar por tierra su quimérica república de estrellas?

Se fue, cabizbajo, rumbo a su laboratorio. Estudié unos minutos el caos de vectores con el que Gersov había ilustrado su explicación y me entró dolor de cabeza. Yuri arrugó la pintarrajeada servilleta de papel e hizo el gesto de atornillarse la sien, pero dije que sí, que Nina existía de algún modo, perfecta y mitológica y serena, no en el fondo de un agujero negro, sino en la memoria obstinada de Gersov, y que seguiría allí mientras él recordara, como una estrella teórica calculada sobre el papel, en el anhelo de un matemático. De hecho, yo diría que Nina estaba más viva que mi traicionera novia adolescente, quien, por lo que a mí respecta, bien podía estar muerta. Yuri volvió a atornillarse la sien y su gesto pronto pasó a convertirse en un lugar común en la facultad de ciencias cuando las conversaciones trataban sobre Gersov, eso y las medias sonrisas, y un compasivo balanceo de cabeza. Después de todo, nadie hubiera recordado a aquel ucraniano enorme y silencioso de no ser por un artículo en una revista americana en que le citaba, subrayando la originalidad de sus aportaciones, un tal Stephen Hawking.

Cuando nos volvimos a encontrar, varios años después, en el mismo bar de la facultad y puede que en la misma mesa, no podía creerlo. El tiempo había cincelado la calva de Gersov, dejando al descubierto el relieve de los huesos y las venas, pero también había profundizado la sonrisa y los ojos azules. No, ya no miraba a los cielos; había dejado atrás al oso para convertirse en todo un personaje en la facultad, un brillante investigador y profesor agregado, y su fluida sintaxis hacía juego con su elegante chaqueta y su corbata llameante. Me imaginé que la espléndida belleza morena colgada de su brazo no era ajena a esa metamorfosis y cuando Gersov nos la presentó y dijo que pronto iban a casarse, Yuri me dio un codazo. En la partida que echamos en recuerdo de los viejos tiempos, Gersov me batió limpiamente en quince jugadas, después de refutar mi chapucera respuesta a su defensa siciliana. Mientras abatía mi rey con un dedo, pensé que aquel joven feliz de sonrisa deslumbradora ya no tenía nada que ver con la triste entelequia que deambulaba por los pasillos de la facultad y a la que derroté impunemente. Lola, su novia cordobesa, sonreía, inflamada de amor y de orgullo, cuando el bestia de Yuri se atrevió a preguntar: "¿Y Nina?" Entonces, ante la lenta estupefacción de Gersov, comprendí que todo había terminado, que por fin el olvido se había decidido a extender el certificado de defunción, el sello definitivo, por los siglos de los siglos. Los novios tenían prisa y nos despedimos de ellos, deseándoles toda la felicidad del mundo. Yuri recogió las piezas de ajedrez susurrando comentarios maliciosos sobre la noche de bodas, citas de Aristófanes, de Horacio y de Catulo, tan ajustadas y obscenas como sólo puede albergar la mente calenturienta de un filólogo. Mientras tanto, yo pensaba en el otro viaje, en la travesía imposible, en lo lejos que estaba ya Nina, muerta para siempre, más tenue que la infancia, más remota aun que el espolvoreado brillo azul de una estrella deshecha, a miles de años-luz, años-amor, años-olvido, perdida entre los soles muertos de la juventud de Gersov, en los agujeros negros de su memoria. Nadie me vio guardarme la reina blanca en el bolsillo.


© Sitar Devrod

 

 

Páginas amarillas
por Pedro Díaz del Castillo

 

Mis pasos siempre suenan rotundos al bajar las escaleras del metro cuando regreso a casa cada viernes. Aquella tarde, el eco en las taquillas no era mío sino de aquel individuo grueso y silencioso que me abordaba con claras intenciones comerciales.

- ¿Le interesa una guía telefónica por 200 pesetas ? Está nuevecita.

La cuestión me dejó confuso y alterado. No obstante, sin mediar palabra, busqué en mis bolsillos y extraje las monedas. Completamos la transacción con diligencia y desapareció sin que pudiese grabar su rostro en mi memoria. Allí en silencio, permanecí un buen rato con la guía bajo el brazo y la mirada perdida, pensando que la dicha es de los que imaginan, aunque ahora la ciudad me pertenezca.


© Pedro Díaz del Castillo

 

 

Mi pasado
por Soledad Fernández

 

Me gusta asomarme a la ventana y no ver nada más que mi pasado.....una niñez tranquila y solitaria, llena de amigos que no me traicionaban: un gallo, una gallina, los conejos y todos esos gatos que en el gran patio tenían su hogar. El mío era Perico, el atigrao, rubio y blanco y los ojos azules. Aún permanecerá allí, bajo la tierra, frente al mar y al peñón, enterraíto...

