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Las JOYAS de ARIADNA
Jaime Alejandre
¿Frente
a qué cuadro
Isla Correyero
Terciopelo azul
Luis Alberto de
Cuenca
A
Alicia, disfrazada de Leia Organa
Eduardo García
De las aristas de la noche
Pilar González
España
Los hombres caja
Julio Martínez
Mesanza
Es negra la ciudad, terrible y roja
Jesús Urceloy
Misa
primera de los amantes humildes
Angel Zapata
La
escayola
Jaime Alejandre
¿Frente a qué cuadro y
qué
música de fondo, con qué
libro entreabierto en la mesilla,
después de qué película,
bajo qué cenizas del amor?,
cuando vayas -como irás-
hacia la muerte.
¿Qué última palabra, y
qué recuerdo
abrasando tus pupilas,
doliéndote en la lengua qué
gesto, asombro o pena,
en qué estación, bajo qué luz?
cuando vayas -como irás-
hacia la muerte.
¿Qué ojos mirándote y
qué manos
para darte un consuelo que no llega,
qué dureza de sábana lavada y qué
calor de cuerpo aún desnudo,
qué espejo para el postrer despido?,
cuando vayas -como irás-
hacia la muerte.
¿Qué lluvia, con qué beso
y qué
remordimiento aún encendido,
qué soledad, qué compañía o verso,
al pie de qué animal, qué armas,
en mármol, bajo qué tierra sin nombre,
qué fecha podrá allí acompañarte
y qué importancia absurda?,
cuando vayas -como irás-
y ya no vuelvas.
(Fosa Común, 1996-1998).
© Jaime Alejandre
TERCIOPELO AZUL
por Isla Correyero
Mi coño eleva el conocimiento que tú le has enseñado. La velocidad y el violento latido de una horca.
Mi coño alimentado por una boca física tiene el oficio azul de ser frágil y exacto.
Flexible y religioso, mi coño es la pirámide de un resplandor de oxígeno que se pone mis bragas.
Tiene quinientos años de elegancia y de músculos
batidero de sangre volada de partículas.Fluye con tabaco, la cicuta y el whisky, tiene chispas de plata, monedas de cerveza.
Con tu estremecimiento causas en mí palabras que dicen deserciones y dulces animales.
En tu lengua me dices cosas extraordinarias, se me llena la oreja del ardor de los fósforos.
Pasa todo a mi coño, se forman las arrugas, aprende, coronado cómo abrirse las venas.
Tan despierto y profundo como un túnel en llamas, llega al centro, al tugurio de un burdel que se mueve.
Es un párpado oliendo tu medida en centímetros, el aceite de un arma, con una bala de oro.
Extremaución del vértigo que crece en los amantes, mi coño es un estado mental de luz y sombra.
Suda como una sábana. Palpita como un trago. Es móvil terciopelo azul. Báilalo lento.
Por la muerte.
Jode la tristeza.
© Isla Correyero
A ALICIA, DISFRAZADA DE LEIA ORGANA
por Luis Alberto de Cuenca
Soneto
Si sólo fuera porque a todas horas
tu cerebro se funde con el mío;
si sólo fuera porque mi vacío
lo llenas con tus naves invasoras.Si sólo fuera porque me enamoras
a golpe de sonámbulo extravío;
si sólo fuera porque en ti confío,
princesa de galácticas auroras.Si sólo fuera porque tú me quieres
y yo te quiero a ti, y en nada creo
que no sea el amor con que me hieres...Pero es que hay, además, esa mirada
con que premian tus ojos mi deseo,
y tu cuerpo de reina esclavizada.
© Luis Alberto de Cuenca
DE LAS
ARISTAS de la
noche
o desde las arrugas con las que el día viene
a tropezarse en tu camino,
descorteses,
malignas,
sobrevienen las sombras.
Vienen a
columpiarse en tu cabeza.
Dicen sí. Dicen no. Tejen tu incertidumbre.
Con manos temblorosas te arrojan al dolor.
