índice del número

 

PRIMERA PARTE

EL NIÑO ETERNAL

 

numero

Petición de auxilio

 

Aquellos días pensé mucho en Khider, deseaba que estuviera allí, estaba angustiado. Le conté a mi amigo el encuentro de hacía algunos meses.

— Pues habrá que llamarle para que vuelva por aquí – dijo Borja.
— Pero ¿cómo? – me pregunté.
— Yo creo que la “difusión” podrá servirnos. Será cuestión de apuntar hacia Zarqa y ver si llegamos.

Lo intentamos sin éxito: la ameba no funcionaba. Sugerí la flecha, seguro que llega más lejos – dije a Borja —. Lo preparamos meticulosamente, compramos una brújula para apuntar hacia Khider y un mapa en el que aproximadamente se veía dónde caía Zarqa. El Sanador nos oyó al primer intento. Nos llamó desde un lugar que ya empezábamos a conocer, un sitio donde se reúnen las mentes.

— ¿Cómo me habéis encontrado? — pensó Khider. Su voz mostraba sorpresa. Probablemente no esperaba que yo hubiera podido avanzar tanto estando solo. Bueno, no tan solo, allí había alguien más.
— Es Borja — aclaré.

Khider estaba excitado, algo inusual en él, no lo recordaba en ese estado de nervios. Por primera vez lo veía perder un poco de su férreo control. No paraba de preguntar cómo habíamos aprendido a comunicarnos, hasta dónde habían llegado en nuestros experimentos. Pronto se dio cuenta de que habíamos avanzado en solitario lo que muchos sanadores tardaban años. Claro, que el ir por libre tenía sus riesgos, para nosotros mismos y para los demás. Entre nosotros habíamos establecido un código de conducta adecuado, tanto que nos podíamos sentir orgullosos, nosotros solos habíamos descubierto la pequeña regla. Manteníamos nuestra intimidad a salvo de mutuo acuerdo, sin embargo, no teníamos sistemas de protección contra el que no quisiera obedecer la regla y tuviera un interés desmesurado en cotillear en pensamientos ajenos. También estábamos desprotegidos de las enfermedades de la mente y del mismísimo Melán.

— Habéis sido unos aprendices de brujo inconscientes. Hay fuerzas que no conocéis y que pueden destruiros. Sin conocimiento podéis provocar mucho dolor. Habéis roto la pequeña regla en vuestras incursiones de aprendizaje, y cuando entrasteis en la mente de Beth os encontrasteis con la amenaza más mortífera, la melancolía, sin estar preparados. Y, a decir verdad, la habéis armado buena, aunque parece que habéis tenido suerte y no os habéis contaminado.
— ¿Contaminado? – preguntó un aprensivo Borja.
— Una niña de tierra cuando hace crisis a los ocho años, se enferma de melancolía y comienza a perder la imaginación que se convierte en arena metafísica. No suele vivir muchos años, si no tiene la suficiente energía en su espíritu para realizar la metamorfosis por sí misma o no encuentra un sanador a tiempo. Un día desaparece, se dice que cuando lo hace, lo único que queda de ella es un montón de arena oscura. A veces, los padres, angustiados por la tristeza de su hijo o hija, comenten alguno de estos errores: llevan al enfermo al psiquiatra o lo pone en manos de aprendices de brujo como vosotros. Si un psiquiatra manipula los sentimientos de una niña de tierra, los pensamientos que una vez se convirtieron en arena se agitan, inventan un viento y después arrastrados por él, invaden toda la mente. Es un proceso que provoca angustia y ésta suele manifestarse con lamentos, como los de Beth...y contagiarse.
— Y ¿Qué se nota? – preguntó tembloroso Borja.
— Borja, deja eso. – corté —, maestro, Beth se puede curar, ¿verdad? Si no se cura no sé qué voy a hacer.
— No dramatices, si alguna vez os pasa algo así y no tiene remedio, pues tendréis que seguir vuestro camino, pese lo que pese la carga. ¿Qué es eso de bajarse del camello? Además, en este caso tenéis suerte, hay un tratamiento — nos tranquilizó Khider.

El Sanador nos explicó que la única manera de calmar ese viento era llenar de agua la mente de la niña.

— ¿Cómo que agua? ¿Se la vas a meter por las orejas?— bromeamos.
— No, no se trata de agua del río, es una agua metafísica, un principio que con otros tres: el fuego, el viento y la tierra forman los cuatro elementos –respondió un Khider impaciente.
— Ves tenías razón, eran cuatro los colores –Miré a Borja con una sonrisa de complicidad.  
— Creo recordar que Khider sonrió.

Fuimos a casa de Pat un viernes por la tarde. Le dijimos que nos quedaríamos con Beth y que ella aprovechara para salir y entretenerse un poco. Pat nos lo agradeció. Necesitaba un relevo aunque sólo fuese para darse un paseo.

