MERIDIANO W168°30’

Rafael Pérez Castells

Navegacion y arrastre Ilustración Pedro Díaz Del Castillo @capitanmobile

En una tasca de Ushuaia se reunió un grupo de exploradores, habían sido convocados por Ojoslindos, famoso por sus viajes en solitario. Todos se conocían por Facebook, aunque nunca se habían encontrado en la vida real. Los nueve se habían distribuido por las mesas y apenas les había dado tiempo a intercambiar miradas, cuando por la puerta apareció un tipo alto y flaco con unos ojos indudablemente lindos. Todos le miraron y se miraron y el recién llegado les saludó.

—Buenos días, konnichiwa, buonagiornata…sí, hi, yes soy “Ojoslindos”. ¿No se me nota? —y pestañeó al tiempo.

Hubo un momento de estupor que rompió Ojoslindos con una carcajada a la que se fueron uniendo todos.

—Vaya entlada –dijo el japonés Watanabe.
—¿Hablas español? —le preguntó un gigante de habla salmantina.
—No —contestó Watanabe.

Durante diez minutos se desató una fiebre de presentaciones, de dos en dos, de a tres, fluctuando los grupos, uniéndose como espuma en una bañera. Finalmente, Ojoslindos puso orden.

—Caballeros ¡Caballeros! Creo que ya nos hemos presentado todos. Como la mayoría habla el español, excepto Watanabe y el Fiorentino, que habla algo parecido, me dirigiré a vosotros en mi lengua y a Watanabe se lo explico después.
—Hi, hi —se rio Watanabe doblándose repetidamente.

Ojoslindos les resumió su idea en cuatro trazos. Todos estaban curtidos en viajes, quizás un poco aburridos de la monotonía del perpetuo cambio. Dada la naturaleza inquieta de todos ellos, a pesar de ese cierto sopor, no se imaginaban la vida sin desplazamiento, encuentros y venturas. Les proponía buscar qué es lo que se perdía en la quietud y soledad, por ejemplo, entre hielos o el desierto.

—Me refiero a descubrir si en ese aislamiento perdemos algo que consideramos parte nuestra o no, o seguimos siendo los mismos. Y si perdemos algo ¿qué es lo que perdemos?

Se desató un debate alud, es decir, empezaron a caer unas piedras, un comentario, después fueron muchas y, finalmente todos intervinieron al tiempo remodelando la idea inicial de Ojoslindos, buscando en su propuesta el lugar donde ellos se sentirían solos.
En la breve introducción que llevo escrita he presentado a Ojoslindos, El Gigante, El Fiorentino y Watanabe, el resto de la curiosa cuadrilla eran El Cejas, llamado así por motivos obvios, El Africano que aunque era de Jaén, se pasaba el tiempo por aquel continente, El Armario, un colombiano aficionado a las pesas y su inseparable compañero de viaje Grillo, al que molestaba mucho que le añadieran jocosamente el nombre de Pepito. Y los dos últimos y los más jóvenes Jongualquer, originario de Bolivia y aficionado a los chupitos de cualquier destilado del mundo, y el Luna. A mi último compañero le llamaban así porque tenía fases, crecía, menguaba y desaparecía para volver a brillar.

Yo, el que les narra, soy Watanabe, aunque ellos me llaman Humitos, y no sé español, pero lo grabo todo y luego lo traduzco. Me ayuda Ojoslindos que algo habla de mi idioma y tiene una inmensa empatía.

Y volviendo a nuestra reunión, Ojoslindos desgranó las condiciones: cada uno debía elegir su destino, que sería en solitario, permaneceríamos allí un año y regresaríamos a Ushuaia a contarnos nuestra historia. Podíamos estar conectados si nos apetecía, pero había que evitar el contacto físico. Los destinos, en un sobre cerrado, se depositaron en una urna de metacrilato que se dejó bajo la custodia del tabernero.

Nadie conocía el destino del otro, por el momento, sin embargo, cada uno estaba comprometido con el que había elegido. Lo primero que había que hacer era llegar al lugar, alguno alargaría esta fase para permanecer menos tiempo solo, me imagino que el Africano sería uno de ellos, el Gigante seguro que se busca un atolón, Ojoslindos es de los que buscan el desierto, yo soy medio japonés, me llamo Shinichi Watanabe Pérez, me crié en Kushiro, mi padre era un pescador japonés y mi madre una bailaora de flamenco nacida en Graná. Soy más japonés que gitano y por tanto muy cumplidor con los objetivos del grupo. Así que estando en Ushuaia decidí que mi desierto fuera el mar océano, así no desperdiciaba ni un día en llegar a él.