No acudas al teléfono: sus hilos no son venas
y el corazón se ahoga contra el auricular.
No acudas al amor: su canto de sirena
navega rumbo al trópico sólo en tiempos de paz.
Esta guerra es la tuya y tú lo sabes.
No dispones
de ejército. Sólo ocupas trincheras
que las sombras conocen de otras escaramuzas.
Combate como un hombre: inventa una estrategia,
siembra de pistas falsas el campo de batalla,
quizá las sombras pierdan tu rastro y te abandonen.
Combate como un hombre, como esa débil cosa
que siente y piensa y sufre y se debate.
© Eduardo García
LOS HOMBRES CAJA
por Pilar González España
miles millones de cajas sobre el pavimento cajas
grandes como el tamaño de un hombre cajas
que andan con dos piernas alternativamente
cajas en medio de la carretera cajas
que conducen un coche cajas que llaman
por teléfono cajas que se fuman un cigarro
echando el humo como los trenes antiguos
miles millones de cajas sobre las aceras
cajas que se deshacen cuando les moja la lluvia
cajas con nombres con una cierta identidad
cajas con brazos que parecen hablar y saludarse
y carcajearse cajas que chocan y caen de repente
al suelo miles millones de cajas encajonadas en sus casas
alimentándose de un silencio acojonante
y respirando todas esa negrura acartonada
e inútil
© Pilar González España
ES NEGRA LA CIUDAD, TERRIBLE Y ROJA
por Julio Martínez Mesanza
Es negra la ciudad, terrible y roja,
un campamento tártaro en la estepa
que se ha petrificado para siempre,
la pesadilla en la que cada día
los strelsí van a ser ejecutados
(sus mujeres, sus hijos en la plaza,
y el gentío y el zar que los miraba).
Moscú es el orden y la luz terribles.
El triunfo de los hombres, la derrota
de la naturaleza y sus desmanes.
La enorme fortaleza y las campanas.
Júbilo por un gramo de cordura
invisibles entre tantas necedades.
© Julio Martínez Mesanza
MISA PRIMERA DE LOS AMANTES HUMILDES
por Jesús Urceloy
Kyrie
Inclínate ante mí, déjame ser tu dios,
canta con voz sumisa mis lágrimas, mi cuerpo
nacido hombre, tierra, pie de una sóla hechura:
pieza sin tregua en el campo de la vida.Inclínate ante mi, tú eres mi tumba,
en ti, en tu voz sumisa he de llorar mi cuerpo,
para nacer persona quise ser masculino,
para besar tus pies odio mi boca:
tú eres para mi suerte mi dios tan humillado.
Gloria
En esta tumba yaces, amor mío,
yaces desnuda y rota, desnuda y nunca abierta,
lloro junto a mi semen ya jamás derrotado,
el semen que vertí en tus plantas impuras.
el semen que pisaste hasta el horror del vicio.
que bebí siendo mío: sucio, sin nada ya,
en el odio saciado por tu boca bellísima.En esta tumba yazco, inclinado y tan tuyo,
yazco en la elevación consagrada y el juego,
vierte tu seca savia mi beso lacerado,
cíngulo doloroso y bienhechor, mis dedos
rebuscan en tus labios mayores la locura.Tu boca sea entonces de mi glande diadema,
piercing, lengua, dolor, dolor la muerte, viene
rasgando en tus pezones mis tiempos femeninos:
ofrendo así mi cuerpo, inclinado y orante.
Credo
He vestido mis pies con los tuyos, amada,
comulguemos, sea esta
misa la blanca aurora,
la blanca trasparencia de la camisa crítica de los fusilados,]
la humillación intacta del verdugo,
la irresistible vela que en mi pecho derrites,
los perros desollados en los días de asedio.
