ENTRE HIELOS Y DESIERTOS

Amparo Baliño Molina

 

El verano se va y está entrando el otoño, …o no. ¿Es primavera? ¡No!, ¡parece invierno! Un invierno Polar. ¡Qué lío! Este año, 2020, no ha tenido estaciones. O han sido todas una, y la misma.

No importa. Cuando se mete en su mundo interno -el de la novela que está escribiendo- el exterior queda silenciado. Un silencio inmenso durante horas. Luego, a las ocho de la tarde, se deja oír un rumor de aplausos. Solo tiene que asomarse a la ventana, y el sonido llega claro, un clamor unánime. Lástima que después -en las últimas jornadas-, se escucha otro sonido: el de una cacerolada.

Pero ahí, cierra la ventana y todo aquello vuelve a quedar afuera. Lejos de ella.
La soledad se sienta cada tarde en su sofá, y ven las noticias juntas. A veces se hablan.

—¿Te has enterado…? Hoy ya llegan a los mil…
—¡Déjate de cifras! ¡No quiero oírlas!
—Pero tía. Que se mueren a puñados. ¿No has visto las escenas del Palacio de Hielo en Madrid…?
—Ni las pienso ver. Eso es morboso. Macabro.
—Eso es realidad. Entérate, pequeña.
—Anda, pon el Netflix. Vamos a relajarnos.

Pero el relax no llega. Tampoco a la noche, en la cama. Sus sueños se pueblan de pesadillas.

La niebla es muy densa. Avanza a tientas. Un pie y después el otro. Despacio. Sin pausa. El terreno se empina. Le falta el aliento; “tal vez debería dejar el tabaco”, piensa mientras jadea. Ha de tomar un descanso.

El Ogro de la Oscuridad, el Demonio de las Noches, susurra en su oreja, pero parece hablar en un idioma desconocido.

Se sienta al borde del camino respirando con dificultad. Está sudando…

Saca los pies por debajo de la sábana y siente un ligero alivio. Vuelve a ahuecar la almohada y retoma el sueño…

La bruma se ha despejado y se encuentra sentada en un malecón. El mar parecer revuelto; como acabado de salir de una fuerte tempestad.

—Antes, el mar llegaba hasta allí —dice el Demonio de las Noches señalando una punta lejana— pero se fue retirando y las arenas avanzando; ahí se dejan ver los rastros de antiguos naufragios.

Hay barcos varados como en arenas de desierto. Podría ser el desierto de Namibia.

—Es la Costa de los Esqueletos —dice un pequeño hombrecillo, atareado en cavar un profundo hoyo—. Si quieres ayudar, se agradece.

Ante tan sutil petición, ella no sabe cómo negarse, así que toma la pala que le ofrece y se pone a cavar junto a él. Cuando lleva una eternidad, el agujero no parece mucho más hondo, apenas avanza. Entonces mira la pala que sujeta su mano, y se da cuenta de que es una palita de juguete.
—Sigue cavando —le pide el hombrecillo—. Si lo dejas, todo lo que has sacado volverá dentro; y no acabaremos en la vida.

Gruesas gotas de sudor, o de llanto, caen sobre la arena. Esto hace que se apelmace y sea más fácil de extraer.

“Entonces, las lágrimas sí sirven para algo.”, piensa aliviada.

Y cuanto más alivio siente, más ligera se halla.

“El conflicto está dentro”, piensa; “el mundo no tiene la culpa de mis problemas.”

Apenada, se aleja del mar.

Tierra a dentro todo está más tranquilo. Recuerda al Paraíso, donde ni llueve ni nieva.

Aparece la loba que lleva dentro. La Loba Solitaria que aúlla a la Luna.

—Las grandes verdades son demasiado sencillas para ser percibidas por mentes tan laberínticas como las nuestras —dice, mientras se rasca con la pata detrás de su oreja.
—Mi mente está bien construida —responde ella—. No tengo…
—Sí. Seguramente, en base a certezas “inquebrantables” sobre los misterios de la vida —le interrumpe la Loba—. Certezas forjadas al fuego de los miedos. Certezas que blandes como espadas o hachas, a cobijo de tus neurosis, amparadas por el deseo de mantenerlas al margen de la vida; también de los sueños.