...Me recuerdo a mí misma, en el columpio, una tabla y dos soguitas bien gordas atadas a una higuera de las grandes, la misma que daba de comer a mis gusanos de seda -puede que todavía esté allí-. ¡Qué alto volaba!, veía el suelo desde muy arriba y luego, el cielo, ¡que cerca lo tenía!, una y otra vez. Yo gritaba: -Colúmpiame más fuerte, Miguel!- y Miguel me decía: -Venga, pero un poco sólo, ¿eh?, ¡hala, agarrate!.

El me había hecho el columpio. Me gustaba despertar y comprobar desde la ventana de la cocina que ya estaba allí, siempre en el patio, con su mono azul, su piel curtida y sus poderosos brazos dándole forma al hierro. Miguel no daba martillazos, acariciaba a golpe de martillo, sus golpes no eran sonidos molestos, sino el sonido rítmico más puro y ancestral. Para mí era un acto totalmente mágico observar como transformaba el hierro, duro, frio e inerte, primero en algo rojo intenso, de un brillo deslumbrante, casi inexistente, que al enfriar, adquiría forma y vida propia. Mientras trabajaba, cantaba. No sabía lo que era pero me gustaba porque lo hacía muy bajito, solo para él ... bueno, también para mí. Al escucharle sentía un profundo pellizco que se traducía en un cosquilleo en mi barriguita. Cuando terminaba, volvía en sí y me decía con su ronca voz: -No lo pues entendé- y yo contestaba: -Ya lo sé, por eso me gusta tanto. Más tarde, descubrí que Miguel el Herrero me cantaba por Martinetes.

También estaban Ana y Tere, las encargadas de limpiar todo aquello, pero ellas sólo venían por la tarde. Tere era morena, regordeta y muy chillona y risueña por lo que lucía bastante a menudo su gran diente de oro. Ana, de pelo cano siempre peinado en moño bajo y siempre vestida de negro, con sus enaguas, su camisa de manga larga arremangá (hasta en verano), su delantal a rayas gris y negro y a veces se ponía un pañuelo sobre los hombros. Sus arrugas dignificaban su expresión, eran como dibujadas, cada una en su sitio, todas tenían nombre, apellidos y fecha de nacimiento. La piel que dejaba a la vista era curtida y morena por el sol, pero si el botón se abría o la manga se subía un poco, dejaba entrever una piel fina y tan blanca como la cantidad de años que había estado tapada. Nunca me pregunté su edad, era tan pequeña que no me interesaban esas cosas, casi ni podía imaginar que alguna vez tambien habían sido niños, como yo.

Yo era la única privilegiada que podía bajar al patio. Mi madre sólo lo pisaba para montarse en el coche y a mis hermanas, nueve y siete años mayores que yo, les estaba terminantemente prohibido. Mis seis, siete, ocho años, me permitían disfrutar de todo aquel mundo ... la carpintería, los almacenes, las casetas de la guardia, la panadería -que calentaba el suelo de la casa por las noches- ... era tanto lo que podía correr. Allí, en aquel patio, aprendí a montar en bicicleta, a patinar, a volar mi águila (la cometa), a jugar al diabolo y también me hice mujer.....

...¡Mujer!... Sólo tenía doce años pero, cuando mi padre entro en el cuarto de estar, me di cuenta de que nunca más sería una niña: -"Bueno, ya eres una mujer y debes comportarte como tal. A partir de ahora entrarás a casa por la puerta de atrás, como tus hermanas"-

Desde ese momento, aquello que tanto había esperado empezó a ser un tormento para mi. Odié ser mayor aunque aún no lo era porque mi cuerpo todavía me pedía correr, saltar y jugar por aquel patio que ya sólo podía ver a través de la ventana o desde la zotea... De esta forma, día tras día, oteaba mi mundo sin entender muy bien por qué ya no me pertenecía y sin ser consciente aún que lo que veía frente a mí era mi pasado.

© Soledad Fernández

 

 

Deutsche Bank
por Miguel Leguey

 

Manuel Madariaga la había cogido meona con una oficina del Deutsche Bank, una sucursal llamativa, que hacía chaflán, situada en en Barrio de Salamanca. A nosotros lo mismo nos daba una cosa que otra. Sabíamos a qué atenernos, cómo nos tratarían si fuésemos a pedir dinero al Deutsche Bank

Subimos a la furgoneta. Cuatro éramos, cada uno de su padre y de su madre.

