LA P R O S A
El encargo
por Ignacio Reverte Martínez
Bendito regalo, amigo. Cada vez que me siento ante los arrugados folios y descubro en tu letra de hormiguilla las enfebrecidas ideas que desgranaste, tengo necesariamente que agradecerte el encargo.
Hace un año que te dejé, a dos metros por debajo del mundo y a un instante de mi pensamiento: Pilar agarrándose a Verónica; tu hija mirándolas sin comprender; yo no tenía más recuerdo que tus palabras: cuídalas y termina los cuentos.
Cuidarlas ha sido un placer samaritano (perdón por la referencia bíblica, agnóstico redomado), pero lo de terminar tus cuentos ha sido más que una pesadilla: un calvario (disculpa de nuevo).
Sabes que Pilar quiere a Verónica como a una hermana, y que yo renuncio gustoso a su compañía con tal de que disfruten de sus tardes de té, de sus charlas, de lo que les queda de nosotros
Por el contrario, tus cuentos ¿Suponías acaso la tarea benedictina que me dejabas?
Comencé con ellos a los pocos días de despedirte y he de confesarte que me sentí conmovido y abrumado. La conmoción provino de tu nota manuscrita, en contraste con la mezquina letra de los cuentos, en la que me instabas a terminar tu obra. Me abrumé por la tarea: dos pilas de folios, cariñosamente empaquetados y clasificados. Abrí el que titulaste Inicios, y comencé a leer, más tarde a soñar y, por último, rompí a llorar sobre las hojas en que amontonaste tu vida.
Emocionado ante el comienzo de la tarea, leí cada uno de tus retazos de imaginación, solazándome en los rincones de las ideas sugeridas, de tus descripciones, de tus retruécanos inclarificables; me reí con lo que creía eran pícaros guiños que me dirigías tras tus palabras y me emocioné con las constantes referencias indirectas a tu vida y a nuestras comunes experiencias. Descubrí, en definitiva, al amigo que añoro y con el que compartí la vida.
Cuando terminé la lectura, comprendí la finalidad de tu encargo. No podía dejar a tus personajes ahí, en mitad de su épica lucha. Sacudiéndose entre las hojas, me pedían que te continuara y tu imaginación se prolongara en mis dedos para plasmarlos.
No podría expresarte mi inquietud cuando me senté por primera vez ante el papel y tomé el primero de los paquetitos. Lo recordaba bien, pues era el primer escrito que comencé a destripar de entre los demás. Releyéndolo de nuevo, lo vi casi perfecto. No entendía que podía faltar, pues allí estaban, en su corte más clásico, la exposición, el clímax y el desenlace. Una historia triste y soñadora ¿qué querías que yo añadiese? Ante la duda, comencé por subsanar las faltas de ortografía y las escasas redundancias. Me fui animando y concluí que era necesario el cambio de nombre del personaje principal, Pedro. Era vulgar en exceso, así que lo cambié por un Justo que se adaptaba más a tu idea clásica del cuento y sugería un manifiesto equívoco. Casi pidiéndote disculpas por la intromisión, seguí alterando tus frases y el orden de la exposición. Consideré que el final era el adecuado e, impulsivamente, pasé al siguiente montón.
Uno tras otro, seguí desgajando tus cuentos y alteré, poco a poco, lo que mi inspiración me indicaba. Y seguí
Hasta hoy.
Ahora que me han diagnosticado un rápido final, sólo lamento dejar tus cuentos por la mitad. Pero el juicio es inapelable: dos meses. Y conforme pasan los días, entre profundas toses que me arrancan pedacitos del pecho, me percato de que los días que restan serán menos de los que necesito. Así que no te preocupes. He dejado tus/mis cuentos en buenas manos. Estoy seguro de que nuestro común amigo Ignacio los terminará. He preparado el paquete con primor y, casi satisfecho de darle la bienvenida a nuestro pequeño club, le he preparado otra nota, escrita a continuación de la tuya.
Solo espero que disponga del tiempo necesario para terminarlos, porque me doy cuenta repentina de que lleva unos días tosiendo. ¿Tú no empezaste así también?
Al fin y al cabo, él también tiene familia
Será mejor no pensar en ello.
Ignacio Reverte Murcia 26/9/98
Ignacio Reverte Martínez
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© Ignacio Reverte Martínez
a r i a d na