LA P R O S A


 

Deutsche Bank
por Miguel Leguey

 

Manuel Madariaga la había cogido meona con una oficina del Deutsche Bank, una sucursal llamativa, que hacía chaflán, situada en en Barrio de Salamanca. A nosotros lo mismo nos daba una cosa que otra. Sabíamos a qué atenernos, cómo nos tratarían si fuésemos a pedir dinero al Deutsche Bank

Subimos a la furgoneta. Cuatro éramos, cada uno de su padre y de su madre.

Carlos Pinto tiene ojos quemados, azul-gris, gesticula mucho y su voz es ronca, de buen narrador, el Don conduce, Manuel ocupa el sitio del copiloto, yo, voy en la caja, sentado en el suelo. Por las ventanillas se ven los velos color amarillo y rojo de los coches que circulan, el tiro oscuro de las calles que se van abriendo ante nosotros. El peso de la ciudad, su casco, nos aspira. Madrid está podrida. De los hogares sale un aliento de sumisión, una estridencia estéril, conformada. Las fincas apestan a ciudadanía obediente, a moradores discretos acomodados en sus cuatro muebles, bien embaucados por la sociedad. A nosotros no nos hace mella su forma de vida, nos tienen sin cuidado las horas que marquen sus despertadores, si cumplen o dejan de cumplir con su responsabilidad, cómo se aferran a lo que poseen. Un huevo nos importa su disciplina, los esfuerzos que hacen para ganarse las lentejas. ¡Qué se metan por el culo su disciplina, sus inagotables listas de parados, el subsidio de desempleo o sus raquíticas pensiones!

La ciudad danza. Danza la luminosidad de las farolas, de los anuncios y los anagramas de Farmacias, Correos o Telefónica. Danzan las infinitas sucursales bancarias, sus artículos comerciales de renta variable y renta fija, sus alusiones a nuestros deseos, a sus bonos, a su oro democrático. Sobre las ventanillas, ante nuestros ojos, corre la banca catalana, la banca madrileña o la banca cántabra. Verlas nos caldea. La calle nos caldea. La noche -el cielo- nos cubre con una claridad de lejía. Ni una estrella adónde dirigir la punta de los ojos, sólo una pátena resinosa, sucia, que recoge el resplandor de toneladas de bombillas. Los coches se suceden. Los bares se suceden. Se suceden jóvenes que han sacado sus litronas a la calle; en sus caras imberbes, puras, veía que sus fantasías no se cumplirían, la alegría que luego habría de trastocarse, cómo les iban a tratar las deudas.

Pasamos ante la Puerta de Europa: una cochinada. La Torre Picasso: esbelta, pálida, esperaba que el día rayase, el momento en que tragaba un buen montón de asalariados. Avanzamos entre rascacielos que surgían como detonaciones de hormigón, todo a lo largo de la Castellana. Bajo su verticalidad las sombras de la noche saltaban sobre los vehículos. Entre un conjunto de bloques y otro conjunto de bloques las rotondas y sus estatuas mostraban su vacío. Algunos fríos palacetes -sedes de más bancos con palmeras y estatuas en su jardín- anunciaron que cruzábamos una zona de la ciudad más antigua, menos obsesiva, aún más elitista: al fondo se impuso el anacronismo de las Torres de Colón, su remate color verde raído, ese cucurucho infantil, napia enorme, cosida a una planicie.

Manuel puso sus manos en el martillo neumático. Lo acarició con sus dedos resecos, temblorosos, que se movían con un ritmo de mantra, ritual, permanente. Tenía una gran humanidad, cuerpo ancho, manazas de picapedrero. Había trabajado en una empresa de obras públicas, destrozado con ese artilugio neumático los adoquines de la calle. ¡La de agujeros que llevaba hechos! ¡Siempre con la vibración en los biceps y pectorales, parando una vez tras otra los arrebatos de la máquina con los músculos del abdomén!

El don dijo que estábamos cerca, que iba a dar un par de vueltas por si la pasma andaba por los alrededores.

