Las JOYAS de ARIADNA


 

MISA PRIMERA DE LOS AMANTES HUMILDES
por Jesús Urceloy

 

Kyrie

Inclínate ante mí, déjame ser tu dios,
canta con voz sumisa mis lágrimas, mi cuerpo
nacido hombre, tierra, pie de una sóla hechura:
pieza sin tregua en el campo de la vida.

Inclínate ante mi, tú eres mi tumba,
en ti, en tu voz sumisa he de llorar mi cuerpo,
para nacer persona quise ser masculino,
para besar tus pies odio mi boca:
tú eres para mi suerte mi dios tan humillado.

Gloria

En esta tumba yaces, amor mío,
yaces desnuda y rota, desnuda y nunca abierta,
lloro junto a mi semen ya jamás derrotado,
el semen que vertí en tus plantas impuras.
el semen que pisaste hasta el horror del vicio.
que bebí siendo mío: sucio, sin nada ya,
en el odio saciado por tu boca bellísima.

En esta tumba yazco, inclinado y tan tuyo,
yazco en la elevación consagrada y el juego,
vierte tu seca savia mi beso lacerado,
cíngulo doloroso y bienhechor, mis dedos
rebuscan en tus labios mayores la locura.

Tu boca sea entonces de mi glande diadema,
piercing, lengua, dolor, dolor la muerte, viene
rasgando en tus pezones mis tiempos femeninos:
ofrendo así mi cuerpo, inclinado y orante.

Credo

He vestido mis pies con los tuyos, amada,
comulguemos, sea esta
misa la blanca aurora,
la blanca trasparencia de la camisa crítica de los fusilados,]
la humillación intacta del verdugo,
la irresistible vela que en mi pecho derrites,
los perros desollados en los días de asedio.

Sanctus

Inclínate ante mi, déjame ser tu dios,
calla bajo mis guantes de acero, de mi saliva cómplices,
rásgalos con tu espalda hasta sentir mi sangre:
sangre que te acaricie, te rodee, te ciña.

Que tus ojos me miren, me arrojen al suplicio,
y así vestida toda para el dolor
pidas con boca humilde limpiar mi tiranía:
pidas con la violencia del que calla
mi corazón ya tuyo,
muerto para nacer y despertar contigo.

Agnus Dei

Sálvame, cuerpo mío, cordero que rechazas
al poeta del zoco, al mercader, al pobre,
al orador del púlpito solidario, al escriba,
al sucio evangelista, al jodido internauta.

Sálvame, sálvame: que todos tus pecados
orinen en el fuego del que aún muere de hambre,
del que abraza por gusto la lascivia sin premio:
golpéalos, amada, hiere su ambigüedad,
desvístelos, desmiente su ineficacia sorda:
ciérrales estas puertas y este infierno sagrado.

Y alzada elévate:
tus pies tengan entonces la belleza callada
de las muchachas vírgenes suspendidas en Sálem,
en las cavernas negras que en Capri usó Tiberio,
en los sótanos que Alfonso el Sabio construyó en su vejez,
en cada uno de los nichos que el poder ha cegado
con argamasa, cieno, cemento o alquitrán:
en los redondos filos de las cintas de vídeo.

Baila descalza, en puntas. Baila así, invítame
a contemplar, besarte la piel de los tobillos,
que no quede lugar que no sea palabra,
palabra impronunciable, belleza, danza, aurora,
música toda seas, lamento satisfecho.

Creo en ti, amada mía, multiplicada, grave,
yacente, plural, hombre, mujer y laberinto,
permite ser mi dios, equívoco, asexuada.

Baja entonces de tu cruz,
arráncate la lógica de todas las espinas.
Bésame, deja el atrio,
salgamos a la calle ciegos ante el asombro,
ciegos ante el camino
de todos los humildes.

 

© Jesús Urceloy

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