Carlos Pinto tiene ojos quemados, azul-gris, gesticula mucho y su voz es ronca, de buen narrador, el Don conduce, Manuel ocupa el sitio del copiloto, yo, voy en la caja, sentado en el suelo. Por las ventanillas se ven los velos color amarillo y rojo de los coches que circulan, el tiro oscuro de las calles que se van abriendo ante nosotros. El peso de la ciudad, su casco, nos aspira. Madrid está podrida. De los hogares sale un aliento de sumisión, una estridencia estéril, conformada. Las fincas apestan a ciudadanía obediente, a moradores discretos acomodados en sus cuatro muebles, bien embaucados por la sociedad. A nosotros no nos hace mella su forma de vida, nos tienen sin cuidado las horas que marquen sus despertadores, si cumplen o dejan de cumplir con su responsabilidad, cómo se aferran a lo que poseen. Un huevo nos importa su disciplina, los esfuerzos que hacen para ganarse las lentejas. ¡Qué se metan por el culo su disciplina, sus inagotables listas de parados, el subsidio de desempleo o sus raquíticas pensiones!

La ciudad danza. Danza la luminosidad de las farolas, de los anuncios y los anagramas de Farmacias, Correos o Telefónica. Danzan las infinitas sucursales bancarias, sus artículos comerciales de renta variable y renta fija, sus alusiones a nuestros deseos, a sus bonos, a su oro democrático. Sobre las ventanillas, ante nuestros ojos, corre la banca catalana, la banca madrileña o la banca cántabra. Verlas nos caldea. La calle nos caldea. La noche -el cielo- nos cubre con una claridad de lejía. Ni una estrella adónde dirigir la punta de los ojos, sólo una pátena resinosa, sucia, que recoge el resplandor de toneladas de bombillas. Los coches se suceden. Los bares se suceden. Se suceden jóvenes que han sacado sus litronas a la calle; en sus caras imberbes, puras, veía que sus fantasías no se cumplirían, la alegría que luego habría de trastocarse, cómo les iban a tratar las deudas.

Pasamos ante la Puerta de Europa: una cochinada. La Torre Picasso: esbelta, pálida, esperaba que el día rayase, el momento en que tragaba un buen montón de asalariados. Avanzamos entre rascacielos que surgían como detonaciones de hormigón, todo a lo largo de la Castellana. Bajo su verticalidad las sombras de la noche saltaban sobre los vehículos. Entre un conjunto de bloques y otro conjunto de bloques las rotondas y sus estatuas mostraban su vacío. Algunos fríos palacetes -sedes de más bancos con palmeras y estatuas en su jardín- anunciaron que cruzábamos una zona de la ciudad más antigua, menos obsesiva, aún más elitista: al fondo se impuso el anacronismo de las Torres de Colón, su remate color verde raído, ese cucurucho infantil, napia enorme, cosida a una planicie.

Manuel puso sus manos en el martillo neumático. Lo acarició con sus dedos resecos, temblorosos, que se movían con un ritmo de mantra, ritual, permanente. Tenía una gran humanidad, cuerpo ancho, manazas de picapedrero. Había trabajado en una empresa de obras públicas, destrozado con ese artilugio neumático los adoquines de la calle. ¡La de agujeros que llevaba hechos! ¡Siempre con la vibración en los biceps y pectorales, parando una vez tras otra los arrebatos de la máquina con los músculos del abdomén!

El don dijo que estábamos cerca, que iba a dar un par de vueltas por si la pasma andaba por los alrededores.

En las manzanas, la mercancía, pegada a los vidrios de los escaparates, exhibía sus brillos y precios. La ropa, los botes de comestibles, los muebles, esperaban su turno para ser manoseados, masticados, mudados. Un travestí, apostado en una esquina de la calle Velazquez, hacía cucamonas a los ocupantes de los coches: sus zapatos de plataforma lo elevaban al menos veinte centímetros, una faldita escocesa, roja, tableteada, apenas cubría los bultos de su tafanario.

La sucursal estaba vacía. La negrura de sus cristales contrastaba con las cartelas corridas en la fachada. En un muro lateral un cajero automático -oscuro agente del capital- esperaba a la clientela. Yo les tenía especial manía a los cajeros. ¡Esos si que no soltaban nada! ¡Ni aunque los destrozaras! ¡Ni áun cuando tu madre se muriera ante sus narices eran capaces de confiarte una módica cantidad de dinero! Ya podías darles a los números. Ya podías aporrearlos, nada, no se conmovían.

Dentro, las mesas, el mostrador, los sillones con respaldos acolchados, ligero todo, todo que se deshacía.

La alarma, conectada a una central próxima, callaba. Esperamos unos minutos en la furgoneta. Eran unos momentos tensos, emocionantes, en los que me deleitaba pensando lo que íbamos a hacer.

