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PRIMERA PARTE

EL NIÑO ETERNAL

 

numero

El Queen's

 

Ingresé en el Queen´s College cuando cumplí los once años. El colegio fue fundado en el siglo XIV y se llama así en honor a la reina Felipa. Después de muchos cambios, en el siglo XVIII el colegio adquirió su aspecto definitivo. Las altas cúpulas barrocas me recibieron. Los restos del colegio medieval apenas marcaban la arquitectura del edificio, no obstante las costumbres del preboste, los profesores y mis compañeros diferían poco de las de los primeros fundadores. O al menos eso me parecía. A medida que iba aprendiendo Historia, más convencido estaba de que las costumbres de las gentes son más resistentes al paso del tiempo que la piedra más dura.

La verdad es que fui recibido fríamente. No eran abundantes los extranjeros en el Queen’s y menos los musulmanes negros. Casi nadie me dirigía la palabra y el que lo hacía era para intentar hacerme alguna burla que contar luego en los recreos. El silencio obligado de la biblioteca me ofreció un buen refugio, leía dirigido por mi intuición, y la lectura mitigaba mi indudable soledad. En clase intentaba prestar una atención especial, aunque no hablaba mal inglés, el vocabulario de los profesores era bastante más amplio que el de Charles Philo. Los primeros días la lista de palabras que apuntaba en mi cuaderno, para luego consultar en un diccionario, era tan larga como un turbante.

Poco a poco, mis compañeros se fueron acostumbrando a mi presencia. Me seguían ignorando, pero las bromas iniciales habían remitido. Incluso me atreví a sacar los pies del plato.

— Lo bueno de la etiqueta es que permite al ser superior dirigirse al inferior, sin que éste pueda burlarse de él y al inferior hablar con el superior sin sentirse ridículo.

El que hablaba era Taylor, un chico tres años mayor que yo. Estábamos en el gimnasio, acababa de terminar la clase de esgrima y, en los vestuarios, a los mayores les gustaba impresionar a los pequeños. A Taylor le daba por la defensa de las buenas costumbres inglesas, sobre todo aquellas que distinguían a los caballeros.

— Lo malo de la etiqueta es que permite al necio que está arriba decidir lo que está bien y lo que está mal y, cuando son muchos los necios, logran que el conocimiento no se transmita.

Mi respuesta lo dejó mudo. Incluso a mí mismo, no sabía por qué había hablado y me arrepentí de inmediato Los pequeños nunca interrumpían a los mayores, se les permitían murmullos de aprobación, alguna exclamación, pero de ninguna manera podían contradecirles. Era parte de la etiqueta. Y además, yo era el negro protegido de Sir Vernon. Tanta desfachatez hacía prever una pelea. Taylor se me acercó. Caminaba con las piernas abiertas, las manos dando tirones de la toalla que colgaba de sus hombros.

— ¿Tú de qué vas, negrito?
— Señor, yo sólo ampliaba sus palabras –respondí relajado.
— ¿Que ampliabas mis palabras? ¡Vaya cara que tiene! –Taylor manoteaba delante de mí, se volvía a los otros y repetía el vaya cara, no fuera que se hubiesen perdido su actuación.
— Sí, así la idea se mejora.
— Lo estás arreglando, pequeño –Taylor ya no se sentía seguro, pegarme no le traería muchas ventajas. Yo estaba escuálido y medía veinte centímetros menos que él. No podía rebajarse tanto. De él se esperaban peleas con gente de otro tamaño.
— Lo siento Taylor, no pensaba molestarle, no volverá a suceder
— Listo el chaval –sentenció Taylor mirando al público. Abría los brazos como un césar magnánimo que perdona al gladiador.

Yo había utilizado los tonos con que se habla a una hiena hambrienta cuando, por desgraciada casualidad, se topa uno con ella. Las palabras se ajustan al tono, se procura que su contenido sea pacífico y el efecto es inmediato. Si la especie no tiene conocimiento, no hacen falta palabras, basta un sonido equilibrado. Las enseñanzas de Khider parecían funcionar no sólo con las hienas. Taylor —a pesar de los pesares— pertenecía a una especie capaz del conocimiento, por eso me esmeré en elegir las palabras: ni muy sumisas, para que no pareciera una burla, ni nada desafiantes, para no recibir un tortazo antes de terminarlas.

Esta habilidad me fue muy útil para escapar de cualquier tumulto y despertar en los demás un respeto creciente. A partir de entonces nadie se metió conmigo.

Nadie se metía conmigo ni se hacía mi amigo. Me volví a sentir solo, supe que el precio de mi victoria era ese aislamiento: si no podemos dominarle, mantengámosle al margen, parecía que habían decidido mis compañeros.

— Me gustó lo que dijiste en el gimnasio –Borja Alwoon era medio español, su padre de Londres y su madre de Valladolid. Él había nacido en Oxford donde su padre trabajaba de profesor de botánica.
— Sólo me disculpé.

Nuestros compañeros jugaban en el ancho campo de críquet a la pelota. Era divertido verles jugar, todos corrían tras el balón que huía de la jauría describiendo extrañas trayectorias. A veces se ponían de acuerdo jugadores y pelota, y ésta entraba en un marco de tres palos. Lo llamaban fútbol. Éramos espectadores, el juego no era para nosotros, los gordos, los bajitos, los que tenían gafas y el negro Soleimán.  

