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PRIMERA PARTE

EL NIÑO ETERNAL

 

numero

Experimentos

 

 

Borja me espió, él estaba más avanzado que yo en las técnicas mentales, estoy convencido de que había intentado entrar en mi mente antes de que yo hiciera lo propio.

Desde el día del examen, hablábamos más por dentro que por fuera. Tuvimos algunos problemas de urbanidad y para evitarlos decidimos establecer una norma de visita, una sola. Estaba prohibido entrar sin llamar. Era una regla de oro, si no se obedecía terminaríamos en desastre.
Sin embargo, cometimos el error de no aplicarla a los otros y empezamos a meternos donde nadie nos llamaba. Al principio eran incursiones de segundos, muy ruidosas, tanto que el espiado se ponía en guardia, aunque casi no se diera cuenta de ello, y teníamos que salir de estampida.

— ¡Somos unos patazas! – exclamó Borja.
— Sí, algún día la vamos a liar.

Acordamos ensayar con nosotros mismos, antes de intentarlo con extraños. Tendríamos que aprender a penetrar en la mente sin dejar huella o, lo que es lo mismo, abrir la puerta con sigilo y andar con calcetines para no despertar a nadie mientras se curiosea la casa. Nos dimos permiso para “asaltarnos”. La regla de oro quedaba en suspenso por unos días.

Y aprendimos a “difundirnos”. Era una técnica que requería un control absoluto del ritmo cardíaco. Entre dos pulsaciones, había que retener el aliento, dejar vacía la mente y proyectarla hacia adelante en forma de ameba, nunca en forma de bola o lanza, que era como entrábamos antes (toda esta terminología la fuimos desarrollando a medida que necesitábamos palabras para llamar a lo nuevo.) Nos contábamos los avances y aprendíamos cada vez más rápido.

— Ayer te asalté, estuve contigo hasta que te dormiste y ni te diste cuenta – le sonreí victorioso.
— Es un farol. ¡Imposible! Tú haces más ruido que un sonajero – respondió Borja.
— Sí, sí, farol – mi cara resplandecía – por eso sé que estuviste pensando en la hija de Pat y …
— ¡Calla!
— Muy interesante, ya te digo, hasta que te dormiste.

Borja me persiguió por la calle, aun cuando éramos niños especiales, seguíamos siendo niños y arreglábamos nuestras cuentas con dos carreras y tres empujones. Al tercero, lo separé.

— ¡Vale ya! Que estoy cansado.
— ¿Cuánto tiempo estuviste, traidor?
— No mucho, me dio un poco de vergüenza y me fui. Pero ha sido perfecto. Puedo entrar sin que te des cuenta y tú lo harás mañana.
— Yo ahora estoy dentro de tu pensamiento y estamos hablando, que es más difícil.
— ¡Anda, si es verdad!

Restablecimos de forma inmediata la regla de oro y comenzamos a planear visitas externas. La primera elección fue Martyn Briggs. Era un golfillo, maestro a la hora de cargarle las culpas al de al lado.

Fue un domingo, salimos de la iglesia a las once. Teníamos una hora libre hasta la comida. Caminamos por el Meadow, que son los prados que llevan al río Támesis y nos dirigimos hacia el embarcadero. Allí se reunían muchos curiosos, entre los que había alguna que otra muchacha de nuestra edad, para ver las carreras de piraguas. Nos tumbamos en la hierba. A nuestro alrededor la gente se sentaba en sillas plegables o en el suelo. Borja me dio un codazo en las costillas.

— Mira, maestro, allí lo tenemos. El Briggs en persona – susurró Borja.
— Y además, en plena ebullición de su ego.

Yo había entrado en la mente de Briggs casi en el mismo instante en que su amigo advirtiera su presencia, y divertido lo observaba caminando pomposamente por el pasillo central de la iglesia del colegio. Borja se me unió. En el coro, el preboste y el claustro al completo lo ovacionaban, mientras que el órgano tocaba el himno del Queen´s. Mas que un sueño parece una pesadilla — pensé. Estuvimos a punto de reventar de risa, al ver los lagrimones del soñado preboste al abrazar a Briggs, el más laureado: la cúspide en la centenaria historia del Queen’s College.

— Ha sido tremendo, vaya tío tan simple. Sólo quiere que lo aplaudan. Haría cualquier cosa por conseguirlo.
— Charles Filo les llamaba chupaculos – contesté.
— ¿Quién es ése?
— El amigo de Sir Vernon. Iba en la expedición con la que llegué a Inglaterra.

