LA P R O S A


 

Defensa Siciliana
por Sitar Devrod

 

Hace casi treinta años que Neil Armstrong pisó la luna y más de tres milenios que Gilgamesh descendió al reino de los muertos, pero sólo a un ucraniano loco de amor se le ocurriría mezclar ambos destinos. Ahora que se publican guías de la luna como si se pudiera visitar los fines de semana, y que los astronautas se relevan cada tres meses en la estación MIR, tal vez sea un buen momento para contar la historia. Ante una buena historia siempre siento el mismo temblor, la misma ansiedad que al invitar a cenar a una mujer hermosa: uno nunca puede saber si luego, a la hora de la verdad, estará a su altura. Hay historias inalcanzablemente bellas, del mismo modo que hay mujeres inaccesibles, pero uno no puede resistirse a intentarlo, aunque sepa de antemano que todo está perdido. Son - por forzar un poco la comparación, presentando a un tercer invitado- como esas estrellas de nombres maravillosos (Altaïr, Betelgeuse, Antares) cuyo remoto brillo excita la imaginación, y a las cuales se sabe que jamás llegaremos, tan hundidas en el abismo negro del espacio-tiempo como míticas y difuntas actrices de cine a las que nunca invitaremos a una copa, ni siquiera en sueños. ¿Bailamos?

Conocí a Gersov en mi primer o segundo año de carrera, cuando él aún no era más que un estudiante de físicas enfrascado en una tesis sobre astronomía. Enfrascado no sería la palabra exacta, ni tampoco absorto. Digamos que Gersov podía encajar en el típico perfil del sabio distraído si no fuese por su aire de vacío, de resignada desesperación, y por los rumores que empezaban a circular sobre su tesis, en modo alguno benévolos. Ni siquiera me hubiera fijado en él de no haber sido por la facilidad con que le gané una partida de ajedrez, hecho que atribuí, primero, a la buena suerte y, segundo, a una alarmante dejadez en los planes de estudio de la perestroika. Gersov pertenecía a un pequeño círculo de emigrados ucranianos entre los que se contaba Yuri, un estudiante de lenguas muertas al que conocí en la facultad y que acabó convirtiéndose en mi adversario más encarnizado. Yuri resumió así mi fácil victoria sobre su compatriota: " Gersov genio del ajedrez, pero ahora muy sencillo ganar a él. Su cabeza siempre llena de agujeros negros".

Ya dije que la especialidad de Yuri eran las lenguas muertas, sin embargo no entendí su metáfora hasta que invitó a Gersov - quien parecía un triste oso del Caúcaso encorvado sobre la barra- a sentarse a nuestra mesa. Extraviado, esa era la palabra. Gersov parecía extraviado en el dolor, un gran oso rubio hueco por la pena, un molde de escayola vaciado por dentro. La calva prematura, los ojos azules y vacíos, y la sonrisa ausente sólo aumentaban la distancia que Gersov parecía imponer entre él y el mundo. Sin embargo, no era un tipo reservado, al contrario. No hizo falta siquiera poner el dedo en la llaga: bastó que Yuri le preguntara cómo iban sus estudios para que Gersov iniciara una revelación que nos llevó diez años atrás, a Ucrania, entre jarras de cerveza, erres roncas y preposiciones decapitadas. Puesto que traicionaría su imagen de teólogo iluminado con una transcripción literal, les ofreceré un resumen, contando con la memoria de Yuri para rellenar lagunas.

Gersov conoció a Nina Alexandrova en Kiev y ambos se enamoraron instantánea, apasionadamente: uno de esos amores de combustión interna. Eran muy jóvenes y su romance, al principio, no parecía más que eso, un amor meteórico, destinado a arder mucho y durar poco. Pero aquella vez sólo hubo principio, sin tiempo para nada más. Nina falleció en un accidente de coche, en plena primavera de la pasión, y Gersov se hundió por completo en la tragedia, de un modo tan absoluto, tan insobornable, tan puro, que su familia temió por su vida, primero, y por su razón, después. De las mañanas y las tardes malgastadas en el melancólico cementerio de Kiev, Gersov pasó a las noches en blanco de los catalejos y los manuales de astronomía. Dos años más tarde, cuando llegó a Madrid en la marea del exilio familiar, Gersov ya traía un esbozo de lo que sería su tesis: un estudio hiperdimensional sobre la posibilidad de viajar al centro de un agujero negro. Puede que fuera loco, pero no idiota: jamás se le ocurrió mencionar su propósito a ninguno de los profesores. Recuerdo que no pude evitar un escalofrío, allí, en el bar de la facultad de físicas, cuando Gersov nos confesó en un susurro su descubrimiento, que era también su cruz y su estrella: los muertos iban a parar al mar sin fondo de los agujeros negros. En ese momento su rostro tenía lo que podíamos llamar la sonrisa del profeta, el brillo demente no de la locura, sino de la obstinación, del hombre que anuncia una nueva fe y un reino nuevo. Tocó suavemente la espuma de la cerveza como si acariciase la vía láctea.