— Pero lo hiciste muy bien, no sé qué exactamente. Algo en tus palabras calmó al bestia de Taylor.
— No es tan bestia, no tenía salida y la aprovechó. Así pareció que me perdonaba la vida.
— Ya, ya…

Borja fue mi gran amigo. Tenía una gran intuición, aunque no poseía el conocimiento para dominarla. Aún así poseía habilidades raras de encontrar. Era capaz de adivinar las intenciones de los actos de la gente.

Era un niño eternal, como yo, pero claro, ¿cómo iba a descubrirlo si yo apenas sabía nada? Al principio la intuición de Borja me producía rechazo. Me había acostumbrado a estar solo, a ejercer mi influencia sin que mis compañeros se percatasen del poder de mis palabras y la aparición de mi amigo me sacaba de ese castillo bien amurallado que me había construido. Las palabras de Khider: “Aquí también encontrarás la verdad”, me sirvieron como antídoto al rechazo inicial. Si la verdad estaba en el colegio, el más indicado para tenerla era, sin duda, Alwoon.

Borja tenía su propia teoría: había varios tipos de personas que se comportaban de acuerdo a un color. Al principio los había clasificado en seis o siete colores, después se dio cuenta que algunos eran mezclas y al final se quedó con cuatro. El rojo: Taylor era un ejemplo; el blanco de Styles, que siempre estaba en las nubes; el amarillo de Briggs, que sabía colocarse en el lugar adecuado y alabar al más fuerte — a ése nunca lo pillan en nada, decía Borja con desprecio — y el azul de Freeman, el más romántico de todos, el que se enamoraba de las gárgolas a falta de doncellas a las que rondar.

Algunos meses más tarde Khider me enseñaría la misma idea de los cuatro elementos, pero más depurada, aunque en lo fundamental idéntica a la que Borja me descubriera. No era casualidad que un alma sensible, como la de mi amigo, pudiera intuir los principios descubiertos y desarrollados durante generaciones por hombres sabios. No lo era, porque esos principios existen y los hombres únicamente les han puesto nombre y los han estudiado.

— He leído el Apocalipsis de San Juan –le dije.
— Pero ¿tú no estabas libre de la clase de Religión?—se extrañó Borja.
— Sí, aunque voy porque así me hago amigo del padre Edward y se lo pongo más fácil a Sir Vernon.

Mi protector, tras arduas negociaciones (si no son arduas, no son negociaciones), logró que me eximiesen de clase de religión. Él es musulmán, no podemos forzar sus creencias, ya habrá tiempo – debió insistir Sir Vernon ante el Preboste Wilson. El acuerdo duraría dos años, al tercero debería empezar con la Religión, la anglicana, naturalmente; mientras, la clase de Ética bastaría. Comprendí que ser la excepción en temas religiosos no me traería nada bueno. Así que en mis horas libres leía la Biblia y el Nuevo Testamento. Muchos pasajes ya los conocía del Corán. Mi conocimiento de otra religión me hacía comprender los postulados de la nueva, con más profundidad que la de los propios creyentes. El padre Edward quedó gratamente impresionado por el interés del “morito”, como me llamaba con cierta mala idea, y poco a poco dejó de llamarme por ese mote.

— Y ¿no es un rollo?
— ¿El qué?
— El Apocalipsis –contestó Borja.
— No, nada de eso. Está lleno de historias interesantes. Lo que te quería decir es que en ese libro hay cuatro bestias, una con cabeza de toro, otra de león, otra de águila y la última de hombre. Y no sé por qué lo relacioné con tus cuatro tipos de personas.
— ¡Bah! Será una casualidad.
— Será –contesté.

Unas semanas después los dos devoradores de libros, como así nos llamábamos a nosotros mismos, dimos con más casualidades.

— ¿Te acuerdas el otro día, cuando decías que era casualidad lo de las cuatro bestias?
— ¿Lo del Apocalipsis?
— Si, hombre, sí –yo estaba excitado.
— Ahora no estoy tan seguro de que fuera casualidad –dijo Borja.
— ¿Tú? Después de lo que te voy a contar se te quitan todas las dudas. He leído que en la cábala también hay cuatro principios y se representan en el nombre de Dios con cuatro letras Yod, He, Vau y He.
— Eso son tres letras.
— No, parece que no, el orden tiene su importancia –respondí– y aunque no entiendas la diferencia, ellos hablan de cuatro principios, cuatro bestias, cuatro colores. ¿Lo pillas?
— No soy tonto, yo también he leído algo parecido. En la enciclopedia, busqué “alquimia”. Los alquimistas también usaban el número cuatro. Los cuatro elementos: fuego, tierra, agua y viento.

Durante días hablamos del número cuatro y sus variadas aplicaciones. Concluimos que todo estaba formado por cuatro principios, sin embargo no sabíamos muy bien si eran bestias, colores, letras o elementos. Tardaríamos en comprender que los principios sobre los que se fundaba el Universo no tienen nombre, que los hombres han utilizado distintos símbolos para llamar a lo mismo y que el poder de esos símbolos – porque son poderosos incluso siendo sólo un reflejo del verdadero principio – ha creado religiones y cultos esotéricos.

 

Continuará...
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Parte 1. El niño eternal. cap 05
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© Rafael Pérez Castells


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