El preboste fue el siguiente, allí nos encontramos una amargura pegajosa como la brea. Nos fuimos enseguida, no se podía estar en aquel hombre. Todo le parecía mal porque no era perfecto y consideraba la imperfección como insulto personal. Naturalmente el mundo es como es y el preboste Wilson estaba todo el día con cara avinagrada porque sólo veía imperfecciones a su alrededor.

— Y a éstos ¿cómo les llamaba tu amigo? – preguntó Borja.
— Momias.

La hija de Pat fue la tercera elección. Aquello fue un desastre. Entonces no sabíamos nada, éramos cachorros que jugando podíamos causar el mal. ¡Y tanto que lo causamos! 

Beth, la hija de Pat, tenía once años. Hacía tres años que su vida empezó a cambiar. Al principio, nadie se apercibió, la melancolía creció a medida que pasaban los meses, actuaba lentamente, como una sombra se deslizaba por la mente de Beth, esparciendo su oscuridad por todos sus rincones y alimentándose de su alegría. Todavía no habíamos oído hablar de Melán, la diosa de la melancolía, ni de los niños elementales, si no hubiéramos sabido que Beth era una niña de tierra. En nuestras incursiones nos habíamos encontrado con mentes simples o un poco enfermas, nunca habíamos entrado en una mente melancólica. En Beth todo era melancolía, su enfermedad había desencadenado un terrible efecto secundario, su imaginación había comenzado a desaparecer. Los sanadores dicen que la imaginación se transforma en tierra y en el caso de Beth la tierra era negra y untuosa.

Borja insistió en una incursión, desde hacía semanas Beth se había convertido en una diosa para él. Decidimos que sólo entraría uno – Borja, naturalmente —, mientras el otro la distraería. Elegimos un lunes por la tarde. A esas horas no había mucha gente en la pastelería; Pat atendía a los pocos clientes mientras su hija estudiaba en la trastienda.

— ¡Hola, Pat! – saludamos al unísono.
— ¿Qué os trae por aquí, chicos? – Pat les recibió con una amplia sonrisa, le caíamos bien.
— Veníamos a ver a su hija
— Pasad, está dentro, haciendo los deberes. No la distraigáis mucho que este año no va muy bien.

La niña dio un salto de alegría, no tenía la más mínima gana de estudiar a los clásicos, con esos nombres tan complicados: Eurípides, Sófocles... Nos sentamos alrededor de la mesa.

— ¿Qué estudias? – pregunté.
— El teatro griego, un rollo – contestó Beth.
— No es tan rollo. Si conoces un poco la historia es más fácil que te entretengan las obras.

Comencé a contarle historias de los griegos y los romanos, que había leído en “Las vidas paralelas” de Plutarco. Lo que más le gustó a Beth era la historia del rapto de las Sabinas. No salía de su asombro: la costumbre de que los novios traspasen la puerta de la casa con la novia en sus brazos era un acto de desagravio por aquel rapto tan antiguo.

Mientras distraía a Beth, Borja comenzó a “difundirse”. Controló las pulsaciones, retuvo el aliento y proyectó su mente en forma de ameba sobre la niña. ¡Flop! Borja entró.

Yo vigilaba a Beth, seguía contándole anécdotas y sacándole exclamaciones de admiración. No pasó mucho tiempo cuando noté que la niña cambiaba de cara. Ya no había sonrisa ni asentimientos, sus ojos tenían la mirada perdida.

— ¡Borja! – llamé con mi pensamiento — ¿Qué está pasando?
— No sé — respondió su amigo —, he gritado que si había alguien y ha comenzado a soplar el viento.
— Pero, ¿cómo se te ocurre?
— ¡Eh! Que aquí no hay nada, sólo arena. Es negra, brillante y se te pega cuando la tocas. Es asquerosa. El resto está vacío. Me encontré un espejismo con la historia que le estabas contando y nada más. Entonces decidí llamarla, lo siento. Oye, esto se está poniendo feo, parece una tormenta de arena de las de tu pueblo. La arena hace daño. Creo que voy a salir.

Los dos mirábamos fijamente a Beth, seguía con cara de estatua, aunque ahora un lamento gutural salía de su garganta. Entró Pat.

— ¿Qué ha pasado? ¿Por qué hace eso?
— No lo sabemos. Le estaba contando cuentos de romanos y de pronto se ha puesto así.

Beth estuvo quejándose dos días. Su madre llamó por fin al médico que recomendó su ingreso en el hospital psiquiátrico. Pat se negó, si su hija estaba loca, se quedaría en su casa. Nos sentimos horrorizados. Habíamos hecho mucho daño a nuestra amiga y nos sentíamos culpables.

 

Continuará...
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Parte 1. El niño eternal. cap 07
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© Rafael Pérez Castells


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