RESEÑAS
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Salvad al soldado Ryan. Steven Spielberg
por David Torres

 

Nunca olvidaré el final de Johnny cogió su fusil de Dalton Trumbo: "Si tuviera piernas, podría correr. Si tuviera brazos, podría matarme. Pero es que no tengo nada. Nada". Al menos, uno, si cuenta con los medios de locomoción adecuados, puede hacer una cosa a los primeros cinco minutos de Salvar al soldado Ryan: levantarse de la butaca y largarse. Pero los soldados americanos que se dirigen en barcazas hacia el infierno no pueden y ése es todo el secreto de la última, brutal hasta el pánico, película de Spielberg. Pero esto no es una película, claro. Stevie no ha filmado el horror de la guerra, la locura de la guerra, el absurdo de la guerra: ha filmado la guerra, y punto. Ha enterrado –esperemos que para siempre- el sempiterno fantasma fílmico de Vietnam, tan caro a la cinematografía yanqui, mostrándonos que cualquier guerra es la peor de todas y sumergiéndonos a la fuerza en el 6 de junio de 1944, en el sector Dog Green de la playa de Omaha. Uno ha visto sus burradas, cine bélico y cine gore, peckinpahiadas y postarantinos, pero cuando contempla la agonía del soldado con el hígado perforado susurrando "mamá, mamá", mientras sus compañeros intentan taponar la herida con un kilo de ciclamicinas en polvo, entonces dónde te metes. Desde la primera escena, en el interior de la lancha, con el temblor involuntario de la mano del capitán y la tempestad de fuego y sangre desencadenada y cortada por una alucinante secuencia submarina, nunca, nunca, en ningún instante, este servidor había visto reflejada de forma tan espantosa y evidente la siguiente, minúscula, evidente verdad: que esencialmente somos carne y sangre, huesos y piel, y que una vez deshecho el muñeco, a ver cómo lo apañas. Se lo juro: servidor nunca había pasado tanto miedo en una sala de cine, una sensación de pánico tan abrumadora, tan física, como el anuncio de una operación quirúrgica. Y nunca ni en la coreografía salvaje de Apocalypse Now, ni en la danza de la muerte de Senderos de gloria, me habían entrado ganas de gritar de una vez por todas: que paren esto, por favor, que alguien pare esto.

© David Torres


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