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PRIMERA PARTE

EL NIÑO ETERNAL

 

numero

Borja

 

Afortunadamente dormíamos en casa. Eso nos permitía dos o tres horas de asueto que dedicábamos a viajar por calles y campos. Si íbamos a la campiña, nos acompañaba Taba. Borja decía que cuando paseas con un perro ves muchas más cosas, porque ves con su olfato, con su oído, incluso con sus ademanes que avisan que alguien se acerca o de algún conejo escondido entre la maleza.

Viajábamos y mucho. Aquellos paseos recorriendo las calles de Oxford o Wytham duraban semanas, interrumpidos por los largos lapsos del colegio y el sueño. Nos deteníamos en cualquier sitio y observábamos a la gente.

— Mira aquella anciana, la del sombrero de punto – señaló Borja.
— Sí, la del bastón, ya la he visto otros días – respondí.
— Cuando llegue a la esquina se volverá. ¿Te apuestas algo?
— Unos pasteles en donde Pat.

La anciana renqueante tardó unos minutos en llegar a la esquina. Normalmente se detenía y después de mirar a diestro y siniestro, de comprobar varias veces si el camino seguía libre, cruzaba la plaza y entraba en el parque al otro lado. Aquel día perdí la apuesta. La señora se detuvo – todo marchaba como siempre – sin embargo, en vez de cruzar la plaza, volvió sobre sus pasos.

— ¿Cómo lo adivinaste? – pregunté.
— Fácil, aprendiz de sanador – se burló mi amigo –. Todos los días entra en la tienda del fondo y compra alpiste para los pájaros. Hoy se le había olvidado. Calculé que hasta que no se detuviera seguiría despistada sin acordarse del alpiste, pero al detenerse perdería el hilo de su pensamiento y recordaría la manduca para los pájaros.
— Creí que te habías vuelto mago o que le podías leer la mente, aunque sólo es que te has fijado –respondí un tanto picado.
 — ¡Vaya descubrimiento! Si no te fijas, no aprendes nada.

Después de haber vivido el tiempo suficiente, he comprendido que los hombres apenas si han comenzado el camino de la verdad, que se refugian en las religiones y apenas entienden sus símbolos. Y en ellos, en los símbolos, están las primeras indicaciones para seguir ese camino. En los símbolos y en la naturaleza; no obstante, como decía Borja, había que fijarse.
Practicamos “el juego de la anciana” –  así es como llamábamos a nuestros ejercicios de adivinación – con asiduidad. Llegamos a ser muy precisos. Conocíamos las reacciones de la gente con tanta exactitud que nos parecía adivinar su pensamiento y, en alguna ocasión, sentimos que estábamos entrando en cabeza ajena. Al principio nos produjo un cierto temor, sin embargo, éste fue pasando y un hecho nos hizo comprender que habíamos adquirido una extraordinaria habilidad.

Los exámenes finales eran orales. El alumno se enfrentaba a un tribunal con cuatro profesores y el preboste, y a un público de compañeros, afortunadamente silenciosos. El tribunal preguntaba a fondo, no dejaba resquicios por donde escapar. A pesar de ser de confesión protestante, se asemejaba mucho a un tribunal de la Inquisición. El día anterior al examen, la madre de Borja, que estaba enferma, empeoró – luego, para tranquilidad de todos, curaría. Borja que era un poco aprensivo y estaba muy enmadrado, se pasó la tarde angustiado e imaginando finales terribles. Al llegar la noche seguía así y apenas pudo dormir. A la mañana siguiente, intenté calmarle, usé las palabras de la hiena, las del viento, las de la lechuza: nada, no hubo manera. Cuando llegamos al Aula Magna, Borja parecía un zombi.

Nos sentamos juntos en la última fila, desde lo alto del anfiteatro que formaban los bancos se veía toda la función: el tribunal, todos vestidos con togas y luciendo sus entorchados, en la larga mesa que ocupaba gran parte del escenario — me recordaban a algunos nómadas que van colgando sobre su túnica los objetos que encuentran —; los examinados, también uniformados – depende de cómo les mirase parecían presidiarios o nobles – y el bedel que guardaba la puerta para evitar que entrasen los rezagados o que huyesen algunos de los que habían entrado. De vez en cuando, con un movimiento imperceptible, se acercaba a la mesa y llenaba los vasos de agua de los miembros del tribunal.

El primer alumno avanzó hasta el estrado. El aula era una catacumba y sus pasos se oían inseguros. Se detuvo enfrente de la mesa. El tribunal se alzaba ante él acusándole de delitos desconocidos. Dejé de prestar atención a la primera pregunta, sólo tenía ojos y pensamientos para mi amigo. En el estado de ánimo que estaba no iba a dar pie con bola. Tenía que buscar la forma de influirle. Durante meses nos habíamos entrenado en adivinar el comportamiento de la gente. Habíamos aprendido mucho, no sólo a predecir qué haría alguien, sino a conocer sus estados de ánimo. Incluso, ya intuíamos que era posible visitar el pensamiento.

Mientras miraba a mi amigo, cada vez más nervioso y triste, fui perdiendo pie con la realidad. Sentí algo parecido a caminar por la playa hasta que el agua llega a los hombros y, entonces, los pies se convierten en aletas. Comencé a nadar por lo que debía ser el pensamiento de Borja. Lo encontré turbulento y desordenado. No sabía por donde empezar y, además, me arrastraba de un lado para otro un viento de ira. Borja estaba encerrado en sí mismo, en una oscura profundidad que le impedía darse cuenta de que alguien se había metido en su mente. Traté de encontrar la forma de cambiar aquel desorden y aquella tormenta. En mi Zarqa natal, lo único que se podía hacer contra el viento era esperar, pero no estaba en Zarqa. Vacié mi mente e imaginé un lago de aguas inmóviles, acompasé mi respiración a los golpes de viento de la mente de Borja. Casi me ahoga. Poco a poco, fui dominando las fuertes las rachas, haciendo que se movieran acompasadas a mi respiración. Disminuí el ritmo de las inspiraciones y alargué las espiraciones para que el viento, al rozar la superficie del lago de aguas inmóviles, no las alterasen.    
Cuando logré apaciguar la tormenta, llamé a mi amigo, al principio con suavidad, luego ante la falta de respuesta, a pleno grito: “Borja, Borja, estoy aquí, lo he conseguido”. Por fin Borja ascendió a la superficie del lago de aguas inmóviles. Estaba completamente seco, porque las aguas inmóviles no son húmedas, ni están hechas de agua.

— ¡Qué demonios haces aquí, no te he dado permiso! — dijo enfadado.
— No te pongas así, seguro que tú también has intentado entrar en mí — le contesté. Y Borja sonrió, como se sonríe en la mente. Allí las sonrisas no aparecen en la cara, son como auroras boreales que lo iluminan todo.

Mi presencia hizo que Borja se olvidase por el momento de su dolor, aunque el cansancio que lo invadía lo inutilizaba para hacer el examen. Le pedí que me dejase controlar su mente; Borja sólo tendría que escuchar y decir lo que yo pensara.

Todo salió a la perfección, a pesar de que el preboste mirara a Borja con cara de desconfianza – el niño estaba tan pálido como una figura de cera y hablaba como un golem —, afortunadamente supe pensar las preguntas con acierto y los labios de Borja obedecieron mis órdenes. El preboste tenía razón, Borja era una marioneta animada por un ventrílocuo.

 

Continuará...
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Parte 1. El niño eternal. cap 06
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© Rafael Pérez Castells


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