Retornar

 

 

 

PARA
AQUELLOS
QUE AHORA

ABANDONAN ARMILLA

 

Las ciudades y los desengaños 1. Marco Polo, ese gran embaucador, miente. Él jamás pernoctó en Armilla, él no ha conocido sus canales, ni ha gozado en los tórridos veranos del arrabal el alma de sus locos surtidores. Él no ha sentido en los pies desnudos el grato masaje de las corrientes, los charcos, las pozas, las piscinas. No ha podido escuchar –en definitiva- ni las náyades, ni las ninfas que se sumergen, se contonean, se acarician cantando bajo las frescas duchas del amanecer.

No. Ese gran embaucador miente. Lo digo yo, Zelohim Abdul, el viajero. Lo digo yo que he hollado con mis pasos el ardiente desierto que la rodea, que he pasado treinta noches de sed entre las montañas del Dolor, que he perdido mis rebaños y aún peor, mis ofrendas, mis libros, mis poemas, entre los desfiladeros de esos montes malditos, que he sufrido el desencanto por quince días sin nieve y he caminado otros siete días ciego por el desierto azul. Lo digo yo, Zelohim, el poeta, el viajero: que he saciado mi olvido en la fuente roja que anuncia el comienzo de la razón al noreste de Armilla.

Tampoco es cierto que en la ciudad soñada todo sean tuberías: los odres se llenan, las bañeras rebosan. Hay recipientes de todos los tamaños, de todas las capacidades: dedales, copas, cisternas, lagunas. Y parques con ríos de construcción remota: árboles, frutas, hortensias, eucaliptos. Las palomas bajan a beber, hay rastros de oscuros animales.

Calvino el mago, también llamado Gran Khan, en cuyo ex-libris figura un puente, una ciudad, un castillo y un viajero rampante no ha dejado su marca bajo las arcadas impares de los cuatro acueductos. Pareja de engañadores, Calvino y Polo, que habéis hecho creer a media humanidad que vuestra Armilla existe. Armilla es otra. Es un sueño, es una fábula.

De aquel triste amasijo de hierros gastados que el viento sorteaba y cubría de orines, de aquel territorio sin esperanza, de aquel oasis de metal, de aquel desierto azul yo, Zelohim Abdul, el viajero, el poeta, el constructor he creado Armilla. La única Armilla ciudad del agua. Y el río que la cruza y que la vierte al mar.

Yo, Abdul, su único habitante, he calzado bañeras, he pintado canales, he culminado aljibes. Y convoqué las aguas, apacigüé los filtros, reconocí la vida. Yo, que vencí al desierto y las montañas, y en la esperanza espero la vuelta de las náyades, las ninfas, las sirenas.

Tu venida, señor: que has abierto esta botella, que acabas de leer este mensaje.

 

ABDUL ZELOHIM
Viajero

 

 

 

 

Ir arriba

 

 

Ir arriba