En mi sobre titulaba el objetivo como “El meridiano W140°30’”. Cumplía las premisas de la propuesta de Ojoslindos, estaría solo durante un año, no estaría quieto, pero el que eligiera el desierto tampoco se iba a pasar el año sentado en una duna. El meridiano W140°30’ recorre el Pacífico desde la Tierra de Marie Byrd hasta la costa de Alaska. Eran más de 7.800 millas de mar sin tocar ni ver tierra. Según mis cálculos podía hacer el viaje de ida y vuelta en 11 meses con tranquilidad. Si los vientos no decían lo contrario.

Tuvimos un mes para prepararnos, varios permanecimos en Ushuaia mientras que Ojoslindos, El Africano y El Gigante volvieron a España. Se acordó que, en un mes, el 1 de diciembre, Ojoslindos enviaría un correo dando la señal de salida.

Fueron unas semanas intensas. Compré un barquito en el puerto que pensaba vender a la vuelta, era un Nordic Folkboat, un velero de un mástil, construido en Aarhus (Dinamarca) en 1952, estaba en buen estado, tenía un pequeño motor Mercury de 5cv e incluso contaba con un buen equipo de comunicaciones. Se llamaba “Ny København”. Se notaba que había sido un barco vivido y cuidado. Aunque el precio era una oportunidad, me ponía en aprietos económicos que nunca me han gustado. Entonces, tuve un golpe de suerte, a mis oídos llegó la información de qué los noruegos de la base Scott, que está en la Plataforma Ross, tenían problemas de suministro y estaban buscando porteadores. Por lo visto, un huracán de fuerza 5 se había desviado más al sur de lo habitual, cortando la ruta de suministro que tenían con Nueva Zelanda. La situación se prolongaba ya 10 días y estaban en apuros. Así que me puse en contacto con ellos para avisarles de que pasaría por allí en 3 semanas y solicitarles asilo por unos días. Fue como pescar en el muelle, se alegraron mucho de mi llamada y me pidieron por favor que les llevara un cargamento de víveres. La lista era larga y fue un trabajo arduo, aunque provechoso. Negocié precios y comisiones y los de la base me pagaron tres mil euros por el porte. Entre unas cosas y otras me financié parte del barco. Como dije soy muy japones y algo gitano.

Tenía que desviarme tres semanas de mi ruta por lo que decidí hacer algunos cambios en mi viaje. Cambiaría de meridiano, sería el W168°30’ que cruza el Pacífico desde la Plataforma de Hielo Ross hasta la isla de Umnak en el archipiélago de las Aleutianas. Era una distancia similar y no afectaba en nada a la finalidad del viaje. En veintiún días hice las 2.700 millas que me separaban de la base Scott. Fue una navegación tranquila, con viento perfecto del sureste que me hizo volar sobre un mar rizado. Apenas descansé aquel día eterno del verano antártico. Los noruegos me recibieron dando palmas, pasé un par de días con ellos, eran gente amable, aunque muy independiente, en cierta manera me sentí como un macuto abandonado. El día señalado llegó el correo de Ojoslindos, “Compañeros, mañana podéis partir a vuestro destino. Nos vemos de hoy en un año en Ushuaia ¡Buena travesía!”. Empaqué mis cosas, me despedí de mis anfitriones y, a la mañana siguiente, tomé rumbo oeste para cruzar el antimeridiano y encontrarme con mi nuevo destino, el meridiano W168°30’.


15 de diciembre

Hace tiempo que no escribo, comencé la narración como un relato, pero paso a modo cuaderno de bitácora. El mar tiene mucho trabajo sobre todo cuando navegas en solitario. Hay que cuidar del rumbo, de las velas, si están más o menos hinchadas. Y también de comer algo, de mantenerse seco y de buscar un momento para el descanso. No hay tiempo para redactar cuentos. Por eso se inventaron las bitácoras, para guardar los cuadernos en los que los navegantes registramos lo que nos es importante para la travesía.

Según tomé el rumbo adecuado, el mar lo celebró con un par de semanas de fiesta. El huracán Wiki se había dispersado en multitud de tormentas menores que tenían el mar encrespado. Hace cinco días crucé el Círculo Polar, fue lo peor de la tormenta interminable. Las olas eran tan grandes y las ráfagas de viento y lluvia tan continuas que se perdía cualquier referencia espacial. Bien hubiera podido ser que navegara por el cielo o por las profundidades.