Nos pusimos las medias en la cabeza. El nailón nos comprimía el rostro. De lejos nuestras cabezas parecían bellotas, de cerca te dabas cuenta que había ojos, ojos hundidos entre una serie de patatas informes.

Manuel bajó con el taladro en la manos. Yo le seguí con mi escopeta de cañones recortados; renqueaba e iba lento sin mi bastón, inseguro. Dar cinco o seis pasos largos, con resolución, me costaba, los dolores me comían los pasos desde hacía ya tres años. Oí toser a Carlos Pinto, su tos asmática, seguida de un terrible pitido. Cuando el percutor del martillo estuvo apoyado en el cristal, junto a la esquina inferior derecha del escaparate, el don puso en marcha el motor del taladro y el cristal de seguridad, sus tres buenos centímetros de espesor, cayeron ante nosotros: formó un torrente vertiginoso, vertical, como ola que se desmenuzara. Disparamos; la sirena ululaba. Pulverizamos sillones, mesas y ordenadores. La oficina se estremecía. Pedazos de papel volaban, cayó un reloj de pared, cayeron cuadros, teléfonos y los cristales del despacho del director. Fueron muchos disparos en pocos segundos, en plan salvaje, dejando correr al instinto, apuntando a todo aquello que aún permanecía en su sitio. No nos molestamos en buscar pasta, ésa no sale con las andanadas, está muy quieta, muy ordenada ella en cajas acorazadas. No era éso lo que buscábamos. ¡Con la edad que teníamos para qué queríamos pasta! ¡Estábamos acostumbrados a la miseria!

Cuando llegué a casa aún oía los estallidos de los tiros. Sonreí a mi mujer, a su foto. Murió cuando murió mi hijo, tres semanas después. Él cayó en una guerra lejana, absurda. Le mandaron en misión humanitaria -a pacificar un país-. Obstinados religiosos de otro continente, se habían hecho fuertes en una nación que nunca oí mentar y cometían crímenes contra la humanidad. Mi hijo formó parte de la fuerza que las Naciones Unidas destacaron. Desembarcó en la costa y a los pocos días le mandaron al interior del territorio. No volví a saber nada de él. Me lo devolvieron envuelto en una bandera con una medalla al valor. Gente importante me dió el pésame, la mano me daban y me dejaban sus tristes caras y sus mohines refinados. Es parte de mi trabajo parecían decir, no es culpa mía, todos tenemos obligaciones desagradables. Cuando indagué descubrí que lo mataron balas fabricadas en España, balas patrias, que vendíamos a los rebeldes entre tregua y tregua.

© Miguel Leguey

 

 

Aficionados
por Bob T. Morrison

 

Fóllame, le había dicho la noche anterior.
Sonia —una mata de pelo negro le ocultaba la mejilla— dormía con la manta hecha un ovillo. Respiraba acompasadamente y, de cuando en cuando, dejaba escapar algún ronquido.
El cielo empezaba a clarear. Hector, se levantó y descorrió la cortina: caía una fina lluvia y había luz en las farolas. En el horizonte, recortado por las casas, los retazos de niebla ocultaban la línea azul del mar.
Llenó el lavamanos y hundió la cabeza. Después, se miró en el espejo y paso la mano por su cara, sin afeitar. Se rascó la entrepierna.

* * *

La puerta era grande e iluminada. Sobre la marquesina, un rotulo de neón, intermitente, en el que se podía leer: BAR-DISCOTECA.
Con un movimiento de cabeza, saludó al hombre alto y corpulento que estaba en el vestíbulo. Empujó una segunda puerta y entró: los camareros (vestidos con camisa blanca, chaleco a rayas y pajarita) iban de un lado a otro, como si tuvieran mucho trabajo, sirviendo las pocas mesas ocupadas.
Sonia, estaba sentada en uno de los taburetes, bajo la luz fluorescente, con las piernas ligeramente cruzadas. Vestía una blusa blanca, de trasparencias, y una diminuta falda roja. Uno de los zapatos (de tacón alto y con una fina tira en el talón) lo balanceaba con la punta del pie. Bebía de una copa ancha.
Hector chasqueó los dedos y el camarero acudió, solicito, con una sonrisa de Profiden. Pidió un Ballantines y le indicó que sirviera a la señorita (ambos miraron como las piernas se perdían bajo tela roja) una nueva copa.
Ella se lo agradeció con una mirada intensa y se pasó la lengua por los labios.
—No la había visto nunca —comenta el camarero.
Hector agita los cubitos y bebe un sorbo.
—Será nueva en el oficio —dice.
—Tal vez —contesta, y pasa la bayeta por la barra— Parece una aficionada.
Hector lo mira a los ojos.
—He visto muchas putas en mi vida, señor. Le digo que ésta es una aficionada.
Apura el vaso y lo deja sobre el cartoncito rectangular. Duda unos instantes.
—Ponme otro.