Entramos en la trastienda. Las paredes eran de adobe reforzado con vigas de madera. Había una sola ventana que iluminaba toda la habitación, era grande y estaba muy alta, demasiado para ver la calle. Las paredes sin ventanas estaban recubiertas de estanterías con recipientes y sacos que contenían todos lo necesario para fabricar los panes y pasteles de Pat. En una esquina estaba el horno y a su izquierda una máquina para envasar. Debajo de la ventana había una gran mesa de obra, recubierta de baldosas brillantes, donde Pat amasaba la harina y terminaba sus pasteles. Allí estudiaba Beth por las tardes. Estaba sentada en el mismo sitio de siempre pero con la mirada perdida, la boca abierta emitiendo un lamento gutural y balaceándose lentamente. En ese momento, de alguna forma, llegó Khider. No se le veía por ninguna parte, pero su presencia era evidente. Vamos a empezar ya – escuchamos en nuestra mente. El Sanador comenzó a llenar de agua la imaginación de la enferma.

— El agua será metafísica — dijo Borja — pero lo que se ve aquí es agua, tanta como para llenar un embalse.

Khider le había dejado entrar en la mente de Beth para que viera los progresos del tratamiento. Ya no había aire, todo era agua y las partículas de arena iban precipitándose al fondo. En pocos días toda la arena volvería a su sitio y arriba quedaría el agua. Khider dijo que todo marchaba bien. Sin embargo, la niña seguía con cara de estatua, aunque hubiera dejado de lamentarse. Borja preguntó si eso era todo, si se iba a quedar así para siempre.

— No, dentro de unos días le sacaremos el agua — le contestó el maestro.

Al viernes siguiente, volvimos a relevar a la madre de Beth. La niña seguía con la misma cara que tenía hacía una semana pero en silencio. Pat la dejaba en la trastienda, aunque sabía que no podía estudiar,  le daba unos cuadernos con lápices de colores para que hiciera algo. Ella comenzaba a rellenar los dibujos, cogiendo la mano de su hija para que iniciara el movimiento. Luego Beth, mecánicamente, seguía moviendo el lápiz hasta emborronar toda la página con un mismo color.

Borja y yo nos miramos y encogimos los hombros como diciendo “y ahora ¿qué?, pero no pudimos formular la pregunta. En la esquina del horno comenzó a condensarse una niebla que pronto tomó forma de Khider.

— Hemos sido todos puntuales – saludó el sanador.

Era la primera vez que Borja veía un aparecido y se quedó helado. Con un movimiento de su bastón el anciano nos indicó que nos acercáramos.

— Vamos, no tenemos mucho tiempo – dijo empujando suavemente al congelado Borja.

Khider separó la silla, donde estaba sentada Bet, de la mesa y se colocó enfrente de ella, tomó su barbilla con una mano y le alzó el rostro. Hizo una profunda inspiración y mientras espiraba lentamente paso la otra mano delante de sus ojos enfermos. La hija de Pat comenzó a llorar sus lágrimas eran negras pero no manchaban.

— Bueno, ya está – dijo Khider.
— ¿Ya? – preguntamos al unísono.
— Sí.
— ¿Y? – volvimos a preguntar.
— Dejadla llorar, lo hará durante siete días.

El sábado que hacía el octavo día, Beth se despertó como una rosa: no se acordaba de nada, sólo tenía hambre. Fue a la cocina y se preparó un té y una tostada con huevo revuelto. Cuando Pat entró, casi le dio un mareo. Su alegría era inmensa pero no podía saltar ni cantar. Se sentía agotada, toda la fuerza que había mostrado durante la convalecencia de su hija la abandonaba una vez conseguida su curación.

Desde entonces Khider nos seguiría de cerca. Todavía puedo evocar la figura encorvada de mi maestro, una mano sobre la espalda, queriendo enderezar la postura, la otra sobre el cayado de abedul. No era un bastón únicamente, era una tercera mano que le servía para revolver en el suelo, descubrir entre las hojas una seta, escribir un versículo del Libro sobre la arena o ahuyentar a una hiena hambrienta. Después de la recuperación de Beth, sentí un gran alivio, sin embargo, comprendí que para seguir aprendiendo sin provocar accidentes, necesitaba a mi maestro. Si tuviera que elegir los momentos cruciales de mi vida, aquel episodio sería uno de ellos. Khider nos convenció de que no volviéramos a entrar en otra mente, sin fortalecer primero la nuestra. Después de la experiencia no nos quedó ninguna duda.

Los viajes mentales son para más adelante, antes hay que ejercitarse en otras materias más fáciles.

Khider hablaba sentado en mi cama. Borja y yo estábamos en el suelo, escuchándole.

— Debéis practicar con vosotros mismos, descubrir lo que es importante y lo que es nimio, lo que podéis cambiar y lo que es inmodificable y tenéis que aceptar.

Durante los encuentros que se sucedieron esas semanas, nos hacía crecer por dentro, unas veces nos hacía meditar, otras utilizaba ejercicios físicos y, como recreo a nuestro trabajo interior, nos enseñaba sus trucos. Como nos había dicho, el viaje mental era para un curso más avanzado, era mejor empezar por el viaje espacial y temporal.

— Pero si viajase en el tiempo y por accidente matara a mi tatarabuelo, yo desaparecería – bromeó Borja.
— El tiempo no es así, si tuvieras que matar a alguien ya lo habrías matado. El tiempo sucede todo a la vez y consecutivamente. Lo que hagas en el pasado, influirá en el presente, sin embargo el cambio será imperceptible porque no harás nada que no esté escrito.

 

Continuará...
(accede al libro completo en rafaelperezcastellsblog.wordpress.com)

 

Parte 1. El niño eternal. cap 8
>INDICE


© Rafael Pérez Castells


ariadna