Ayer la tormenta nos dejó, al final siempre llega la calma. Estoy cerca del paralelo S 56º, en medio de la nada. Más exactamente en medio de un espejo infinito. Los días se han ido acortando, afortunadamente ahora ya hay noche. Se agradece porque la temperatura ha subido, aunque la luz es tan intensa que desvanece el horizonte.

Creo que mañana llamaré a Ojoslindos, parece que hay cobertura suficiente.

 

17 de diciembre

Ayer hablé con mi amigo. Como había intuido estaba en el Sahara. Tenía bastantes problemas con el suministro de agua y comida por lo que debía de saltarse a veces lo de no encontrarse con nadie e ir al mercado que estaba a un día de viaje. Aquí en el mar no es lo mismo, primero no hay mercados cerca y el mar, si sabes dónde ir o cómo hacer, es una despensa. El agua la tomo de la lluvia, mejor dicho, la tomaré porque hasta ahora he ido tirando de los depósitos que llené en Ushuaia. Dentro de una semana tendré que desviarme y aproximarme a alguna isla para pescar. Aún tengo provisiones, pero quisiera comer algo fresco y en alta mar no hay pescados o los que hay son demasiado grandes para mi barco. He podido recoger algunas algas, wakame, en medio del Pacífico. Recordé que mi padre me contaba que en Tasmania había un wakame salvaje delicioso. Imaginé que las corrientes las habrían arrastrado hasta alta mar. Eran una delicatesen propia del mejor restaurante de Kyoto, lo que me convenció de su procedencia. Ojoslindos había hablado o cambiado mensajes con el resto, todo iba según lo planeado que era escueto. Le mencioné que aún no había tenido tiempo de perder nada o, al menos, no me había percatado de la pérdida. Se rio y comentó que los diez llevamos tanto peso a la espalda que necesitamos mucho tiempo para perderlo.

 

31 de diciembre

Fin de año y estoy prácticamente varado. En estas dos semanas apenas he avanzado 200 millas. Veo películas, escucho música y he terminado las dos botellas de sake que tenía reservadas para hoy.  Me encuentro bien, no necesito nada ni a nadie. Estos días no hay mucho trabajo de navegación que hacer, con suerte un par de horas al amanecer y al atardecer en las que sopla una ligera brisa. Aunque llevo motor, está reservado para casos especiales. Quedan 11 meses, estoy en el paralelo S50° por lo que dice el sistema de navegación, aunque en mi cabeza estoy en el mismo lugar siempre. Entre el cielo y el mar.

 

6 de enero

Por fin volvió el dios Kaze y llevo tres días navegando a todo trapo, con un tiempo relativamente bueno para la fecha. Hasta he puesto a Wagner, aunque no voy en helicóptero. He cruzado el paralelo S40°, Nueva Zelanda está al oeste. Me siento ligero, la vida es sencilla, mantenerse a flote, alimentarse y llenarse de horizonte, nubes, olas, viento, festejar la aparición de delfines y admirar a un gigante al pasar bajo la quilla. Y por la noche comienza el misterio, un cielo en el que no cabe una estrella más, por eso de vez en cuando alguna cae, y el mar. El océano se ilumina queriendo competir con el cielo. Dicen que son pequeños organismos unicelulares. Mi padre decía que era el brillo de la espada rota de Susanoo, el dios del mar.

 

28 de enero

Desvié mi rumbo unas 50 millas para acercarme a la costa de Niue, a unas 20 millas de la isla hay unos bajíos donde parecía haber un buen caladero. Eché el ancla un poco antes de llegar, había visto algunos barcos pequeños pescando en la zona. No lo hice por las reglas que establecimos en Ushuaia, sino más bien porque no me apetecía tener tratos con humanos.  Esperé a que se retiraran y me acerqué a la zona. Estaba anocheciendo y de seguro habría menos pesca pero fue más que suficiente para satisfacer mis necesidades.

Esta noche me di un festín de pescado, sashimi, arroz, tempura…pero sin sake. Por un trago me arriesgaría a hablar con cualquiera. No evitaría el riesgo como con los pescadores. Afortunadamente queda algo que fumar. Por lo que llevo de viaje, no siento perdidas sino ganancias, tranquilidad sobre todas las cosas. No me interesa que alguien me cuente una historia triste o un sueño que nunca se hizo realidad. Ya soy suficientemente viejo para tener mis historias y mis sueños. Y también para saber que no le importan a nadie.