* * *

Cuando se lo propuso (era tarde y estaban sentados en el sofá viendo el televisor) Hector no las tenía todas consigo. El comedor estaba a oscuras y una línea de luz escapaba de la cocina.
Dirá que soy un cerdo, pensó.
Dudó unos instantes. Le puso la mano sobre la rodilla. Su mujer no dijo nada: continuo mirando la tele y, como un enorme mono, desvestía a la chica.
Subió la mano por el muslo y le acarició las bragas. Sonia sonrió y lo abrazó. Lo besó (abrió mucho la boca) y le desabrochó la cremallera.
—Soy tu puta —le dijo, y lo arrastró al suelo.

* * *

—¿Tienes fuego?
Ella extrae un cigarrillo de la pitillera mientras Hector busca en los bolsillos. Le acerca la llama.
—Gracias por la copa —continua, y le lanza una bocanada.
Se sienta a su lado y le mira las tetas, aniñadas. No lleva sostenes.
Le dice su nombre. Lleva el cigarrillo a la boca y enseña sus largas uñas de porcelana.
Hector paga las consumiciones y deja una buena propina. Llama a un taxi.


Bob T. Morrison

© Bob T. Morrison (bobmorrison@dnacat.com)

 

 

Poetas y Periodistas
por Antonio Polo

 

Un Poeta ve un árbol o una puesta de sol a la vera de un camino y se para a contemplarlo. Durante un rato elude sus compromisos y sueña despierto un instante. Un Periodista ante la misma estampa saca su cuaderno, toma unas notas apresuradas sin bajarse del coche y llama a la Redacción para dictar la siguiente crónica: "Un panorama desolador. La magnífica Dehesa que antaño conocieron nuestros abuelos ha quedado reducida a un escuálido árbol de hoja caduca. Esta noche nos preguntamos ¿quién está detrás de semejante tropelía?

© Antonio Polo

 

 

El encargo
por Ignacio Reverte Martínez

 

Bendito regalo, amigo. Cada vez que me siento ante los arrugados folios y descubro en tu letra de hormiguilla las enfebrecidas ideas que desgranaste, tengo necesariamente que agradecerte el encargo.
Hace un año que te dejé, a dos metros por debajo del mundo y a un instante de mi pensamiento: Pilar agarrándose a Verónica; tu hija mirándolas sin comprender; yo no tenía más recuerdo que tus palabras: “cuídalas y termina los cuentos”.
Cuidarlas ha sido un placer samaritano (perdón por la referencia bíblica, agnóstico redomado), pero lo de terminar tus cuentos ha sido más que una pesadilla: un calvario (disculpa de nuevo).
Sabes que Pilar quiere a Verónica como a una hermana, y que yo renuncio gustoso a su compañía con tal de que disfruten de sus tardes de té, de sus charlas, de lo que les queda de nosotros…
Por el contrario, tus cuentos…¿Suponías acaso la tarea benedictina que me dejabas?
Comencé con ellos a los pocos días de despedirte y he de confesarte que me sentí conmovido y abrumado. La conmoción provino de tu nota manuscrita, en contraste con la mezquina letra de los cuentos, en la que me instabas a terminar tu obra. Me abrumé por la tarea: dos pilas de folios, cariñosamente empaquetados y clasificados. Abrí el que titulaste Inicios, y comencé a leer, más tarde a soñar y, por último, rompí a llorar sobre las hojas en que amontonaste tu vida.
Emocionado ante el comienzo de la tarea, leí cada uno de tus retazos de imaginación, solazándome en los rincones de las ideas sugeridas, de tus descripciones, de tus retruécanos inclarificables; me reí con lo que creía eran pícaros guiños que me dirigías tras tus palabras y me emocioné con las constantes referencias indirectas a tu vida y a nuestras comunes experiencias. Descubrí, en definitiva, al amigo que añoro y con el que compartí la vida.
Cuando terminé la lectura, comprendí la finalidad de tu encargo. No podía dejar a tus personajes ahí, en mitad de su épica lucha. Sacudiéndose entre las hojas, me pedían que te continuara y tu imaginación se prolongara en mis dedos para plasmarlos.
No podría expresarte mi inquietud cuando me senté por primera vez ante el papel y tomé el primero de los paquetitos. Lo recordaba bien, pues era el primer escrito que comencé a destripar de entre los demás. Releyéndolo de nuevo, lo vi casi perfecto. No entendía que podía faltar, pues allí estaban, en su corte más clásico, la exposición, el clímax y el desenlace. Una historia triste y soñadora… ¿qué querías que yo añadiese? Ante la duda, comencé por subsanar las faltas de ortografía y las escasas redundancias. Me fui animando y concluí que era necesario el cambio de nombre del personaje principal, “Pedro”. Era vulgar en exceso, así que lo cambié por un “Justo” que se adaptaba más a tu idea clásica del cuento y sugería un manifiesto equívoco. Casi pidiéndote disculpas por la intromisión, seguí alterando tus frases y el orden de la exposición. Consideré que el final era el adecuado e, impulsivamente, pasé al siguiente montón.
Uno tras otro, seguí desgajando tus cuentos y alteré, poco a poco, lo que mi inspiración me indicaba. Y seguí…
…Hasta hoy.
Ahora que me han diagnosticado un rápido final, sólo lamento dejar tus cuentos por la mitad. Pero el juicio es inapelable: dos meses. Y conforme pasan los días, entre profundas toses que me arrancan pedacitos del pecho, me percato de que los días que restan serán menos de los que necesito. Así que no te preocupes. He dejado tus/mis cuentos en buenas manos. Estoy seguro de que nuestro común amigo Ignacio los terminará. He preparado el paquete con primor y, casi satisfecho de darle la bienvenida a nuestro pequeño club, le he preparado otra nota, escrita a continuación de la tuya.
Solo espero que disponga del tiempo necesario para terminarlos, porque me doy cuenta repentina de que lleva unos días tosiendo. ¿Tú no empezaste así también?
Al fin y al cabo, él también tiene familia…
Será mejor no pensar en ello.

