Mantiene fija la mirada en la pizarra
—los sabios le dejaron la tarea inacabada:
completar la ecuación espacio tiempo
—
y está a punto de arrojar la toalla,
se le nubla la vista y cree que el problema
no tiene solución.
Aunque compita con el infinito,
Dios podría suicidarse ahora mismo.
Tener fe ciega en sus posibilidades
no le garantiza un sitio en la cavidad interestelar;
ser insomne, no significa estar en todas partes.
Decir haber inventado el wolframio y la criptonita
hace milenios,
cuando todo el mundo sabe
que los minerales son agnósticos,
no te da más crédito ante los enterradores.
No obstante, los domingos por la tarde
quisiera volver al principio,
a los días virginales, cuando se hizo el mundo,
y rectificar,
avisar a los fundamentalistas
—a los que estarían dispuestos a inmolarse
a cambio de un ojo de cristal en la eternidad
—
y confesar que el cielo
es pura especulación inmobiliaria,
un espejismo en el espacio.
Aunque me declaro manifiestamente ateo,
antes de entrar al quirófano,
la única palabra que tengo en la boca,
la única capaz de recordar,
la única por repetir tres veces es
Dios, Dios, Dios.
  
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