En las manzanas, la mercancía, pegada a los vidrios de los escaparates, exhibía sus brillos y precios. La ropa, los botes de comestibles, los muebles, esperaban su turno para ser manoseados, masticados, mudados. Un travestí, apostado en una esquina de la calle Velazquez, hacía cucamonas a los ocupantes de los coches: sus zapatos de plataforma lo elevaban al menos veinte centímetros, una faldita escocesa, roja, tableteada, apenas cubría los bultos de su tafanario.

La sucursal estaba vacía. La negrura de sus cristales contrastaba con las cartelas corridas en la fachada. En un muro lateral un cajero automático -oscuro agente del capital- esperaba a la clientela. Yo les tenía especial manía a los cajeros. ¡Esos si que no soltaban nada! ¡Ni aunque los destrozaras! ¡Ni áun cuando tu madre se muriera ante sus narices eran capaces de confiarte una módica cantidad de dinero! Ya podías darles a los números. Ya podías aporrearlos, nada, no se conmovían.

Dentro, las mesas, el mostrador, los sillones con respaldos acolchados, ligero todo, todo que se deshacía.

La alarma, conectada a una central próxima, callaba. Esperamos unos minutos en la furgoneta. Eran unos momentos tensos, emocionantes, en los que me deleitaba pensando lo que íbamos a hacer.

Nos pusimos las medias en la cabeza. El nailón nos comprimía el rostro. De lejos nuestras cabezas parecían bellotas, de cerca te dabas cuenta que había ojos, ojos hundidos entre una serie de patatas informes.

Manuel bajó con el taladro en la manos. Yo le seguí con mi escopeta de cañones recortados; renqueaba e iba lento sin mi bastón, inseguro. Dar cinco o seis pasos largos, con resolución, me costaba, los dolores me comían los pasos desde hacía ya tres años. Oí toser a Carlos Pinto, su tos asmática, seguida de un terrible pitido. Cuando el percutor del martillo estuvo apoyado en el cristal, junto a la esquina inferior derecha del escaparate, el don puso en marcha el motor del taladro y el cristal de seguridad, sus tres buenos centímetros de espesor, cayeron ante nosotros: formó un torrente vertiginoso, vertical, como ola que se desmenuzara. Disparamos; la sirena ululaba. Pulverizamos sillones, mesas y ordenadores. La oficina se estremecía. Pedazos de papel volaban, cayó un reloj de pared, cayeron cuadros, teléfonos y los cristales del despacho del director. Fueron muchos disparos en pocos segundos, en plan salvaje, dejando correr al instinto, apuntando a todo aquello que aún permanecía en su sitio. No nos molestamos en buscar pasta, ésa no sale con las andanadas, está muy quieta, muy ordenada ella en cajas acorazadas. No era éso lo que buscábamos. ¡Con la edad que teníamos para qué queríamos pasta! ¡Estábamos acostumbrados a la miseria!

Cuando llegué a casa aún oía los estallidos de los tiros. Sonreí a mi mujer, a su foto. Murió cuando murió mi hijo, tres semanas después. Él cayó en una guerra lejana, absurda. Le mandaron en misión humanitaria -a pacificar un país-. Obstinados religiosos de otro continente, se habían hecho fuertes en una nación que nunca oí mentar y cometían crímenes contra la humanidad. Mi hijo formó parte de la fuerza que las Naciones Unidas destacaron. Desembarcó en la costa y a los pocos días le mandaron al interior del territorio. No volví a saber nada de él. Me lo devolvieron envuelto en una bandera con una medalla al valor. Gente importante me dió el pésame, la mano me daban y me dejaban sus tristes caras y sus mohines refinados. Es parte de mi trabajo parecían decir, no es culpa mía, todos tenemos obligaciones desagradables. Cuando indagué descubrí que lo mataron balas fabricadas en España, balas patrias, que vendíamos a los rebeldes entre tregua y tregua.

© Miguel Leguey

 

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