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PRIMERA PARTE

EL NIÑO ETERNAL

 

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Fin de etapa

 

Fue al octavo año, Sir Vernon cayó enfermo. Unas fiebres palúdicas le fueron debilitando, hasta que en una de las recaídas su hígado dejó de funcionar. Tenía cincuenta y tres años. Me entristeció su muerte. Desde que ingresé en el Queen´s, mi amistad con Borja me absorbió totalmente, y Sir Vernon se había convertido en una figura amable, si bien lejana. Me dejaba libre y parecía feliz con la amistad que tenía con Borja. Quizá sintiera nostalgia de su juventud.

Un mes antes Toba había muerto envenenado por una trampa para alimañas. La familia Kinsella cerraba su historia con la desaparición de Sir Vernon. No había sobrinos ni allegados, y había muy poco que repartir. Las expediciones y la falta de atención a las fincas, de las que Ramses Mannor sacaba su sustento, dejaron exhausta la fortuna de la familia. La casa, las fincas, los muebles, los cuadros y las colecciones arqueológicas, todo se subastó para pagar a los acreedores: dos o tres bancos que recuperaron su dinero y dos o tres directores de banco que amueblaron su casita en Kensington Road. Por expreso deseo de Sir Vernon, el dinero restante se ingresó en una cuenta que rentaba a mi nombre. Sin mi protector ni mi perro, empecé a sentirme extraño en Inglaterra y a añorar mi pueblo y la sabana.

Percibí que acababa un ciclo de mi vida, mi infancia fue truncada en Zarqa y ahora, Wytham terminaba mi juventud. A partir de ese momento, mi vida dependía sólo de mí, o eso creía. Realmente era un presuntuoso, porque en los años que siguieron maduraría y me haría un hombre independiente, pero nunca lo hubiera logrado sin el cuidado silencioso pero constante de mi maestro. 

La pequeña renta que heredé de Sir Vernon fue suficiente para poder terminar ese año en el Queen’s. Al acabar el curso decidí dejar Inglaterra.

— ¿Te vas?
— Sí, dentro de dos semanas. Cuando todos los papeles de Sir Vernon estén arreglados.
— Te voy a…no puedo creerlo, me sentiré infinitamente solo.
— No, Borja, no estarás solo nunca más, hemos aprendido a comunicarnos. Hablaremos menos, pero lo suficiente para que sepamos que seguimos juntos.
— Quizá así sea mejor, cada uno debe seguir su camino. Tú serás sanador de los aballah, yo… ¿qué seré yo?: psiquiatra o paranoico.

El recuerdo de Borja me produce cierta melancolía, que controlo para no darle una baza a Melán. Antes era posible que apareciera de improviso, pero hacía mucho tiempo que se había marchado. Fue mi compañero inseparable en los años donde la vida parecía eterna e infinitas sus posibilidades y siguió siendo inseparable en los momentos en que la vida nos pidió lo mejor de nosotros mismos para enfrentarnos a las amenazas de seres como Melán.

Pero todavía quedan muchas cosas que recordar de él.

 

Continuará...
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Parte 1. El niño eternal. cap 9
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© Rafael Pérez Castells


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