Sí, Gersov creía que Nina lo esperaba a miles de años luz, aplastada en un horrible abismo de antimateria, y ni por un instante se me ocurrió reírme de él, preguntarle, por ejemplo, de qué estaban hechos los muertos, si consistían en ondas o en corpúsculos, si era posible comunicarse con ellos. Qué diablos, a veces yo también me despertaba sudando, en plena madrugada, salía temblando de un mal sueño donde una antigua novia del instituto, que me dejó por otro, volvía de nuevo a mis brazos. Padecí durante meses esperando una llamada de teléfono que no sonó jamás, de manera que ¿por qué reírse de Gersov, para qué echar por tierra su quimérica república de estrellas?

Se fue, cabizbajo, rumbo a su laboratorio. Estudié unos minutos el caos de vectores con el que Gersov había ilustrado su explicación y me entró dolor de cabeza. Yuri arrugó la pintarrajeada servilleta de papel e hizo el gesto de atornillarse la sien, pero dije que sí, que Nina existía de algún modo, perfecta y mitológica y serena, no en el fondo de un agujero negro, sino en la memoria obstinada de Gersov, y que seguiría allí mientras él recordara, como una estrella teórica calculada sobre el papel, en el anhelo de un matemático. De hecho, yo diría que Nina estaba más viva que mi traicionera novia adolescente, quien, por lo que a mí respecta, bien podía estar muerta. Yuri volvió a atornillarse la sien y su gesto pronto pasó a convertirse en un lugar común en la facultad de ciencias cuando las conversaciones trataban sobre Gersov, eso y las medias sonrisas, y un compasivo balanceo de cabeza. Después de todo, nadie hubiera recordado a aquel ucraniano enorme y silencioso de no ser por un artículo en una revista americana en que le citaba, subrayando la originalidad de sus aportaciones, un tal Stephen Hawking.

Cuando nos volvimos a encontrar, varios años después, en el mismo bar de la facultad y puede que en la misma mesa, no podía creerlo. El tiempo había cincelado la calva de Gersov, dejando al descubierto el relieve de los huesos y las venas, pero también había profundizado la sonrisa y los ojos azules. No, ya no miraba a los cielos; había dejado atrás al oso para convertirse en todo un personaje en la facultad, un brillante investigador y profesor agregado, y su fluida sintaxis hacía juego con su elegante chaqueta y su corbata llameante. Me imaginé que la espléndida belleza morena colgada de su brazo no era ajena a esa metamorfosis y cuando Gersov nos la presentó y dijo que pronto iban a casarse, Yuri me dio un codazo. En la partida que echamos en recuerdo de los viejos tiempos, Gersov me batió limpiamente en quince jugadas, después de refutar mi chapucera respuesta a su defensa siciliana. Mientras abatía mi rey con un dedo, pensé que aquel joven feliz de sonrisa deslumbradora ya no tenía nada que ver con la triste entelequia que deambulaba por los pasillos de la facultad y a la que derroté impunemente. Lola, su novia cordobesa, sonreía, inflamada de amor y de orgullo, cuando el bestia de Yuri se atrevió a preguntar: "¿Y Nina?" Entonces, ante la lenta estupefacción de Gersov, comprendí que todo había terminado, que por fin el olvido se había decidido a extender el certificado de defunción, el sello definitivo, por los siglos de los siglos. Los novios tenían prisa y nos despedimos de ellos, deseándoles toda la felicidad del mundo. Yuri recogió las piezas de ajedrez susurrando comentarios maliciosos sobre la noche de bodas, citas de Aristófanes, de Horacio y de Catulo, tan ajustadas y obscenas como sólo puede albergar la mente calenturienta de un filólogo. Mientras tanto, yo pensaba en el otro viaje, en la travesía imposible, en lo lejos que estaba ya Nina, muerta para siempre, más tenue que la infancia, más remota aun que el espolvoreado brillo azul de una estrella deshecha, a miles de años-luz, años-amor, años-olvido, perdida entre los soles muertos de la juventud de Gersov, en los agujeros negros de su memoria. Nadie me vio guardarme la reina blanca en el bolsillo.


© Sitar Devrod

 

Sitar Devrod. "Nací en Bombay, el 31 de agosto de 1978, soy, por tanto, Virgo. Mi soltura en el manejo del español se debe a mi ascendencia familiar. Mi padre nació en Guadalajara, donde mi familia vive desde hace generaciones. Yo hubiera preferido seguir en Bombay, sobre todo porque la literatura angloindia goza de un reconocimiento mundial que para si lo quisiera la española, y no digamos la hispano-hindú, de la cual soy, creo, el único representante. De cualquier manera, mi padre se empeñó en volver a España (país del cual, y salvo sus nulas prestaciones editoriales, no me quejo)"


a r i a d na