 

6 de febrero

Me demoré unos días en las proximidades de Niue, hacía calor y llovía torrencialmente por las tardes. Quería aprovisionarme de pescado y descansar. Hay varias formas de conservar el pescado, congelarlo —no tenía congelador, solo una pequeña nevera que funcionaba por energía solar y que no aseguraba la salubridad de ningún alimento por muchas horas—, secarlo —en la temporada de lluvias era imposible—, así que me quedaban dos alternativas, la salazón y el escabeche. Aunque tenía sal, vinagre y aceite en la bodega, me quedaba sin reservas en la operación. No me quedó otra que desembarcar en Niue.

Por Google sólo encontré un supermercado. Estaba en Alofi, la capital. Justo al otro lado de la isla. Teniendo en cuenta que Alofi tiene mil seiscientos habitantes, descarté los pocos pueblos de la costa este, que apenas tenían cincuenta paisanos. Atraqué poco después del medio día en el pequeño muelle. Llovía con ganas. Del muelle subía una carretera al pueblo, perdón, a la capital. Niue es una meseta que se eleva unos sesenta metros sobre el nivel del mar, los pocos pueblos que tiene están retirados de la costa, es frondosa y las construcciones son todas muy nuevas, con algunos hoteles, pocos, y algunos turistas. Me dirigí a uno de los dos, y únicos, Swanson Supermarket de Alofi y de toda la isla. Nadie me había parado o preguntado de dónde venía o quién era. No se veía ningún control policial. Sin embargo, cuando estaba pagando en el super vi a un paisano que me sonreía.

Resultó ser de la policía, lo más probable es que fuera El Policía, no creo que hubiera muchos más. Quería hablar conmigo y ver mis papeles. Vestía una camiseta azul bastante relavada, unas bermudas blancas y unas sandalias. Me preguntó qué iba a hacer con todo lo que había comprado.

—Pues llevarlo al barco —le contesté.

Se dirigió a la cajera y pareció regañarla. La chica enrojeció y se fue a la trastienda.

—Ya está arreglado, se lo llevarán a su barco —dijo, mientras yo sacaba mi pasaporte— No, no, guárdeselo, ahora lo vemos, tranquilamente, acompáñeme a tomar algo.

Yo le contesté que aún no había comido, que le invitaba, si no tenía inconveniente. Pero se negó, dijo que El Territorio Asociado de Niue tenía el gusto de invitarme como recién llegado. Fue un peculiar control de aduanas, nos sentamos en una terraza de un restaurante indio, y allí estuvimos hasta bien entrada la tarde. Se llamaba Emani Tukuitoga y era uno de los cinco policías fijos de la capital. Me contó su vida, nunca había salido de la isla y no tenía el más mínimo interés en hacerlo. No entendía por qué la gente se iba a Nueva Zelanda si en Niue había todo lo que se necesitaba para vivir. Y mientras me contaba, me preguntaba dónde había nacido y demás datos de filiación, pero no solo hizo eso, logró que le contase mi vida, lo cual no era demasiado complicado porque yo estaba muy necesitado de hablar. Entre tanto nos despachamos una suculenta comida compuesta de samosa y daulat ki chaat para empezar y pollo tikka y kashmiri aloo dum de segunda ronda, acompañado de un vino neozelandés muy aceptable.

Al despedirnos me dijo que disfrutara la estancia y tuviera un feliz viaje a donde fuera y añadió:

—La soledad no es buena si es para siempre.

Me quedé en el puerto unos días para preparar el pescado y reponer la sal y demás condimentos para la siguiente captura. Comía en la ciudad y me daba largos paseos por la costa.  Una noche, cenando en un café un Banana Split, me quedé absorto viendo la televisión inmensa que colgaba del techo de madera. Las noticias eran las de siempre, agresividad por todas partes, entre países, entre políticos, miedo, inseguridad, desastres… era un retablo de El Bosco. Y yo no me sentía Minamoto Yorimitsu matando al monstruo Shuten—doji. Yo era Watanabe el Humitos y quería cenar en paz. Me cambié de mesa para no ver más y me puse música de Tom Waits en los cascos. “I hope that I don’t fall in love with you” me pareció apropiada.

Mientras escribo me alejo de Niue rumbo al ecuador.