Ignacio Reverte – Murcia – 26/9/98



Ignacio Reverte Martínez
Irevertem@nexo.es

© Ignacio Reverte Martínez

 

 

La lectura en familia
por David Torres

 

Aunque alguna vez mi tío Mosco ha sido motejado injustamente de tacaño, puede arguirse en su favor la repulsa, el asco casi científico que experimenta ante los libros usados. Mi tío jamás comprará un libro que haya sido leído anteriormente por otra persona,  ya que sostiene la teoría -teoría compartida en líneas generales por mi abuelo- de que un libro leído es como una mujer sin virgo. Tal vez de ahí la suma delicadeza de mi tío al acariciar la funda, el temblor religioso y exquisito con que rasga ese himen transparente en que suele venir envuelto el volumen, el minucioso amor con el que empieza a hojearlo, casi distraídamente, y que recuerda remotos preparativos nupciales. Lejos de triviales razones económicas, mi tío Mosco asegura que los precios en verdad irrisorios que siguen campeando por las librerías de viejo no se deben al deterioro de las pastas ni a la mugre acumulada por el pasar y repasar de los dedos, sino a la misteriosa hecatombe que sufre un libro tras su lectura, a los capítulos y párrafos saqueados por ojos ajenos, jardines deshojados, súbitas flores marchitas. Alguna vez, en su perdida juventud, mi tío también rastreaba las viejas librerías buscando ejemplares raros apenas tocados, empezados y abandonados enseguida por sus dueños, o bibliotecas intactas que iban pasando de padres a hijos como un juego de vajilla china y que acababan malvendiéndose en una mala racha, hoy, la sola memoria de esas veleidades le hace estremecer. Aún recuerda con espanto el día en que encontró su valiosa edición de Crimen y castigo completamente inservible, arrasada, inútil. En un descuido, el libro había caído en manos de mi abuelo -lector ferocísimo y sin escrúpulos si los hay, dedicado en exclusiva a las novelas policíacas- quien en un par de días dejó la memorable obra convertida en un burdo enredo detectivesco. Ni que decir tiene: todas las ideas interesantes, todos los principios morales huyeron despavoridos ante la curiosidad omnívora de mi abuelo. Eso sin contar que, cuando el libro se le hace demasiado pesado (es decir, cuando no sólo tarda en descubrir al asesino, sino también el crimen) entonces mi abuelo suele dejar una anchoa en aceite como señal de lectura ("para transparentar" dice él en broma) ya que, como lector cuidadoso que es, le facilita mucho las sucesivas consultas.


