Y entonces empecé a pensar en otras cosas,
cuando ya había echado al mundo todas mis torres,
cuando ya había dicho lo que todos sabían,
cuando llevaba tiempo aburrido de mi mismo:
entonces, empecé a pensar en otras cosas.
Ya sabía que cerca de la luz
estás igual de ciego que en su ausencia.
Ya sabía entregado mi estandarte,
mas la sangre seguía reclamando,
cuando empecé a pensar en otras cosas.
Que cuatrocientos versos es un libro
y un puñal, una daga o una denuncia,
que por callar te pagan tu codicia
y si hablas se te aclara la garganta.
Que cuesta igual mirarle a la pupila
que mirar al cordón de su zapato,
que hay que decir despacio lo evidente,
para que cale en huesos y cerebros.
Que cuatrocientos versos es un libro,
y los poemas son dardos que se clavan
en el culo del alma que no entiende.
Y entonces, empecé a pensar que había
salidas
en este laberinto en que me encuentro,
y entonces, empecé a pensar en otras cosas.
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