LA P R O S A


 

El verdugo
por Gabriel Trinidad

 

Se levantó despacio del mugriento camastro aún sintiendo en su memoria los certeros aguijones de la conciencia. Hacía frío fuera, frío y hambre en las casas sin ley de los condenados.

Con ceremoniosa parsimonia apartó las impotentes mantas y miró hacia el ventanuco. Aún de noche. Nunca había visto un rayo de sol entrar por aquel inclemente desperfecto de la fachada y empezaba a dudar de que detrás de él se encontrara el exterior. Dolorido, comenzó a prepararse para una nueva jornada sin piedad con un frugal desayuno.

Avanzó de nuevo por el corredor de la sangre, tambaleante de alcohol y desprecio hacia el corazón de su miseria. Era tarde ya, tarde para los hombres sin nombre, y para él. Casi sorprendido, reparó por primera vez en la irónica monotonía de su cíclica existencia, avanzando cada día en su camino y a la vez segando el de los demás.

Una vez más llegó a su infame cubículo, infausto escenario de su amargura. Era una habitación circular, carente de ventanas y escasa de luz, espacio y mobiliario. Una lámpara que solo de tal conservaba denominación y bombilla, aportaba la poca luz que sus pesadillas necesitaban para mostrarle su rostro en el espejo tras la puerta, el rostro de la muerte. Frente a su mesa, tísica y moribunda de humedad, apenas se sostenía la única e incómoda silla, unidos sus travesaños por la misma suciedad.

Como cada día repasó su instrumental: la cuchilla afilada, las armas cargadas, la soga anudada y el alma entregada, a la atrocidad. Como cada día trató de memorizar su imagen en el espejo antes de cubrirla con el harapiento uniforme, raído y endurecido con el sudor y la sangre seca de tantos años. Sin embargo esta vez vio algo distinto. Sintió como siempre al tiempo arrugado en su rostro y a los sueños despoblar su frente, pero en sus ojos ya no había lágrimas, ya no pudo ver esa queja silente y decepcionada que otros días le despedía al cubrirse en su huida. Sintió que al fin su dolor terminaba.

Pausado, solemne y armónico el vetusto reloj señaló con sus campanadas la hora. Por última vez dirigió su mirada culpable al cielo, sin atreverse a rezar o a pedir siquiera perdón. Sería asesino, pero no blasfemo.

Enseguida aparecieron los condenados en el patio entre las oxidadas quejas de sus grilletes, marchando en lenta procesión hacia su último destino. Eran dos, jóvenes aún, pero enfermos de muerte por el crimen. Desde el patíbulo ya parecían espectros, difuminados y temblorosos flotando en la borrosa luz del alba, eternamente cargados con las cadenas del odio.

Al subir los peldaños de madera pudo ver sus caras a través de la capucha. Tenían los ojos vendados para que no fuera la de su verdugo la imagen que llevaran a la tumba, para que buscasen en su memoria algún momento de consuelo en el pasado, antes de que un juez les robase la inocencia. Sin embargo, de cerca creyó sentir la triste resignación de los que se saben justamente recompensados por sus vidas erradas. Sin perdón.

Lo que tenía que hacer a continuación ya formaba parte de su rutina vital. Metódicamente preparó a los dos reclusos para su ajusticiamiento y al crudo engranaje de muerte para llevarlo a cabo. Todo listo para la ejecución al amanecer que la sentencia dictaminaba.

Entonces lo escuchó. La primera vez pareció sólo un susurro que el viento le traía de su niñez, cuando en la escuela le enseñaban a ser bueno para poder ir al cielo. Entonces él no podía entender qué era el cielo o el infierno, solo era un niño que obedecía a los adultos para evitar el castigo, pero cuando al fin lo comprendió se dio cuenta de que ya había renunciado a él.

La segunda vez se pudo oír con claridad, como si alguno de los escasos testigos reunidos por el óbito quisiera despertar en él las cenizas de una compasión extinta mucho tiempo atrás y enterrada para siempre. Miró extrañado al patio pero no pudo ver sino caras expectantes que no parecían haber oído nada.

La tercera vez sonó más cerca. Debía de ser una morbosa treta de alguno de los condenados para alargar su agonía, pero en sus rostros sólo encontró la misma resignación que habían reflejado desde que supieron que su enfermedad llegaba a una fase terminal. De nuevo dirigió una mirada al patio, y observó la expectación convertida en impaciencia y preocupación.

La última vez todos pudieron oírlo porque la queja buscó entre las grietas prisioneras y encontró la libertad en el cielo. Se sorprendió al principio con el sonido de su voz, esta vez totalmente claro, protestando con la sentencia de sus recuerdos, pero pronto se sintió aliviado y contento de poder escribir su propio epitafio. Entonces todo se aclaró, tres disparos lo repitieron con fuerza y todos escucharon a los ecos del reencuentro unirse definitiva e indisolublemente a ellos y escapar a la eternidad sellando con sangre el inexorable destino de los tres condenados y gritando para siempre ¡NO MATARÁS!.

 

© Gabriel Trinidad Ruiz

 


a r i a d na