LA P R O S A
La lectura en
familia
por David Torres
Aunque alguna vez mi tío Mosco ha sido motejado injustamente de tacaño, puede arguirse en su favor la repulsa, el asco casi científico que experimenta ante los libros usados. Mi tío jamás comprará un libro que haya sido leído anteriormente por otra persona, ya que sostiene la teoría -teoría compartida en líneas generales por mi abuelo- de que un libro leído es como una mujer sin virgo. Tal vez de ahí la suma delicadeza de mi tío al acariciar la funda, el temblor religioso y exquisito con que rasga ese himen transparente en que suele venir envuelto el volumen, el minucioso amor con el que empieza a hojearlo, casi distraídamente, y que recuerda remotos preparativos nupciales. Lejos de triviales razones económicas, mi tío Mosco asegura que los precios en verdad irrisorios que siguen campeando por las librerías de viejo no se deben al deterioro de las pastas ni a la mugre acumulada por el pasar y repasar de los dedos, sino a la misteriosa hecatombe que sufre un libro tras su lectura, a los capítulos y párrafos saqueados por ojos ajenos, jardines deshojados, súbitas flores marchitas. Alguna vez, en su perdida juventud, mi tío también rastreaba las viejas librerías buscando ejemplares raros apenas tocados, empezados y abandonados enseguida por sus dueños, o bibliotecas intactas que iban pasando de padres a hijos como un juego de vajilla china y que acababan malvendiéndose en una mala racha, hoy, la sola memoria de esas veleidades le hace estremecer. Aún recuerda con espanto el día en que encontró su valiosa edición de Crimen y castigo completamente inservible, arrasada, inútil. En un descuido, el libro había caído en manos de mi abuelo -lector ferocísimo y sin escrúpulos si los hay, dedicado en exclusiva a las novelas policíacas- quien en un par de días dejó la memorable obra convertida en un burdo enredo detectivesco. Ni que decir tiene: todas las ideas interesantes, todos los principios morales huyeron despavoridos ante la curiosidad omnívora de mi abuelo. Eso sin contar que, cuando el libro se le hace demasiado pesado (es decir, cuando no sólo tarda en descubrir al asesino, sino también el crimen) entonces mi abuelo suele dejar una anchoa en aceite como señal de lectura ("para transparentar" dice él en broma) ya que, como lector cuidadoso que es, le facilita mucho las sucesivas consultas.
Mi tío Mosco suele enfadarse mucho por cosas así,
y con razón, pues basta que uno tenga la Fenomenología del
espíritu guardadita en una estantería, con su plástico
intacto, esperando su ocasión (que, generalmente, es ninguna)
para que venga el bestia de mi abuelo, ansioso por desenmascarar
criminales distinguidos, la lea y la haga polvo. Porque mi abuelo
no sólo es capaz de reducir summas teológicas a prólogos,
manuales de jardinería a rosales y diccionarios bilingües a
poemas; no sólo despluma tratados renacentistas, monda
gramáticas y desertiza enciclopedias, sino que, además, parece
que disfruta reventándole las lecturas venideras a mi tío. En
efecto, basta que mi abuelo observe a mi tío rondando pensativo
entre los estantes de su hermosa biblioteca privada y lo vea
decidirse al fin por una edición en rústica (quinientos
ejemplares numerados, con ilustraciones a plumilla) de Platero y
yo para que mi abuelo levante su cabezota, afile la mirada como
para verlo mejor, y advierta: "ah, está bien, sólo que no
recuerdo ahora quién mata al burro". Y mi tío, que antes
tenía un libro de poesía entre las manos, se encuentra con
noventa y tantas páginas de intriga ecologista.
Por fortuna, mi tía Vita es más indulgente
respecto a los resúmenes críticos de mi abuelo. No sólo le
consulta antes de empezar un volumen, por ejemplo, el Evangelio
de Lucas ("bah, es un plagio"), sino que
subrepticiamente deposita en su mesilla de noche enormes
novelones románticos -los favoritos de mi tía- que mi abuelo
coge por aburrimiento o por insomnio y que deglute voraz a la
caza de asesinos. Entonces, una vez domesticada su prosa, mi tía
empieza a leer y cada palabra vuelve a ser un espejo empañado,
un perfume antiguo, una música oída. Al pasar de unos a otros,
el libro se va llenando de recomendaciones, jadeos, lágrimas,
distracciones, sonrisas. Cuando llega hasta mí, está minado de
signos, cuajado de miradas. La lectura límpida que quería mi
tío Mosco se ha vuelto imposible ahora porque en cada línea
hemos ido dejando pedazos de nosotros mismos, jirones de
recuerdos, tenues cicatrices de olvido. No es raro que al final,
después de todos, la historia llegue (trastocados y vueltos a
bautizar sus personajes, convertida en un cuento para niños)
hasta mi hermana pequeña, que no sabe leer.
Por último, cuando los libros saqueados de la
biblioteca de mi tío han pasado por las manos de toda la familia
- la cual suele debatirlos en largos y académicos almuerzos,
comentando defectos y virtudes para desesperación de mi tío,
que es, con toda seguridad, el único que no lo ha leído aún-;
cuando ya cada uno de nosotros guarda adentro panoramas de lanzas
y caballos, besos sangrientos, llantos vehementes y melancólicos
amores, entonces mi abuelo coge los libros, hace un paquete y
sale a recorrer las librerías de viejo cargado de papeles
inútiles, letras sin sentido, bosques carbonizados. No importa
el buen estado de la encuadernación ni el repentino fulgor de
las ediciones raras: nadie querrá saber nada de ese montón de
libros usados, pues les basta echar un vistazo al paquete para
adivinar que en toda esa catarata de párrafos no queda ya una
sola idea, una sola emoción. Por desgracia, los supersticiosos
temores de mi tío Mosco han cundido al fin entre los viejos y
huraños libreros y ninguno compra ya libros leídos, por más
que mi abuelo se desgañite ponderando sus dudosas ventajas. Es
más: si empieza a ponderarlas es cuando se tapan los oídos con
las manos y se apresuran a echarlo a patadas a la calle,
despedida que ofende sobremanera a mi abuelo.
El cual insiste de librero en librero, pero siempre
es igual: ya tarde, ya casi anocheciendo, acabará entrando en
una trapería donde un hombre de mono azul, probablemente
analfabeto, pesará el montón de libros y lo pagará a precio de
papel corriente, no sin antes hojear el misterio de esas páginas
confabuladas, deletreando con trabajo palabras incomprensibles,
expoliados abracadabras, y mi abuelo -que siempre se arrepiente a
última hora- lo mirará rascarse la cabeza y encogerse de
hombros antes de arrojar el atado de un envión junto a la
montaña de periódicos y revistas atrasadas, sin comprender que,
junto con los libros, se prensarán también lunas minúsculas,
desesperaciones, princesas pálidas, noches blancas, héroes,
burros muertos, su mono azul, mis tíos, mi hermana pequeña, mi
abuelo, yo, este mundo, todos los otros.
© David Torres
a r i a d na