Las sábanas están húmedas. Se gira buscando la parte más fresca de la cama. Ahueca la almohada y retoma el sueño…

En la calle, la gente camina sin prisas, dejándose llevar como las mareas. Hay carteles y anuncios por todas partes. En unos se censurar el desenfreno; en otros, se reprueba la renuncia a los placeres de la carne. Parece época de carnavales. Todos van disfrazados; algunos de ellos mismos. Llega ante la puerta de una lujosa mansión. Siente un soplo gélido, como si se hubiese producido una corriente de aire de la nada. Y se oye una alegre voz que dice: “¡Está nevando!”. A ver, no puede ser, ¡¡qué estamos en agosto!! Pero ¡menudo frío hace!

Aparece Salomé. Se sube una pequeña tarima despojándose del velo blanco que cubre su cabeza, y comienza a bailar. Es como un árbol joven. Sus pies se posan, uno delante del otro, al ritmo de una flauta y de un par de serpientes. Ejecuta la danza de los ‘siete velos’, dejando extasiados a todos con la sensualidad que emana de su baile. Sus brazos, torneados cual ramas esbeltas, se agitan como llamando a alguien que huye. Se despoja del velo violeta que cubre su rostro. Su pelo, como espeso follaje, se revuelve y agita en medio de un viento silencioso. Con los párpados entreabiertos, torcida la cintura, balancea su vientre con ondulaciones de brisa; su cara permanece estática pero sus pies no se detienen. Los velos van cayendo a su alrededor como espesas nieblas. El azul, en torno a su cuello. El verde, se desprende de su pecho. El amarillo, que tapaba el vientre. Danza como las sacerdotisas de la India, como las Nubias, como las Bacantes de las tierras de Lidia. Después, su baile se acelera; es la pasión que quiere ser saciada. Cae el naranja, que cubre caderas y nalgas.  Y, finalmente, el último, el rojo, símbolo del amor y la pasión.

Salomé acaba su baile, pero no recibe ninguna cabeza como premio.

La fiesta continua más allá. Hefner está ahí tirado, con una gran erección y puesto de viagra hasta las cejas. Llaman a Lilith, la novia principal, para darle sexo oral. No hay protección ni controles. A nadie le importa. El resto de chicas hace turnos para subirse encima de él durante dos minutos, mientras, al fondo, montan escenas lésbicas para mantener a “Papi” excitado.

—Obviamente, todas estas las mujeres hacen este tipo de cosas de ‘forma voluntaria’.

Claro, con veintitantos años lo que más le atrae a una chica es tirarse a octogenarios, ¿verdad? Este es el núcleo de la mentalidad de muchos hombres.

Oye comentarios entre las mujeres que esperan a ser llamadas.

—Vestir a mujeres adultas de conejitas es la cumbre de la sofisticación —dice una.
—Tenemos que ser púdicas, pero también tenemos que estar disponibles por el precio que se marque —se lamenta otra más allá.
—Si la justicia nos llamara, algunas podríamos declarar que fuimos drogadas y sufrimos abusos sexuales en las fiestas de la Mansión Playboy.
—¡¿Estás llamado a Hefner proxeneta?!
—¡Es algo evidente!

Vaya alboroto que se forma al discutir si se puede llamar proxeneta a un hombre que busca y obtiene beneficios de mujeres vendiendo sexo.

—Todos esos los estúpidos, que se están preguntando en Twitter, Facebook, Instagram, y demás redes sociales, si Hefner irá al cielo ¿no se dan cuenta de que ya vivía en él?
—Quítale el disfraz y tienes a un hombre que compraba y vendía mujeres para otros hombres. ¿No es esa la definición de proxeneta?

Un hombre se acerca a ella. Lo huele; parece que sus sentidos más dormidos se han despertado en este ambiente. Huele a hierba y a madera.

Le susurra por detrás, al oído, rozándole el cuello y poniéndole el vello de punta:

—Deja que te acompañe al fornice y te contaré la historia del Emperador Amarillo.
—Vamos —contesta ella sin reparos, totalmente subyugada.

Se tumba en el catre de medio lado, apoyando su cabeza en la mano; él se sienta a su lado y comienza a relatar.

