LA P R O S A


 

Mi pasado
por Soledad Fernández

 

Me gusta asomarme a la ventana y no ver nada más que mi pasado.....una niñez tranquila y solitaria, llena de amigos que no me traicionaban: un gallo, una gallina, los conejos y todos esos gatos que en el gran patio tenían su hogar. El mío era Perico, el atigrao, rubio y blanco y los ojos azules. Aún permanecerá allí, bajo la tierra, frente al mar y al peñón, enterraíto...

...Me recuerdo a mí misma, en el columpio, una tabla y dos soguitas bien gordas atadas a una higuera de las grandes, la misma que daba de comer a mis gusanos de seda -puede que todavía esté allí-. ¡Qué alto volaba!, veía el suelo desde muy arriba y luego, el cielo, ¡que cerca lo tenía!, una y otra vez. Yo gritaba: -Colúmpiame más fuerte, Miguel!- y Miguel me decía: -Venga, pero un poco sólo, ¿eh?, ¡hala, agarrate!.

El me había hecho el columpio. Me gustaba despertar y comprobar desde la ventana de la cocina que ya estaba allí, siempre en el patio, con su mono azul, su piel curtida y sus poderosos brazos dándole forma al hierro. Miguel no daba martillazos, acariciaba a golpe de martillo, sus golpes no eran sonidos molestos, sino el sonido rítmico más puro y ancestral. Para mí era un acto totalmente mágico observar como transformaba el hierro, duro, frio e inerte, primero en algo rojo intenso, de un brillo deslumbrante, casi inexistente, que al enfriar, adquiría forma y vida propia. Mientras trabajaba, cantaba. No sabía lo que era pero me gustaba porque lo hacía muy bajito, solo para él ... bueno, también para mí. Al escucharle sentía un profundo pellizco que se traducía en un cosquilleo en mi barriguita. Cuando terminaba, volvía en sí y me decía con su ronca voz: -No lo pues entendé- y yo contestaba: -Ya lo sé, por eso me gusta tanto. Más tarde, descubrí que Miguel el Herrero me cantaba por Martinetes.

También estaban Ana y Tere, las encargadas de limpiar todo aquello, pero ellas sólo venían por la tarde. Tere era morena, regordeta y muy chillona y risueña por lo que lucía bastante a menudo su gran diente de oro. Ana, de pelo cano siempre peinado en moño bajo y siempre vestida de negro, con sus enaguas, su camisa de manga larga arremangá (hasta en verano), su delantal a rayas gris y negro y a veces se ponía un pañuelo sobre los hombros. Sus arrugas dignificaban su expresión, eran como dibujadas, cada una en su sitio, todas tenían nombre, apellidos y fecha de nacimiento. La piel que dejaba a la vista era curtida y morena por el sol, pero si el botón se abría o la manga se subía un poco, dejaba entrever una piel fina y tan blanca como la cantidad de años que había estado tapada. Nunca me pregunté su edad, era tan pequeña que no me interesaban esas cosas, casi ni podía imaginar que alguna vez tambien habían sido niños, como yo.

Yo era la única privilegiada que podía bajar al patio. Mi madre sólo lo pisaba para montarse en el coche y a mis hermanas, nueve y siete años mayores que yo, les estaba terminantemente prohibido. Mis seis, siete, ocho años, me permitían disfrutar de todo aquel mundo ... la carpintería, los almacenes, las casetas de la guardia, la panadería -que calentaba el suelo de la casa por las noches- ... era tanto lo que podía correr. Allí, en aquel patio, aprendí a montar en bicicleta, a patinar, a volar mi águila (la cometa), a jugar al diabolo y también me hice mujer.....

...¡Mujer!... Sólo tenía doce años pero, cuando mi padre entro en el cuarto de estar, me di cuenta de que nunca más sería una niña: -"Bueno, ya eres una mujer y debes comportarte como tal. A partir de ahora entrarás a casa por la puerta de atrás, como tus hermanas"-

Desde ese momento, aquello que tanto había esperado empezó a ser un tormento para mi. Odié ser mayor aunque aún no lo era porque mi cuerpo todavía me pedía correr, saltar y jugar por aquel patio que ya sólo podía ver a través de la ventana o desde la zotea... De esta forma, día tras día, oteaba mi mundo sin entender muy bien por qué ya no me pertenecía y sin ser consciente aún que lo que veía frente a mí era mi pasado.

© Soledad Fernández

 

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