 

16 de febrero

Días buenos de navegación. Me rondan pensamientos un tanto obsesivos sobre las últimas palabras de Emani. La soledad no es buena. Sin embargo, yo me siento encantado ¿O no?. O simplemente quiero sentirme encantado. Lo que creo tener claro es que ese mundo que apareció en la televisión no me interesa nada. Prefiero buscar mi mundo en el paisaje y en lo que me produce. En la naturaleza no hay pérdida, la única es la de la propia vida, que es insignificante e indolora. Las relaciones humanas terminan en pérdida y dolor.

Pero es cierto que las palabras del policía han despertado algo. Quizá me haya situado en la máxima amplitud del péndulo. Blanco o negro, bueno o malo, sí o no y yo siempre dije que mi territorio está en medio, en los grises, en lo incongruente y en el depende.

Ayer me desvié 20 millas para admirar el atolón Rose. Me producía risa ver tanta belleza, comencé a gritar “¡Es un decorado! “ y a reír ruidosa e histéricamente hasta quedar agotado. En tres o cuatro días alcanzaré el ecuador.

 

20 de febrero

Las calmas ecuatoriales o como las llaman los ingleses doldrums, son una pataleta infantil del viento que prácticamente se desvanece y puede poner en apuros a un barco si se prolonga mucho. Desde que crucé el ecuador hace dos días estoy en una ducha continuada e inmóvil. Las pocas horas que despeja —para coger fuerza y volver a diluviar— el paisaje es un espejismo en el que el cielo se refleja en el mar y parece que flotáramos en el aire. Si esto sucede por la noche, entonces, sientes que estás viajando por el espacio y te rodea el vacío estrellado.

Calma rota por la lluvia, estaría así una eternidad.

 

3 de marzo

Sigue la calma, aunque ha escampado. Desde hace tres días vivo en un continuo espejismo. Hace una hora vi una fata morgana, había visto fotos y leído sobre ellas, pero nunca había visto un espejismo en el mar. Una ballena y dos delfines saltaban desde el cielo para volver a caer en él. Era tan real que imaginé que yo era una ficción para ellos.

En mi última anotación dije que estaría así una eternidad, pues bien, creo que la eternidad ya ha pasado. Necesito un poco de movimiento, tengo la despensa llena, los tanques de agua hasta arriba y el barco como un salón del Palacio Imperial. Escucho música a todas horas, la situación es de banda sonora, en realidad toda la vida aguanta una banda sonora. Así intento no obsesionarme con pensamientos reiterativos, pero lo que logro es que se vuelvan más poderosos y emocionales.

Creo, como decía mi madre, que lo poco agrada y lo mucho enfada. Yo aplicaría el refrán a esta inmovilidad, nunca a la soledad. Si estás solo y te mueves, peregrinas, en realidad no lo estás porque te acompaña el cambio. No necesito a la gente, en todo caso la gente es una especie como cualquier otra a la que se puede observar, pero no pertenecer.

 

20 de mayo

Después de tres semanas de calma, que casi acaban con la mía, volvieron los alisios. durante cuarenta días he navegado sin prisas hasta alcanzar el trópico de Cáncer. Estoy sobre la cadena de montañas que acaban en Hawái y de la que sobresalen a la superficie islas y atolones que se extienden más allá de las Islas Midway. Ayer eché el ancla en el arrecife Maro. Es un lugar tranquilo, los grandes barcos no se acercan porque encallarían. Como mucho encontraría a algún un biólogo o un turista.

Necesitaba terminar de pensar —como si fuera posible—, necesitaba cerrar el ciclo de mis pensamientos. La finalidad del viaje era averiguar qué es lo que soy en la soledad y qué es lo que pierdo en ella. Y creo que no tengo dudas.

Por cierto, cuando digo que Maro es un lugar tranquilo, no es del todo preciso. Depende del viento, si sopla a más de cincuenta nudos es una trampa mortal. Los pecios del fondo son pruebas de lo que digo.

 

2 de junio

Este será mi último apunte, mañana tengo que partir de urgencia puesto que se acerca un huracán y como dije en mi última anotación este lugar es peligroso cuando sopla el viento. Ha llegado la hora de partir, en todos los sentidos. No hay razón para terminar el viaje y volver a Ushuaia. Era cierto que en la soledad perdemos algo, perdemos la humanidad, nada más. Así se anda más ligero de peso por este hermoso lugar.

Como decía Basho en uno de sus haikus, me siento como un cuervo que busca en vano su nido y sé que mi nido no está entre los de mi especie.

 

Ilustración Pedro Díaz Del Castillo (@capitanmobile) 2021

                                     

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UN INVIERNO POLAR. ariadna-rc 2021


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