—Un día, el Emperador Amarillo le preguntó a Sun Nu, la Joven Sencilla, qué podía hacer para mejorar su energía y estar en armonía. Ella le respondió que toda debilidad es debida al incumplimiento del sexo. Le explicó que la mujer es agua y el hombre fuego. El agua apaga al fuego, y el fuego no puede arder en el agua; así pues, la mujer es superior al hombre. Pero juntos pueden alcanzar los cinco placeres. El Emperador Amarillo le preguntó: ¿y si me abstuviera por un tiempo del coito? La joven respondió: Eso es un error. El cielo y la tierra tienen sus ciclos, y el yin el yang siguen las cuatro estaciones, el que se abstenga del coito detendrá el desarrollo de su espíritu y el flujo del yin-yang será bloqueado.

Y mientras habla, el hombre va deslizando su mano por la pierna de ella, trazando pequeños círculos, despacio, hacia arriba.

—Uno ha de cultivar la energía con una práctica sexual frecuente. Se ha de mantener la mente en calma, armonizar las emociones y concentrar el espíritu.

Su mano, ahora en el cuello, hace cosquillas. Asciende por la cara y vuelve a bajar por el brazo; salta hasta su vientre y recorre la cintura. Ella comienza por tocar las manos de él, sus brazos. Su piel es suave y cálida. Intercambian caricias que no esperan nada a cambio y cuyo fin es dar, por el placer de dar y compartir. Cierra los ojos para centrarse en él. Desaparecen los sonidos, la cama bajo ellos, el aire y su propia vida. Solo él, solo ellos dos. Se transforma en un amasijo de sensaciones, como si fuese una sinfonía, en un crescendo de acordes mayores.
Entonces habla Hsuan Nu, la Joven Sombría:

—Y siguiendo en una actitud relajada da comienzo las nueve penetraciones. Cada nueve penetraciones superficiales, una profunda.

Ella le rodea la cabeza con las manos, hundiendo los dedos en su cabello.

Se pega a su cuerpo como una enredadera.

Profunda y lentamente.

Hay un nivel de dolor que transciende al placer; son los opuestos, las dos caras de la misma moneda. Sin resistencia no hay sufrimiento. Siente la pérdida de voluntad como un fino torrente que se escurre. Se revelan mil placeres y se olvidan los cien dolores. No hay centímetro de piel que los dedos no acaricien, ni misterio que no descubran. Una corriente sube por la columna hasta la coronilla y un calor baja desde la boca, por el centro del pecho, hasta el fondo de la pelvis. Como en un círculo continuo la energía Jing recorre el cuerpo y fluye libre y sin bloqueos por los canales Mai.
Suena una música… un mantra a la diosa Kali, la diosa del Tiempo, en el centro del Universo que ella misma ha creado. Toda creación implica destrucción…

Tocan el cielo, el éter. Alcanzan juntos el registro Akásico, la memoria universal y atemporal donde se almacenan todo el conocimiento y experiencia humana.

Después… llega la calma.

Y vuelve serena y sabia. Joven y anciana… Integración.

Arriba y abajo, frío y caliente, dentro y fuera…

La fuerza de la unión de los opuestos. Todo en Uno, fuera del tiempo.

Cierra los ojos y descansa. Se oye un rumor de agua, como una fuente.

¡Qué agradable dejarse estar!

Entre hielos y desiertos transcurren sus noches pobladas de sueños.

La vigilia es tan absurda, tan irreal, que las emociones y sensaciones recogidas durante el día tratan de ser explicadas en los sueños: perdidas, abandonos, ausencias… Todo se refleja en lo onírico; así, el soñante se manda señales que luego ha de descifrar.

Sin contacto, sin caricias, sin susurros, mimos, ni abrazos…, los afectos se enfrían; pero con las fantasías se templan. El caos y la crisis; el dolor y la pena; la frustración y el cansancio; los miedos y las dudas… son necesarios. A veces hay dejar que las flexibles ramas se curven contra ese viento que empuja; dejar que la tempestad se enfurezca y las olas limpien las playas; que lo falso sea purificado y la verdad salga a la luz.

Que lo muerto permanezca muerto, y que lo que deba renacer renazca.

 

 

AtrasInicioAdelante


UN INVIERNO POLAR. ariadna-rc 2021


volver  v o l v e r