   Mi tío Mosco suele enfadarse mucho por cosas así, y con razón, pues basta que uno tenga la Fenomenología del espíritu guardadita en una estantería, con su plástico intacto, esperando su ocasión (que, generalmente, es ninguna) para que venga el bestia de mi abuelo, ansioso por desenmascarar criminales distinguidos, la lea y la haga polvo. Porque mi abuelo no sólo es capaz de reducir summas teológicas a prólogos, manuales de jardinería a rosales y diccionarios bilingües a poemas; no sólo despluma tratados renacentistas, monda gramáticas y desertiza enciclopedias, sino que, además, parece que disfruta reventándole las lecturas venideras a mi tío. En efecto, basta que mi abuelo observe a mi tío rondando pensativo entre los estantes de su hermosa biblioteca privada y lo vea decidirse al fin por una edición en rústica (quinientos ejemplares numerados, con ilustraciones a plumilla) de Platero y yo para que mi abuelo levante su cabezota, afile la mirada como para verlo mejor, y advierta: "ah, está bien, sólo que no recuerdo ahora quién mata al burro". Y mi tío, que antes tenía un libro de poesía entre las manos, se encuentra con noventa y tantas páginas de intriga ecologista.


   Por fortuna, mi tía Vita es más indulgente respecto a los resúmenes críticos de mi abuelo. No sólo le consulta antes de empezar un volumen, por ejemplo, el Evangelio de Lucas ("bah, es un plagio"), sino que subrepticiamente deposita en su mesilla de noche enormes novelones románticos -los favoritos de mi tía- que mi abuelo coge por aburrimiento o por insomnio y que deglute voraz a la caza de asesinos. Entonces, una vez domesticada su prosa, mi tía empieza a leer y cada palabra vuelve a ser un espejo empañado, un perfume antiguo, una música oída. Al pasar de unos a otros, el libro se va llenando de recomendaciones, jadeos, lágrimas, distracciones, sonrisas. Cuando llega hasta mí, está minado de signos, cuajado de miradas. La lectura límpida que quería mi tío Mosco se ha vuelto imposible ahora porque en cada línea hemos ido dejando pedazos de nosotros mismos, jirones de recuerdos, tenues cicatrices de olvido. No es raro que al final, después de todos, la historia llegue (trastocados y vueltos a bautizar sus personajes, convertida en un cuento para niños) hasta mi hermana pequeña, que no sabe leer.


   Por último, cuando los libros saqueados de la biblioteca de mi tío han pasado por las manos de toda la familia - la cual suele debatirlos en largos y académicos almuerzos, comentando defectos y virtudes para desesperación de mi tío, que es, con toda seguridad, el único que no lo ha leído aún-; cuando ya cada uno de nosotros guarda adentro panoramas de lanzas y caballos, besos sangrientos, llantos vehementes y melancólicos amores, entonces mi abuelo coge los libros, hace un paquete y sale a recorrer las librerías de viejo cargado de papeles inútiles, letras sin sentido, bosques carbonizados. No importa el buen estado de la encuadernación ni el repentino fulgor de las ediciones raras: nadie querrá saber nada de ese montón de libros usados, pues les basta echar un vistazo al paquete para adivinar que en toda esa catarata de párrafos no queda ya una sola idea, una sola emoción. Por desgracia, los supersticiosos temores de mi tío Mosco han cundido al fin entre los viejos y huraños libreros y ninguno compra ya libros leídos, por más que mi abuelo se desgañite ponderando sus dudosas ventajas. Es más: si empieza a ponderarlas es cuando se tapan los oídos con las manos y se apresuran a echarlo a patadas a la calle, despedida que ofende sobremanera a mi abuelo.


   El cual insiste de librero en librero, pero siempre es igual: ya tarde, ya casi anocheciendo, acabará entrando en una trapería donde un hombre de mono azul, probablemente analfabeto, pesará el montón de libros y lo pagará a precio de papel corriente, no sin antes hojear el misterio de esas páginas confabuladas, deletreando con trabajo palabras incomprensibles, expoliados abracadabras, y mi abuelo -que siempre se arrepiente a última hora- lo mirará rascarse la cabeza y encogerse de hombros antes de arrojar el atado de un envión junto a la montaña de periódicos y revistas atrasadas, sin comprender que, junto con los libros, se prensarán también lunas minúsculas, desesperaciones, princesas pálidas, noches blancas, héroes, burros muertos, su mono azul, mis tíos, mi hermana pequeña, mi abuelo, yo, este mundo, todos los otros.
 

© David Torres

 

 

El verdugo
por Gabriel Trinidad

 

Se levantó despacio del mugriento camastro aún sintiendo en su memoria los certeros aguijones de la conciencia. Hacía frío fuera, frío y hambre en las casas sin ley de los condenados.

Con ceremoniosa parsimonia apartó las impotentes mantas y miró hacia el ventanuco. Aún de noche. Nunca había visto un rayo de sol entrar por aquel inclemente desperfecto de la fachada y empezaba a dudar de que detrás de él se encontrara el exterior. Dolorido, comenzó a prepararse para una nueva jornada sin piedad con un frugal desayuno.