Sanctus
Inclínate ante mi, déjame ser tu dios,
calla bajo mis guantes de acero, de mi saliva cómplices,
rásgalos con tu espalda hasta sentir mi sangre:
sangre que te acaricie, te rodee, te ciña.Que tus ojos me miren, me arrojen al suplicio,
y así vestida toda para el dolor
pidas con boca humilde limpiar mi tiranía:
pidas con la violencia del que calla
mi corazón ya tuyo,
muerto para nacer y despertar contigo.
Agnus Dei
Sálvame, cuerpo mío, cordero que rechazas
al poeta del zoco, al mercader, al pobre,
al orador del púlpito solidario, al escriba,
al sucio evangelista, al jodido internauta.Sálvame, sálvame: que todos tus pecados
orinen en el fuego del que aún muere de hambre,
del que abraza por gusto la lascivia sin premio:
golpéalos, amada, hiere su ambigüedad,
desvístelos, desmiente su ineficacia sorda:
ciérrales estas puertas y este infierno sagrado.Y alzada elévate:
tus pies tengan entonces la belleza callada
de las muchachas vírgenes suspendidas en Sálem,
en las cavernas negras que en Capri usó Tiberio,
en los sótanos que Alfonso el Sabio construyó en su vejez,
en cada uno de los nichos que el poder ha cegado
con argamasa, cieno, cemento o alquitrán:
en los redondos filos de las cintas de vídeo.Baila descalza, en puntas. Baila así, invítame
a contemplar, besarte la piel de los tobillos,
que no quede lugar que no sea palabra,
palabra impronunciable, belleza, danza, aurora,
música toda seas, lamento satisfecho.Creo en ti, amada mía, multiplicada, grave,
yacente, plural, hombre, mujer y laberinto,
permite ser mi dios, equívoco, asexuada.Baja entonces de tu cruz,
arráncate la lógica de todas las espinas.
Bésame, deja el atrio,
salgamos a la calle ciegos ante el asombro,
ciegos ante el camino
de todos los humildes.
© Jesús Urceloy
LA ESCAYOLA
por Ángel Zapata
De pequeño yo hubiera dado algo -no sabría decir qué, pero algo importante- por llevar durante una temporada el brazo en cabestrillo. Ahora ya no, claro, ahora está bien como está, sano y entero; pero entonces, en los días del colegio, con un runrún lejano de hormigoneras y mucha nieve en las ventanas, pocas cosas podían compararse al prestigio de un brazo roto.
Algún niño, de pronto, faltaba un día, dos, y luego entraba en clase una mañana, a deshora tal vez, acompañado por su madre, y con una escayola reluciente que apenas descubría las yemas de los dedos, todavía con restos de tinta.
Los bancos se poblaban de murmullos. Salía a recibirle la maestra y le reñía en broma. Los compañeros nos arrebujábamos para que él se sentase con holgura -"estoy bien, es sólo un rasguño"-, y era el héroe del día, de la semana, del mes -soldado en esa guerra interminable que se libra en la infancia-, y las chicas de clase le pintaban en el brazo corazones, muñecas, margaritas, las cosas que pintan las chicas, y si alguna escribía muchas veces su nombre se quedaba de novia.
Yo era un niño torpón -el manta al que pedían el último cuando los capitanes del fútbol echaban piés-, pero el brazo, ya digo, no conseguí rompérmelo nunca. Se ve que la escayola era una marca de los espabilados, y quien no atinaba a fracturarse un hueso iba a ser de por vida un segundón. Porque todos veíamos al chico, en el final de los telefilmes, con una cazadora sobre los hombros, indenme en la ruleta de las balas tras vencer al bandido, presumiendo un poco de su brazo maltrecho, displicente y feliz:
-Estoy bien, es sólo un rasguño.
Y uno hubiera
dado cualquier cosa -no sabría qué, pero algo importante-, para
entrar en la torna de los hombres audaces, en la raza selecta de
los que una mañana, a deshora tal vez, lucían en la clase su
brazo en cabestrillo, su heroísmo de gasa y escayola, lo mismo
que una placa de ayudante del sheriff.
© Ángel Zapata
ARIADNA Otoño 1998
Las JOYAS de ARIADNA