Avanzó de nuevo por el corredor de la sangre, tambaleante de alcohol y desprecio hacia el corazón de su miseria. Era tarde ya, tarde para los hombres sin nombre, y para él. Casi sorprendido, reparó por primera vez en la irónica monotonía de su cíclica existencia, avanzando cada día en su camino y a la vez segando el de los demás.

Una vez más llegó a su infame cubículo, infausto escenario de su amargura. Era una habitación circular, carente de ventanas y escasa de luz, espacio y mobiliario. Una lámpara que solo de tal conservaba denominación y bombilla, aportaba la poca luz que sus pesadillas necesitaban para mostrarle su rostro en el espejo tras la puerta, el rostro de la muerte. Frente a su mesa, tísica y moribunda de humedad, apenas se sostenía la única e incómoda silla, unidos sus travesaños por la misma suciedad.

Como cada día repasó su instrumental: la cuchilla afilada, las armas cargadas, la soga anudada y el alma entregada, a la atrocidad. Como cada día trató de memorizar su imagen en el espejo antes de cubrirla con el harapiento uniforme, raído y endurecido con el sudor y la sangre seca de tantos años. Sin embargo esta vez vio algo distinto. Sintió como siempre al tiempo arrugado en su rostro y a los sueños despoblar su frente, pero en sus ojos ya no había lágrimas, ya no pudo ver esa queja silente y decepcionada que otros días le despedía al cubrirse en su huida. Sintió que al fin su dolor terminaba.

Pausado, solemne y armónico el vetusto reloj señaló con sus campanadas la hora. Por última vez dirigió su mirada culpable al cielo, sin atreverse a rezar o a pedir siquiera perdón. Sería asesino, pero no blasfemo.

Enseguida aparecieron los condenados en el patio entre las oxidadas quejas de sus grilletes, marchando en lenta procesión hacia su último destino. Eran dos, jóvenes aún, pero enfermos de muerte por el crimen. Desde el patíbulo ya parecían espectros, difuminados y temblorosos flotando en la borrosa luz del alba, eternamente cargados con las cadenas del odio.

Al subir los peldaños de madera pudo ver sus caras a través de la capucha. Tenían los ojos vendados para que no fuera la de su verdugo la imagen que llevaran a la tumba, para que buscasen en su memoria algún momento de consuelo en el pasado, antes de que un juez les robase la inocencia. Sin embargo, de cerca creyó sentir la triste resignación de los que se saben justamente recompensados por sus vidas erradas. Sin perdón.

Lo que tenía que hacer a continuación ya formaba parte de su rutina vital. Metódicamente preparó a los dos reclusos para su ajusticiamiento y al crudo engranaje de muerte para llevarlo a cabo. Todo listo para la ejecución al amanecer que la sentencia dictaminaba.

Entonces lo escuchó. La primera vez pareció sólo un susurro que el viento le traía de su niñez, cuando en la escuela le enseñaban a ser bueno para poder ir al cielo. Entonces él no podía entender qué era el cielo o el infierno, solo era un niño que obedecía a los adultos para evitar el castigo, pero cuando al fin lo comprendió se dio cuenta de que ya había renunciado a él.

La segunda vez se pudo oír con claridad, como si alguno de los escasos testigos reunidos por el óbito quisiera despertar en él las cenizas de una compasión extinta mucho tiempo atrás y enterrada para siempre. Miró extrañado al patio pero no pudo ver sino caras expectantes que no parecían haber oído nada.

La tercera vez sonó más cerca. Debía de ser una morbosa treta de alguno de los condenados para alargar su agonía, pero en sus rostros sólo encontró la misma resignación que habían reflejado desde que supieron que su enfermedad llegaba a una fase terminal. De nuevo dirigió una mirada al patio, y observó la expectación convertida en impaciencia y preocupación.

La última vez todos pudieron oírlo porque la queja buscó entre las grietas prisioneras y encontró la libertad en el cielo. Se sorprendió al principio con el sonido de su voz, esta vez totalmente claro, protestando con la sentencia de sus recuerdos, pero pronto se sintió aliviado y contento de poder escribir su propio epitafio. Entonces todo se aclaró, tres disparos lo repitieron con fuerza y todos escucharon a los ecos del reencuentro unirse definitiva e indisolublemente a ellos y escapar a la eternidad sellando con sangre el inexorable destino de los tres condenados y gritando para siempre ¡NO MATARÁS!.

 

© Gabriel Trinidad Ruiz

 


ARIADNA otoño 1998 LA P R O S A